twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Noticias
11-01-2016 Versión imprimir
Ilustración de Jésica Cichero
Ilustración de Jésica Cichero
 


VIDA EN MARTE
 
Un homenaje en clave futurista y desde un punto de vista impredecible al genio de David Bowie
 
 
 
Por ALEJANDRO MELERO




Hola. Soy Pura. No sé si alguien escuchará esto que tengo que decir. Probablemente no. Da igual, hay veces que lo importante no es hacerse oír, sino desfogarse. Es eso o explotar. Ojalá mis miedos fueran infundados, alucinaciones por culpa de tanto tiempo como paso sola. Pero algo me dice que no, que los rumores son ciertos, que están a punto de llegar, que es cuestión de tiempo que el mundo tal y como lo conozco acabe para siempre. Espero que si alguien escucha esto alguna vez entienda que yo nunca he hecho daño a nadie, que soy solamente una pequeña gotita de agua en Marte que no puede imaginarse ese interés por encontrarme, como si yo fuera una forajida o una prófuga. Que lo único que quiero es tranquilidad y seguir aquí como siempre, sin molestar y sin que me molesten.
 
   A lo mejor sí tengo algo de culpa. Cuando vi por primera vez esa máquina que nos mandaron desde la Tierra no le presté la atención suficiente. Fui de las que criticaron todo el revuelo que se armó. “Es solo una máquina fea y destartalada”, dije. Y me reía de las más viejas, que decían que no nos traería nada bueno. Me pasa por bobalicona y por tener la boca tan grande. En realidad es que yo tenía más miedo que nadie, ahora no me da vergüenza admitirlo. Por eso hacía como que no me afectaba. Cuando se supo el lugar en el que iba a aterrizar se lió bien gorda. Todas las gotas se empeñaron en ir a ver el espectáculo, y yo al principio me negué en rotundo. “¿Qué se nos habrá perdido a nosotras allí?”, les decía. Pero lo hacía para que me invitaran a ir con ellas, porque a veces soy un poquito orgullosa. Y tengo que decir que cuando vi a ese robot caer tan lentamente, sujetado por ese paracaídas tan bonito, hubiese deseado tener manos para aplaudir. Lo que vino después ya no me gustó, porque esa máquina del diablo llegó para destrozar todo lo que tocó, dejando su rastro de terror por la superficie. Arrancó piedras preciosas y lanzó un láser que nos hizo temblar de pánico. Todo eso con un rechinar horroroso que nunca conseguiré sacarme de los oídos. Así que salí corriendo sin mirar atrás.
 
   Con la de agua que tendrán en la Tierra, no entiendo el empeño por encontrarnos a nosotras, que en el fondo somos unas infelices. Si buscaran los minerales preciosos de Saturno, con sus anillos llenos de diamantes, lo entendería. Pero, ¿nosotras? ¡Si esto es un secarral! ¿Y si los rumores fueran infundados? Cualquiera sabe. La verdad es que la velocidad del sonido está fatal, y lo que una oye puede llegar con tanto retraso que vaya usted a saber la de cosas que han podido pasar mientras tanto.
 
   A veces, para calmarme, me esfuerzo por pensar que no pueden ser tan malos. Se dice de ellos que son unos sedientos y unos insaciables. Y que tienen la manía de dividir su planeta en partes distintas, unas buenas y otras malas, y al que le toca una mala no pasa a las buenas. Para ello separan esas zonas con agua. Yo no quiero que me utilicen en sus prácticas bárbaras. Anda, que si llegan aquí y les da por separar Marte en zonas… ¡Con lo bonito que está así! Con nuestras montañas rocosas, nuestros cráteres únicos en la galaxia y nuestras laderas escarpadas, que da gusto verlas. Si estoy muy triste, me deslizo por una pendiente, con cuidado de no enturbiarme. Y siento el peso de la gravedad sobre mí, empujándome, que me invita a mirar al infinito. Se me queda la sangre helada de pensar que esta sensación puede acabarse pronto.
 
