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03-07-2015 Versión imprimir

 
 
Verónica Echegui


“Las películas han sido mi manual de autoayuda, mi refugio, mi todo”
 


Comprometida y siempre apasionada en el trabajo y en la vida. Casi una década después de ‘Yo soy la Juani’ su carrera no conoce freno


Una entrevista de ROBERTO PÉREZ TOLEDO
Director y guionista
Reportaje gráfico: ENRIQUE CIDONCHA
Cada rodaje es un campo de batalla que te une irreversiblemente a los actores. Se convierten en parte de tu familia, de la elegida, a prueba de bombas. Y aunque pase tiempo sin vernos, la complicidad se mantiene intacta. Es lo que me ocurre con Verónica Echegui (Madrid, 1983). Juntos rodamos a lo loco el corto Tetequiquiero y luego mi primer largometraje: Seis puntos sobre Emma. No pude sentirme más afortunado por contar con la que es la mejor actriz de su generación. Al menos para mí. Comandó el reparto de mi ópera prima con un personaje muy complicado que transformó en tripas y verdad. Durante aquel proceso me volví adicto a contemplar diariamente, desde la primera fila, el espectáculo que me regalaba cada día encarnando a Emma.
 
   Ahora nos citamos en un restaurante de la madrileña Plaza de Olavide y el tiempo se queda corto para el relato de nuestras vidas recientes. La agenda de Echegui es frenética en los últimos años. Dentro y fuera de España. Hay tanto de lo que ponernos al día que casi se me olvida que el motivo del encuentro es una entrevista. Enciendo la grabadora con intención de que me relate otra vez mucho de lo que ya sé de ella, pero también con ganas de hacerle preguntas que nunca le he hecho.
 
 

 
 
 
– Lo de ser actriz siempre lo tuviste clarísimo, ¿no?
– Desde los nueve años. Fue entonces cuando me di cuenta de que podía entrar en el televisor. Antes veía la tele como un ente, creía que quienes salían en ella no existían fuera, pero descubrí la verdad: era gente real que vivía de hacer series y películas.
 
– ¿Recuerdas el momento en el que verbalizaste las palabras “Quiero ser actriz”?
– Sí. Poco después. Un niño de mi clase que grababa anuncios para Central Lechera Asturiana me contó que estaba apuntado en una agencia donde le enviaban a castings. Le insistí tanto a mi madre que acabó llevándome, pero hice solo una prueba porque se espantó al ver a unos 500 chavales en la puerta. Me dijo: “Cuando crezcas ya vienes tú a hacer cola si quieres”. Y me pillé un berrinche… Me preguntaba que cómo sabía que quería ser actriz si no había actuado en mi vida. Pero yo lo sabía. Pasaron unos años y empecé a currar en un Vips para pagarme un curso de teatro de improvisación en Ensayo 100. ¡No pudo divertirme más! “Mira, blanco y en botella, mamá. Quiero hacer esto”, le dije. Después de la Selectividad me presenté a la Resad por mi cuenta y me cogieron. Por suerte me libré de Turismo…
 
– ¿Ibas a estudiar esa carrera?
– Era la opción más firme porque la nota no me daba para Comunicación Audiovisual. Pero el caso es que se cruzó la Resad, que me brindaba una licenciatura en lo que más me gustaba, y mi madre asumió que la cosa iba en serio. En esa época también me pillaron en la agencia de representación Kailash.
 
 

 
 
 
– ¿Cuánto tiempo pasó entre tu entrada a la Resad y tu aparición en la serie de TVE Paco y Veva?
– Unos dos años. A los 19 me salió la serie de Telecinco Una nueva vida, que se cayó enseguida, duró tres capítulos. Luego Paco y Veva. Y en teatro representé Infierno, de Tomaz Pandur, para el Centro Dramático Nacional. Durante ese tiempo iba y venía de la escuela. Hasta que apareció la Juani.
 
