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07-01-2016 Versión imprimir

 
 
Úrsula Corberó


“Ahora me siento
capaz de todo, de comerme el mundo”


Trabaja desde los seis años, triunfó en la tele juvenil, arrasa con la comedia y anhela mostrar su cara más desgarradora. A este paso no habrá quien la pare
 
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico:Pau Fabregat
La tarde se ha puesto lluviosa y mohína, sin venir a cuento, en el corazón del Barri Gòtic, pero a Úrsula Corberó (Barcelona, 1989) no es tan sencillo borrarle la sonrisa de la cara. Menos aún si la cita acontece en esas vetustas y maravillosas granjas chocolaterías de la calle Petritxol, las mismas en las que dos décadas atrás ejercía de niña golosa en compañía de sus avis. Hay días que uno podría quedarse en la cama, sobre todo si amanece con un inoportuno herpes en el labio, ha olvidado en el taxi unas joyas de su abuela de gran valor sentimental y el suegro llama para anunciar que el perro le propinó un tirón y tendrán que recomponerle la muñeca en el quirófano. No importa. Úrsula, corazón y cabeza, temperamento y torbellino, puede con todo. Incluso con los quebrantos sentimentales, esa cacareada ruptura con el actor y modelo Andrés Velencoso, pocas semanas después de esta conversación.
 
   Vendrán bien o mal dadas, pero Ursulolita, su alias en las redes sociales, no le baja tan fácilmente la mirada a la vida. Cree en ella misma, reivindica su talento mucho más allá de un rostro agraciado, se revuelve contra las injusticias aún asociadas en este oficio, a veces, a la condición de mujer. Lleva trabajando 20 de sus 26 años, acudía a los castings haciendo autoestop y ahora no piensa recular ni por un momento. El dueño de la Granja Dulcinea la invita a suizos con nata a cambio de un selfi. Unos chavales reguapos vencen la timidez y también se fotografían con ella. Otros se quedan con las ganas, muertecitos de la vergüenza, pero ponen la oreja durante la conversación. Ella tiene sonrisas para todo el mundo. También para quien pregunta. Aunque a veces se revuelva en la vieja silla de madera antes de responder.
 
 
 

 
 
 
– ¿Ese desparpajo se trabaja o venía de serie?
– Nací así y me sale fácil. Todos somos de alguna manera tímidos y yo afronto mi timidez de esta manera. La espontaneidad acaba siendo mi mejor arma. Tengo muchos defectos, sin duda, pero me considero la persona más empática del planeta Tierra.
 
– Vaya, eso debe de facilitarle las cosas a la hora de encarnar a sus personajes.
– Sí, porque todos tienen algo de mí. Leo un papel, investigo en mi interior y pienso: "vale, eso también lo tengo yo". Hay muchos yos dentro de cada cual, y por eso no nos comportamos igual en familia, con amigos, en pareja o charlando con el taxista. Y no soy una asesina o una psicópata, en caso de que hubiera de asumir un papel más extremo, pero también tengo mi punto de malicia.
 
 
 

 
 
 
– Igual le pide el cuerpo una cosa así, después de tanta comedia: Quién mató a Bambi, Cómo sobrevivir a una despedida, Perdiendo el norte…
– Rossy de Palma me lo decía mucho mientras rodábamos la serie Anclados: Niña, tú eres una dura. Me considero una mujer sensible y vulnerable, incluso susceptible: todo me afecta muchísimo. Pero llevo trabajando desde los seis años, soy ambiciosa y quiero todos los personajes. Todas las tipologías. He aprendido a ser objetiva y ahora mismo me siento capaz de todo. Estoy convencida. Tengo ganas de comerme el mundo.
 
– Habrá renunciado a mucho desde bien pequeña. ¿Ha merecido la pena?
– Es que siempre fui así. Mi padre guarda en la cartera un dibujo que hice con cuatro años, una niña frente a una cámara ¡con trípode! A los seis, mi madre tenía que pedir permiso en la pescadería para acompañarme a un casting tras otro. No me cogían en ninguno y ella me imploraba: Mira, Úrsula, te compro una Barbie pero no vamos a más. Hasta que me cogieron para un anuncio del Banco Central en el que salía ¡con unas gafas de culo de vaso!
 
