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10-01-2022


Alejo Sauras

“Pasé de trabajar en un puesto del Rastro a no poder ir por la calle”

 

 

Su gran pasión eran los aviones, pero la vida de actor llamó con fuerza a su puerta en mitad de una oposición. Aunque ha saboreado el éxito principalmente por sus trabajos televisivos, también ha pasado por las manos de cineastas laureados. Su deliciosa trayectoria acaba de toparse con un reto de importantes dimensiones gracias al clásico teatral ‘Edipo’



PEDRO DEL CORRAL

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

En 40 años Alejo Sauras tendrá 82. Lo más probable para entonces es que alguna arruga haya hecho acto de presencia y el pulso ya no sea tan firme como ahora. Seguro que también compartirá batallitas y tomará café acompañado por un periódico de papel. Será muy entrañable. Aunque hay cosas que nunca cambian. Su mirada se mantendrá tan firme y luminosa como en la actualidad. Porque eso no depende del tiempo, sino del corazón. Y el suyo rebosa bondad, honestidad, persistencia. Por eso cuando mire hacia atrás se reconocerá en cada uno de sus personajes: desde aquel Santi Rivelles (Al salir de clase, 1997) hasta Iago Márquez (Estoy vivo, 2021). Los ha creado desde la entrega absoluta, desde el amor reciclado en palabras. El mejor ejemplo podemos encontrarlo en Edipo, el mítico rey de Tebas al que acaba de dar vida en el Teatro Español: fuerte, inteligente, atractivo, sereno, empático… Una buena persona. Y esta característica, por más empeño que se ponga, no se puede fingir. 

 

   Así que cuando le pregunten por qué marcó a varias generaciones gracias a Raúl Martínez (Los Serrano, 2003) o Jesús Prado (14 de abril. La República, 2011), él intentará quitarle hierro al asunto. No por modestia; por pura naturalidad. Él es chico de tierra, de barrio. Desde bien pequeño, sus padres le enseñaron a trabajar el futuro, a luchar por los sueños, a ganarle pulsos al destino. Gracias a ello ha protagonizado tramas con las que cualquier nieto se quedaría embobado al escucharlas. Como la que vertebra Álex (Los abrazos rotos, Pedro Almodóvar, 2009); la que maquina Galois (La habitación de Fermat, Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña, 2007); o la que sufre Samuel (Bienvenido a casa, de David Trueba, 2006). Sauras lleva un cuarto de siglo trabajando frente a las cámaras, y en vez de subirle al cielo, ello le ha enraizado más. Este actor mira los premios con cautela y convierte a los compañeros de rodaje en su familia. Si lee esto a los 82, se reconocerá en cada coma. Y mirará al pasado como su más valioso presente.

 

– Su carrera habría sido distinta si no hubiese rechazado la plaza de Iberia.

– Efectivamente. Yo quería ser piloto de aviones, pero la licencia de vuelo era bastante cara, así que me propuse estudiar la FP de Electrónica. De esa forma podría estar más cerca de mi sueño. Mientras me formaba, salieron unas oposiciones para Iberia. Y las aprobé. Pero eso no significa que sacase la plaza; me acuerdo de que yo estaba en el puesto 220. Como no me llamaban, me apunté a mi otra gran pasión: Arte Dramático. Meses más tarde me ofrecieron un puesto en Zúrich, aunque lo rechacé, pues estaba muy contento con mi nuevo rumbo.

 

– ¿Qué habría sucedido si hubiera continuado ese camino?

– Lo he reflexionado alguna vez. Seguramente habría seguido la misma trayectoria que el compañero de mi padre: habría estado en Zúrich, habría pedido el traslado a Madrid y ahora estaría disfrutando en un hangar como técnico de aeronaves.



– ¿Aquel niño que tomó una decisión tan importante se reconocería en el hombre en el que se ha convertido ahora?

– No, en absoluto. Yo siempre he sido un chaval con inquietudes, pero esta profesión me ha generado muchas más. Ser actor es el oficio más maravilloso del mundo para alguien con mis anhelos. Es cierto que puedes acumular proyectos durante seis meses y luego pasarte otros seis sin nada. ¿Y qué? Eso te da la oportunidad de estudiar, leer, viajar… Cosas que de otra manera habrían sido imposibles.

 

– Usted llegó a la televisión por la puerta grande gracias a Al salir de clase. En esa serie daba vida a un adolescente gay. ¿Es consciente de hasta qué punto influyó su personaje en la audiencia de los años noventa?

