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30-07-2020

EFEMÉRIDES 

El estupor del niño que juega

 

Se cumplen 50 años del estreno de ‘Aoom’, película experimental de Gonzalo Suárez que convulsionó San Sebastián en julio de 1970 y le permitió conocer a Sam Peckinpah

 

 

 

JAVIER OCAÑA (@ocanajavier)

“En el Festival de San Sebastián del 70, Aoom acababa de cosechar un sonoro fracaso, aderezado con abucheos, patadas y algún bravo. El presidente del jurado era tuerto y se cambió el parche de ojo para no ver la película. Se llamaba Fritz Lang”. Estas prodigiosas líneas, cargadas de desmitificación y bendito sentido del humor, están plasmadas en El hombre que soñaba demasiado, una de las dos autobiografías escritas por el autor de aquella polémica obra: Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934). Y dan cuenta tanto del insólito carácter del escritor y cineasta asturiano como de las especialísimas características de un trabajo de radical experimentación, del que en estos días se cumple el cincuentenario de su estreno. 

 

   Con resolución del Ministerio de Cultura del 29 de mayo de 1970 y estreno en el Festival de San Sebastián en el mes de julio, Aoom, sin embargo, no llegó a exhibirse en salas comerciales. Un artefacto fascinante pero de extrema dificultad; un relato de amor imposible con humor, tragedia y aventura. Una década más tarde, en una magnífica entrevista con Miguel Marías, Felipe Vega y Valeria Ciompi en la revista Casablanca (número de marzo de 1981), Suárez decía estar en aquella época “hasta las narices de las películas que quieren ser de verdad, o que quieren parecer ser verdad”. Pero el cine no había ido por donde él esperaba o deseaba que fuera: “La cámara se utiliza ahora para retratar lo que pones delante, cuando mi obsesión era que la cámara se convirtiera en instrumento y elemento para el relato y que, por lo tanto, no se limitara a retratar la descripción”. A pesar de ello, Reina Zanahoria (1977), Epílogo (1984) y hasta El detective y la muerte (1994), obras posteriores, tampoco rompían del todo con sus queridas intenciones. Incluso con una de ellas, Epílogo, encontró al público que no logró con Aoom o con otra drástica bomba anterior, Ditirambo (1969).

 

   La idea central de Aoom es el dique que detiene el pensamiento. Como tantas otras veces en la obra de Suárez, el tema recurrente es el de alguien que quiere volar y se estrella. En Aoom, alguien que se sale de su cuerpo y acaba agarrado a una piedra. En sus inicios, el director necesitaba huir de la literatura y llegó al cine huyendo. Con una maravillosa inocencia en la búsqueda, porque lo primordial estaba en la búsqueda y no en el encuentro, en el camino y no en la meta. Con una cámara sensual y rabiosa sin un guion previo. Eso sí, con el tiempo, el autor reconoce que había una historia insuficiente, que tenía baches. La gente no la supo ver sin hacer caso a la historia, en lugar de verla como el que escucha las improvisaciones de un trompetista de jazz. De ahí aquella recepción en el Festival de San Sebastián, con el maestro Lang cambiándose el parche de ojo.

 

Dos escenas de la película, con Lex Barker (i) y Teresa Gimpera (d)


 

Oír el ruido inaudible

“Aoom es ese ruido que se oye cuando no se oye nada”, susurra la voz en off en los primeros segundos de metraje. Y sigue con su imponente tono lírico: “De niños nos decían que era el mar encerrado en una caracola, pero en ninguna caracola cabe el mar. El que oye ‘Aoom’ ya no vuelve a ser lo que era”. Desde esos deslumbrantes minutos iniciales, con lujurioso manejo de la cámara en mano, una Arriflex, hay que dejarse llevar por la imaginación, como hizo el propio director. Quizá para no llegar a ninguna parte, pero quizá también para llegar al lugar donde nadie había llegado antes. Como dice Rocabruno, el personaje de Paco Rabal, en Epílogo: “El arte es un largo combate perdido de antemano con la sombra”. Y esa sombra es uno mismo.

 

   Aquella experiencia sobre el fracaso que fue Aoom en San Sebastián le permitió, sin embargo, conocer al ilustre cineasta estadounidense Sam Peckinpah, que presentaba en aquel festival La balada de Cable Hogue. Parece ser que algún crítico le había hablado de la extraña película de Suárez, “y además mal”, pero algo le despertó la intuición y quiso verla. El certamen estaba acabando y solo había una posibilidad: a las 10 de la mañana, una hora imposible para un noctámbulo alcohólico como Peckinpah. Ese día, milagro, madrugó, y le gustó tanto que quiso quedarse con Gonzalo en España. Conectaron inmediatamente e iniciaron una amistad y un trabajo conjunto. Y, además, gracias a su mediación con la Universal, y a su insistencia, el americano logró que sus ejecutivos vieran la película. “Ver a aquellos ejecutivos en una sala viendo Aoom era un espectáculo”, cuenta Suárez en el programa Imprescindibles, de La2 (TVE). “Hablaban entre ellos, no daban crédito. Les horrorizó, por supuesto”. Peckinpah, que llamaba a Suárez “mi perro hermano”, le dijo a la salida: “No les hagas caso, son una panda de imbéciles que no entienden nada”.

 

En aquel mes de julio de 1970, fechas en las que se desarrollaba el festival donostiarra antes de trasladarse a septiembre, Peckinpah declaró a la revista Triunfo en una entrevista: “Hay una gran familia por el mundo y lo sabes si los miras a los ojos. He conocido a Toshiro Mifune en Japón y sé que pertenece a esa familia. Y Lee Marvin. Y Jeanne Moreau. Y Gonzalo Suárez, que ha hecho una película espléndida que ha sido capaz de plantearme muchas dudas y muchos problemas. Se llama Aoom. El arte sirve para esto porque la base del arte es la transformación”. Antes de eso, el director de la posterior Remando al viento, quizá su obra fundamental, quiso contratar a Orson Welles como protagonista de Aoom. Fue a Roma, donde este trabajaba como secundario en una producción alimenticia, y se entrevistó con él a pesar de que estaba en la cama con gripe. Pero no logró convencerle. Al final ese personaje –si es que puede denominarse así a alguien que apenas es más que una sombra– lo hizo Lex Barker, un actor de westerns de segunda fila y un Tarzán de tercera, que estaba casi retirado y a punto de casarse con Tita Cervera. Los papeles femeninos los encarnaron Teresa Gimpera y Romy, musas de la Escuela de Barcelona.

 

El director Gonzalo Suárez, fotografiado por Enrique Cidoncha (2015) para la Fundación AISGE en las inmediaciones del Palacio Real de Madrid

 

   A pesar de su fracaso en San Sebastián, no todo fueron malas críticas. Miguel Marías la descubrió como “una película desnuda, primitiva, elemental, que no opera con ideas ni conceptos, sino con sensaciones y sentimientos, de la forma más directa y pura”. En una entrevista con la periodista Paula Ponga y el crítico Casimiro Torreiro, contenida en el libro-DVD Dos pasos en el tiempo, sobre la relación de Suárez con Asturias, el director desvela además que Aoom estuvo a punto de rodarse antes en Francia y ambientada en Normandía, donde en realidad escribió la primera versión, en 1968, en un pueblecito llamado Luneray. “Fue concebida en Normandía, con influencias hindúes de los yoguis Ramakrisna y Vivekananda, bajo los efluvios de una pipa de brezo”. Así salió. En palabras del propio Suárez, “el sueño de un hombre despierto”.

 

   En la entrevista para Casablanca, los autores plantean al artista por qué una película como Arrebato, de Iván Zulueta, se convirtió en obra de culto y funcionó a un determinado nivel y, sin embargo, Aoom ni siquiera tuvo esa posibilidad al no ser siquiera exhibida en cines. Transcurridos 50 años, sigue siendo una creación desconocida incluso para la mayoría de especialistas. Y a partir de ahí, junto a sus propuestas más experimentales, Suárez fue concibiendo producciones más convencionales, si es que ese concepto puede aplicársele de algún modo al hombre que soñaba demasiado, al hombre en busca del estupor del niño que juega.

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