Adriana Ozores
“En esta profesión hay que aprender a rechazar. Si aceptas siempre, tu trabajo al final se devalúa”
Pertenece a la sexta generación de una saga de cómicos. Debutó a los 20 años en el cine junto a sus tíos, pero buscó nuevos horizontes como actriz. Empezó a encontrarlos en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en la que descubrió el verdadero amor por la expresión artística. Dedicada después al cine durante años, finalmente la tele iba a ser otra revelación para ella. Sin grandes ambiciones profesionales, hoy disfruta de abandonarse a la creación en común, de un punto de inconsciencia desde la veteranía
JUAN FERNÁNDEZ
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Adriana Ozores se ha traído a la entrevista a Peliche, un biewer juguetón pero tranquilo que vive con ella desde hace algo más de un año y que ha heredado el apodo de su padre, el actor José Luis Ozores. Llega descansada tras el rodaje de Después de Kim, la próxima película de Ángeles González Sinde, que la tuvo ocupada durante el verano. Y también se confiesa emocionada por la tarea que la entretiene en este momento: recuperar y poner orden en el inmenso legado fílmico de su padre, fallecido cuando ella tenía solo nueve años. En ese legado aparecen sus tíos Mariano y Antonio. Al lado de ellos debutó en la gran pantalla en 1979, a sus 20, lo cual marcó el inicio de una carrera con muchas etapas. Existió la Adriana de las comedias que dirigió su tío en la Transición, la actriz dramática que se dejó guiar por Adolfo Marsillach durante una década en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el rostro de algunas de las películas más reconocidas de nuestro cine allá por los años ochenta y noventa, bajo la dirección de Carlos Saura, Antonio Mercero, Pilar Miró, Joaquín Oristrell o Miguel Albadalejo. Y existió la Adriana popular que conoció el pelotazo televisivo gracias a las series Manolito Gafotas, Los hombres de Paco o Gran Hotel. La de ahora es una actriz veterana y serena que descubre cosas nuevas de este oficio en el que jamás se deja de aprender. Algo la llena de gozo: “El éxito o el fracaso de los proyectos no dependen de una, sino del equipo. Hay que confiar y dejarse llevar”.
– ¿Se está portando bien con usted este 2025?
– Sí, no puedo quejarme. Aparte de la película de Ángeles [González Sinde] que he rodado en verano, este año he podido poner en marcha otros proyectos que me apetecían mucho. Ahora estoy recabando toda la documentación existente sobre mi padre, que es mucha y no estaba ordenada. Hay abundante material fotográfico porque era un gran aficionado a la fotografía. Y tengo un baúl lleno de latas de 16 milímetros y de Súper 8 cuyo contenido desconocemos: no las ha visto nadie nunca. Ya hablé con la Filmoteca para sentarnos en el laboratorio delante de la moviola y ver qué hay en esas cintas. En casa estamos muy expectantes.
– Va a descubrir un pasaje jamás revelado de la historia de nuestro cine.
– Sí. Ignoramos si serán historias familiares o de otro tipo. Él rodó cortos, pero nunca se supo más de ellos. Mi padre falleció cuando yo era pequeña y ahora me entero de cosas suyas que desconocía y que es bueno que se sepan. La reciente muerte de mi tío también hace que se remuevan cosas de la familia. Televisión Española está preparando un Imprescindibles para el próximo año por su centenario.
– ¿Se está reivindicando el apellido Ozores?
– En cierta manera, sí. El cine que hizo mi familia, sobre todo las películas de mi tío Mariano de los años setenta y ochenta, quedó algo denostado y apartado. Ha sido necesaria la llegada de una nueva generación para que esos títulos empiecen a ser vistos de una manera más libre, más generosa y carente de prejuicios. Los hijos y los nietos de aquellos espectadores que rechazaron aquel cine hoy disfrutan de esas historias, se ríen con ellas y les parecen geniales. Todo es cíclico en la vida. Quizá ha hecho falta dar esta vuelta de tuerca para que se vean mejor las películas de Mariano Ozores.
– Usted participó en muchas de ellas. ¿Qué recuerda de aquella época?
– El final resultó duro porque fue de un día para otro. Mi tío pasó de estrenar producciones de gran éxito que mantenían en pie la producción cinematográfica en España a no hacer nada en absoluto. Y fue de repente. Lo cierto es que la gente sí quería ver esos títulos; fueron algunos directivos quienes dijeron que ya no se hacían más. Puedo entender que el cine necesitara dar un sorpasso como el que dieron Pilar Miró y otros muchos que empezaban a crear películas muy distintas a las que creaba mi tío, pero lo que vino después fue una época muy dura en mi familia. Aquello supuso poner fin a un medio de vida, a un modo de vida y a una manera de entender la profesión que venía de muy atrás.
– ¿Cómo era esa filosofía de trabajo?
