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17-01-2017 Versión imprimir

 
 
Tomás Pozzi
 
“Ya cumplí mi sueño: pagar el alquiler con mi trabajo de actor”
 
Llegó desde Argentina para una gira teatral de tres meses y lleva ya 15 años. ‘Mi gran noche’ o ‘Gym Tony’ son frutos de la perseverancia y ciertas “señales” del destino
 
 
 
PEDRO PÉREZ HINOJOS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Sus primeros maestros de teatro ya se lo decían: “Eres pequeño, pero tan grande como el actor más grande”. Y derrochando energía cruzó el puente desde su Argentina natal a España para una gira de apenas tres meses con sus compañeros de escuela. Han pasado ya 15 años de aquello y Tomás Pozzi sigue aquí. Conserva el aspecto menudo y melancólico de aquel muchacho, aunque ya frisa una cuarentena que ni se le sospecha. Quizá sea porque se toma su compromiso interpretativo como un juego; serio y complejo, sí; pero juego. Tras aquella gira, se quedó por acá trabajando de extra, de actor de anuncio e incluso de aplaudidor en Pasapalabra. Hasta que empezaron a pasar “cosas extrañas” y una red de fuerzas invisibles conspiró a su favor, abriéndole la puerta primero en el teatro y después en televisión (Amar en tiempos revueltos, Gym Tony) y en cine (El sueño de Iván, El secreto de Lucía, Mi gran noche), hasta encadenar medio centenar de trabajos.
 
   Ahora se prepara para el reestreno en enero de su obra Mi cuerpo un hotel, en la madrileña sala Nave 73, y lleva adelante un taller de teatro al alimón con Tomás Cabané. La timidez lo empequeñece al principio, pero, a medida que va haciendo desnudando su oficio con su cadencia porteña, se expande y hace imponente.
 
 

 
 
 
– ¿Imaginó en aquel invierno de 2001, cuando aterrizó acá, que iba a estirarse tanto la visita?
– La verdad es que no. Llegué para sustituir a un compañero, con idea de quedarme seis meses, como mucho, pero comenzaron a suceder cosas extrañas, de esas que te demuestran que en la vida te llegan señales a las que hay que prestar atención.
 
– ¿Señales?
– Cada vez que me quedaba en paro o empezaba a estar apurado de dinero o a extrañar mucho a mi gente, aparecía un trabajo, una publicidad que hacer, lo que fuera. Y eso me permitía seguir viviendo aquí unos meses más. Hasta que llegó un momento en que me paré y me dije: “algo me está diciendo que me debo quedar aquí, así que dejá de pelear y quédate”.
 
– ¿Cómo fue la epifanía?
– Se produjo cuando estaba representando una obra mía, Beatiful people, en el Festival de Valladolid. Al programador le encantó. Y una semana después pasó por el festival Andrés Lima y le contó a ese programador que buscaba un actor latinoamericano y muy peculiar para una especie de ópera. Y ese programador le dio directamente mi número, Andrés me llamó, hice el casting y comencé a trabajar con Animalario. Desde entonces ha sido mi maestro y protector
 
– Y eso lo cambió todo.
– Pues sí. Tuve además la suerte de trabajar en Animalario cuando estaba en la cima de la fama con aquello de Alejandro y Ana, pero además Andrés me cogía de la mano, como si fuera su hijo, y me presentaba a otros directores y a productores. Eso me permitió cumplir mi sueño: pagar el alquiler de mi casa y mi vida con lo que yo amo. Todo lo demás es un extra.
 
 

 
 
 
– Confiesa que no le gusta limitarse a hacer su papel, que necesita meterse en el personaje y recrearlo. ¿Cómo se toman eso los directores?
– No me conformo con ser solo un instrumento del director. Cada vez creo más en lo que en Argentina llaman la dramaturgia del actor: ser consciente de la importancia de mi intervención en un espectáculo, tener libertad para expresarme y llenar de contenido el papel. No creo que mi trabajo se reduzca a memorizar unas líneas. Tengo que comprometerme con lo que estoy contando y decidir cómo tengo que hablar y expresarme.
 
– ¿El trabajo en televisión da menos margen en ese sentido?
– Es lo mismo. Es responsabilidad de uno. Cuando haces una serie, son 12 horas metido en un estudio, una locura.
 
 

 
 
 
– El teatro es su vida, dice. ¿Qué le han dado la tele y el cine?
-Muchísimas cosas. Recuerdo que mi primer día en el rodaje de una película, La máquina de bailar, volví a mi casa llorando. Me decía que aquello no era para mí, que no entendía nada, pero poco a poco fui cogiéndole el gusto. Para mí es un lujo, porque, en realidad, te pagan por aprender. Respeto mucho las escuelas, pero no sé por qué demonios en ellas no se enseña lo que es la vida real. Que a las siete de la mañana tienes que estar con un montón de gente en un estudio, medio dormido y congelado de frío, haciendo de un tipo gracioso ante una cámara no te lo enseñan en ninguna parte.
 
– Menos mal que a usted le gusta jugar.
– Me tomo la actuación como un juego, sí. Si no me dejan jugar, me marcho, no tengo nada que hacer. Y que conste que no soy un loco. Trabajando soy un pedazo de pan: respeto a todos, pero reclamo mi espacio y mi forma de ver el trabajo.
 
– ¿Quien le contrata ya sabe a lo que se expone?
– o lo sé. A Javier Veiga, por ejemplo, no lo conocía de nada. Él me descubrió en Amar en tiempos revueltos y le sorprendió verme en ese plan [daba vida a Nono Garriga, un despiadado representante deportivo], aparte de que a mí también me sorprendió que me ofrecieran ese papel. Veiga lo vio y, a partir de ahí, escribió un personaje solo para mí en Gym Tony, antes incluso de conocerme y de que le dijera que quería trabajar en la serie.
 
 

 
 
 
– Nunca le ha importado hablar de su físico y de cómo le ha condicionado en su carrera.
– Tienes mucho camino ganado cuando te haces cargo pronto lo que eres. Traumas, miedos tenemos todos. Un día, mirándome al espejo, me dije: “ya no vas a crecer más, hasta acá llegó”, y listo. Eso me forjó una personalidad particular. Porque si eres una personas bajita te pueden pasar dos cosas: o te retraés o tiras para adelante y a ver quién te para. Yo seguí mi camino y no me puse ninguna barrera. Tampoco me acomodé a trabajos cómicos, que es lo que más podían ofrecerme.
 
– ¿Por qué decía que había nacido para trabajar con Álex de la Iglesia?
– Me encanta su cine, sus historias, los planteamientos corales, todo su exceso. Aun así, no me lo podía creer cuando me llamó para Mi gran noche. Luego el rodaje fue tremendo. El lugar donde trabajamos era inmenso y todo era muy loco. De pronto, a las ocho de la mañana estabas allí, bailando, con Raphael, un señor de los pies a la cabeza, cantando. Pero De la Iglesia es un auténtico genio.
 
– De cara al porvenir, ¿se ve instalado definitivamente por aquí?
-Me veo más de ida y vuelta, porque no soy una persona al que le guste la comodidad. Y no digo solo Argentina; también me iría a México a hacer una de esas telenovelas imposibles. Soy muy inquieto. Es la única forma de sentir que estás empezando constantemente.
 
 
 

 
Compañeros, maestros y ángeles de la guarda


Tomás Pozzi es incapaz de hablar de su oficio o de contar los pasos de su carrera sin encadenar agradecimientos. Literalmente derrocha gratitud hacia todos los que le  han “dado la mano” a lo largo del camino, ya sea por sus enseñanzas, por compartir trabajo, por haberle promocionado o simplemente por honrarle con su amistad. He aquí el retrato que hace de algunos de ellos.
 


Nuria Espert:
“Cuando estás trabajando y la tienes enfrente, desprende una humildad que te desarma por completo. El día del estreno de Hay que purgar a Totó en el Teatro Español, la recuerdo sentadita a un lado, antes de salir a escena, temblando. Y me dije, “ya está, relájate porque si esta mujer, siendo lo que es, con la grandeza que tiene, está así a estas alturas de carrera, así va a ser el resto de tu vida en esta profesión”.
 
Javier Rodríguez: “El compartía un papel en Tito Andrónico, de Andrés Lima, con otro actor, para que pudiera compaginarlo con el rodaje de Águila roja. Pero ese sustituto tuvo que dejar la función y Andrés me llamó desesperado para que me encargara yo. Pues bien, cada función que hice, tuve una llamada antes o después de Javier para desearme suerte, para darme ánimos, para darme las gracias. Eso es un compañero de verdad. Algo único”.
 
Aitana Sánchez Gijón: “Fue a verme en Las criadas, en la sala Cuarta Pared, una obra que ya ella había hecho antes, y quedó deslumbrada. Tanto, que ella misma me propuso para estar en el reparto de La chunga. Menuda responsabilidad, pero ¿cómo puede agradecerse esa fe en uno?”.
 
Martiño Rivas: “Le amo como a un hermano desde que hicimos en el Español Cuestión de altura. Podría haberse quedado en un actor superguapo y habría triunfado sin problema en televisión o en cine. Sin embargo, se empeñó en buscar su camino por el teatro, en prepararse a fondo dando clases en Londres o donde fuera, en elegir lo que va a hacer con cuidado y en superarse constantemente. Y ahí está, al lado del mejor, el director Alfredo Sanzol, convertido en un actor extraordinario y en un ejemplo a seguir”.
 
Adrien Brody: “Cuando hice Manolete tuvimos una cena todo el reparto. Y allí estaba yo, con Adrien Brody a unos pocos metros de mí en la mesa; el tipo que había ganado el Oscar por El pianista. Y me dije: “Tomás, frená, no comás nada. Mirá y escucha”. Porque era una ocasión única”.
 
Mario Casas: “Le adoro. Coincidí con su hermano más chico, Óscar, en El sueño de Iván y allí nos conocimos. Y luego nos llevamos la sorpresa de reencontrarnos en el rodaje de Mi gran noche. Estaba loco de contento. Es una persona muy cariñosa, un magnífico compañero. Además, se nota que se divierte. Y con Álex de la Iglesia tiene una relación muy especial. Álex le pone a prueba constantemente, y Mario, que es un tipo inteligente, lo aprovecha, porque no quiere quedarse en el rol de actor guapo”.
 
 
 
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