twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Entrevistas
29-07-2014 Versión imprimir

 
 
Vicenta Ndongo


 
“Nos dejan en soledad para que nos sintamos agarrotados por el pánico”


La catalanoguineana que despuntó en ‘Airbag’ y ha sido antiheroína de Cesc Gay mira hacia la filosofía oriental para entender mejor el mundo. Y a sí misma
 
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico: Pau Fabregat
El itinerario de la vida lo definen en buena parte los puntos de inflexión, los avatares, esos cambios inesperados en el rumbo. Vicenta Ndongo, la gran actriz barcelonesa de sangre ecuatoguineana, sabe muy poca cosa sobre cómo le marcharán las cosas a lo largo de este segundo semestre de 2014. En realidad, solo tiene claro que se avecinan cambios: un billete de ida a Nueva Delhi el 1 de agosto, el anhelo redivivo de la maternidad, un equipaje ligero hasta extremos machadianos (“mi pareja y yo llevamos una mochila de 20 litros cada uno: varias mudas y un chubasquero para el Monzón, allí no hace falta mucho más”) y una hoja de ruta prácticamente en blanco: la planificación dice que Vicenta e Iván (realizador y guionista) llegarán en algún momento y de alguna manera hasta Singapur, para desde allí seguir periplo hasta Nueva Zelanda.
 
 

 
 
 
   Puede sonar a excitante plan aventurero, a viaje iniciático para asumir el gran reto de la madurez a los cuarenta y algunos, a vuelta al mundo de una artista reconvertida en exploradora. Pero Vicenta no busca tanto conocer países como conocerse a sí misma. O redescubrirse. En la mudanza ha tirado casi de todo (“acumulamos tantas posesiones inservibles…”), pero entre sus manos atesora una edición barata y avejentada, mucho más amarillenta que marfileña, de un libro que se salvó in extremis de las tiendas de segunda mano para convertirse en tabla de náufrago, manual de consulta recurrente: El canto del pájaro, las reflexiones del sacerdote católico Anthony de Mello tras su profunda inmersión en la tradición religiosa hindú. Se trata de una oda a la libertad y el respeto. Ese mundo que, ebrios de ruindad y egocentrismo, aún no hemos sido capaces de edificar pero ella anhela para su futuro retoño.
 
   “Que nazca donde acierte a nacer, que sea quien le apetezca ser, que viva solo o se enamore de una mujer o de un hombre”, reflexiona con un brillo en la mirada que podría incluir algún destello de lágrima. Pero no lo aseguraríamos, porque Ndongo es de mirada refulgente y generosa por naturaleza. Esa mirada que le proporcionó el pasaporte para Airbag, la mítica cinta de Bajo Ulloa; la convirtió en cualificada antiheroína de Cesc Gay en V.O.S. y En la ciudad, le abrió las puertas televisivas en TV3 o Aquí no hay quien viva y la condujo, finalmente, hasta el Festival de Almagro: otro de los grandes viajes de su vida, en ese caso sin vientos monzónicos ni lluvias torrenciales.
 
 

 
 
 
– ¿Cómo conjugar las exploraciones interiores con satisfacer las facturas a fin de mes?
– Prescindiendo de miles de cosas. Ya lo decía mi abuela: ¡tanta ropa para un solo cuerpo! Estoy harta de hipotecas, he decidido liberarme de lastres, no sé pensar en términos económicos. Reducir gastos ayuda a sentirse mejor. A no tener que invertir en todo momento tu tiempo, sino poder también perderlo.
 
– ¿Estas son, en parte, las enseñanzas que le ha aportado su sangre africana frente a la opulencia de la vieja Europa?
– Seguramente. En casa de mi tía guineana viven ocho personas y se respira bienestar, un sentido de comunidad y equipo. A nosotros nos dejan en soledad para que nos sintamos agarrotados por el pánico y el miedo. Y así estoy yo ahora: quitándome de esta droga del mundo occidental.
 
– ¿Tiene casa en Guinea?
– En realidad, no conocí el país hasta los 33 años y el choque me resultó brutal. Mi padre no quería que fuese y yo tuve que enfrentarme a mis propios prejuicios, aceptar que provenía de una familia que aún vivía en chabolas. Hoy todo ha cambiado, incluso mi tío me ha ayudado en momentos difíciles.
 
 

 
 
 
– Catalana, mestiza y políglota. ¿Es usted lo que se entiende por una ciudadana del mundo?
– No sé si soy cosmopolita, pero me siento en comunicación con muchas culturas, una persona abierta a la conexión con el ser humano. Tiendo a ponerme en el lugar de la gente, a comprender sus motivaciones. Lástima que eso sea cada vez más difícil. La política ha malversado el lenguaje, ha hecho especulación de la palabra.
 
