— Es un tiempo incierto. ¿Qué teatro nos corresponde?
— ¡Si lo supiera, no investigaría! Esto no es como la química. Pero sí hay unos puntos en los que, creo, estamos de acuerdo. El naturalismo, la imitación de la realidad, queda muy bien en el cine. Y quizá el teatro antes debía ir por ese camino. Pero ese momento pasó. Hoy a la escena le toca la plasticidad, jugar con otros lenguajes. Volvernos un poco locos y buscar nuestros límites.
— ¿De ahí que su último espectáculo, Drac Pack, fuera un cabaré?
— Hubo un espíritu más lúdico que de investigación. Éramos tres compañeras [Flores, Najwa Nimri, Anna Castillo] que queríamos sacar adelante una historia y, sobre todo, entonar unas canciones que teníamos muchas ganas de cantar. Aunque ejercíamos de maestras de ceremonias, representé el papel como en una ficción: aprovechando cosas de mí, pero encarnando de lleno un personaje.
— ¿Y resulta sencillo salir del personaje? Porque contó que Vis a vis le endureció el ánimo.
— Pude abrir puertas que hasta entonces no había tocado. Ni siquiera había tenido necesidad de acercarme a ellas. Me puse en contacto con la violencia. Pero el rodaje era frenético y muchas veces me llevaba la cárcel a casa. Cuando me ocurren cosas así, basta con que un amigo me pregunte qué me sucede para que el hierro se me vaya de la cabeza. Me despierta que mis allegados me traten hoy con la sencillez con que siempre lo han hecho. Y también me cuido yo: una buena ducha hace milagros.
— Más allá de lo expresivo, había un trabajo muy físico. Palizas incluidas.
— Trabajaba con todo el cuerpo. Pero me lo pasaba bien gracias a toda la preparación que tuve de antemano. Las peleas están trazadas siguiendo una coreografía. Me divierten mucho, son como un baile.