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26-02-2019

Firma invitada

 

Un sueño infantil

 

 

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

Ilustración: Luis Frutos


Me recuerdo a mí mismo con 13 o 14 años escribiendo guiones para cortometrajes. Soñaba entonces con convertirme en director de cine: me veía en un rodaje, en pleno trasiego de técnicos y asistentes, sentado en una silla con mi nombre, rodeado de bellísimas actrices que me observaban con languidez mientras, a un gesto mío, el ayudante imponía silencio y gritaba ¡acción! Bueno, tal vez mi fantasía no fuera exactamente así, pero sí es cierto que escribía guiones con la idea de prepararme para un posible futuro como director de cine. Por supuesto, ninguno de esos guiones llegó nunca a rodarse. Apenas cuatro años después, la vida ya me había llevado por otro camino. En la facultad de Filología hice amistad con jóvenes que aspiraban a ser escritores y no tardé en seguir sus pasos, renunciando a mi sueño y usufructuando el suyo. Era una cuestión de puro pragmatismo: si en una ciudad como Zaragoza y en una época como aquella lo de hacer cine se presentaba como algo quimérico, nada, en cambio, resultaba más accesible que la escritura. Para inaugurar mi nueva vocación bastaba con publicar un par de páginas en cualquiera de las revistas literarias que entonces proliferaban. Ese par de páginas no te acreditaba como escritor pero, de la noche a la mañana, te permitía incorporarte al selecto grupo de los jóvenes que “escribían”, lo que no estaba mal como primer paso. Entretanto, ¿cuántos pasos había avanzado en mis ya añejas veleidades como cineasta? Sencillamente, ninguno.

 

   Los pasos siguientes no se hicieron esperar. Terminé la carrera y me instalé en Barcelona para prolongar en la medida de lo posible mi feliz vida estudiantil. Durante mi primer año barcelonés me dio tiempo de escribir nada menos que una colección de relatos y una novela breve, que no mucho después encontraron editor. Yo mismo no acababa de creérmelo, pero así eran las cosas: había dejado de ser uno que escribía y me había convertido en un escritor. Sin embargo, no había abandonado del todo el viejo sueño de dedicarme al cine. Tal vez nunca dirigiría una película, pero ¿por qué no creer que otros podrían algún día rodar un guion mío? Al tiempo que trabajaba en mis novelas y mis cuentos, estudiaba las estructuras y los diálogos de algunos clásicos del cine y, a modo de entrenamiento, escribía guiones cuyo destino no era otro que la papelera. Tenía que estar preparado por si la ocasión se presentaba. 

 

   Y la ocasión se presentó. En diciembre de 1995 terminé la redacción de mi novela Carreteras secundarias. En el grupo de lectores de confianza a los que solía pedir una primera opinión estaba mi buen amigo Luis Alegre. Un par de días antes de Navidad viajé a Zaragoza para pasar las fiestas y le entregué unas fotocopias de mi novela. Uno de esos días Luis tenía que viajar a Madrid. Aprovechó el viaje en tren para léersela y, cuando llegó a Madrid, se la pasó a David Trueba, que acababa de publicar Abierto toda la noche. Además de esa novela, el entonces jovencísimo David había escrito dos guiones para Emilio Martínez-Lázaro y sabía que este andaba buscando una historia para su siguiente película. Pensó que mi novela podía interesarle y se la pasó. Todo esto ocurría en el plazo de muy pocos días y sin que yo, que seguía en Zaragoza, estuviera al corriente de nada. 

 

  En aquella época todavía se llamaba a los teléfonos de las casas. Un día llamaron a casa de mis suegros preguntando por mí. Era Emilio, que me dijo que había leído Carreteras secundarias y quería adaptarla al cine. El alegrón que me llevé es indescriptible: ¡iba a tener la oportunidad de participar en la creación de una película! Quedamos en vernos un par de días después. Nos encontraríamos en Las Vegas, una cafetería del zaragozano paseo de la Independencia. Solo después de colgar reparé en la fecha: 28 de diciembre, día de los Inocentes. ¿Y si Luis y David me estaban gastando una broma? ¿Y si el que había llamado no era Emilio sino un impostor que se había hecho pasar por él? Al fin y al cabo, yo no conocía su voz, así que nada habría sido más fácil que engañarme. Pero no, no se trataba de una inocentada. El día convenido, Emilio me habló en Las Vegas de su proyecto: una película un poco a la francesa, mezcla de drama y comedia, con muchos exteriores, mucha carretera, mucho coche... Me ofrecí a escribir el guion. Me comprometí a entregar una primera versión en unas pocas semanas. Si esta no le convencía, Emilio debía sentirse muy libre de encargárselo a quien quisiera, de modo que lo único que arriesgaba era un poco de tiempo. Recuerdo aquellas semanas como algo jubiloso. Nada podía hacerme más feliz que eso: trabajar en la adaptación cinematográfica de mi propia novela. Lo hice con rapidez. Un par de meses después tenía ya una versión bastante avanzada y Emilio dio su aprobación. El libro aún no estaba ni publicado y la película ya había echado a andar.

 

  Visité varias veces el rodaje. Vi rodar escenas en Figueres, en una playa de Begur, en el pueblo de Alfajarín, en las esclusas del Canal Imperial de Aragón, en la antigua base americana de Zaragoza... Las pocas fotos que conservo son precisamente de la base aérea, de la zona residencial, junto a los típicos chalés norteamericanos, que parecen sacados de la serie Embrujada. En otra de esas fotos aparece Jorge Sanz subido a un avión de combate. Jorge estaba por allí para hacer algún cameo, lo que quiere decir que la mayoría del tiempo estaba tan ocioso como yo mismo, y nos dedicábamos a curiosear los aviones con mi hijo Eduardo, que entonces tenía seis años. Esos días descubrí que en los rodajes el tiempo se va en las inacabables pausas entre tomas y todo consiste en esperar y esperar. A diferencia del resto del equipo, el guionista no pinta nada en un rodaje, así que, mientras los otros se afanaban trajinando focos y micrófonos y bobinas de cable, yo tenía la sensación de estar por demás. Quizás esa sensación sea uno de los motivos por los que luego he rehuido otros rodajes, incluidos los que tenían alguna relación con mi obra. Pero el motivo principal era otro. ¿Para qué iba a aparecer por allí si ya había visto realizado mi sueño infantil? A la vez que se cumplía, mi viejo sueño empezaba a evaporarse. 

 


 
           

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha recobrado actualidad audiovisual a raíz de que su laureada novela El día de mañana se convirtiera en serie televisiva de mano de Mariano Barroso. Ya en 2015 ganó el Premio Nacional de Narrativa por La buena reputación, mientras que para el cine ha rubricado Carreteras secundarias y Las 13 rosas, ambas junto a Emilio Martínez Lázaro, así como Chico & Rita  (Fernando Trueba)

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

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