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07-07-2022


Aixa Villagrán

“Te endiosan sin ser Dios. Lo peor que puedes hacer es creértelo”

 

Su trabajo en la serie 'Vida perfecta' la ha catapultado pasados los 40. Pero esta actriz andaluza lleva años curtiéndose a las órdenes de grandes nombres del cine. Aunque parece infalible en la comedia, en el drama es un huracán: por eso Juan Diego Botto no ha dudado en contar con ella a la hora de dirigir su primera película



PEDRO DEL CORRAL (@pedrodelcorral_)

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Aixa Villagrán es un libro abierto. De esos que tan pronto te sorprenden con una gran historia como te sirven para arrear un buen porrazo. A esta actriz le debemos muchas carcajadas en lo que llevamos de siglo, pero también es voz que se acuerda siempre de los desfavorecidos. Es una rebelde empedernida. Y como tal, lucha por las causas sociales como nadie. Siente todos sus personajes en carne viva: Celia (Allí abajo), Olivia (Derecho a soñar) o Leo (Los hombres de Paco) son solo algunos de los más queridos. Podríamos decir, sin temor a sonar exagerados, que trabaja por amor al ser humano. En cada papel se ha dejado un trocito de corazón, pues no concibe el arte sin entregarlo todo de ella. Siempre busca más en cada toma… incluso cuando el director la considera perfecta.

 

   Parece que la consagración llegó de la mano de su Esther en Vida perfecta. La hermana de Leticia Dolera en la ficción se ha ganado el aplauso de crítica y público precisamente por lo que venimos relatando en las líneas anteriores. Quizá Esther parezca el alter ego de Aixa, pero no lo es. Y ahí reside su gran virtud: ha creado un universo con el que cualquiera puede identificarse. Por ello resulta tan adictivo. Conseguirlo no resulta fácil, requiere entrenar durante años. Su entrenamiento brilla por la calidad de los preparadores: Fernando Guillén Cuervo (Los managers), Iciar Bollain (Mataharis), Fernando León de Aranoa (Amador) o Paco León (Kiki, el amor se hace). Sabiduría concentrada en 15.695 páginas de cicatrices y sueños. Las mismas que días lleva reivindicando la pasión por encima de todo.

 

Qué casualidad que tanto su hermano, Julián Villagrán, como usted se hayan dedicado a esta profesión. ¿Les educaron para ello?

En cierto modo, sí. Desde pequeña he tenido obsesión por la televisión. Teníamos una Telefunken de madera y me imaginaba mundos dentro de ella. Mis padres son cinéfilos y nos ponían muchas películas de La 2. Íbamos juntos al teatro y pasábamos las tardes hablando de libros. Igualmente, tuve la suerte de estudiar en un colegio muy progre para los años ochenta, ya que incluían Arte Dramático como asignatura obligatoria. De repente, me vi recitando el Romancero Gitano de Lorca con 11 años. Luego llegó Yerma, que hice a los 16… y con ortodoncia. 



Sevillana de sangre, gaditana de corazón. ¿Qué guarda hoy de aquella infancia?

- De Trebujena tengo numerosos recuerdos. Mis tías Asunción y Conchita eran dos señoras que vivían juntas, una viuda y una soltera. Llevaban el luto con rigurosidad. Su casa estaba llena de santos y vírgenes. Tenían muñecas de porcelana a las que vestían con los vestiditos que ellas cosían. Hacían la mantequilla a mano. Sembraban semillas en los taponcitos de Mistol. Era un universo que, aunque lejano, me enamoraba. No estaba bautizada, pero rezaba con ellas. Cada vez que las visitaba me metía de lleno en los jazmines, la comida casera, los geranios, la tierra, el calor…



- Tras la Selectividad intentó acceder al Centro Andaluz de Teatro.

- Sí, pero lo cerraron. Decidí intentarlo en el Conservatorio de Arte Dramático. Se presentaron casi 400 personas para 18 plazas y no entré. Me cogí un sofocón terrible. Mis padres me animaron a que siguiera formándome y me matriculé en Filología Hispánica. Duré un mes. Mi madre se dio cuenta de que no estaba yendo a clases y me propuso una alternativa: estudiar inglés en Londres y luego apuntarme a una escuela de interpretación en Madrid. 

 

Y así ocurrió. 

- Es verdad que me fui al Reino Unido, pero no aprendí nada porque me eché un novio mexicano. A mi regreso logré una plaza en Corazza. Fueron tres cursos de disfrute y aprendizaje máximos. Ahí conseguí una beca para acabar mi formación en México. Y allí me trasladé durante nueve meses. Cuando la terminé, rodé mi primer largo: Carlos contra el mundo, de Chiqui Carabante. Él ya me conocía y tenía claro que quería probarme. 

 

- En esos primeros compases, ¿se imaginaba su carrera tal cual la ha vivido?

- Para nada. La vida no tiene nada que ver con los pajaritos que uno se monta en la cabeza de joven. Sabía que quería vivir de esto y, pese a haberme enfrentado a circunstancias complicadas, jamás me he planteado dejarlo. Me moriría de pena si tuviera que dedicarme a otra cosa. Hay algo innato en mí que me obliga a estar conectada con el arte.



- Tras su debut en el cine llegaron nombres de la talla de Fernando Guillén Cuervo (Los managers), Iciar Bollain (Mataharis), Miguel Bardem (Mortadelo y Filemón)…

¡ Qué honor. Sin embargo, hasta hace nada, la gente solo me veía haciendo comedia. Me siento cómoda en ese género, pero hago otros. A fin de cuentas, nos dedicamos a encarnar personajes. Por eso nos molan los retos. 

 

- En caso de reto, ¿le da miedo no estar a la altura?

- Soy muy exigente y meticulosa con mi trabajo. Siempre quiero hacerlo lo mejor posible. Puedo tener la toma perfecta para el director, pero no para mí. En ese sentido, tengo que relajarme. Aunque bien empleado, ese nervio puede ser muy buen revulsivo.

 

- ¿Qué se llevó de Kiki, el amor se hace?

- Que te dirija Paco León es una gozada porque te deja improvisar. En mi escena salgo haciéndome la cera en el bigote. Al principio querían que hiciera el paripé, pero tanto él como yo decidimos que fuese real. Si te fijas, aparezco enrojecida y amoratada. 

 

- Aquel mismo 2016 protagonizó junto a Bárbara Lennie María y los demás, de Nely Reguera. El feminismo empezaba a ganar terreno por entonces.

- Totalmente. Iciar Bollain e Isabel Coixet han sido las referentes por excelencia de este país, pero en ese momento empezaron a surgir nuevos nombres. Fue precioso porque coincidió con una etapa de cambio en España. Desde entonces la situación ha mejorado. ¿Un ejemplo? Acabo de grabar una serie en la que todo el departamento de dirección estaba formado por mujeres. Eso me congratula y me tranquiliza.



- Uno de sus mayores éxitos ha sido Vida perfecta. No le fue sencillo llegar a ese elenco.

- Tuve que superar tres pruebas. Era la primera serie de Leticia Dolera, así que quería estar segura de su elección, dudó hasta el último momento. Al final del proceso de selección recibí un mensaje de la directora de casting en el que me preguntaba si estaría dispuesta a cortarme el pelo. En ese instante pensé: “Si después de esta propuesta no me cogen, esto es tortura”. Al día siguiente me llamaron. Estaba en el váter cuando me dieron la noticia. Corrí a buscar a Julián y empezamos a gritar. Sabía que ese papel me cambiaría la vida. Tenía un pálpito. 

 

- A su personaje, Esther, le dan miedo las palabras ‘hipoteca’ y ‘cortacésped’. ¿Cuáles le aterran a usted?

- Nos parecemos bastante. Me considero un poco punki, no comparto ciertas cosas con el sistema. Muchas veces seguimos unos patrones porque nos han obligado a hacerlo. Estamos coartados de nuestra propia libertad. Vivimos encarcelados dentro de una red capitalista que nos dice qué es correcto y qué no lo es. Nos ha tocado vivir una época guay, pero nos sobran prejuicios, aunque yo ahora intento hacer siempre lo que me da la gana.

 

- Infidelidades, relaciones abiertas, placeres… Esos son otros de los temas que se plantean en los episodios de Vida perfecta. ¿Juzgamos más a los personajes femeninos que a los masculinos?

- Por supuesto. Lo tenemos tan instalado en el tuétano que desaprenderlo es difícil. A las mujeres nos han enseñado a sentirnos válidas a través de los hombres. Respecto al sexo, se nos ha tachado de guarras o putas, mientras que a ellos se les ha tratado de sementales o alfas. El poder de la serie está en mostrarnos imperfectas (o puede que perfectas, según lo mires), sin ningún tipo de juicio.



- Varios de sus proyectos tienen algo que va más allá de lo artístico. Como Loco por ella.

- El trabajo siempre me lo tomo en serio, pero a nivel emocional hay casos especiales. Para esa película de Dani de la Orden fui a un centro de personas con el síndrome de Gilles de la Tourette. Quería huir de los estereotipos. Hacer justicia. Lo mismo me pasó en el rodaje de la ópera prima de Juan Diego Botto, En los márgenes, con Penélope Cruz y Luis Tosar como protagonistas, donde se debate sobre los desahucios.

 

- ¿Los artistas deben mojarse en política?

- Sí, aunque te pueden lapidar. Yo soy batallera en las redes. Digo continuamente lo que pienso, y he de confesar que, a veces, con miedo. No dejaré de hacerlo. Ante las injusticias no me voy a callar. No tengo una verdad absoluta, pero sí empatía con las personas menos favorecidas.

 

- El éxito le ha llegado superadas las 40 primaveras. ¿Se digiere mejor que con veintipocos?

- Es fácil que se te vaya la pelota con cualquier edad. La fama hay que saber gestionarla para no irse a la mierda. Un día eres alguien anónimo y a la mañana siguiente eres el objeto de deseo de todo el mundo. Te endiosan sin ser Dios. Y lo peor que puedes hacer es creértelo. Por eso la familia y los amigos son tan importantes. Si no los tienes, ve a un psicólogo. Yo llevo 13 años haciéndolo. Es fácil que el ego se te empiece a poner gordo y te vuelvas imbécil. En mi caso, intento gestionarlo desde la madurez.

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