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23-06-2011 Versión imprimir
“¿Todo gratis? ¡No fotem!”
 

La protagonista de ‘Un tranvía llamado deseo’, defensora de la ‘Ley Sinde’, desgrana algunos episodios de su brillante trayectoria 
 
 

Aunque hija de actores, Victòria Peña i Carulla (Barcelona, 1954) tuvo una entrada tardía en la interpretación. Ejerció su primera vocación, la enfermería, en el Clínico de Barcelona hasta que un día el veneno de la escena contagió sus venas. En 2009 obtuvo el Premio Nacional de Teatro por su labor de magisterio, su compromiso con la profesión y su capacidad para construir personajes auténticos. Hoy encarna cada noche a uno de ellos: la eterna Blanche DuBois que Tennessee Williams creó para Un tranvía llamado deseo, un papel incandescente y la excusa perfecta para una buena charla.
– Aquel estribillo que cantaba en el ‘Sweeney Todd’ de 2008, “tiempos más duros que el peor pastel de carne de Londres”, fue premonitorio.
– Precisamente con aquel musical teníamos preparada una gira de seis meses que se fue al garete. La crisis ha tenido un efecto desolador en nuestro sector. Yo pude parar el golpe por una oferta del Nacional de Cataluña y la gira renovada de Après moi, le déluge.
– Pero se enteró del Premio Nacional de Teatro en la cola del paro.
– Sí, tuvo gracia. Del INEM al INAEM en un abrir y cerrar de ojos. Soy una trabajadora más y a veces toca ir a la oficina de empleo.
– Iba para enfermera. ¿Qué le hizo cambiar de idea?
– Un verano en Londres tuve una revelación. Un actor amigo de mi madre, Tony Canal, me llevó varias veces al teatro. Me impactaron La madre de Gorki o The shadow of a gunman, del irlandés Séan O’Casey. Al tomar distancia y alejarme de mi familia, descubrí lo que realmente quería hacer.
– ¿Y qué pasó después?
– Lo que de verdad cambió mi vida fue el Grec del 76, una experiencia de teatro autogestionario. Un grupo de actores y directores de Barcelona propuso al Ayuntamiento gestionar la temporada de verano. Un verano intenso y febril. De aquel grupo nos escindimos unos cuantos para montar el Saló Diana, un nido de agitación teatral en medio de la gran efervescencia social y cultural de aquella Barcelona. Duró hasta finales del 78. Pasé tiempo sin hacer teatro porque sobre nosotros pesaba cierto estigma de contestatarios.
– En 1983 regresó a las tablas y en 1984 Mario Gas la llamó para la ‘Ópera de tres peniques’. ¿Era la primera vez que cantaba?
– Así es. Pero si el mío fue un salto sin red, el de mi compañero Constantino Romero fue un triple mortal: no hablaba catalán, no cantaba y era su primera actuación en teatro. Es típico de Mario, le gustan las aventuras temerarias.
– En cambio en su siguiente Brecht hizo de muda.
– La Catalina de Madre coraje, con Rosa María Sardá en el María Guerrero. De ahí a un monólogo con un grupo alternativo: La balada de Calamity Jane. Luego Dancing!, un montaje coral... Una carrera muy variada.
– Hablando o cantando, todos elogian su dicción.
– Es una exigencia insoslayable para cualquier actor. La naturalidad no quiere decir que no se te entienda. Hubo una corriente hace unos años que iba por ese camino y era lamentable. Supongo que influye mi afición a los idiomas y que soy muy bilingüe y orgullosa de ello. Disfruto hablando bien el catalán y el castellano.
– ¿Cómo se convive con las penas de un personaje?
– Durante la fase de ensayos exploras porqués y buscas conexiones contigo misma. Esta introspección produce turbulencias y no siempre es cómoda. Después solo convivo con el personaje en escena, no me llevo su dolor a casa.
– Vivian Leigh estrenó ‘Un tranvía...’ en el West End. Nueve meses después afirmaba: “Ahora Blanche DuBois me domina”.
– El influjo de algunos personajes es muy poderoso. Un personaje triste puede llegar a hundirte, pero a mí hasta ahora (¡cruzo los dedos!) no me ha pasado.
– Pese a que Blanche es asfixiante como el verano de Nueva Orleans...
– Interpretarla es extenuante por la enorme descarga de emociones. Exige mucha concentración: bebo un montón en escena pero no me da tiempo a ir al baño, rompo una botella y tengo que tener cuidado de cómo lo hago... Acabo la función revolucionada en lo mental y agotada en lo físico.
– ¿Dónde radica la vigencia de Tennessee Williams?
– En que pone en el microscopio a una sociedad sureña americana que no es tan distinta de la nuestra: confusa, sórdida, agresiva y que busca evasión a través del sexo o el alcohol. Y en su autenticidad: da razones a todos sus personajes para ir hasta el límite del conflicto.
– ¿Qué tiene Mario Gas para ser su director predilecto?
– Tiene mi número de teléfono.
Peña echa a reír con su broma. Ella y Mario Gas se conocen desde los tiempos de aquel Grec y comparten, además de muchas horas de escenario, dos hijos en común.
– Ya en serio. Me gusta su criterio para contar historias y su modo de ponerse del lado del actor. Me siento muy segura en sus manos.
– Y no tendrá que pasar castings...
– Se equivoca. En Sweeney Todd le dije: “¿Verías mal si me presento a las pruebas?”. Je, je. Me preparé a tope porque estaba enamorada de aquel papel. ¡Y coló!
– En ‘Homebody/Kabul’ (2007) traspasaba la cuarta pared sin aspavientos. ¿Cuesta dirigirse al público?
– Como persona da apuro y violenta un poco romper esa barrera, pero como intérprete es una experiencia apasionante. El actor pierde su inmunidad. Su impunidad.
– Hablemos de la pantalla. ¿De qué papel se siente más satisfecha?
– No he hecho papeles de envergadura en cine. Quizá la tía Rosa de Secretos del corazón, porque me permitió una exploración más a fondo, pero todos los papeles me han hecho crecer.
– En ‘Dragon Rapide’ (1986) encarnó a Carmen Polo joven y en ‘20-N’ (2008), a la anciana. Una experiencia heavy, ¿eh?
– El acercamiento al personaje joven fue más natural: éramos de la misma edad y podía entender sus miedos, ese “Uy, uy, uy, Paquito, qué vas a hacer”. En 20-N se trataba de un personaje mayor que yo, que requería una composición física elaborada y meterme en un espíritu beato y decrépito muy alejado del mío. Fue bastante tropical.
– ¿Tropical?
– Sí, alucinante, vaya. Rodábamos en El Pardo, en el dormitorio de los Franco, que estaba abierto al público. Manuel Alexandre y yo estábamos metidos en la cama mientras pasaban turistas estupefactos.
El exotismo de la imagen provoca jocunda hilaridad en el equipo de ACTÚA mientras Peña se cerciora de que no ha hecho partícipe de este secreto de alcoba a nadie de las mesas adyacentes.
– Hemos oído que podría volver con otro musical.
– No me tire de la lengua.
– ¿Sigue habiendo prejuicios con este género?
– Quizá por espectáculos oportunistas que son una especie de “corta, pega y colorea”. La música y las canciones en el teatro no son ningún desdoro y cuando detrás hay una buena carpintería teatral el resultado es fantástico.
– ¿Y qué opina de la ley Sinde?
– Es necesario proteger la propiedad intelectual. Discrepo de los que exigen bienes culturales gratuitos. ¡No fotem! Sus argumentos son primarios, demagógicos y populistas. En realidad de esto se benefician fabricantes de aparatos y operadoras de telefonía muy interesados en contaminar  y confundir.
 
eduardo vallejo
23-06-2011 Versión imprimir
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