twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Noticias
18-10-2016 Versión imprimir

 
#VetustaSahara

 
Día 4: Galopada hasta el muro
 
 
JUANMA LATORRE (TEXTO Y FOTOS)
Guitarrista y compositor de Vetusta Morla
 
Hay un cineasta presente en el Fisahara que ha venido con el objetivo de rodar un documental bajo una curiosa tesis: estudiar la relación de los saharauis con sus vehículos todoterreno de la misma manera que otras culturas se relacionan con el caballo o el camello. Quizá suene algo extraño de primeras, pero el carácter nómada permanece muy presente en el carácter saharaui. Les llaman “los hijos de las nubes” porque siempre se mueven en busca de la lluvia. Y esa inercia de movimiento perpetuo, esa adicción ancestral a la libertad que proporciona la ausencia de ciertos anclajes, aflora a la superficie muy a menudo en sus costumbres actuales, como un tic cultural que no ha perdido un ápice de fuerza en sus miles de años de existencia.

   Es evidente que todo pueblo nómada necesita un medio de transporte, un vehículo al que se venera de forma colectiva como el artífice del desplazamiento de quienes quieren seguir siendo quienes son y no perecer de hambre de nuevos horizontes. Es una cultura de jinetes, pero en el siglo XXI sus monturas son vehículos todoterreno. Adoran cabalgar por el desierto a lomos de sus 4X4 desvencijados, dependen de ellos para su supervivencia. La mera existencia de un taller mecánico en un campo de refugiados da idea de la importancia que tienen estos coches en la sociedad saharaui.

   A veces se organizan caravanas de varias decenas de estos jeeps, con líderes de la manada que van delante y detrás vigilando la marcha, como si fuera la migración de una tribu. En una de esas caravanas habíamos llegado desde el aeropuerto de Tindouf a los campamentos, como un clan en plena huida de una glaciación. Sobre la grupa de uno de estos rocines galopamos de nuevo para asistir a una velada en las dunas cercanas al campamento, una fiesta alumbrada por un privilegiado atardecer sobre la arena, de esos que solo existen en el fin del mundo y de los que solo se regresa vivo con una montura adecuada.

 
   A lomos de esos corceles con tracción a las cuatro patas fue también como nos acercamos al muro de la vergüenza que se ha alzado en mitad del territorio del Sáhara Occidental. Son casi 2.800 kilómetros de atentado contra los derechos humanos que Marruecos, con la inestimable ayuda de otros convidados al festín caníbal de los recursos saharauis y al margen del Derecho Internacional, levantó con un objetivo: impedir el libre movimiento de personas entre el denominado “territorio liberado” (bajo el control del Frente Polisario) y el “ocupado” (por la autoridad de la monarquía donde la monarquía alauita). Saharauis de uno y otro lado viven separados por esta atrocidad erizada de púas metálicas y trufada de cientos de guardianes.
 
   La comunidad internacional casi al completo hace como que aquí no pasa nada; cualquier tecnicismo burocrático es un buen escudo para esquivar la verdadera realidad: que los triunfos de la dignidad humana sobre los retruécanos de la geoestrategia y la macroeconomía existen, aunque sean escasos y milagrosos. Y a pesar de que nos interesen a cuatro gatos. Pero eso sí: allí estábamos los cuatro, esquivando alguna de las seis millones de minas antipersona en torno al muro.
 
   Detuvimos los jamelgos diésel a unos 400 metros de los ojos de los soldados marroquíes que se rieron bastante de nuestra ingenuidad. Formábamos una pandilla de artistas inofensivos ejerciendo su derecho a la pataleta: un payaso (el genial Iván de Pallasos en Rebeldía) disparando confeti sobre las alambradas, una actriz (la fantástica Clara Lago) enarbolando banderas, unos músicos (los muchachos de Vetusta Morla) pasando mucho miedo durante su brindis al sol por los derechos humanos.
 
   De vuelta en una carrocería demasiado dura para nuestro blandito trasero madrileño, me asalta el amargo pensamiento de que esta marcha no cambia nada. Justo cuando escucho que los cascotes de goma del Toyota prehistótico empiezan a golpear la grava, me doy cuenta de que algo sí ha cambiado en mi. Y entiendo que eso es suficiente. Al menos por hoy. Los morros de las bestias automotrices dan la espalda al sol de poniente y desandan sus propia huellas en el retorno a un hogar provisional.
18-10-2016 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio