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26-10-2016 Versión imprimir
(Fotografía: Roberto Pérez Toledo)
(Fotografía: Roberto Pérez Toledo)
 

Ventura Rodríguez

 
“La felicidad plena del escenario hace que te olvides de todo lo malo”


 
Pone cara a ese amplio colectivo de actores emergentes que necesita de otra ocupación para fin de mes. Pero le sobran talento y empeño: lo atestiguan ‘El click’ o ‘Historias románticas (un poco) cabronas’


 
PEDRO DEL CORRAL
@pedrodelcorral_
Qué tendrán los ojos que dicen tanto de nosotros. Los de Ventura Rodríguez, aun oscuros, irradian luz; la misma que le guía por el frondoso camino de la interpretación. Podría llamarse intuición, sentido común o suerte, pero es algo distinto, llámenlo equis, que hacen de este madrileño un actor sobre el que es difícil no dirigir la mirada. A sus 25 años ha conseguido romper los esquemas de quienes le han ofrecido una oportunidad. Quizá pocas, a juzgar por sus gestos curtidos, la proyección de la voz o el temple con el que se sujeta. Nada que ver con el chico tímido que un día, tras ver el musical de Hoy no me puedo levantar, decidió que su pasión estaba sobre las tablas: “Me pareció tan fascinante y tan emocionante que dije: ‘Joder, me encantaría estar ahí encima”. Fue entonces cuando se dio cuenta que la felicidad no radicaba en tener mucho, sino lo suficiente para vivir de los sueños.
 
   Algo innato debe de haber en él cuando comenzó en el mundillo sin ninguna formación. Es un chico guapo, sí, pero sus dotes de actor le han comido todo el terreno a su belleza personal, más interna que externa. Ya se lo dijo su madre en cierta ocasión: “Bueno, si al niño lo han cogido será por algo…”. Y todos sabemos que no hay que llevarles la contraria: las madres son muy sabias. De lo que quizá no se haya dado cuenta Ventura es que a quien realmente debe este sueño no es a su público, familia o amigos, sino a sí mismo. Todo está hecho a imagen y semejanza propia. Pocos lo hacen. Y aunque Calderón de la Barca dijese que “los sueños, sueños son”, él encarna la viva imagen del coraje, la garra y la ilusión. Por eso es difícil pensar que no los acabará realizando.
 
 

 
 
 
– Con toda la experiencia que le avala, la buena crítica, la mejor imagen y los resultados obtenidos hasta ahora, ¿de verdad es tan difícil poder vivir hoy del sueño de la interpretación?
– La verdad es que he trabajado y trabajo de mi profesión, pero no vivo de ella. La mayoría de mis ingresos provienen de otros trabajos que tengo para costearme mi vida en Madrid. Desgraciadamente, esta es la realidad de muchos actores que invierten su tiempo, entre los que me incluyo, en ensayos, funciones, rodajes. Se podría decir que lo hacemos por verdadero amor al arte, pensando que en algún momento la cosa cambiará y llegaremos a vivir de nuestra profesión. En mi caso no he tenido la suerte de ingresar en una escuela porque mis padres no me lo podían permitir. Si yo quería tener este tipo de vida me la tenía que pagar yo. Buscarme la vida. Y eso es, en definitiva, lo que he estado haciendo durante todos estos años.
 
– ¿Es usted uno de esos actores que nacen o de los que se hacen?
– Hay un poco de las dos facetas. La formación es básica e imprescindible, pero yo creo que tiene que haber algo más que, para mí, es empatía. Para ser actor tienes que ser muy empático, ponerte siempre en la piel de otro para saber qué siente, entenderlo y luego saber transmitirlo.
 
– Eso debe facilitarle mucho las cosas. Pero visto desde otro ángulo, ¿la formación está reñida con el trabajo?
– Yo conozco a actores que ni siquiera han estudiado y están trabajando porque funcionan muy bien o encajaban en el perfil para algún proyecto determinado. Pero también tengo amigos que se forman constantemente y no lo consiguen. En mi caso, empecé a estudiar a los 19 años, lo dejé a los 22 por una cuestión económica y ahora, que dispongo de un trabajo fijo, lo primero que he hecho ha sido apuntarme en una escuela de interpretación. La cuestión está en disponer de un aprendizaje continuo. Cada vez que tengo dinero lo invierto en estudios y en llegar a ser la persona que quiero ser: un actor de largo recorrido. No quiero llegar, pegar el petardazo y que dentro de cuatro o cinco años la gente se pregunte: “¿Dónde está Ventura?”. O que ni se lo pregunten. Prefiero ir sembrando poco a poco y llegar cuando sea; sin ninguna prisa, pero con los pies tan firmes como para quedarme.
 
