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24-11-2021

EFEMÉRIDES

 

Plegarias sobre amores y helados

 

25 años de ‘Cosas que nunca te dije’, la preciosa película que dio a conocer al mundo a Isabel Coixet

 

 

JAVIER OCAÑA (@ocanajavier)

Nunca el sabor de un helado fue tan trascendente: en la vida y en el cine. El helado como calmante para el estrés, la ansiedad y la depresión. Y, paradójica contrapartida, como provocador de un desasosiego aún mayor si en el congelador de casa o en el de la tienda no hay existencias del sabor habitual: al llanto eterno de una mujer por la falta del Cappuccino Commotion le seguía otro aún más descorazonador por el Chocolate Chocolate Chip. Cosas que nunca te dije, segunda película de Isabel Coixet (Sant Adrià de Besòs, 1960), la obra que puso a la directora y guionista en el mapa nacional e internacional, ha cumplido 25 años y sigue estilosa e inmarchitable, bella y trágica, emocionante y esperanzadora. La película del amor y el hastío, de la soledad y la amistad, de los continuos errores de comunicación. Y de los helados. Y eso que los Häagen-Dasz no se habían empezado a comercializar en España hasta apenas tres años antes del estreno de la película, en 1993. Pero todos lo entendimos: lloramos por el sabor de un helado porque no nos atrevemos a llorar por nosotros mismos. Simplemente, el ser humano.

 

 

Cosas que nunca te dije es también ese título que una parte de la cinefilia cree el debut de la directora. No es así. Demasiado viejo para morir joven, su verdadera ópera prima, de estética publicitaria y estrenada en 1988, había sido un completo fracaso de crítica y público. Coixet tardó más de siete años en volver al cine, pero lo hizo a lo grande. O mejor, a lo pequeñito para luego intentar convertirlo en grande, con una producción reducidísima, un presupuesto final de apenas 800.000 dólares y una historia filmada en un pueblo de 10.000 habitantes llamado St. Helens, en el condado de Columbia, en Oregón. Sería allí donde la futura autora de, entre otras, Mi vida sin mí, Mapa de los sonidos de Tokio, La vida secreta de las palabras y La librería, también guionista en solitario, que había vivido un año en San Francisco y casi otro completo en Nueva York cuando era estudiante y cruzó el charco por amor, rodaría una película muy americana en su génesis y en su concepto, que nunca habría querido hacer en España ni en castellano. Entonces fue terrible para ella y para la productora, y ahora suena casi demencial, pero quizá ayudara la falta de subvenciones del Ministerio de Cultura. La comisión de ayuda a la producción no la puntuó bien tras valorar el guion, rechazado hasta tres veces con tres versiones distintas, así que Coixet decidió hipotecar lo que tenía y lanzarse a la tierra de las barras y las estrellas con un equipo técnico mitad español, mitad americano.

 

La directora había viajado mucho a EE UU entre 1990 y 1992, y siempre le había fascinado la desolación de las pequeñas ciudades y de los pueblos anodinos y feos. “Las cosas que no se dicen suelen ser las más importantes”: he ahí la frase central del relato, y la que le da título. En sus historias cruzadas, comandadas por una joven a la que acaba de dejar su novio por teléfono, habitan las carencias propias, la falta de autoestima, una especie de regodeo en una soledad autoconsciente y un dolor enquistado que incluso lleva a la protagonista a beber un trago de quitaesmalte sin apenas pensarlo. “No quería suicidarme”, dice ella en el hospital, en un arrebato de sinceridad tras el arrebato pasional.

 

 

Coixet ha hablado siempre del “sentido trágico del amor” que hay en la película, y el ambiente ayuda. El río del pueblo, presente en las conversaciones entre las amigas y compañeras de trabajo que interpretan Lili Taylor y Leslie Mann, otorga a la obra una imagen del fluir de la vida por una vez constante, y no a trompicones, como es la de sus criaturas, capturadas por Coixet en secuencias cortas, ya sea dialogadas o con monólogos en off, que no parecen tener continuidad sino ser apenas trozos sin importancia; o mejor, trozos sin relevancia de existencias que sí son importantes. Imágenes fragmentadas de vidas rotas que, por empeño propio de cada uno de sus dueños, pueden ir arreglándose o destrozándose aún más.

 

Isabel, a la que sus padres habían regalado una cámara de súper 8 el día de su primera comunión, y cuya abuela vendía entradas en un viejo cine de Barcelona, había decidido estudiar Historia para luego hacerle un gran regate a la universidad: la acabó con la escritura de una tesina sobre el cine americano de los setenta, materia en principio ajena a su carrera, que pudo realizar gracias al permiso de un par de profesores poco dogmáticos. Estamos en el paso entre las décadas de los setenta y los ochenta, años de ebullición en la joven, que empieza a colaborar en la revista Fotogramas realizando entrevistas que se suelen escapar de cualquier convencionalismo, que trabaja como montadora publicitaria desde finales de los setenta y que acaba fundando en 1989, con Lluís Miñarro como socio, la productora cinematográfica y de spots Eddie Saeta S.A.

 

Isabel Coixet, retratada en su oficina por Pau Fabregat para la Fundación AISGE. Mayo de 2012

 

Luego llegarían decenas de anuncios, su fracasado debut como directora y, por fin, el éxito con esta película de desengaños y desamores, de soledades y hastíos; deudora de una parte de ese cine de los setenta, aunque emparentada con el indie americano de los noventa y con autores como Alexandre Rockwell, Hal Hartley, Allison Anders, Steven Soderbergh y Alan Rudolph, además de, por supuesto, con las Vidas cruzadas de Robert Altman, donde ya aparecía Taylor. Y, cómo no, con los cuadros de Edward Hopper. De hecho, el reparto está lleno de guiños a la independencia americana: al padre de todos, John Cassavetes, con la presencia de Seymour Cassel, su actor fetiche y amigo íntimo; y a Jim Jarmusch, con la aportación como secundario de Richard Edson. Todo ello completado con el protagonismo de Andrew McCarthy, un mito de los juveniles años ochenta con St. Elmo, punto de encuentro y Golpe al sueño americano, e incluso con Mann, que más tarde se convertiría en la actriz de las películas de Judd Apatow (y en su esposa).

 

Es Cosas que nunca te dije una película muy serena sobre aspectos volcánicos. Un relato sobre la necesidad del abrazo, de la compañía, pero física, tocándose, casi estrujándose. Todos quieren a alguien, pero nadie se siente correspondido, como en las novelas decimonónicas, algo en lo que la directora incidiría unos años después en A los que aman, su tercer largo. Coixet, que había escrito Cosas… después de una frustrante relación amorosa, acudió explícitamente a una frase de Santa Teresa: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no concedidas”.

 

A las buenas críticas en el Festival de Berlín siguió un clamoroso pequeño gran éxito en su estreno en salas, con 240.000 espectadores, muchísimos para una producción de estas características, convertido en acontecimiento social en los cines Ideal de Madrid, durante meses en su cartelera. En una de las secuencias, las dos chicas abrillantan el cristal de un escaparate que no es sino la vida misma. Con mimo y pasión, pasan la bayeta como el que quiere que su existencia reluzca. Es imposible, porque llueve, y no se trata de empeñarse sino de tener calma, porque todo llega. Aunque haya que esperar hasta el plano final: precioso, elegante, sutil pero culminante, abierto pero completamente cerrado. Un reencuentro en un parque para la historia del cine español. Y la irrupción de una cineasta internacional.


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