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12-02-2015 Versión imprimir

 

El placer irremediable de capturar un momento


El actor Víctor Clavijo reúne y expone 30 de sus fotografías. La inocencia, el paso del tiempo y la singularidad de cada persona, protagonistas de su trabajo



FRANCISCO PASTOR
Música de cantautor, unas botellas de vino y treinta láminas y lienzos: aquellos a los que el actor Víctor Clavijo ha confiado una de sus primeras exposiciones como fotógrafo, pocos meses después de mostrar su obra, también, en el certamen cinematográfico de Cabra. Quienes pasean frente a sus piezas quizá intuyan al quinceañero que jugaba con la cámara de su madre por Algeciras, escondido en unas instantáneas repletas de curiosidad y capacidad para la sorpresa. A quien también habrán descubierto es a un artista paciente que cuida de su trabajo detrás de la cámara con la misma precisión y templanza que muestra delante de ella.
 
   Después de unos cinco años cosechando fotografías y amalgamándolas en las redes sociales, donde encontraba la alabanza de sus allegados, el gaditano empezó a notar las ganas de tocar con los dedos su obra. Finalmente, sería su compañera Amparo Climent quien le propondría colgar su colección de las paredes de la Fundación AISGE. Cada obra junto a una etiqueta, como marca el protocolo. “Al final, La raíz humana –título de la exposición– fue una excusa con la que recogerlo todo. Es el trabajo de lo que he encontrado viajando, de aquello que el ojo me ha pedido fotografiar. No es una investigación, pero sí un discurso con el que hablar de culturas, enraizadas y no a la tierra, de lugares en los que está el origen de la persona. Es una historia de gente arraigada, desarraigada y con pocos recursos, pero que guarda la esencia de las cosas”, cuenta el actor.
 
 
 
 
   Los retratos de campesinos en Colombia y las escenas en los asentamientos saharauis de Argelia contrastan con las impresiones de Nueva York, pero en todas se encuentran miradas en sus momentos más singulares. Fueron esos viajes, realizados en los últimos años, los que reavivaron en el actor una pasión que llevaba dormida desde que llegó a Madrid para aprender arte dramático. “Cuando estudiaba derecho en Granada sí cogía la cámara, pero luego la dejé, porque el revelado y los aparatos lo complicaban mucho. Pero esa pulsión siempre estuvo ahí y hoy soy un autodidacta, más allá de algún curso muy concreto. De hecho, he vuelto a la cámara de carrete y negativo”, enumera quien encuentra, entre sus referentes, al fotoperiodista Cartier-Bresson.
 
   Fotografías buscadas, aunque nunca posadas ni forzadas, son la receta de un autor muy arropado por sus compañeros de gremio. La Unión de Actores ha premiado tres veces su palabra, tanto en la pequeña pantalla, de mano de Mujeres y La señora, como en el cine, como miembro del reparto de 18 comidas. Al tiempo, la Academia le nominó al Goya por El regalo de Silvia, a la que llegaría pocos años después de conquistar al joven público de Al salir de clase. Quienes le acompañan por esta sala junto al madrileño parque del Retiro lo hacen, también, desde el afecto en lo personal. No en vano son reiteradas las ocasiones en las que el intérprete ha hecho equipo con Roberto Enríquez. “Le reconozco en estas fotografías, porque no dejaba de hacernos retratos durante los ensayos de Fausto. Siempre encontraba algo que contar en el rostro de los actores. A partir de una buena fotografía, uno puede imaginar un mundo, aunque me temo que a mí no me salen ni con el teléfono”, bromea el leonés.
 
 
 
Pablo Rivero, en el centro, analizando una de las imágenes de la exposición
Pablo Rivero, en el centro, analizando una de las imágenes de la exposición
 
 
 
El juego de los contrastes
Los comentarios que los presentes intercambian sobre las piezas no versan tanto sobre su intención sino sobre aquello que, simplemente, transmiten, así como la técnica con la que el fotógrafo trata el color, la escala de grises y, también, la elaborada posproducción de algunas capturas. Los filtros más arrojados acompañan el costumbrismo del Sáhara mientras, curiosamente, Nueva York se tiñe de blanco y negro y devuelve a los años cincuenta a unos jóvenes que, desde la playa, esperan jugando a que empiece el convite de una boda. Ante lo curioso de determinados contrastes, alguno de los espectadores no esquiva la tentación de fijarse en el rótulo de las obras tanto como en su contenido.
 
   Algunos de los títulos de las láminas aluden a piezas de ficción, como Mad men, una de las favoritas de Enríquez. Otros, a la realidad más efímera: la de los momentos descubiertos dentro de una jaima del norte de África y que, aunque siempre después de pedir permiso, se resisten a dejar escapar. Las caras de niños pueblan de inocencia la colección, como aquel que había caído de un árbol y, junto al golpe de su pie, muestra la herida de su orgullo mirando fijamente al objetivo. Otro de ellos come golosinas mientras pregunta con los ojos, muy cerca de la lente, qué interés puede tener su gesto para una cámara. Beatriz Carvajal, suegra del anfitrión, elige Madrileña, en el que una pequeña inmigrante, a hombros de su padre, muestra su vestido de chulapa por la pradera de San Isidro. “Pero me encantan todas. Hay algunas que parecen óleos”, anota la actriz.
 
 
 

 
 
 
   El vaivén de amigos y conocidos, que llaman al autor, estrechan su mano y le abrazan, irrumpe entre quienes, ya reposados, degustan la obra lentamente. Muchos se enfrascan ante Tres miradas, el retrato que muestra a una niña, una adolescente y una joven, todas ellas colombianas, en posiciones y estados de ánimo diferentes. Ventanas al mundo, una de las preferidas del intérprete Pablo Rivero, describe cómo, muy a pesar de las increíbles vistas que se obtienen desde un rascacielos sobre Manhattan, un adolescente encuentra la pantalla de su móvil más atractiva que las azoteas del horizonte. “Están cuidadas, pero no manipuladas. Son como él: sencillas, tomadas con humildad y mucho encanto”, cuenta el joven.
 
   El autor prefiere conservar ese impulso: “Hay un bicho que tira de mí, que no tengo muy definido, pero prefiero que sea así. El ojo me pide un rostro, una luz y una composición. Es más tarde cuando encuentro una temática, aunque la hay. El Sáhara conserva sus raíces, pero es un pueblo trasplantado en otro sitio. En Nueva York hablo de gente que convierte el asfalto en su hogar”. Entre aquellos rostros que desataron las ganas de abrir el obturador se cuela un autorretrato en blanco y negro, cuyo equilibrio entre naturalidad y misterio consigue que encaje perfectamente en el discurso de la colección. Al tiempo, el cuadro permanece alejado del hastiado selfie, tan presente en las redes sociales. “Las nuevas comunicaciones están bien, pero me recuerdan a lo que antes hacíamos con las desechables o con la Polaroid. Son capturas que adolecen de mimo, de curiosidad por el foco o la profundidad de campo. A mí me gusta la obra buscada”, advierte el hijo de una fotógrafa titulada.
 
   De hecho, algunas de las destrezas del artista con la cámara le han valido en su labor como actor, ya que las nociones con las que trabajan los realizadores le resultan familiares. Pero más vivencial resulta lo que las décadas en la interpretación han dejado sobre la lente del fotógrafo: “Actuando aprendí a descifrar a las personas como lo hago con los personajes. Empecé a encontrar esas miradas que esconden una historia y avivan las pulsiones”. Como las de los niños del Sáhara que fotografió sentados alrededor de un proyector, y que no pueden apartar su vista de todo aquello que emana del cañón de luz. 
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