– ¿Lo dice por el conflicto entre Cataluña y España?
Por eso y por todo. Se lo escuché a Mujica, el presidente de Uruguay, y estoy de acuerdo: la izquierda tiene complejo de inmadurez y la derecha, de soberbia. Me asombra que quieran acotar la expresión ciudadana, las manifestaciones.
 
– Menos mal que el mundo de la interpretación es una república independiente en sí mismo…
– Pues si le cuento algo no lo creerá. La primera vez que fui al Institut del Teatre ni sabía qué era aquello. Vi el nombre en la Guía del Ocio, me gustó y… me acerqué a ver de qué se trataba. A los 18 años había trabajado con un cirujano plástico o en una tienda de muebles, pasé una temporada en Irlanda aprendiendo inglés… y lo del Institut fue un salvavidas para no acabar estudiando Empresariales o algo parecido. Me vino Dios a ver: la pura verdad es que, de aquella, todo el mundo hablaba de un tal Flotats y yo no tenía ni idea de quién era.
 
– ¿No había, en su caso, componente vocacional?
– Bueno, digamos que en Irlanda vi mucho titiritero, pero poco más. Antes ya había querido ser cantante de ópera o bailarina, pero no tenía estabilidad económica. Ni emocional.
 
 

 
 
 
– ¿Cuáles fueron las primeras lecciones que aprendió en esta profesión?
– La fundamental, que necesitas técnica, disciplina, trabajo diario. Y la segunda, que la frustración es una sensación habitual. A veces, porque tus ideales y sueños no se pueden cumplir, y otras porque el trabajo no te pilla en el mejor momento. Ahora puedo decirlo: En Aquí no hay quien viva no estaba bien. Soy una persona muy sensible y, si no me encuentro a gusto en mi entorno, el trabajo no me funciona.
 
– ¿Es difícil reír y hacer reír cuando no marchan bien las cosas?
– Yo tengo una vis cómica impresionante, sobre todo desde que Carles Alfaro acabó con mi sentido del ridículo para El lindo Don Diego, la obra que tantas alegrías nos dio en Almagro. Pero yo llevo toda la vida teniendo que reírme. Por pura necesidad. Son muchos los colegas que he perdido por el camino, que ya no están, y en estos casos solo puedes sacarte la peineta y abanicarte con ella. Estoy en eso: aprendiendo a reírme de mí misma.
 
– En lo relativo a gestionar los pudores, su escena clave en ‘Airbag’, un desnudo integral, no debió de resultar sencilla.
– Claro que no. Eres joven y te preocupa tu propia desnudez, esa sensación de vulnerabilidad. Menos mal que mi compañero era Karra [Elejalde], que fue un maestro muy comprensivo. Él me dijo que nos mostrásemos el uno al otro, hizo que todo resultara sencillo, honesto y nada frívolo. Al final, terminó siendo un gusto.
 
 

 
 
 
– En aquella época trabajó mucho para TV3, ¿verdad?
– Sí. Hacía Sputnik, un programa de música junto a Candela Peña, y luego llegaría Amor, has de tenir vista, un reality en que el concursante elegía pareja. No comparto esos prejuicios sobre la televisión como un medio liviano. Es otro arte, es trabajo, es inmediatez… y es difícil. La tele es una pista de circo.
 
– Su largometraje más reciente, ‘Menú degustación’ [Roger Gual, 2013], reflexiona sobre la vida que queremos para nosotros. ¿Usted acumula nostalgias de lo que no llegó a vivir?
– Sin duda. Me habría gustado conocer a mi abuela paterna, Manuela, la chamana. Me habría encantado tratar a Confucio o a Bruce Lee. Recibir clases de Peter Brook. Es una nostalgia sin poso, afortunadamente. ¿Sabe? Mi padre falleció hace 13 años, pero yo aún le hablo. Y creo que me oye. Le grabé durante sus últimos cuatro días de vida y ahora, por primera vez, empiezo a sentirme capacitada para ver esas grabaciones. La muerte es un talón de Aquiles en la educación occidental, y eso hay que mejorarlo.
 
 

 
 
 
– De ahí, también, su viaje a la India…
– El sentimiento de culpa católico es muy jodido. El taoísmo o el budismo me enseñan que el dolor no ayuda, que debemos liberarnos. Es más fácil echarle la culpa a Dios, pero es mejor trabajar en uno mismo. 
 
– ¿Ahora mismo desea algo con especial intensidad?
– [Larguísimo silencio] Sí. Disfrutar de mucha salud y poder funcionar a todos los niveles linfáticos. Con eso me bastaría.
 
29-07-2014 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio