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11-02-2020

 

El poder fílmico del vampirismo

50 años de ‘El conde Drácula’, adaptación de Jesús Franco de la novela de Bram Stoker, complementada con dos vanguardistas ejercicios de Pere Portabella: ‘Cuadecuc Vampir’ y ‘Umbracle’

 

Dos momentos de la interpretación de Christopher Lee en 1970


 

JAVIER OCAÑA (@ocanajavier)

Exterior noche. La vieja puerta de una mansión se abre mientras expulsa un chirrido siniestro. Las seis llamas de un candelabro iluminan la secuencia desde el interior. La cámara permanece de espaldas al visitante. El amo del castillo avanza unos palmos y el rostro, antes apenas entrevisto, irradia la escena con los rasgos de un mito. Pelo completamente cano y peinado hacia atrás, rasgos angulosos, largo mostacho hasta la mandíbula. Es Christopher Lee, para siempre asociado al rostro del vampiro, desde una película de la productora británica Hammer de 1958. Ahora es 1970 y la cámara no la dirige el inglés Terence Fisher sino el español Jesús Franco, de 39 años, que ha logrado convencer a Lee para interpretar una vez más un personaje al que pretende abandonar, pero del que no puede escapar. Se cumplen 50 años de El conde Drácula, una de las versiones cinematográficas más fieles de la novela de Bram Stoker. Una producción que no quedará en una sola película, sino que, con el poder del contagio vampírico, va a engendrar dos obras más: las vanguardistas Cuadecuc Vampir y Umbracle, ambas de Pere Portabella.

 

   Franco (Málaga, 1930-2013), 208 películas en una extenuante carrera en la que llegó a filmar hasta 12 largos en un mismo año, debe conformarse en la inmensa mayoría de las ocasiones con presupuestos ínfimos. No es el caso de El conde Drácula, algo más holgada, financiada por el londinense Harry Alan Towers, gran aficionado (como Franco) a la cultura popular, a Fu Manchú, a Drácula, al marqués de Sade. Towers y Franco ya han gestado juntos Fu Manchú y el beso de la muerte (1968), El castillo de Fu Manchú (1969) y La isla de la muerte (1970), libre traslación de Filosofía en el tocador, de Sade, todas con Lee en el reparto.

 

 

   Unos años antes, Franco había recibido una extraña llamada telefónica: “Le llamamos de Hollywood. ¿A usted le interesaría rodar una película en Brasil con Christopher Lee?”. Era para hacer el primer Fu Manchú. Sin embargo, esta vez Lee se hace el remolón: ha interpretado a Drácula en demasiadas ocasiones y no quiere encasillarse. En realidad, ya lo está: ese mismo año pone de nuevo rostro al príncipe de las tinieblas en El poder de la sangre de Drácula, otra producción de la Hammer. Lo convencen diciéndole que a Van Helsing lo va a interpretar un amigo, Herbert Lom, carismático actor checo (Napoleón en Guerra y paz). Pero Lom y Lee no llegarán a compartir rodaje ni siquiera plano. La única secuencia con ambos se filma en días distintos y los planos y contraplanos se conforman en montaje, nunca con ellos juntos en el mismo encuadre. Cosas de Franco, que se ha reservado un pequeño papel como actor, el del cochero. 

 

   Rodada en exteriores del barrio gótico, el palacio de Tinell y el castillo de Montjuic, en Barcelona, además de Alicante y Múnich, El conde Drácula tiene un gran tercer nombre en el reparto. Es Klaus Kinski, con bien ganada fama de loco, que interpreta a un demente, el fascinante personaje de Renfield, que borda comiendo moscas con la mirada perdida en una habitación a base de colchones blancos. La escenografía, firmada bajo seudónimo, es de otro de los actores, el inglés Jack Taylor. Y al reparto se suma la bellísima sevillana Soledad Miranda, muerta a los 27 años, pocos meses después de la película, en un accidente de coche cerca de Lisboa. 

 

 

   Interior noche. Blanco y negro. Otra cámara distinta a la de Franco filma a Lee. Lo sigue en una habitación llena de ataúdes. De pronto, el caballero británico sorprende al objetivo con un gesto perturbador: alarga el brazo izquierdo en un plano medio, con ademán de asustar al cámara. Retumba de fondo un maravilloso efecto de sonido. Apenas un segundo después, Lee vuelve la mirada tras caminar un par de pasos y lanza una enorme sonrisa divertida. Es Drácula, sí, pero también es un travieso inglés con un cargamento de sorna. La secuencia, histórica, forma parte de Cuadecuc Vampir, extraño documental de vanguardia que filma Pere Portabella a partir del rodaje de la película de Franco.

 

   No es un Así se hizo… al uso. Según el propio Portabella, productor de Los golfos, El cochecito Viridiana, y director de un cine siempre experimental, se trata de “un intento de desentrañar lo fantástico reducido al género de terror (…), un discurso sobre un discurso”. Jonathan Rosembaum, prestigioso crítico de The Village Voice, escribió en 1972: “La banda de sonido es un contundente instrumento de agresión: pocos directores después de Hitchcock han jugado de forma tan despiadada con las expectativas narrativas inconscientes para molestarnos”. Definida como una decodificación del cine de terror, también como una deconstrucción, Cuadecuc Vampir es una reflexión vampírica sobre el proceso de creación de una obra de arte. Se vampiriza a la película original, se le chupa la sangre en forma de cámara que filma de otro modo unas mismas imágenes y unos mismos personajes. Vanguardia y experimentación acerca de la cultura popular. 

 

   En uno de los mejores momentos de El conde Drácula, Jack Taylor, que interpreta al americano Quincey, clava una estaca en una de las vampiras y en el plano su rostro se llena de un borbotón de sangre proveniente del cadáver. En Cuadecuc, ese mismo instante, en un plano más amplio y desde otra perspectiva, muestra la mano de un técnico que aprieta una jeringuilla con sangre que sale en dirección al rostro de Taylor.

 

 

   La apuesta fílmica de Portabella, que ya había estado en Cannes, en la Quincena de Realizadores, se llega a estrenar en el mes de enero de 1972 en el MOMA de Nueva York. Aquel día, Annie Settimo, ayudante de dirección de Portabella, es la que presenta la película. Según revela Rubén Hernández en Pere Portabella: Hacia una política del relato cinematográfico, alguien pregunta en el coloquio posterior: 

 

– ¿Por qué no está aquí el director presentando su obra?

– Portabella no puede salir de España. Se le retiró hace ocho años el pasaporte por problemas político-administrativos.

 

   Como escribió en sus memorias Romà Gubern, que también está en la sala, el corresponsal de La Vanguardia, Àngel Zúñiga, se une al coloquio a gritos: “That’s a lie!”. Lo que deriva en una discusión que a punto está de acabar a tortas. En diciembre de 1970, Portabella había participado en un encierro de 300 intelectuales y artistas en el convento de Montserrat, en protesta por el proceso de Burgos. Y ya antes había sido defenestrado por su participación como coproductor de Viridiana.

 

   Exterior día. Año 1972. Lee, vestido de señor inglés, con sus ropas y sus gafas de sol, pasea por las calles de Barcelona. ¿Lee escondiéndose de los curiosos? ¿Drácula defendiéndose de la luz del sol? Es Umbracle, segunda obra de vanguardia de Portabella, nacida a partir de El conde Drácula. Una película sobre los espejismos de la realidad social y política de un país en dictadura: los sótanos del castillo de Drácula son los sótanos del franquismo. 

 

   Portabella y Franco, unidos en principio por su pasión por el jazz, quedan para siempre enlazados por la fuerza visual de unas imágenes, por del poder narrativo de una novela célebre, por el carisma interpretativo de una estrella del cine.

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