– ¡Menudo ojo clínico! ¿No era ya una niña guapa?
– Por entonces no me escogían por mi belleza más o menos exótica, sino porque tenía gracia, le echaba morro y no daba ningún problema en los rodajes. Así fue como llegué a ser imagen de Lacoste Junior durante cinco temporadas. Pero lo del sacrificio es cierto. Mis amigas, a los quince, se dedicaban a pasárselo bien, fumarse los primeros porrillos, ligar, emborracharse. Y yo no tenía oportunidad de desfasar...
 
 

 
 
 
– ¿Ni siquiera pudo permitírselo tras la inmensa eclosión televisiva de Física o Química?
– Ese ha sido mi único periodo de no pensar, de disfrute puro. Mi mejor época, la más tierna y amistosa. Fueron cuatro años de mucha eclosión hormonal: diez jóvenes guapos, con trabajo, dinero y fama, imagínese. Los fines de semana alquilábamos una casa en Segovia y Javi Calvo se disfrazaba de botones y nos escribía historias de miedo. Luego follábamos todos con todos y nadie se enfadaba. Había mucha empatía.
 
– Habla como si se refiriera a un pasado remoto, y tiene 26 años…
– Pero me preocupa la fecha de caducidad. Nos preocupa a todas. Esta industria es muy machista, y el machismo ha dejado abundantes secuelas. Un hombre a los 50 está en el momento perfecto para follárselo, se le considera sexy aunque esté calvo o con canas. Entre las mujeres, la única excepción es Ángela Molina. Por eso también el ansia: todo ha de ser ahora, aunque sea una mierda tener que pensar así.
 
 
 

 
 
 
– ¿Tanta importancia le atribuye al físico la industria actual?
– Sí, pero también me resulta machista pensar que la mujer ha de mostrar solo su parte intelectual, y no también la sexual. Nunca lo he entendido. Se puede tener buen culo y buen cerebro. Son conceptos compatibles.
 
– ¿Pero la suya es una generación desfavorecida?
– Hombre, es una generación fastidiada. Hay gente igual de guapa, talentosa, carismática y formada que yo sin posibilidades de darse a conocer. Y yo misma tampoco hago lo que me gustaría como actriz. Ahora mismo estoy por encima a nivel mediático que interpretativo. Disfruto con la comedia, me encanta probar y arriesgarme en ese género, pero aún espero que alguien caiga en la cuenta de que, además de muy graciosa y divertida, puedo ser desgarradora. Seguro que a Bárbara Lennie le sucede a la inversa, se muere de ganas por un papel con el que hacer reír. Yo animo a Urbizu a que me dé un prota. Bueno, y también a Almodóvar, Daniel Sánchez Arévalo, Javier Ruiz Caldera…
 
– Emplazados quedan. ¡Pero no les diga que su nombre de guerra es Ursulolita!
– Jajaja. Fue una ocurrencia de una chica de vestuario en Física o Química, que mezcló mi nombre y el de mi perra, Lolita. Me gustó y me sigue haciendo gracia, aunque mucha gente me diga que ya no es un nick para una mujer de 26. Pues ahí me ves: así se llaman mis cuentas en Instagram [635.000 seguidores] y Twitter [452.000]. Y la tienda de Claudio Coello 81, que la lleva mi mamá y se le da muy bien.
 
 

 
 
 
– Porque Úrsula es el nombre real.
– Sí, sí. He hecho psicoanálisis mucho tiempo y mi terapeuta me insistía en que nacemos muy condicionados por el nombre. Si te ponen Úrsula, claro, no puedes pasar desapercibida. Yo iba a nacer ciega y con algún tipo de retraso, me tuvieron ochomesina y por cesárea, me envolvieron en papel de plata como si fuese un bocadillo de panceta… Pero nada, al final he salido adelante.
 
– Durante su relación con Andrés Velencoso, ¿usted le daba más envidia a las chicas o él a los chicos?
– ¡Uf! A ver, las tías en ese aspecto pueden ser muy pesadas... y a lo mejor soy yo la que se sentía más envidiada. Él es un top model internacional, un icono y un sex symbol.
 
 
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