– En mi familia nunca se entendió el cine como creación personal, eso que hoy se conoce como cine de autor. Vivieron la guerra y la posguerra. Para ellos lo primordial era sacar adelante las producciones. Yo provengo de una tradición de artesanos del cine. Soy la sexta generación de una familia que vivió poco menos que en el carromato de El viaje a ninguna parte. Con aquel trabajo había que vivir y había que alimentar muchas bocas. Tuvieron su momento de ambición personal, de querer hacer algo más de autor, pero no les funcionó. Así que siguieron por otro camino.
– ¿Qué les ocurrió?
– Mi padre y mi tío llegaron a montar su propia productora: Tres Ozores. Se llamaba así porque en ella participaba también mi abuelo. Intentaron crear algo más serio, más dramático. Les dieron un palo tremendo y decidieron dedicarse a lo que hicieron más tarde, que era cine que gustaba a la gente, filmes que el público veía y disfrutaba. Ese cine reflejaba la sociedad española de entonces, tanto el de mi tío Mariano como el que había hecho antes mi padre, en los años cincuenta y sesenta, con Pepe Isbert y aquella generación, que está más valorado. Luego iba a llegar la Transición, la época del destape… y hubo que pasar por ahí. En ese momento no existía tanto ocio. El cine cumplió su misión. Los espectadores iban el sábado a ver una historia y querían ver proyectados sus deseos, sus anhelos, sus frustraciones… Trataban de evadirse de sus rutinas, y eso lo encontraban en las cintas que dirigía mi tío.
– ¿Cómo se recuerda a usted en ese ecosistema?
– En ese ecosistema hemos crecido los tres miembros de mi familia que todavía seguimos dedicándonos a esto. Además de mí, mi prima Emma y mi hermano Mariano, que ha sido script toda su vida. Hemos continuado la saga. Empezar estuvo chupado para nosotros: todo eran sonrisas, todo el mundo te abría la puerta, todos te recibían. “¡Hombre, tú eres la hija de José Luis, qué alegría, pasa!”.
– De esa manera, imposible dedicarse a otra cosa, ¿no?
– Lo cierto es que en mi casa no se hablaba de cine. A veces sí oía a mi tía Teresa decirle a mi tío: “¡Mariano, haz el favor de acabar el guion, que lo tienes que presentar!”. Y ya. No estábamos todo el día hablando de eso. Tampoco recuerdo sentir gran vocación por este oficio. Yo había empezado Artes Aplicadas porque en la familia todos hemos pintado mucho. A mí me encantaba. Hasta que alguien me preguntó un buen día: “Cómo que no eres actriz?”. A partir de entonces empecé a plantearme que quizá debería serlo.
– Y se puso a ello…
– Me apunté al Real Conservatorio. Enseguida empecé a trabajar. Como la profesión me aceptó rápidamente, continué. Siempre he pensado que, si la vida te sonríe y te lleva hacia un lado, no debes ir hacia el contrario. La vida es muy sabia, hagámosle caso. Yo no solo heredaba el talento o la capacidad para dedicarme a esto, sino también el bagaje de este oficio, los altibajos, el aprecio por el esfuerzo que conlleva sacar adelante los proyectos… Mis abuelos tuvieron compañía propia toda la vida y mi padre no tuvo casa fija casi nunca. Vivían en un tren. Hay quien se apabulla con cosas de esta profesión, pero yo he crecido sabiendo lo dura y exigente que es.
– Sin embargo, llegó el momento en que usted eligió un camino bastante distinto al que habían recorrido sus antepasados.
– Sí. Me interesaba otra forma de entender este oficio, otro lenguaje, otros registros, así que estaba abierta a explorar. Las producciones en las que trabajé con mi tío eran pura diversión y me parecía que eso era fantástico. Podría haber seguido por ese camino, pero sentí que este trabajo ofrecía facetas interesantes que yo no conocía. Quise descubrirlas. Quise profundizar en los personajes, asumir más papeles dramáticos, explorar la profundidad de los humanos y sus conflictos… Eso es a lo que he estado dedicándome todos estos años.
– ¿Qué encontró cuando se adentró por esa senda?
– Hice una prueba para la Compañía Nacional de Teatro Clásico y me admitieron. Allí me encontré a Adolfo Marsillach y el enorme respeto por el arte y por la profesión que él transmitía. Hasta ese momento, lo que yo conocía de este oficio en mi casa era: “Adriana, no puedes ponerte ese traje porque no podemos pagarlo”. De repente, descubrí una forma de trabajo en la que la búsqueda artística estaba por encima de todas las demás cosas, por encima de la economía y del sacrificio que hubiera que hacer.
– ¿Qué supuso en su carrera aquella experiencia?