– ¿Cuánto hay de leyenda en la historia que cuentan sobre tu papel de Yo soy la Juani? ¿Engañaste a Bigas Luna negándole tu condición de actriz?
– Fue tal cual. Mi representante me contó que Bigas buscaba a una chica de la calle para su nueva película. “Todo menos decir que soy actriz”, pensé. Me pillé un chándal amarillo del Bershka, un top blanco, unos pendientes y una gorra antes de ir al casting masivo en la Fnac de San Sebastián de los Reyes. En compañía de una amiga hice un vídeo en el que probaba el personaje: hablaba a cámara, bailaba, tenía una cobaya como mascota… Todo lo choni que podía. También grabé una especie de corto con mi hermano, y mi madre interpretaba a la madre de la Juani. Muy surrealista… Me llevé el DVD con esos vídeos a la prueba, aunque al final no lo entregué.
 
– ¿Ese DVD sigue existiendo? ¡Queremos verlo!
– No sé [risas]. Se habrá perdido con la mudanza, porque hace mucho que no lo veo. Esperé la cola, me pusieron un número, pasábamos de dos en dos a la audición. Me llamaron para una segunda prueba ya con texto, y luego hubo una tercera con maquillaje y vestuario. En ese proceso se enteraron de que era actriz y que había trabajado antes. Hablaron con mi representante para decirle que les gustaba pese a verme muy blandita. La tercera prueba era en Barcelona y perdí el avión. Había cogido muy pocos aviones y llegué con el tiempo justo para embarcar. Lloré más que en toda mi vida, monté un numerazo a la azafata del mostrador… Tuve que pedirle dinero a mi tía para comprarme otro billete, al final llegué unas horas tarde, con tal disgusto que entré en la sala y empecé a soltar rabia y tacos. Fui lo más basta que pude. Bigas se acercó y me dijo: “Quizás serías una buena Juani, aunque no te veo entusiasmada con la idea”. A lo cual le respondí: “Si no me ves entusiasmada es porque no quiero hacerme ilusiones, pero a mí me das este personaje y me vuelvo loca, no te vas a arrepentir”. Le vendí todo el pescado [risas]. Al poco me llamaron para decirme que el papel era mío. Nada más recibir el guion empecé a trabajar. Me pasaba los días improvisando en la calle y fijándome en chicas similares a la Juani…
 
 

 
 
 
– ¿Ahí nació tu lado más obsesivo como intérprete?
– ¡Ya era obsesiva!
 
– ¿Qué aprendiste con Bigas Luna?
– Me cambió la vida a nivel profesional y personal. Me dirigió, pero también me dejó volar, me dio libertad. Estaba muy tranquilo, tenía las cosas muy claras. Yo al principio apostaba por una Juani más extrema, menos empática, ante lo cual él me medía: insistía en que la gente tenía que sentirse identificada con ella.
 
– Es que te encanta extremar los personajes…
– Sí. Como espectadora me gusta que los personajes me sorprendan, no verlos venir de principio a fin. Me interesa mucho el proceso en el que juzgamos a alguien y luego le entendemos al descubrir las motivaciones para hacer lo que hace. Hay miedo por parte de los creadores a que los personajes no caigan bien, y a mí me resulta interesante que se explote eso. Pero para eso estáis los directores. Como actriz puedo decantarme hacia un lado de la balanza y ahí estás tú para guiarme, porque al fin y al cabo no deja de ser tu historia. Con el tiempo he tratado de aprender a leer mejor los guiones, descubrir qué quieren contar, intentar resolver junto al director las incógnitas que puedan surgir.
 
– ¿Qué características debe reunir tu director ideal?
– Que se fíe de mí, conseguir que yo confíe en él, que tenga una visión clara. Si siento que la tiene, me dejo llevar por él. Los directores debéis ser gurús, saber muy bien lo que estáis contando para así comunicarlo de la mejor forma al equipo. Pero a veces no te guían o te encuentras en proyectos en los que nadie sabe bien qué se cuenta al espectador. Entonces estamos perdidos, lo cual me da mucha pena, porque lo que más respeto me merece en el mundo son los espectadores. Para ellos trabajamos.
 
– Mójate y di cuál de los autores que pueblan tu currículum cumple con esos requisitos.
– Manuel Martín Cuenca, con quien hice La mitad de Óscar. Tenía una idea muy clara y la defendió hasta el final. Gracias a eso entendimos el espíritu de una historia tan particular, y no con largas charlas, sino jugando con improvisaciones. De repente venía y te susurraba algo al oído, o te contaba un secreto para ayudarte en un momento concreto. Sabe dar en la diana, permitiéndote además la suficiente dosis de libertad para crear por ti misma.
 
 

 
 
 
Yo soy la Juani te reportó tu primera nominación al Goya. ¿Cómo te enteraste de que aspirabas a mejor actriz revelación?
– Estaba en la calle y me llamó mi representante. O no. Me ha dado un lapsus, ¿cuántas veces me han nominado?
 
– ¡Tres! Por Yo soy la Juani, El patio de mi cárcel y Katmandú.
– Es verdad [risas]. En la calle estaba cuando me telefonearon para contarme la candidatura por El patio de mi cárcel. Con la Juani no me acuerdo.
 
– ¿Cómo es tu relación con los premios?
– Es una mezcla de todo. En los primeros trabajos me juzgaba mucho, era demasiado autocrítica, nunca estaba contenta. Por eso siempre pensaba que no me lo merecía, que no estaba para ganar un Goya. Con el tiempo me he ido relajando, he logrado ser más benévola conmigo misma. He aprendido a aceptar que cada trabajo es fruto de un momento de tu vida, y que en ese momento hiciste lo mejor que pudiste con determinado papel. Ahora ya lo entiendo, por eso disfruto mucho más que antes. Sigo siendo muy obsesiva, pero desde un lugar más sereno. Al principio lo deseaba tanto, tenía tanto miedo de defraudar y de que no volvieran a llamarme, que me comportaba como una militar. Ya no me meto tanta caña. Y el aprendizaje lo he realizado con las propias películas: han sido mi manual de autoayuda, mi refugio, mi todo.
 
– A veces es complicado separar cine y vida, ¿verdad?
– Sí. ¿No te pasa que en cada proyecto descubres algo nuevo sobre ti? Es como un acto psicomágico.
 
 
 

 
 
 
– Hubo un parón de dos años en tu trayectoria. De repente te marchas a Londres…
– Paré porque no aguantaba más, dejé de actuar porque me estaba haciendo mucho daño…
 
– ¿Qué te pasaba?
– Que me preguntaba por qué sufría tanto en lugar de disfrutar. Siempre tuve la expectativa de ser actriz como camino a la felicidad, y no solo descubrí que no era feliz, sino que iba exigiéndome cada vez más. Mientras rodaba El patio de mi cárcel hubo jornadas en las que no tenía ni ganas de actuar. Adelgacé un montón, aunque de forma controlada, me cambió incluso el humor. Puse mi alma por completo al servicio de mi Isa. Me involucré tanto que profundizaba en lo más oscuro, a menudo iba a hablar con chicas drogadictas… Quería perderme en la vida de ese personaje, desaparecer como Verónica, que solo existiera Isa.
 
– No suena muy sano.
– Claro que no, luego he descubierto otro mundo. Y aún quiero hacer magia para desaparecer y convertirme en el personaje, pero de una forma mucho más sana. No hay que vivirlo todo para poder interpretarlo, también existe un imaginario universal al que acudir.
 
– ¿Y a qué te dedicaste en Londres?
– Trabajé en una cafetería. Fue gracioso. Tenía una compañera gallega que se pasaba los días mirándome y diciéndome: “Me suena tanto tu cara…”. Hasta que un día le confesé que aparecía en varias películas. Y al fin cayó. “¡Tú eres la Juani! ¿Qué haces aquí de camarera?”, me preguntó.
 
– ¿Cuándo te sentiste preparada para volver?
– ¡Cuando me harté de limpiar platos! [risas] Ese era el objetivo. “Ya querrás volver simplemente por hartura”, me había dicho a mí misma. Ese día llegó, con el incentivo de que Eduardo Chapero-Jackson me llamó para Verbo. Me atraía mucho el mundo de sus cortos y me encantó el guion.
 
