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26-04-2017 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos
Ilustración: Luis Frutos
 
 
Y EL CINE VINO A
 
El autor de 'Patria' confiesa su difícil relación con el séptimo arte, reactivada a partir de que una de sus novelas llegase a la gran pantalla
 
 
FERNANDO ARAMBURU
(Este artículo se publicó por vez primera en la revista AISGE ACTÚA 43 (Abril/junio 2015)
Yo voy poco al cine. En casa ni siquiera soy capaz de mirar un telefilme hasta el final. Me da un poco de vergüenza derramar tamaña confidencia en una página como esta. Me acojo a la esperanza de que no me falten unos cuantos lectores comprensivos, acaso debiera decir piadosos.

   Ya me pasaba de niño. Iba a los cines de mi ciudad natal con unas expectativas desmesuradas; pero tarde o temprano el encanto se desbarataba por causa de las sensaciones físicas antes y después de la película, y también durante. Los cogotes de la gente, cuando veo muchos de una vez, me ponen nervioso. No tengo una explicación plausible al respecto. El olor rancio/polvoriento del local, las voces susurrantes, el suelo pegajoso, la oscuridad compartida con desconocidos me inducen a una especie de repliegue íntimo, como si las emociones fueran juguetes que uno, ese día, por lo que llevo dicho, prefiriese conservar dentro de la caja. No domino el arte de amar al prójimo cuando, dos filas por delante o por detrás de la mía, le suena el móvil. O cuando mastica palomitas a mi vera.

   En la televisión no me gusta que me corten la película para dar publicidad. En otras ocasiones, no me gusta que me corten la publicidad para dar la película. No es que no me guste; me desordena los hilos de la conciencia.

   Me abstengo de ir al cine por pereza de afrontar la experiencia física del cine. La verdad es que salgo poco y se me está olvidando convivir. Me ocurre, por añadidura, que las películas de terror me dan miedo, las sentimentales me hacen llorar y con las de risa me río tanto que la gente se vuelve a mirarme. Si voy, salgo impresionado, con la cabeza atestada de imágenes que por la noche, en la cama, me alterarán el sueño. Soy, pues, débil, impresionable, de caparazón blando.

   Con las historias escritas me sucede lo contrario. Más que leerlas, las diseco. Una novela es para mí un cadáver y yo, el que practica la autopsia. Rara vez entro en el espacio humano del relato. Me ciega la técnica narrativa. Enseguida veo la coma mal puesta, el desenlace inapropiado, el adjetivo sobrante. En cambio, el cine me lo creo. Por eso lo evito/dosifico, lo odio/quiero con locura. Es que me rompe el día. Es que me llena la noche de gritos, cuerpos, disparos.

   ¿Qué ocurrió? Pues que en vista de que yo no iba al cine, el cine vino a mí. Y eso que no he redactado en mi vida un episodio, qué digo un episodio, una sola línea pensada para su conversión en imagen cinematográfica. Yo soy más bien de olores y sabores. ¿Visual? Lo justo. Y me van la burla literaria y el juego de palabras, la reflexión y los sobrentendidos, todo eso que no se puede filmar a menos que una cámara grabe una tras otra las páginas del libro.

   Ellos creyeron que en El trompetista del Utopía, una novela en la que introduje bastante herida personal, había una película. El difunto Rafael Azcona, entonces vivo, que la había leído, se lo sugirió a Fernando Trueba; Fernando se mostró de acuerdo y le preguntó a Félix Viscarret, que venía de hacer cortos y de ejercitarse como guionista: oye, ¿te apetece? Y a Félix le apetecía y yo, encantado. Le puse una condición: haz tu película, sé libre.

   He leído sobre casos de escritores que anduvieron a la greña con directores y productores, tirando de jueces, profesándose recíproca aversión en público y en privado. A mí la fortuna no me deparó esas guerras que estragan la paciencia y corroen las almas. De hecho, estoy escribiendo estas líneas con licor nostálgico, no con vino picado. Fue venturosa la experiencia.

   Un día Félix Viscarret me envió el guion con la idea de que yo le diese el visto bueno. Adjuntaba una carta afectuosa. En ella reconocía haber sentido cierto reparo mientras trataba de sacarle jugo cinematográfico a mi novela. El libro, dócil a la adaptación, requería poca logística. Cuenta una historia de seres comunes, fracasados, tiernos, a los que la vida, con lo inhóspita que es a veces, concede una segunda oportunidad. En Madrid primero, luego en Estella. Casas modestas, calles y plazas como las de cualquier sitio, algún que otro bar. En fin, nada que acabase rasgando el saco del presupuesto ni obligase a sofisticados efectos especiales. Bastaba con llenar de talento el molde, que es lo que se hizo finalmente.

   Examiné el guion. No cometí la descortesía de buscar en él mi libro. Claro que había cambios con respecto a lo que yo había narrado; pero allí estaba, sin que yo hubiese hecho indicación ninguna, la deliberada oscilación que confiere ritmo y carácter a mi historia. Y es que en ella se alternan los episodios cómicos y los dramáticos, de forma que a un suceso jocoso sigue uno infortunado, y así hasta el final tanto del libro como de la película.

   Sugerí dos cambios. A fin de cuentas, Félix me había ofrecido la posibilidad de hacer objeciones y presentar propuestas. No me parecía buena idea que el personaje de Lalo condujera borracho la furgoneta con la cual atropella a un niño. Esta circunstancia manchaba de culpa a un personaje caracterizado por la bondad. En la novela sufre durante la conducción un ataque de asma. Su tragedia posterior nacía de un problema de conciencia en cierto modo metafísico, no de una mera infracción de tráfico.

   El otro asunto era el título. Le pusieron Bajo las estrellas. Lo de las estrellas tenía sentido. El trompetista soñó con convertirse alguna vez en estrella de jazz, el tema Stella by Starlight forma parte de su repertorio habitual, él mismo procedía de Estella. Yo les dije: mirad, el título confirma una evidencia, puesto que lo normal es estar debajo de las estrellas, no encima ni detrás. Me aseguraron que estudiarían con detenimiento mis propuestas. ¿Las estudiaron? Los hechos demuestran que no me hicieron ningún caso esos malandrines.

   Total, que los acribillaron a Biznagas en Málaga y les dieron dos Goyas, uno al mejor guion adaptado, lo que quieras que no me salpicaba directamente. Conque, llegado el momento de recoger el cabezón (así lo llamaban, qué poco respeto), Félix Viscarret me invitó a subir con él al escenario. Dos días antes, se me extravió la maleta por causa de un lío de aviones en el aeropuerto de Fráncfort. A última hora supe que ciertos grandes almacenes de Madrid abrían por ser primer domingo de mes. Eso me libró de parecer un pordiosero arrugado en aquel momento estelar, junto a todos aquellos famosos que olían tan bien. Soy, como se puede comprobar, hombre de escasas aptitudes para la épica moderna. De niño, ya me lo decía mi madre: no se te puede sacar de casa.
 




 


Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es novelista, ensayista y poeta, y reside desde hace 30 años en Alemania. Debutó con ‘Fuegos con limón’ (1996) y vio cómo ‘El trompetista del Utopía’ (2003) se convertía cuatro años más tarde en el largometraje ‘Bajo las estrellas’. Su 'Patria' (2016), historia de dos familias vascas enfrentadas por el terrorismo de ETA, supera ya los 250.000 ejemplares vendidos y constituye el mayor fenómeno editorial de la década en España. Justo antes había publicado la mordaz ‘Ávidas pretensiones’ (Seix Barral, 2014), sobre un encuentro de literatos de toda índole
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