   Otras veces me acuerdo de cuando pasó por aquí esa cápsula del tiempo que mandaron los americanos. Nos encantó a todas, la verdad sea dicha. Dentro había maravillas. Dibujos pintados por terrícolas pequeños, muestras de sus minerales y hasta esqueletos fósiles de especies animales, algunas de ellas marinas. Eso me hizo pensar lo extraño que ha de ser tener una criatura nadando en tus entrañas, y me dio un poco de envidia. También había en la cápsula réplicas de sus obras de arte, como por ejemplo un cuadro azul de una noche estrellada que no se parecía nada al universo, pero que al mismo tiempo lo retrataba tal cual es. Pero lo que más me gustó fue la música. Era oírla y mi cuerpo se transformaba adoptando la forma de las ondas. Había de todo, desde piezas más antiguas interpretadas solo por instrumentos hasta otras más modernas con voces humanas. Me cautivó una cantada por hombres jóvenes que hablaba sobre una chica llamada Lucy que estaba en los cielos con diamantes. ¿Se referirían a los discos de Saturno? Cualquiera sabe. Pero la que más me gustó se titulaba Vida en Marte”, de un tal David. Cuenta la historia de una muchacha que tiene una vida muy triste y va al cine a que le cuenten historias para poder alegrarse. Y son las historias más fantásticas del mundo, con personajes tan extraordinarios como unos marineros que bailan o un tal Mickey Mouse. Tienen lugar en sitios con nombres de ensueño, como por ejemplo Ibiza. No entiendo casi nada de lo que dice, salvo el final. Ahí habla de nosotras. Se pregunta si hay vida en Marte. Esa frase me hace sentir muy importante, y gracias a ella entiendo que la música y el arte van precisamente de eso, de lograr que quien escuche sienta que es alguien importante. Cuando me acuerdo de esa canción pienso que, si son capaces de hacer algo tan bonito y tan lleno de significado, entonces es que no pueden ser tan malos.
 
   A ver ahora qué pasa. Llevo todo el día revuelta desde que oí ese estruendo esta mañana. ¿Será que están ya cerca? Yo estoy bien en cualquier estado, sea líquido, sólido o gaseoso. Lo que no quiero es que me absorban. Y, sobre todo, que no me saquen de aquí. Porque si es cierto que nosotras somos el origen de la vida, eso significa que ya hay vida en Marte. Poco importa si ha empezado ya o si todavía falta tiempo. Lo importante es la posibilidad. Y esta gente, cuando se empeña, no para hasta conseguirlo. Acordaos si no de lo que sucedió en la Luna.
 
   No me tenía que haber separado del grupo. Pero me dio rabia verlas a todas tan embelesadas con el robot de la misión terrícola. Qué pánfilas son. Si me pongo rabiosa, no razono. Las dejé a su bola, y cuando volví, ya no estaban. ¿Se las habrán llevado ya? Como me hayan dejado aquí sola, sería para matarlas.
 
   ¿Qué será ese ruido? Parece que llegan. ¿Serán ellos al fin o se tratará de otro robot? Ya no sé si es peor que me lleven o que no me descubran y me quede aquí sola. Tengo mucho miedo. Si ahora volviese a pasar la cápsula del tiempo y sonara la canción de David, no sabría qué responder cuando pregunta si hay vida en Marte. Sola como estoy. Me parece que lo único que puedo hacer es deslizarme por esa ladera, confiar en la gravedad, disfrutar de su peso y mirar al infinito. Tal vez por última vez.
 
 
 
 
 
 

 

Alejandro Melero es profesor de Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. Firma y dirige obras de teatro que ya se han representado en España, Perú y Estados Unidos. Entre ellas destacan 'ClímaX' (con cuatro temporadas en Teatro Alfil de Madrid), 'Nuestro hermano' (representada en La casa de la portera y el Teatro Fernán Gómez de la capital) o la más reciente 'Éxtasis' (nuevamente en el Teatro Alfil). Su última publicación es el libro de relatos 'La escalera oscura' (2015).
11-01-2016 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio