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Línea de telón

Ante 'El silencio de otros'

ALBERTO CONEJERO


Ilustración: Luis Frutos

Cuando se piensa o dice la palabra “memoria”, también se dice o piensa la palabra “olvido”. Como una flecha de dos puntas que sobre nosotros el tiempo arroja, sin saber nunca qué lado nos dará alcance, así vuelan entrelazados el olvido y la memoria.


   Hay peligro en el vuelo de esa flecha, por supuesto. Tiene que haberlo. Porque nunca estaremos a salvo del pasado. No es este un animal disecado que detrás de una vitrina nos contempla fingidamente fiero, pero ridículo. Quién pudo creerlo o quién quiere que lo creamos. El pasado es un animal eterno que una y otra vez prepara su emboscada, despliega sus trampas agazapado en la sombra para lanzarse mortal a nuestro cuerpo, a nuestros sueños, a nuestras esperanzas. 


   Por eso hay que estar siempre alerta. Y en esa vigilia no basta un relato que se atenga solamente a la relación de los hechos —como se entendió durante demasiado tiempo la Historia—, sino una lectura ética, la que nos pone en riesgo, nos compromete, y que observa la presencia  o pervivencia del pasado en el presente. De otro modo: cuánto del pasado sigue presente, sus consecuencias, los privilegios que generó y de los que seguimos disfrutando (o siguen disfrutando), los dolores del mundo que alumbraron nuestros presentes, los infinitos osarios y dolores impíos, a las olvidadas de los olvidados, todo lo que sigue sufriendo cuando se apagan los focos de la atención o se ha pretendido silenciar; ya lo dicen los versos de Wislawa Szymborska: “después de cada guerra / alguien tiene que limpiar”. En definitiva, una lectura que busque los sentidos del pasado.


   La lectura ética (o moral) del pasado es incómoda, sí. Porque nos obliga a observar el suelo que pisamos como materia viva y movediza, formada por estratos de logros y de catástrofes, injusticias y bondades, horror y belleza… La Filosofía, la Antropología social, el Derecho, el Arte, etc. son necesarias para esta lectura del pasado. 


   En España el asunto de la memoria es especialmente doloroso. En el centro de la cuestión está el tema de las fosas comunes de la Guerra Civil, los crímenes y torturas del franquismo y la Ley de Amnistía con la que se pretendió “pasar página” a tantos horrores. De todo ello se ocupa el documental El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar, que el pasado miércoles emitió nuestra televisión pública (mereciéndose por cosas como esta tal adjetivo).


   El documental —que entre otras muchas distinciones recibió en su categoría el premio Goya y el del Festival de Berlín— sigue durante seis años el periplo judicial de los querellados contra el franquismo durante años.  Conocemos así las historias y testimonios, entre otros, de Asunción Mendieta, que logra recuperar el cuerpo de su padre de una fosa común; José María Galante, torturado por la policía franquista; y María Martín, que murió sin lograr recuperar el cuerpo de su madre de una fosa común en la que la echaron después de humillarla y ajusticiarla. Recuerdo las imágenes grabadas de su entierro y no puedo contener ni las lágrimas ni la impotencia. 


   Tenemos que conllevar el país que fuimos, pero no podemos ser miserables con el país que somos y seremos. Es nuestra obligación.  Porque todos esos cuerpos en las cunetas siguen sufriendo la violencia después de muertos, también en los cuerpos y el alma de sus familiares, que pelean por darles un entierro digno; y también en todos nosotros porque su suerte nos señala directamente, nos interpela y compromete nuestro futuro. 


   Parece un ejercicio tan idiota el de negar los logros de la democracia como el de esquivar, cuando no directamente huir de sus tareas pendientes. Y esta es una tarea urgente y absolutamente necesaria. La memoria quizá no pueda ser un deber, pero sí una necesidad, un indicador de la salud democrática de una sociedad. La memoria no es histórica. La memoria es presente. La memoria nos reclama. Necesitamos una ética de la piedad, una moral de la piedad (por si apela de este modo a los que se dicen cristianos y católicos). ¿Acaso no entiende que quien no tiene un sitio al que ir a llorar por sus muertos los llora en todos los sitios? ¿Qué espíritus podridos y ponzoñosos pueden referirse al intento de dar sepultura digna (que es devolver humanidad, restaurar humanidad) como “mover un montón de huesos”?  


   Dijo el poeta que la flor es el olvido de la semilla. Pero para que exista el olvido de este dolor, su sanación, primero hace falta empatía y piedad. Sí, empatía y piedad. Porque queremos una España que recuerde que María Martín se murió con la pena de no haber enterrado a su madre, después de pasarse la vida, día tras día, yendo al asfalto de una carretera a dejarle flores, y escribiéndole cartas manuscritas a políticos e instituciones que nunca respondieron; porque queremos una España donde las lágrimas de Ascensión Mendieta ante la tierra que dejaba asomar el cráneo de su padre sean respetadas y aun bendecidas; porque queremos una España en las que los torturadores no tengan medallas pensionadas. Y no es este asunto solo del pasado, sino de nuestro futuro. En nuestras manos está hacia dónde nos encaminamos.

 

           


 
           

Alberto Conejero (Jaén, 1978) es dramaturgo y poeta y tras estrenar en Madrid 'Los días de la nieve', se dispone a hacer lo propio con 'La geometría del trigo'. Ganó, entre otros, el Premio Max por 'La piedra oscura'. Otras de sus obras teatrales son 'Ushuaia' o 'Todas las noches de un día', mientras que 'Si descubres un incendio' es el título de su primer poemario

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

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