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12-11-2013

(Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha)

(Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha)

JOSÉ SACRISTÁN / Actor
 
“Hay que saber cuándo toca burro y cuándo caballo” 
 
QUICO ALSEDO

Esta entrevista, publicada en 'El Mundo' el 1 de junio de 2013, ha obtenido el accésit del VII Premio Paco Rabal de periodismo cultural

En un lugar de la Mancha del que le encanta acordarse (Chinchón), hace 75 años nació un chaval rollizo, “con muchos pájaros en la cabeza”, que un día, como en El espíritu de la colmena, descubrió qué demoníaco invento era aquello llamado cine: “Yo tenía seis años y aquella era la Castilla campesina de los años 50, la Edad Media. Ibas a cagar al corral con un cacillo de aceite, junto a la mula. Mi padre estaba todavía en la cárcel, salíamos de la Guerra Civil y yo descubría que había un tipo llamado Tyrone Power [lo pronuncia como en español] y que... por qué no”.
 
   Tres cuartos de siglo después, aquel niño “gordito, inflado de puré de harina de almorta” –una legumbre prohibida, por tóxica, en 1941–, se recuesta en una silla en el Instituto de Cine, en Príncipe Pío.
 
   Sobre sus sempiternas ojeras, enmarcando una mirada que parece haberlo visto (casi) todo, enarca las cejas: “Yo fui primero Sancho Panza, y luego aprendí a pelear contra gigantes. Pero, en fin, nunca he dejado de ser sanchopancesco”, concede.
 
Y mientras José Sacristán pasaba de mozo a hidalgo, y luego a venerable, España subía y bajaba la pendiente de la modernidad desde y hasta un tercermundismo que, ay, se nos ha revelado al fin pertinaz:
 
– Este es un país de incultos, salvo honrosas excepciones.
– Porque, ¿no hay solución para la cultura en España, Pepe?
– Ahora no, y no sólo por el 21% [de IVA]: estamos en guerra. Y encima hemos sido nosotros mismos quienes hemos armado al enemigo.
 

 
   Quién le iba a decir a Pepe Sacristán, paradigma fílmico del españolito medio, mítica cara de acelga santificada en los últimos tiempos (premio Goya al fin, juguete del cine joven de David Trueba o Javier Rebollo), que tendría que coger el fusil (verbal)... a sus años: “Salimos de la Transición y se hicieron demasiadas cosas mal en muy poco tiempo. Aprendimos a dar el pelotazo y sucedió el corrimiento de fuerzas moral. Ahora, a ver cómo salimos de esto”.
Después de años de interpretar a Alonso Quijano (últimamente en el Yo soy Don Quijote programado en Getafe), a ver quién le lleva la contraria a esta voz mineral que, de tanto encarnar el sentido común del perplejo ciudadano de a pie, resuena como la conciencia popular de este país. Y ojo, que se nos embala:
 
– Los políticos no vienen en naves espaciales: nosotros les jaleamos, les aplaudimos, les votamos. Sabemos que roban y les votamos igual. Somos responsables.
– ¿A ambos lados?
– La derecha ya sabemos lo que es, pero el fracaso del agente moral de la izquierda es estrepitoso. ¡Hasta los sindicatos estaban en el consejo de administración de Bankia [las manos no las baja de la cabeza]! Hemos olvidado lo que decía el tío Tomás, un viejito casi ciego de mi pueblo, una frase que me guía siempre: “Lo primero es antes”.
– Cuestión de orden.
– Hay que saber cuándo toca burro y cuándo caballo. Y no confundir molinos con gigantes.
 

 
   A Sacristán le “jode” (con perdón, pero él habla así) que “este país haya olvidado los sabañones y las carencias. ¡Y es posible la justicia justa, pero también el amor verdadero!”.
Él parece haber olvidado bien poco. No, por ejemplo, a su padre volviendo a la vida tras la cárcel franquista: “Era 1943. No pudo volver al pueblo, Franco los desterraba, sólo pa joder. De ser el mozo más alto, el que mejor segaba, el más fuerte, pasó a trabajar en una fábrica de recauchutados en Madrid, en la calle Mazarredo. ¡Imagínate! Del campo pasamos a vivir todos hacinados en una habitación: mi madre, mi padre, mi abuela, mi hermana y yo”.
 
