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19-11-2012 Versión imprimir
“Llevo años haciendo
lo que me sale de las narices”
Terele Pávez, actriz poderosa, dueña de la Régula de ‘Los santos inocentes’ o de Doña Pura en ‘Cuéntame’, revela secretos y temores: “Con lo creyente y pecadora que soy, no entro en el cielo”
 

EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: ENRIQUE CIDONCHA
Olvídenlo. De veras. A Terele Pávez (Bilbao, 1939) no es que le traigan sin cuidado los desmanes de la telebasura, pero desea dejar en evidencia la fea labor del periodismo más negro, o más rosa. Alguna vez la opinión pública ha querido interferir en su vida personal. Ella, acusada sin cargos, desea que conste su indiferencia libertaria. En lo alto de Madrid, desde la azotea de un bonito hotel, nos habla de ello mientras recuerda cómo Álex de la Iglesia la hizo saltar por los tejados del vecino Círculo de Bellas Artes en La comunidad.
 
– ¿Ha recogido mucha leña del árbol caído con aquel reportaje de Telecinco?
– Llevo años haciendo lo que me sale de las narices. Así se me ha admitido siempre. Me repatea todo el circo de victimismo que se creó. Por fortuna, mi hijo, mi familia y mis amigos siempre han estado ahí. Que así se sepa, y hablemos de otra cosa.
– Viene de familia de artistas (su abuelo Manuel Penella compuso ‘El gato montés’ y ‘Suspiros de España’) y nació en Bilbao...
– Circunstancialmente. Justo después de la guerra se nacía donde tocaba ese día.
– Como diría Gila.
– Ja, ja. Sí, aquello de “el día que yo nací no había nadie en casa”. En mi casa se respiraba desenfado por mi abuelo. Y por mi madre, que era una mujer muy liberal.
– Usted iba para bailarina.
– Es mi gran frustración. De hecho, así subí a las tablas en 1958 en el teatro Goya de Madrid: dentro del cuerpo de baile del musical El pleito del último cuplé. Lo protagonizaba Mary Santpere, que se reía mucho conmigo y me dio una línea. Ese año ya había intervenido en El bufón de Hamlet, de Benavente, también en el Goya, pero el debut en serio fue poco tiempo después con La camisa, de Lauro Olmo.
– Solo coincidió con Emma Penella y Elisa Montés en ‘La cuarta ventana’ (Julio Coll, 1963). ¿Alergia al enchufismo entre hermanas?
– Algo así. Siempre hemos sido muy independientes, pero no por soberbia. Era un acuerdo tácito entre nosotras.
– En 2007 murió Emma, y en 2010, Miguel Delibes, el creador de Régula. ¿Qué sintió?
– Recientemente repusieron La cuarta ventana en televisión y sentí una gran nostalgia de Emma y del amor que nos teníamos. En cuanto a Delibes, yo llevaba años sin ir a Valladolid; pues bien, el día de su entierro me tocó estrenar allí. “Me has llamado porque Régula tenía que venir”, pensé. Cuando fui a verlo, el lugar ya estaba desierto y lleno de coronas de flores mustias. Era tan hermoso y tan triste. Le agradecí todo lo que me había dado. Para mí es un honor haber hecho este personaje.
 
