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14-10-2016 Versión imprimir

 
#VetustaSahara


Día 2: El desfile

JUANMA LATORRE (Texto y fotos)
Guitarrista y compositor de Vetusta Morla
 
 
 
En casa, en España, el 12 de octubre es un día de desfile, de grada en Castellana, de breakdance de banderas. Privados de aquellas algaradas patrias, amanecimos el Día de la Hispanidad en Dajla, en mitad del desierto argelino. Nos separaban miles de kilómetros del poste de la plaza de Colón. Pero quiso la casualidad que no pasáramos tan señalada fecha sin un desfile como mandan los cánones, así que solapó nuestra efeméride española con una saharaui: el Día de la Unidad Nacional.
 
   Con la única muleta de unas escasas cuatro horas de sueño, cortesía del interminable viaje del día anterior, nos dirigimos al ‘centro’ del campamento. Como si fuéramos dignatarios extranjeros, nos instalaron en la tribuna de honor, teníamos a pocos pasos el atril de los discursos. Bajo un sol de justicia observamos durante un rato cómo gesticulaba la nuca del presidente Brahim Gali, máxima autoridad de la RASD (República Árabe Saharaui Democrática), un malabarismo político capaz de dotar a este pueblo de una estructura estatal en continuo funambulismo. Después de la intervención de los diferentes gobernantes empezó el espectáculo.

 
   Cualquiera que no conozca la idiosincrasia saharaui puede pensar razonablemente que tras el rótulo "Desfile de la Unidad Nacional" contemplará un alarde de ardor guerrero. Una exhibición de fuerza bélica. Nada descabellado si tenemos en cuenta cómo es la celebración de nuestra patria española. Y sin embargo, no se vio en la comitiva un solo rifle, espada o centímetro de tela de camuflaje. Mucho menos, claro, un carro de combate o cualquier artilugio de guerra parecido.
 
   El protagonismo correspondió a una aplastante mayoría de mujeres desarmadas, que vestían sus trajes tradicionales de gala. Bailaban al son de la música festiva que tocaba un guitarrista furtivo, escondido tras los altavoces de un soundsystem decrépito que chillaba las notas arrancadas a un stratocaster de imposible afinación bereber. Las féminas danzaban con movimientos de manos, imitando el revoloteo amatorio de las aves. Y se organizaban por grupos, cada uno de ellos correspondiente a una wilaya (provincia) saharaui, con el cometido de representar un oficio o tradición importante en la sociedad saharaui: la ceremonia del té, los pastores de cabras, la medicina antigua, los pescadores que quedaron atrapados en el Sáhara que ocupó Marruecos, los cavadores de pozos en busca de agua bajo el desierto, los médicos con maletines donados por la Media Luna Roja... Todos los elementos que cohesionan y sostienen la comunidad fueron honrados. Los guerreros simplemente guardaban de forma callada el recinto donde se producía el emotivo encuentro. Quizá parezca algo anecdótico, pero da una idea de los anclajes del grupo, de cuáles son sus valores comunes.

 
   La hospitalidad saharaui de la que hablábamos ayer no se reduce a lo material: constituye también una invitación a conocer todo este entramado sociocultural. Y uno se acerca a él con la sensación de ser un explorador y no un turista al uso. Así transcurre este Día de la Hispanidad tan particular que clausuramos con una película bajo las estrellas. Mientras en el lateral de un camión convertido en pantalla se reflejan los créditos de Un Día Perfecto (de Fernando León de Aranoa), alguien aparca un tanque en el cuartel madrileño de El Goloso. Y lo cubrirá con una lona hasta la próxima guerra o el próximo 12 de octubre, lo que llegue antes.
14-10-2016 Versión imprimir
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