 
 

 
 
 
– Entre sus primeros pasos se encontraba El click. ¿Son las webseries una buena oportunidad para gente que está empezando?
– Sí. Muchas surgen de gente que ha estudiado cine y las desarrollan como proyecto final de carrera. No solo es una buena plataforma para los actores, sino también para futuros directores o guionistas. Yo actualmente conozco algunas en las que trabajan actores profesionales, de renombre, que han hecho cine o televisión.
 
– También desde sus comienzos ha participado en cortos de temática LGTB. ¿Por qué cree que se está asentando este interés?
– Principalmente porque aportan mucha visibilidad al colectivo, no solo en España sino por todo el mundo. A mí me escriben por redes sociales desde México, Colombia o China. Hace poco me mandaron un enlace de un corto en el que participio con subtítulos en chino. ¡Increíble! Hay países en los que el tema es todavía un tabú, así que me parece maravilloso que se pongan en contacto conmigo para decirme que se sienten identificados con los personajes que he hecho. Te das cuenta de que tu trabajo llega al público, y al final pretendemos que los espectadores se sientan identificados, pasen un buen rato y disfruten.
 
– ¿Llegará el día en que algunos dejen de escandalizarse por historias de esta temática?
– No lo sé, realmente. Quiero pensar que las cosas fluyen y que la gente es cada vez más tolerante. Por eso me da tanta rabia ver ciertas reacciones ante trabajos hechos con tanta ilusión y cariño, pues lo único que buscan es contar una historia, emocionar y dar visibilidad, no escandalizar a nadie. Aunque supongo que tiene que haber gente para todo.
 
 
 

 
 
 
– Hace poco rodaba la película Historias románticas (un poco) cabronas, de Álex Ygoa, financiada con muy poco dinero y con más de 20 actores. ¿Ese es el futuro más inmediato para la gente joven?
– Espero que no. La película es fruto de las ganas de gente joven que queremos trabajar y que nos tenemos que buscar la vida. Tenían 500 euros y con eso montaron una historia pidiendo favores, hablando con sitios para poder grabar… Espero que no sea el futuro, pero sí es consecuencia de lo que está sucediendo actualmente: directores, técnicos o actores que no trabajan y se mueren de ganas por hacerlo. Un proyecto así arranca para lograr una reacción y una repercusión.
 
– Si espera que ese no sea el futuro y, según los datos, el cine español ha repuntado, hay algo que no cuadra.
– Es cierto, está atravesando un buen momento. La gente ha recobrado la ilusión con películas como Un monstruo viene a verme u Ocho apellidos vascos, pero la realidad, según el informe de la propia Fundación AISGE, es que solo un 8 por ciento de los actores españoles viven de su profesión y los que somos desconocidos o estamos empezando lo tenemos más complicado. Nuestra profesión depende de una recaudación, una audiencia, unos espectadores; por ello es difícil apostar por una cara nueva. Es normal que muchos no quieran arriesgar y trabajen sobre seguro, aunque ello implique no abrir la puerta a nuevas oportunidades.
 
– ¿Es una cuestión solo de oportunidades, entonces?
– En absoluto. El problema principal es que tenemos un 21 por ciento de IVA. Cuando uno ve los debates políticos, ¿cuándo hablan de cultura? No le dan la suficiente importancia, aunque la cultura sea la base de un país. Se trata de una cuestión educacional, porque a los jóvenes ya no nos inculcan la cultura. El problema empieza bien arriba, desde las clases políticas, pero también en uno mismo. Los jóvenes tendríamos que ser mejores emisarios de la cultura: si defendiésemos tanto a nuestra profesión como el fútbol, las cosas empezarían a cambiar.
 
– Aun así, es la vida que quiere tener, ¿no?
– Totalmente. Si pones en una balanza las cosas buenas y las malas, pesan mucho más las primeras. Cuando estoy encima de un escenario me entra un sentimiento, una felicidad plena y una emoción que me hacen olvidar absolutamente todo lo malo. Ahora, entre clases y trabajo, estoy más ocupado, pero siempre he pensado que todo tiene su recompensa. Trabajo por y para ello día a día, con el mismo esfuerzo, las mismas ganas y la misma ilusión que siempre. Hay que tener mucha paciencia, eso sí. Y aunque la espera es, a veces, desesperante, lo conseguiré.
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