Berlanga y sus cosas
– En el cine debutó a los 11 años. ¿Qué recuerdos tiene de ‘Novio a la vista’?
– Lo pasé en grande. Me gastaban muchas bromas y Berlanga, por guasa, me pedía que lo imitara. Él tenía el tic de rascarse los huevos y yo debía de hacerlo tan bien que se tronchaban. Pero un día discutimos. Se quejó de que no sabía lo que era el raccord y le contesté que eso era cosa de la script. Él dijo que no iba a trabajar con una niña que le replicaba. Me la guardó para los restos y nunca volvió a llamarme.
– Qué genio. Un patrón en su carrera es el de grandes baches después de grandes papeles.
– Así es. Por ejemplo, en ¿Quién quiere una copla del arcipreste de Hita?, de Martín Recuerda, los críticos despedazaron a todos menos a mí. Y no me sirvió de nada.
   Fue en 1965. Efectivamente, la crítica de Enrique Llovet en ABC decía: “Terele Pávez fue, en verdad, la única encarnadura convincente”. No obstante, llegó su primer gran éxito sobre las tablas: la Petra de La casa de las chivas, de Jaime Salom, en la temporada 1968-69.
– Entonces creí que mi carrera tendría continuidad, pero pasé años sin hacer nada. Lo mismo tras el primer capítulo de La huella del crimen [1985]. Pedro Olea me dijo entusiasmado: “¡No vas a parar, ya verás!”. Pero yo sabía que no iba a ser así. Es la historia de mi vida.
– ¿A qué lo atribuye?
– Tal vez destacaba demasiado. Qué más da. No me interesa gastar tiempo en teorías. Lo que sé es que tenía que haber hecho más cosas.
– ¿Siente resquemor?
– Sinceramente, no. Y rechazo la imagen de actriz olvidada o abandonada [muy rotunda]. En los últimos tres años, desde las imágenes de marras, he hecho una película, cinco cortos y dos funciones de teatro, me han dado premios y homenajes, y he sido candidata a un Goya.
– Hizo el papel de Celestina en cine con Gerardo Vera en 1996. ¿Qué tal se lleva con la alcahueta?
– La odio y la temo. Cuando pide confesión, se la jugué y no dije esa línea. No se notó por el ruido de ambiente del rodaje. Años después hice el monólogo de Celestina en una plaza mayor y se me encendió la capa con una vela. Fue ella, que me la tiene jurada. Verá, es que yo creo en estas cosas, aunque lo mío no tiene arreglo [Menea la cabeza y ríe resignada]. Con lo creyente y lo pecadora que soy, no entro en el cielo. Recuerdo que Jordi Mollá y yo nos disponíamos a rodar una escena, cuando una mosca se posó como a metro y medio de mí. Bajé el bastón y zas, la dejé seca. Mollá me miró aterrado y yo sentencié: “Por favor, un respeto, que soy la Celestina” [grandes carcajadas].
 
Van dos de Bilbao y...
– Hoy su director de cabecera es un bilbaíno. ¿Cómo conoció a Álex de la Iglesia?
– Nos presentó Luis Alegre y nos caímos bien enseguida. Le encantó que fuera zurda y de Bilbao. Siempre que puede cuenta conmigo. Ahora empezamos Las brujas de Zugarramurdi. Cuando pasó todo eso tan desagradable con la prensa, me llamó desde Italia ofreciéndose para lo que fuera. Me ha dado mucho amor y mucho respeto.
– ¿Cómo se trabaja con él?
– A cuchillo, sin contemplaciones. Hablamos de la mala leche que se acumula con la vida.
Asomada a la Gran Vía, el cigarrillo entre los dedos, Terele busca a los que nos acaban de dejar: “Una de las pocas veces que me he puesto en pie para aplaudir en un teatro fue por Aurora Bautista. Y Sanchito Gracia. Siempre tan lleno de vida. Álex nos las hizo pasar canutas, pero cómo disfrutamos”.
 
 

 
¿De dónde sale Régula?
 
Pávez nos abre el baúl de sus recursos: “De gente que has conocido y querido en la niñez. De la señora María, que perdía a sus hijos en las obras: uno caído de un andamio, otro accidentado con una fresadora... Venía llorando con un pañuelo blanco a casa de mis padres. Y en casa no sobraba, pero la mujer se iba con una peseta, un huevo y una patata. Con 8 o 9 años recuerdo ver cómo le rapaban el pelo a un niño sordomudo y harapiento. Lloré por él en un rincón de casa. Vivíamos en una casita con parra, tan cerca de los chalés de los ricos como de las chabolas de los pobres. Recuerdo a la Esperanza, guapa a morir y cargada de hijos, cada uno de un padre distinto. La recuerdo al sol, con sus ojos claros y rodeada de críos. Yo me he enamorado a los nueve años porque el chico llevaba jersey y olía a lluvia y pintura seca. Recuerdo muchos olores y a gente muy humilde, como el carbonero, que se murió. Tumbaron su cadáver sobre el carbón y aún puedo ver sus pies mojados por la lluvia. Y recuerdo cómo guardábamos apariencias. ‘No llevo calcetines porque se me han mojado’, mentira. ‘No salgo porque tengo gripe’, no tenía vestido. ‘No vamos al colegio porque está en obras’... Todo eso ayuda a entender al personaje. Y a más cosas”. 
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