– Los diez años que estuve en la compañía fueron fundamentales para mí. Trabajábamos con los grandes poetas del momento y con los del Siglo de Oro español. Aunque esto parezca normal, en aquella época ese teatro estaba denostado, se consideraba un coñazo. Nadie quería verlo. Ahora solo hay que ver dónde está la compañía y las cosas tan bonitas que se han ido haciendo a lo largo de todo este tiempo. Es mérito de Adolfo Marsillach, de su capacidad, su inteligencia, su voluntad, su empeño constante en hacer arte mayúsculo. Quienes estuvimos a su lado nos contagiamos de ese espíritu. Cuando he vuelto a la compañía he comprobado que esa forma de trabajar permanece intacta. Adolfo dejó impregnado su legado para siempre.
– ¿De allí salió una actriz diferente?
– Sí. Salí con otra mirada de aquella escuela impresionante. Y cierta prensa me acribilló. No fue fácil hacérselo entender. Me he pasado años explicando por qué había elegido ese camino y había dejado de participar en el cine que había hecho con mi familia en mis inicios. No se aceptaba. Cambiar de rol en este oficio es complicado, tienes que andar dando codazos y patadas porque no te dejan. Aunque aquello se superó con el paso de los años, al principio lo pasé mal. No a nivel profesional, puesto que me llamaban y tenía opciones de trabajo. Tampoco por el público, que me aceptó enseguida.
– ¿Pesa mucho apellidarse Ozores?
– Para mí no ha sido un peso jamás. Siempre he sentido el enorme pozo de cariño y respeto que el público y la profesión me han transmitido hacia mí y hacia mi familia.
– Por su parte, no han faltado ocasiones para demostrar su evolución: no ha parado de hacer cine, televisión, después más teatro…
– Cuando dejé la Compañía Nacional de Teatro Clásico rodé con Joaquín Oristrell el filme ¿De que se ríen las mujeres?, al lado de Verónica Forqué y Candela Peña. Pasé muchos años dedicándome solo al cine, hasta que me llamaron para actuar en televisión. Acepté rápidamente porque ese medio era desconocido para mí. Aquella tele era una auténtica escuela, las cosas sucedían muy rápido, tenías que ser más hábil para sacar emociones, había que andar con reflejos. Y me encantó.
– En esos años, ¿qué la guiaba para aceptar un proyecto y rechazar otro?
– Yo soy dada a decir no. Cada vez que me llega una propuesta, mi primera reacción es negativa. En esta profesión hay que aprender a rechazar, hay que tenerlo muy claro antes de aceptar un papel. Si aceptas siempre, tu trabajo al final se devalúa. A veces es difícil funcionar de este modo porque el abismo que hay detrás da mucho miedo. Como no existe la continuidad, a menudo nos embarcamos en proyectos por temor a quedarnos sin nada, pero hay que correr ese riesgo, es cuestión de compromiso con el oficio. Lo ideal es tener un buen guion, un buen director y unos buenos compañeros. Si faltan ingredientes en esa ecuación, a veces es mejor la renuncia.
– ¿Se ha arrepentido de algún no al ver esos trabajos hechos por otras?
– Sí, ya lo creo. En su lugar, elegí otras cosas, no me quejo. También me he arrepentido de sumarme a algunos proyectos que luego resultaron espantosos. No solo por el resultado, sino porque me lo hicieron pasar realmente mal, con gente que no tenía nada que ver conmigo, ni como persona ni como actriz. Eso me ha ocurrido sobre todo en el teatro y el cine; en la tele, menos. He metido la gamba muchas veces, pero de todo acabas aprendiendo.
– ¿Qué ha aprendido del oficio tras tantas tantas facetas distintas?
– Hay algo que he descubierto hace tres o cuatro años: perder el control. En la juventud sientes la necesidad de tenerlo todo controlado, te obsesionas con hacerlo todo perfecto, que todo lo que esté relacionado con tu trabajo quede bajo tu dominio. He aprendido a dejarme llevar, he entendido que este es un trabajo en equipo y que lo bien o mal que salga no va a depender solo de mí. Ahora me abandono a esa creación en común. Y es gozoso: no tengo sensación de estrés. Compruebo además que los resultados son mejores. Tiene algo de inconsciencia, pero desde la veteranía.
– Llegados a este punto de su carrera, ¿qué le pide hoy el cuerpo? ¿Hay algún papel o director con el que siempre soñó y aún esté pendiente de lograr?
– Nunca he tenido gran capacidad de proyección, me iba enamorando de lo que iba encontrando. Yo no he sido de las que suelen decir: "Me encantaría hacer tal personaje, me encantaría trabajar con tal realizador". Solo me pasó con el papel Lady Macbeth, que siempre deseé. Y lo conseguí. Pero no tengo grandes anhelos. Lo que el cuerpo me pide es que siga metiéndome hasta el infinito en el siguiente personaje, sin límite, que continúe disfrutando del oficio como en la actualidad. Este verano rodaba con Ángeles [González Sinde] en el campo bajo el calorazo, con parte del equipo desmayándose del sofocón. Yo miraba a Darío Grandinetti y nos decíamos: "Qué bien estar haciendo esto, ¿verdad?". Creo que no se puede pedir más.




