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18-03-2026


Alejandro Jato

“Me identifico con el sentido artesano de este oficio”



Comenzó su formación a los 15 años, ensayando textos de Molière junto a compañeros de más edad. Siguió aprendiendo en Madrid, se subió a los escenarios de su Galicia natal y con 21 se llevó su primer disgusto profesional. Federico García Lorca fue revelador para él. Tras curtirse delante de la cámara, incluso como protagonista de la serie ‘Camilo Superstar’, ahora retorna al teatro. Este actor hoy sabe que también tiene vocación de director



JUAN FERNÁNDEZ

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

En el Centro Dramático Galego de Santiago de Compostela hay esta primavera un hombre feliz y contento entre las bambalinas y el escenario. Tiene encomendada una misión de las que quitan el hipo: nada menos que llevar a escena Hamlet, de Shakespeare. En los días previos al estreno, Alejandro Jato (Vigo, 1994), el actor encargado del personaje protagonista, mostraba una alegría cercana a la euforia. Había algo de regreso al origen en este encargo. Regreso al teatro, el territorio en el que, según asegura, más goza su profesión. Y regreso a su Galicia natal, donde hizo sus pinitos sobre las tablas. Hasta ahora ha acumulado muchas horas de audiovisual en producciones como la serie diaria Servir y proteger, donde participó en 180 episodios durante casi dos años, o en la miniserie Camilo Superstar, que encabezó en el papel del cantante Camilo Sesto. También han sido muchas las funciones de teatro que le han permitido confirmar lo errada que estuvo aquella persona de producción que, al inicio de su carrera, le dijo una frase por la que casi renuncia a este oficio.

 

– Hacer un Shakespeare debe ser como marcar un check en la carrera de un actor.

– En realidad, Hamlet no es mi primer Shakespeare. Ya representé Ricardo III a las órdenes de Miguel del Arco. Allí encarnaba un montón de personajes, aunque no tenía tanto peso como aquí. Esta vez la preparación ha sido distinta. Con Tito Asorey, que es buen amigo y fue actor antes que director, he hecho un proceso de investigación previa muy potente y he profundizado mucho en el personaje. Para alguien como yo, que soy un friki de este oficio y adoro el teatro clásico, hacer una obra así es un regalo.



– ¿Siempre ha sido así o ese frikismo ha aumentado con los años?

– Ya lo era bastante cuando empecé. Hice mis primeros papeles en el teatro en mi tierra. A los 21 años me pasó algo que marcaría mi relación con este trabajo. Me llamaron para una serie allí, en Galicia, pero el primer día de rodaje me mandaron a casa. La lingüista de la serie decía que mi acento no encajaba y que preferían no contratarme. Esa noche volví al set para repetir la escena con la lingüista, que se encargaba de darme la réplica, una cosa incomodísima. Y nada, insistía en que yo no funcionaba. Para colmo, la directora de producción me dijo algo que nunca olvidaré: “No es que no seas buen actor, pero tampoco eres Leonardo DiCaprio”. Me quedé hundido, llorando sin parar, tuvo que venir mi hermano a recogerme. Ahí pensé: “Esto se ha acabado, lo dejo, no voy a trabajar más”.

 

– ¿Qué hizo?

– En aquel momento, aparte de la actuación, estaba estudiando Administración y Dirección de Empresas. Al caerse lo de la serie, me fui a Berlín de Erasmus. Aquella experiencia me cambió la vida y marcó toda mi trayectoria posterior. Llegué muy perdido. No sabía qué hacer. Me llevé a Berlín una enciclopedia que incluía una antología poética de Lorca. Me sumergí en ella. Me fascinó. En aquel momento yo me planteaba cosas sobre mi identidad personal y sexual, y de repente Lorca me hablaba de todo eso. Estando allí, un día me llamó Álex Rígola. Habíamos coincidido en un taller y me propuso incorporarme a su montaje de El público en el Teatro de la Abadía. Me pareció una señal del destino.

 

– ¿Qué pasó a continuación?

– Por supuesto, le dije que sí. A raíz de aquello conocí a Marta Pazos, con quien luego trabajé en varias obras. Y también a Miguel del Arco, con quien aprendí mucho en un curso. Fue la época del Kamikaze, que resultó muy interesante. Álex Rigola dirigía los Teatros del Canal y traía a directores y dramaturgos de Europa. Aquel momento fue muy creativo, ya que había talleres, cursos, residencias… Coincidimos muchos compañeros jóvenes que estábamos empezando y no nos perdíamos nada, todos sentíamos que en Madrid pasaban cosas importantes. Conocer a aquellos directores y comenzar a trabajar con ellos fue decisivo para mí: son disciplinados y entendí que en esta profesión hay que ser serio y constante. Aquella experiencia me ayudó a definirme como actor y a tener claro el teatro que me gusta.

 

– ¿Cómo es ese teatro?

– Contemporáneo y de texto. Un teatro que cuenta historias y las cuenta bien. No me interesa tanto el performativo. Se habla mucho de lo trasgresor, y creo que lo más trasgresor es lo más sencillo, aunque poca gente sabe hacerlo bien… Me gusta el teatro inglés. Tiene vocación comercial, pero me parece positivo. Me interesan las cosas accesibles que llegan a la gente.



– Todo eso no lo tendría tan claro en sus inicios.

– No tengo un recuerdo de cuándo empecé a interesarme por esto. En mi casa siempre hubo cultura teatral y me llevaban a ver obras desde que era un crío. Mi madre siempre quiso ser actriz y llegó a hacer obras de Mihura. En realidad, ella hace teatro en la vida, se le da muy bien transformar las historias en relatos. Sí recuerdo el día en que dije abiertamente que deseaba ser actor. Fue después de ver una obra con mi madre, debía tener aproximadamente 14 años.

 

– ¿En casa le apoyaron?

– Enseguida nos pusimos a buscar una escuela. Al final dimos con un sitio donde un señor enseñaba teatro clásico a personas mayores. Y así empecé, ensayando a mis 15 años obras de Molière y rodeado de gente con más edad que yo. Me mudé a Madrid y emprendí mi la formación en Corazza. Recuerdo que los primeros años no estaba muy conectado con el oficio. Estudiaba en la universidad al mismo tiempo y estaba más pendiente de las fiestas que de la actuación. Llegaron a llamarme la atención en la escuela por falta de interés. ¡Menos mal que no me echaron! A partir del tercer año me centré.

 

– Una cosa es la escuela y otra verse ante el público. ¿Qué sintió sobre el escenario?

– Que había encontrado un lugar que me abrazaba. He hecho mucho audiovisual. Cine menos, aunque también. Y en el teatro siempre he sentido que pertenecía a una familia que me acogía. Quizá por la forma en que se trabaja, por las relaciones que se crean con los compañeros, por las dinámicas… También te permite profundizar más y mirar a los ojos a las personas. En el cine, y sobre todo en la tele, el ritmo es muy rápido, hay muchas cosas en juego, no puedes pararte tanto. La recompensa del teatro es más artística, no proporciona tanto reconocimiento.



– Acumula amplio bagaje delante de la cámara. ¿Cómo se vio al principio en los sets de rodaje?

– Mientras estaba con los del Kamikaze me llamaron de la serie diaria Servir y proteger. Estuve casi dos años. Mi felicidad ahí fue parecida a la del teatro, aquello era muy familiar. Grabábamos todos los días, todo el mundo se conocía. Y logré sentirme muy libre. Pienso que el teatro tiene algo muy bonito: te sientes creador de lo que haces. Eso es difícil de conseguir en la tele, aunque en aquella serie sí pude lograrlo. Proponía cosas y me escuchaban.

 

– A esas ficciones diarias se las mira a veces por encima del hombro. ¿Qué opina?

– Tengo la sensación de que en este oficio, por el entorno que nos rodea, confundimos lo que queremos con lo que creemos que queremos. Es habitual ver a compañeros en proyectos con más repercusión o exposición que los tuyos y creer a continuación que tú anhelas eso, sin valorar lo que tienes. Con el tiempo he entendido que ese planteamiento no es realista y que obedece a inseguridades. Las series diarias son dignísimas y yo las reivindico. Por el trabajo que se hace en ellas, por lo que aprendes, por la respuesta que da el público. Me acuerdo de que un día iba por la calle y una pareja de jubilados me paró para decirme: “No sabes lo que nos entretiene tu serie cada tarde”. Trabajamos para esas personas, y a veces se nos olvida. 

 

– Más tarde protagonizó Camilo Superstar, el biopic de Camilo Sesto. ¿Cómo recuerda la experiencia?

– Al principio sentí un poco de miedo. No obstante, terminé disfrutando mucho del proceso de preparación. La labor de investigación y el trabajo de cuerpo con el coreógrafo Luis Santamaría fueron muy potentes. También disfruté la grabación, aunque fue frenética. Me sentí bien porque gran parte del elenco venía del teatro. Diría que tuve más nervios cuando tocó estrenar, nunca había hecho una promoción de aquella manera tan bestia. Me sentí ansioso, me abrumó ese momento mediático. Incluso me quité las redes para no leer los comentarios. Y eso que la mayoría eran positivos. Pero basta que alguien diga algo negativo para que te quedes con eso. Dejé pasar un tiempo para ver el resultado en la pantalla y me gustó. Me siento afortunado de haber hecho algo así, con esa repercusión y sobre un personaje tan conocido.



– En esta profesión son habituales las zonas de valle en las que el teléfono no suena. ¿Las ha sufrido o ha encadenado un trabajo con otro?

– Como todo el mundo, he tenido épocas sin propuestas. Y lo he pasado mal. Después de Camilo… tuve una. Llevaba varios años de continuidad en televisión y pensé: “Con esta exposición, seguro que me llueven las ofertas”. Pues fue al revés. En más de un año solo hice un par de pruebas. Aproveché para poner en marcha mi primer corto, Es una estrella, que me acabó abriendo muchas puertas.

 

– ¿Qué tal eso de dirigir?

– De las cosas más bonitas que me han pasado. Me pareció interesantísimo ponerme en el otro lado y ver qué ambiente hay que generar para que se den las cosas. Descubrí que tengo vocación de director. Y me gusta escribir, me interesa la producción… En realidad, tengo interés en todo lo que rodea a la actuación, desde la dirección de actores a la fotografía. En el futuro me veo dirigiendo, también en el teatro. De hecho, hace poco vi un montaje en Londres que me fascinó y hemos comprado los derechos para montarlo aquí.

 

– ¿Ese es su plan de futuro?

– Después del parón que tuve tras Camilo… me di cuenta de que lo importante es hacer cosas que disfrutas mientras las llevas a cabo. Antes pensaba más en el futuro, ahora me interesa más el presente. Mi plan es acercarme a la gente que admiro y con la que me gustaría trabajar para poner en marcha proyectos interesantes desde un punto de partida más relajado. Ahora que estoy haciendo teatro en mi tierra, lejos de la exposición y las prisas de Madrid, he conocido a muchos actores y actrices con esa misma filosofía de vida y trabajo. Puede que no se les conozca fuera de Galicia, pero están de bolos todos los fines de semana con dos funciones distintas y se ponen a hacer improvisación en bares cuando no les sale otra cosa. Tienen un sentido artesano de este oficio con el que me siento identificado.

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