 

 
 
 
– Y saltaste a La fría luz del día, una producción con dinero americano que te situó junto a Henry Cavill o Sigourney Weaver, aunque se filmó en España. Te viste corriendo por azoteas al lado de Superman… ¿Qué te llevaste de esa aventura?
– En medio de ese follón tuve que ponerme en mi sitio y demandar lo que necesito como actriz para poder trabajar bien. Pero al mismo tiempo conectaba más rápido con las emociones y con lo que precisaba cada escena. Probé el sabor de una peli de acción, los medios que se tienen, la forma tan bestia de hacer las cosas. Aunque finalmente lo cortaron, rodamos un plano secuencia de 10 minutos en el que sucedía de todo, incluso llevaba a Cavill a rastras. ¡No sabes cuánto pesa ese hombre! Me dejé cinco kilos ese día.
 
– Cuando te pasé el texto de Seis puntos sobre Emma me llamaste para decirme: “Me da miedo, pero quiero hacerlo”. ¿Tanto vértigo te da cada propuesta?
– Mucho. Porque cada vez soy más temeraria. Tengo ganas de retos, de lanzarme a la piscina con historias apasionantes. Si un guion me enamora, me vuelvo loca.
 
– Parece que tu vis cómica siempre está ahí, pidiendo salir. Me encanta tu papel alocado de 8 citas.
– ¡Ahora voy a hacer dos comedias! Me apetecen mucho. Una aquí, de la cual no puedo contar nada aún, y otra en Italia. Se titula Lasciati andare, la ruedo a finales de agosto en Roma con el actor Toni Servillo, encarno a una entrenadora personal…
 
– En este punto de tu carrera puedes elegir. Has rechazado proyectos con muy buena pinta… ¿Cómo decides entre uno u otro?
– No es algo tan racional. Leo el guion y confío en mi sentimiento. Me he encontrado historias bien escritas que sabía que llegarían a buen puerto, pero en ese momento vital mis tripas me decían: “Esto ahora no”.
 
 

 
 
 
– Ahora preparas Apaches para Antena 3. Exceptuando tu papel episódico en Cuéntame, regresas a la televisión tras una década ausente. ¿La has evitado o no te han tentado con una idea adecuada?
– Cada medio tiene unos parámetros. La televisión en España implica hacer tu trabajo a toda prisa. Las cadenas imponen unos plazos y el plan de grabación va por encima de lo creativo. También depende de la serie, pues en Cuéntame lo pasé genial: confiaban en los actores y creé con tiempo. De Apaches me encanta la historia, con eso ya tiene mucho a su favor.
 
– Acabas de probar en la pequeña pantalla internacional con Fortitude, que grabaste entre Londres e Islandia y que el año próximo tendrá segunda temporada.
– Me han fascinado los productores que he conocido. Se han empapado tanto con los guiones que te dan respuestas como si fueran ellos los autores. Y tienen un respeto hacia los actores… Éramos 30 en el reparto y les enviábamos correos para consultar o proponer cosas. No hubo un solo mail al que no respondieran.
 
– Sabes que nuestro trabajo ahora depende mucho de su grado de exposición en las redes sociales. Tú has tardado en unirte a ellas, nos costó convencerte. ¿Por qué?
– Supongo que por protegerme. Me asustaba la idea de contar con una ventana tan directa con tantísima gente, donde además se mueve tanta información. Y como soy tan hiperactiva, la idea de añadirle más actividad a mi vida, me estresaba. En principio, me mantuve un poco al margen para observar en qué consistía en realidad esto de las redes sociales y para qué servían, porque no sabía para qué usarlas. Ahora, con el tiempo, sí he descubierto que son un buen canal para transmitir información o ideas que me apetece contar y que por otras vías no puedo. Intento utilizarlas bien, pero es difícil, porque también enganchan.
 
– En las redes sociales has expresado últimamente alguna opinión política. ¿Es preciso hacerlo?
– Si manifiesto algo político, lo hago como ciudadana. En Instagram puse una foto de Manuela Carmena porque me parece una mujer muy inteligente: cree más en la acción social que en la política. Todos deseamos que las cosas cambien y cooperar. Es urgente despolitizar el arte, no le beneficia depender de ningún partido: debería ser autosuficiente, independiente, autogestionado. El arte ha de ser para todos. Lo importante es que el público nos vea y se sienta dueño de lo que hacemos, porque las historias hablan de todos nosotros y trascienden cualquier ideología.
 
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