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21-10-2016 Versión imprimir

 
#VetustaSahara
 
 
Día 6: Un ángel de la guarda
 
 
JUANMA LATORRE (TEXTO Y FOTOS)
Guitarrista y compositor de Vetusta Morla
 
 
 
 
La mañana del concierto de clausura de FiSahara, Tiba, nuestro cicerone y ángel de la guarda saharaui, nos lleva de paseo por los puntos más importantes de la wilaya para explicarnos la insólita vida en este lugar imposible. Nos subimos a una loma desde la que se ven los pozos, los depósitos de agua y todas las aldeas que albergan alrededor de 30.000 personas en Dajla.
 
   A continuación hacemos una primera parada en la escuela, que lleva el nombre de un mártir saharaui. Dicho así, alguno pensará que nos encontramos en una madrasa, rodeados de fanático adoctrinamiento islamista. Pero se trata simplemente de una escuela de Primaria, un puntal de ese titánico logro saharaui de conseguir la escolarización de todos los niños en un campamento de refugiados. Aunque nos sentimos algo avergonzados por lo escasa que parece nuestra humilde aportación de cuadernos y bolígrafos al centro, el director del colegio pronuncia esta frase que Tiba nos traduce muy despacio: “Un río se hace gota a gota”.
 
   Una vida entregada a la causa de su pueblo esconde una tragedia familiar en el caso de nuestro guía: su primera hija murió porque su esposa no fue atendida a tiempo en un hospital cuando iba a dar a luz. El miedo a que ocurra algo así es la razón por la que muchas personas están emigrando de Dajla. Y es que para llegar al hospital, con capacidad para intervenciones quirúrgicas y tratamientos específicos, hay que recorrer más de 160 kilómetros. Con el agravante de que esa distancia se hace en automóvil particular, no en ambulancia, pues aquí no existe cosa que se le asemeje en el Sáhara. El director del centro médico del campamento, un héroe silencioso y somnoliento, hace todo lo posible con lo que tiene. Faltan desfibriladores, máquinas de electrocardiograma, botellas de oxígeno, anestesia, salas esterilizadas… Su esfuerzo es mayor de lo exigible, pero no siempre suficiente para evitar muertes de vecinos ante sus propios ojos. Difícil digerir tan amargo trago, y más si se viste bata blanca.

 
   Tiba se ha casado con la causa saharaui de una manera entre monacal y castrense, vive para mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos y poder alcanzar justicia para ellos. En ese camino ha dejado en segundo plano a la familia, pues tomó la dura determinación de anteponer la lucha a sus propios hijos. Para dicha andadura ha hecho casi de todo: estudiar durante más de una década en Cuba, ser delegado de Cultura en la wilaya, aprender mecánica, devorar libros de historia y teoría política, recibir entrenamiento militar y ser el hombre fuerte del FiSahara en los campamentos. Una de sus obsesiones es que el saharaui sea un pueblo “productivo”, que no se acomode en su condición de refugiado, que no entienda como normal vivir de la ayuda internacional en un lugar vacío de perspectivas. Por eso la siguiente etapa de nuestra tour es clave: el huerto.
 
   Parece un verdadero milagro que crezcan calabacines, zanahorias o sandías en la arena del desierto, pero se ha hecho realidad gracias a un proyecto que podríamos calificar como “agricultura extrema”. La Junta de Extremadura puso en marcha este vergel, cuyas posibilidades de abastecer a los habitantes del campamento son bien escasas, aunque ofrece un don nada despreciable: al trabajar el huerto, los saharauis adquieren el conocimiento de la tierra. Aprenden que pueden esforzarse para crear algo, que las semillas dan sus frutos si se miman. Estas lecciones sirven para el presente, pero todavía más para el futuro, cuando por fin recuperen su territorio. En ese momento deberán estar entrenados para ser una sociedad productiva y recuperar una normalidad abortada por décadas de inconcebible vida en la hamada.

 
   Tras nuestra visita al huerto percibimos que todo el mundo respeta a nuestro ángel protector. Se acercan a darle un abrazo o estrecharle la mano allá donde vamos, y da la impresión de que Tiba cuida de todos ellos igual que cuida de nosotros. Arregla sus casas, busca comida para repartirla entre los más pobres, trapichea en Mauritania si es necesario, sale al rescate de quienes quedan atrapados en mitad del desierto por la avería de su jeep, lleva enfermos hasta el hospital en su coche… El alborozo que le acompaña en cada rincón se intensifica junto a un grupo de jóvenes con la piel socarrada por el sol, que se acuclillan alrededor de una tetera a punto de hervir sobre el carbón. Uno de ellos le achucha con una gran sonrisa y luego vuelve silenciosamente a su tarea: rasca con un cuchillo la suciedad incrustada en la rejilla de un radiador de coche.
 
   Tiba nos asegura que nos hallamos ante la flor y nata de la mecánica saharaui, ya que los chavales son capaces de todo tipo de virguerías, incluida la de hacer compatibles piezas de dos marcas rivales. Nos conduce dentro del taller, y lo que para cualquiera de nosotros sería el vertedero de un desguace, a ellos les parece el paraíso de la ciencia automotriz. Un festín de recambios con los que cuidar sus preciadas monturas motorizadas. De nuevo quedan patentes el ingenio y la capacidad de aprovechamiento de los refugiados.

 
   Tiba no es un político, lo suyo no es tanto la diplomacia como la estrategia. Es un líder, pero empuja más con el corazón que con la retórica. Es un hombre de acción sumamente inteligente, un peligrosísimo creador de emboscadas que exprime sus habilidades en tiempos de paz. Así estará preparado para cuando llegue la guerra. Y no es el único que piensa de esa forma. Nosotros esperamos que no suceda, y con esa esperanza empuñamos nuestras únicas armas: guitarras, teclados, micrófonos, tambores…
 
   No es fácil ponerse a hacer música por la noche cuando has pasado el día conociendo la vida en el Sáhara: sus miserias, sus anhelos, su tránsito al filo de la guerra. No es fácil pensar que pintas algo en un campamento de refugiados cuando sabes que hay inaccesibles despachos alfombrados donde se decide el destino del mundo. No es fácil tocar un instrumento o cantar con una despedida inminente en la cabeza, a sabiendas de que el sol volverá a calentar la tela ajada de las jaimas y evaporar el agua en los manantiales de la esperanza. No es fácil repartir canciones entre gente que lo que realmente necesita es pan y justicia. No es fácil, pero se trata de nuestro trabajo, lo que mejor se nos da. Y decidimos ponernos a ello en el centro de la wilaya, con la certeza de que la emoción y la música también son necesarios para inspirarse en el camino hacia adelante.
 
   Durante el concierto veo fugazmente a Tiba. La camiseta promocional de Vetusta Morla que lleva le queda grande, pero le da un halo de pertenecer al staff. Y eso nos reconforta. Nos mira feliz, y a la vez atento a nuestros movimientos y necesidades, como si fuera uno más del equipo de gira. Por un breve instante parece un concierto normal. Por un breve instante la humanidad parece algo factible. Me aferro a ese momento y lo extiendo sobre la melodía de La Marea. Me envuelvo con él y se hace eterno dentro de mí. Sé que en cualquier punto del espacio y del futuro podré regresar a este aquí y este ahora para contemplar cómo a nuestro ángel de la guarda en el desierto se le sigue dibujando una sonrisa entre sus dos grandes dientes grises.
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