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LÍnea de telón

ANTONIO BANDERAS

ALBERTO CONEJERO

 

Lo hemos visto en no pocas ocasiones: en España, lo único peor que el fracaso es el éxito. En el solar patrio se suele escupir en lo cimero (la expresión es de Luis Cernuda), recelar de los compatriotas que cumplen logros, cuando no exiliarlos e incluso aniquilarlos. De dónde nos vendrá esta desconfianza secular yo no lo sé, pero no es difícil aventurar que hunde sus raíces en el mismo sustrato del que brotaron el “muera la inteligencia” o el “que inventen ellos”. 


   Pero este no es, ni mucho menos, un mal privativo español. En todos lados cuecen las habas que acompañan al síndrome de Procusto, también llamado “de alta exposición” o de la “amapola alta”. Es justo decirlo. Pero en un país que gasta celosías y portillos, dimes y diretes, negruras goyescas e ingenio afilado, sabemos que siempre hay tela para cortar el traje de los hijos ilustres. Por fortuna, tanto del éxito como del fracaso se puede salir. Y mientras se está vivo, hay partida.


   Antonio Banderas (antes de lo público, José Antonio Domínguez Bandera) se fraguó como intérprete en el teatro, allí en su Málaga natal. Poco tiempo después cogió el petate con dirección Madrid, en una de las primeras expediciones del entonces joven argonauta. Lo demás es ya historia; una en la que el encuentro con el director manchego Pedro Almodóvar ha sido fundamental. Jalonaron los ochenta con cinco películas inolvidables y que son ya una referencia ineludible de nuestro cine recienteLaberinto de pasiones (1982), Matador (1986), La ley del deseo (1987), Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) y Átame (1989). Precisamente la memoria de esa década de luces y sombras es uno de los pilares de Dolor y gloria, su octava colaboración -faltaban por citar La piel que habito Los abrazos rotos- y la película con la que acaba de ganar el premio a mejor actor en el Festival de Cannes.


   Antes de este momento hay un tornadizo de vida. Una nueva expedición para el argonauta malagueño. Desbrozó las trojas hasta Hollywood que luego transitaron compañeros como Javier Bardem o Penélope Cruz;  allí protagonizó algunos proyectos luminosos y otros con más sombras; su biografía se entreveró con la de los habitantes del Olimpo del star system (qué cosa); llegaron también el papel cuché, los musicales, las luces, vampiros y zorros, las sombras, los años con la brújula temblando, el convertir el nombre en franquicia, el dejar atrás la juventud y no querer desaparecer con ella; y llegó también el querer desdecirse, deshacerse, soltar los baúles demasiado cargados de uno mismo.  


   Y en ese momento apareció de nuevo Pedro Almodóvar con una película que tiene mucho de ajuste de cuentas, de expedición retrospectiva, de ir hasta el pasado para decirse las verdades del barquero. Porque el cuerpo duele, el corazón se escacharra y se hace presente lo inevitable; porque el tórax abierto tiene algo de caja de Pandora. Desde esta misma columna escribí de la interpretación de Banderas: “Cuánto con tan poco, qué manera de contener un vendaval en las pupilas. De nuevo la elocuencia del silencio. Toda su interpretación tiene calambre de poema”.


   Su premio ha sido recibido con gran alegría por muchísimos y muchísimas en nuestro país. Al final se trata de sostener la vocación. El de actor es oficio de persistencia, de fe.  Ahora Antonio Banderas está a punto de abrir teatro junto a Lluís Pasqual. En la historia de las artes escénicas de nuestro país, el Eduardo II de Marlowe que hicieron juntos en 1983. Banderas se hizo cargo en el último momento del papel protagonista de Gaveston. Era la segunda colaboración de Banderas y Pasqual después de un papel secundario en La hija del aire, de Calderón de la Barca. Ahora vuelven a encontrarse a la vuelta de muchos caminos.


   Dice Antonio Banderas que ha empezado a matar a “Antonio Banderas” con esta película, a ese fantasma de sí mismo al que la mucha fama y el tiempo dio sustancia. Por fortuna, debajo de esa nebulosa permanece Jose Antonio Domínguez Bandera, actor. Uno de nuestros enormes.

  

 

           

           

           

   

 
           

Alberto Conejero (Jaén, 1978) es dramaturgo y poeta y tras estrenar en Madrid 'Los días de la nieve', se dispone a hacer lo propio con 'La geometría del trigo'. Ganó, entre otros, el Premio Max por 'La piedra oscura'. Otras de sus obras teatrales son 'Ushuaia' o 'Todas las noches de un día', mientras que 'Si descubres un incendio' es el título de su primer poemario

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

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