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02-02-2021


Alberto Velasco
“La pluma es un acto terrorista maravilloso”


Darle un “¡Viva!” a la República le costó miles de euros. Pero el actor echó a andar de nuevo, como ha hecho tantas otras veces. De bailar sobre la mesa a cosechar premios de danza y teatro 



FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Unos días atrás Alberto Velasco estaba recitando Doña Rosita la soltera, de Lorca, frente a la cámara del móvil. Muy quieto, en la cafetería del Teatro del Barrio, actuando para el público online apenas con la voz y el busto. Como marcan estos tiempos de pandemia, fue todo un ejercicio de contención. Y al inquieto Velasco, desde que nació en Valladolid hace 37 años, le cuesta quedarse sentado. “De niño me gustaba subirme sobre la mesa con algún vestido de mi abuela a cantar y a bailar”, recuerda. Ya en la infancia se apuntó al grupo de jotas del pueblo donde creció, La Cistérniga, con menos de 10.000 habitantes y cerca de la capital vallisoletana.


   Después de estudiar Arte Dramático levantó sus propios espectáculos de danza y teatro. En Vaca actuaba y bailaba él solo, sin más ayuda que la de un técnico de luces. Ya entonces empezaron a lloverle los galardones: de la Unión de Actores o del festival TAC. Casi siete años pasó girando con aquel montaje, un canto a la diversidad en los cuerpos en el que llegaba a despojarse de la ropa ante el público. Al mismo tiempo trabajaba para otras compañías con las que llegó a Berlín y Barcelona. Pero fue tras su traslado a Madrid cuando dio el salto a la televisión. Todo empezó con un papel en Vis a vis.


   En el último año le hemos visto en Señoras del (h)AMPAMadres y By Ana Milán. Ha dirigido un capítulo de la serie Indetectables para el que logró contar nada menos que con Aitana Sánchez-Gijón. Y ha publicado su primer libro, una amalgama de retales, diálogos y revelaciones que ha dado en titular Pobre, gordo y maricón. Cuenta que esas son las discriminaciones con las que se ha sentido más señalado.


 De las tres etiquetas que titulan su libro, la de la pobreza va en primer lugar. 

— La condición social es la que más nos marca. Buscamos una dignidad a través de nuestro lugar en el orden económico, y nos dicen que podemos llegar a donde queramos si trabajamos duro. Pero no es verdad. Nos dejan las migajas y nos conformamos con ellas. Yo mismo pasé años esquivando decir que era homosexual en algunos entornos. Me daba miedo perder la simpatía de los hombres, todos varones, que manejan esta industria. Hasta que me planté. ¿Qué dignidad podría conseguir así? Antes estaba en contra de las etiquetas y los guetos, pero ahora pienso al revés: cuantos más, mejor. Allí nos reunimos quienes carecemos de referentes y encontramos gente que pasa por lo mismo que nosotros


— ¿También hoy le cuesta encontrar referentes?

— Desde luego. Por ejemplo, en lo relativo al cuerpo. Asientos de autobús o de avión en los que no quepo. Publicidad en la que no me veo reflejado. Miradas de gente por la calle.  


— Los problemas que mencionaba en Vaca, su primer gran montaje. 

— El peor problema que tuve con mi cuerpo me lo provocaba yo mismo. Recuerdo haber nacido gordo, haberme sentido siempre así. En la adolescencia, durante unos meses, perdí decenas de kilos de golpe. No me reconocía en los espejos. Ese tipo tan delgado no era yo, y duró muy poco tiempo. De todo esto trataba el espectáculo. Lo llevaba a los institutos y los chavales se reían al principio, con la parte cómica. Luego dejaban de hacerlo. Las señoras mayores se me acercaban al salir del teatro y me contaban que ellas llevaban toda la vida avergonzadas de su propio cuerpo.



— De cuando en cuando, estrena en el Calderón pucelano. En casa.

— Me da mucha pena haber dejado mi ciudad. Me habría encantado desarrollar mis trabajos en Valladolid. Comprar una nave, montar una compañía, producir espectáculos. Pero cuando llegué a Madrid, hace ya ocho años, se me pasaron muchos prejuicios. Empecé a conocer a los actores de televisión, hacia los que sentía algo de desdén, la verdad. Yo venía del teatro y creía que los únicos intérpretes de fondo éramos nosotros. Todo eso, por suerte, se me pasó.


— En la capital habrá escuchado mil veces las alusiones a Fachadolid

— Y me duele cada vez que ocurre. Nos colgaron el sambenito, hace ya décadas, y nos lo quedamos. ¡Con la de veces que ha gobernado allí la izquierda! Sucede que es una ciudad muy política: los que somos de izquierdas, lo somos mucho; y los de derechas, también. Cuando presenté el espectáculo Mademoiselle Monarquía, una crítica a la Corona, se armó una buena. Me dieron el premio Valladolid Propone. Y con ese galardón, como con otros del mismo festival, la ciudad adquiría el compromiso de estrenar la obra al año siguiente, ya presupuestada y financiada. Pues de aquello nunca se supo. Unos 9.000 euros que se fueron al garete. Y todo, intuyo, porque vi a mi abuelo en la platea y le grité un “¡Viva la República!” al recoger el premio. Por entonces gobernaba allí el PP. Y el ala dura, además. Aquello fue demasiado, al tratarse de un certamen convocado por el Ayuntamiento.


— ¿Cómo fue perder todo aquel dinero?

— Me endeudé hasta las cejas. Estuve pagando durante más de una década el crédito que había pedido para Mademoiselle Monarquía. ¡He estado arriba y abajo tantas veces! Después de Vis a vis también me pasé un año y medio sin trabajar, sin absolutamente ningún ingreso. Ahora ahorro porque vivo con una amiga, pero estoy mirando casas en los pueblos, lejos de la ciudad, algo acorde con mi poder adquisitivo y mi estilo de vida. Soy muy consciente de que, si he llegado hasta aquí, es porque mis padres me han ayudado todo el rato: cuando les digo que no llego, aportan lo que pueden. Ellos son mis verdaderos mecenas.


— ¿Qué le han dicho sus progenitores del libro? En él habla de drogas, sexo esporádico y toda suerte de escándalos.

— No, no. Con ellos aún no lo he compartido. Se lo he mostrado a mis amigos, pero lo he apartado de la vista de mi familia. Me da vergüenza. Es demasiada intimidad a bocajarro. Pero creo que es importante contar lo que llevamos dentro.



¿Y el galán, para cuándo?

“Siempre he hecho mucho deporte, soy atlético y me manejo bien con el movimiento y la danza. Pero eso no vale para vencer los prejuicios de la industria. Creo que nunca me darán el papel de galán. Aún hoy, montan una serie adolescente y se la reparten entre ocho niñas perfectas y otros tantos chicos monísimos. Pues algo estará fallando ahí. También recuerdo que en mis primeros audiovisuales padecía aquel síndrome del impostor, eso de que a mí no me tocaba estar allí rodeado de tantas estrellas. Entonces, cuando me veo pequeño, me gusta soltar bien la pluma: es una marca de libertad y un acto terrorista maravilloso. Así respondo a quienes a lo largo de mi vida han intentado que pase por algo que no soy. Ser maricón es mi forma de estar en el mundo”.


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