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20-01-2023

 #CentenariosAISGE


Alberto de Mendoza

“La primera vez que salí a escena no fui capaz de articular una sola palabra”


El gran galán hispanoargentino acreditó seis décadas de profesión, desde el teatro independiente a ‘Tapas’. Con 150 películas en su haber, falleció en Madrid a los 88 años, en diciembre de 2011

Con motivo del centenario de su nacimiento, el 21 de enero de 1923, rescatamos de nuestros archivos una entrevista de junio de 2006 que nunca había visto la luz en formato digital. "El actor que no haya sentido sequedad en la boca y un nudo en la garganta no es actor", nos dijo

FERNANDO NEIRA (@fneirad)

Madrid, junio de 2006

En el barrio bonaerense de Belgrano, a pocas cuadras de la casa de Borges, nació en 1923 Alberto Manuel Rodríguez Gallego González de Mendoza, uno de los más grandes actores que han conocido las tablas y las pantallas grandes a una y otra orilla del Atlántico. Pionero entre los argentinos que han triunfado en España y galán que cortejaba en la ficción a todas nuestras grandes figuras de los años 60, desde Carmen Sevilla a Sarita Montiel, De Mendoza se siente “liberado de envidias y frustraciones” y feliz dentro de su inquebrantable escepticismo vital. Tras 150 películas y miles de horas en escena y frente a las cámaras televisivas, ahora sólo le reprocha a la vida que el doctor le prohibiera hace un par de años sus cuatro cajetillas diarias de tabaco...

 

– Usted quedó huérfano con cinco años y le mandaron a vivir a Madrid. ¿Sus recuerdos son los de un niño republicano?

– Me crié con la República, sí, y mis recuerdos son maravillosos. No hablo en términos políticos, porque era muy crío, pero aquel Madrid que yo viví era el mismo que tan bien pintaron Baroja o Valle: el de las rabonas [novillos] en clase, las disputas entre un barrio y otro, el fútbol en la calle emulando a Zamora o esas farolas a gas que los cabrones de los enanos nos encargábamos de romper a pedrada limpia. Todos éramos amigos de todos, desde el hijo del panadero al del conde de Aguilera. Los más creciditos pagaban un duro a una chica para que le toqueteara y los demás esperábamos abajo que nos contara cómo había ido todo… Aquel universo maravilloso se truncó con la guerra civil.

 

– ¿Recuerda aquel 18 de julio?

Me pilló en la sesión infantil del cine Argüelles, viendo una peli de vaqueros. De repente, se encendieron las luces y nos mandaron para casa. Yo tenía 13 años y enseguida comprendí que aquel día había terminado mi infancia. Al poco tiempo estábamos buscando pan y cebolletas por los descampados mientras sentíamos unos silbidos en el aire. Balas, claro.

 

– ¿Aquellas tardes del Argüelles tenían algo de iniciático para usted, eran la puerta de acceso al mundo mágico del celuloide?

– No. Al cine le veía el encanto de que apagaban la luz y podías gritar en las escenas más emocionantes, pero poco más. Mi fascinación primera era por el teatro. Me colaba a ver las zarzuelas entre las cajas, en el Teatro Lara, y aquel ambiente me impregnó muy adentro: los colores chillones, las cantantes gordas, el olor a engrudo, las discusiones entre el tenor y la vicetiple...

 

– ¿Quién fue su primer mentor, el primer contacto con la profesión?

– Se llamaba Carlos Casaravella y era un chansonier uruguayo, galán de Celia Gámez. Coincidimos en el autobús que nos evacuaba de Madrid hacia Valencia, y luego en el barco Tucumán, rumbo a Marsella. En Francia me enseñaron a zapatear; por eso mis primeros pasos, de regreso a Buenos Aires, fueron como bailarín. Pero era tan malo… Así que no me quedó más remedio que pasarme al teatro independiente. Éramos unos jovenzuelos que pretendíamos hacer obras dificilísimas sin técnica ni conocimiento de nada.

 

 

– ¿Cómo fue la primera vez que salió a escena?

– Inolvidable. Me quedé con la garganta tan seca que no fui capaz de articular ni una sola palabra. Cero. Me marché avergonzadísimo. Pero el actor que no haya sentido ese nudo en la garganta, esa sequedad en la boca y esas mariposas en el estómago, no es actor. En esta profesión es imprescindible que media hora antes de la función, en la soledad del camerino, pienses: ‘¿Qué coño hago aquí en vez de estar en mi casa?’.

 

– ¿Debo deducir que el teatro le parece un arte más pleno que el cine?

– Cada cosa tiene su técnica, pero la raíz de todo está en el teatro. Con un primer plano de la cámara se puede engañar, pero cuando se levanta el telón es como estar delante de un Miura.

 

– Hablando de toros, ¿cómo se lidiaba con la censura en el cine español de los 60?

– Pues como podíamos, con imaginación. En aquellas películas solo podíamos besar en la mejilla y hablar de “libertinos” cuando en realidad queríamos decir “amantes”. La clásica escena de seducción, de miradas entre un hombre y una mujer, resultaba impensable. Y para insinuar que había habido folleteo solo podías mostrar a un caballero abotonándose la camisa… Con todo, aquel cine contaba con actores excelentes. López Vázquez o Alfredo Landa, desde luego, lo son.

 

– ¿Es consciente de que el público joven quizás sólo le ubique por su papel en ‘Tapas’?

– Sí, y no me importa: era un papel simpático y cortito. A estas alturas yo tengo que mirar los toros desde la barrera. Ya me he levantado demasiados años a las cinco de la mañana, con ropa de verano en invierno y de invierno en verano. No conozco envidias ni frustraciones. Empecé de soldado y llegué a teniente general. No me siento sabio: solo escéptico y experimentado, porque he vivido intensamente.

 

– ¿Qué le pide a la vida?

– Salud. Nada más. Dejé el cigarrillo y dejé de beber cuando me siento con los amigos. La vida es un camino hacia la nada. Cuando te das cuenta de que se termina, todo adquiere una importancia muy relativa. Me conformo con no hacer mal a nadie y vivir con dignidad.

 

 

 

DE CERCA

–      Un momento imborrable. La primera conversación “de tú a tú” con mi madre.

–      Un piropo. Nunca he sido de emplearlos, más allá de “Qué hermosa eres” o “Qué linda estás”.

–      Un consejo. Saber lo que quieres hacer. Soñar despierto.

–      Una frase. La que le decía Fausto al diablo: “La vida es distraer a la muerte un ratito, no más”. Siempre la he tenido muy presente.

–      Una virtud. La lealtad. A los amigos y a las ideas.

–      Un vicio confesable. ¡Las mujeres!

–      Un beso de película. A Laura Hidalgo en Caídos en el infierno. Era tan hermosa… Laurita falleció hace poco, en Estados Unidos.

–      Un rincón de Buenos Aires. La plaza de San Martín, la más linda de cuantos lugares he visitado.

–      Un rincón de Madrid. La explanada de Rosales, hoy unos jardines maravillosos. Allí habita mi niñez.

 

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