   Tampoco ha sepultado el tiempo a aquellos dos viejecitos republicanos que le dieron clase, con 8 añitos, en un piso de General Mola: “Parecían puestos allí por el jefe de casting, con sus trajes gastados... Nos daban clase en el comedor de su casa, y nos hacían leer un fragmento del Quijote antes y después de cada lección”.
 
   No ha olvidado tampoco Pepe Sacristán, que leía a Palacio Valdés en el recreo “poniendo cara de intelectual”, a aquel salesiano que le pescó leyendo, le arreó un capón y le puso “de penitencia no leer, porque sabía que quería ser novelista. Toda la educación se orientaba a una sola cosa: evitar la cultura. Casi como ahora”.
Luego fue aprendiz de tornero en la calle Ponzano, y después vinieron 18 salvíficos meses de mili en Melilla. ¿Salvíficos? “Es que al regresar le dije a mi padre que no volvía al taller, que tenía que apostar. Él fue el último estalinista sobre la Tierra, pero yo sabía que, bueno, que lo primero es antes. Y lo primero era ser actor”.
 
   Así que llegó el teatro. Primero en una compañía de las JONS, después en el Infanta Isabel... Y una mini-epopeya de dos años, de 1962 a 1963, en un singular viaje a ninguna parte, o casi, muy parecido a ese exilio que ha vuelto a aliviar las penas de España: “Me fui con una compañía itinerante a América: Argentina, Colombia, Perú, Guatemala... Lo de Colón fue un puto juego de niños comparado con aquello. Los baúles nos los perdieron, así que lo hacíamos todo con la misma ropa: Antígona, La Malquerida... Daba igual. A mitad de gira, algunos se fueron por su cuenta, eran veteranos del teatro ambulante. El presidente de Panamá nos prestó un avión militar para volar hasta allí e íbamos en el suelo aprendiéndonos los papeles de los que se habían ido... Imagínate qué entendían los indios de Alfonso Paso...”.
 

 
   De vuelta, más travesía por el desierto, esta vez a lo Muerte de un viajante: vendedor, a puerta fría, del Círculo de Lectores, “¡pero los libros se vendían como rosquillas! ¡Desde el principio vi que aquel era un negocio cojonudo!”. Y ya estaba el hombre empezando a vender libros clandestinos –“había un par de depósitos en San Bernardo y Guzmán el Bueno”– cuando, al fin, ah, el éxito. En gran medida de la mano, y hete aquí otra clave del alma ancha de Pepe Sacristán, de la otra España: “Sí, curiosamente, muchos de los que me dieron trabajo eran... Pues de ahí. Pero no permito que nadie le toque un pelo a aquel tiempo. Por algo le dediqué el Goya a Pedro Masó, a Mariano Ozores. Yo seguía las huelgas clandestinas, pero tenía amigos que no pensaban como yo... y otros que sí: Fernán Gómez, Paco Rabal. Pero imagínate mis conversaciones con Alfredo [Landa], que era como era, y ahora me dan el pésame como si fuéramos hermanos”.
 
   Cómo ha sobrevivido 60 años en el negocio, “y siempre sabiendo en qué iba a trabajar medio año después”, lo explica con claridad meridiana: “Mi método ha sido mitad Stanislavski, mitad La Niña de los Peines. He cantado zarzuela, he hecho de todo... Nunca he olvidado quién soy, cómo me hicieron la Nati y el Venancio, ni al borrico y las gallinas”.
 
   Tal vez por eso la crisis, ese eufemismo, le pilla con la lanza en la mano, cual Sancho Panza encaramado a Rocinante: “El edificio se ha derrumbado y siempre pilla a los mismos debajo. Ahora no sirve de nada gritar. Se lo han llevado todo”.
 
   Huyendo del pasado, pensemos en el futuro: ¿cómo le gustaría ser recordado? “Yo pongo el respeto a la altura del amor. El respeto incluso a los que no piensan como tú. Quisiera ser el compañero de viaje de los de a pie, aquel niño gordito que...”. Así descubrimos que, en realidad, el hidalgo tal vez nunca dejó de comer almorta.
 
Y nunca salió, ni siquiera a desfacer entuertos, de su amado, inagotable Chinchón.

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