– Sí. Recuerdo que en aquella época me mandaban cartas muy bonitas, así que supe bien lo que suponía mi papel para ciertas personas. Yo era un chico heterosexual, y el hecho de que alguien me contara que mi trabajo le había ayudado a sentirse mejor me hacía sentir realizado. A medida que he ido creciendo, me he dado cuenta de que aquella vivencia generó en mí un pequeño homosexual en cuanto a ideales

 

– Han transcurrido 25 años desde entonces. ¿Cree que la sociedad ha evolucionado lo suficiente como para acabar con la discriminación?

– Nunca será suficiente. Pero se ha avanzado mucho. Sobre todo, teniendo en cuenta que España es el país europeo que más tarde salió de una dictadura y el que más tarde llegó a las libertades. Se está realizando un esfuerzo abismal por parte de la mayoría de la población, y quiero pensar que las ‘manadas’ actuales son excepciones que tienen los días contados. De lo contrario, nuestra sociedad estaría enferma: no habría servido de nada el esfuerzo de nuestros padres.



– Al poco tiempo triunfaría de nuevo con Los Serrano. ¿Fue esa la serie de su reconocimiento?

– No me gusta hablar de reconocimiento. El premio es trabajar. No cabe duda de que en Los Serrano lo tuve: durante los veranos en los que no grabamos hice películas. Aquella época la viví como un momento de aprendizaje. Tuve la suerte de tener  a mi alrededor a Antonio Resines, Belén Rueda, Julia Gutiérrez Caba, Alfredo LandaCuando entras en su código, la comedia se vuelve un placer. De hecho, grabar las secuencias llega a convertirse en una reunión de amigos en la que no hay alcohol.

 

– ¿Qué tenía aquel Raúl Martínez de la ficción para gustar tanto a tanta gente?

– Mi objetivo era hacer un personaje honesto. Así me lo dijeron. Querían que fuese alguien llano. No era un chaval creativo. Para eso ya estaba Marcos [Fran Perea]. Raúl debía ser alguien al que le costaba entender las cosas, que no sacaba buenas notas ni tenía fuerza de voluntad para los estudios. Pero tenía un corazón gigante. Con esos pilares construí un papel que se basaba en lo que había vivido en mi barrio desde pequeño. En mi clase había más de un Raúl: chavales estupendos que no llegarían jamás a directores de una multinacional. No porque fueran incapaces, sino porque nunca aspiraron a tal meta

 

– ¿Ser un ídolo adolescente agota?

– Sí. Yo me metí en este oficio solo por la pasión, no por perseguir el éxito. Nunca me imaginé que hay momentos en que los actores no pueden salir de casa. Y jamás sospeché que eso pronto me ocurriría a mí. De una semana a otra me cambió la vida: pasé de trabajar en un puesto del Rastro a no poder ir por la calle. Me costó aceptarlo. Durante una época empecé a salir menos. Ahí fue cuando me planteé que quizá debía marcharme fuera de España. Cuando terminó Al salir de clase me fui a la casa de un amigo de mis padres en Nueva York. Era una fantasía que nadie me reconociera cada vez que entraba en una hamburguesería. Sin gorra ni gafas de sol. Lo cotidiano, de repente, se volvió especial. En cualquier caso, siempre he recibido el afecto de la gente.



– En 2011 llegaría a la parrilla 14 de abril. La República, que reunió a más de 3,5 millones de espectadores semanalmente. Pese a la acogida, la segunda temporada tardó siete años en emitirse. ¿Cómo se vive que un proyecto acabe en el cajón?

– Es una frustración enorme tener un producto que sabes que funcionará y no poder estrenarlo. Los actores siempre sentimos un cariño especial por la televisión pública porque no tiene intereses empresariales. Por eso fue un palo encontrarnos con tal situación. No lo entendíamos. Los motivos eran políticos, evidentemente, pero no había ningún mensaje de ese tipo en el guion. No decíamos que los buenos fuesen de un color y los malos de otro. Dudo mucho que alguien se sintiera ofendido.

 

– ¿España se lo ha puesto fácil a la cultura?

Nuestro país solo se lo ha puesto fácil al fútbol. A veces incluso nos avergüenza nuestra propia cultura, aunque los españoles seamos grandes representantes del arte. Nos hace falta más orgullo cultural, como lo demostramos ya en el deporte.


– Dicen por ahí que Estoy vivo ha sido la excusa perfecta para reenamorarse de usted.

– Ojalá. He tenido la inmensa suerte de poder interpretar otro personaje que cuenta cosas y muestra su humanidad. El mayor reto que tenemos los actores es llegar a marcar a la gente. Y parece que con esta serie lo conseguimos.

 

– Era una apuesta arriesgada. 

– Sí. Y éramos conscientes de ello. El público que en ese momento veía TVE tenía una edad muy elevada y unos gustos muy alejados de la ciencia ficción. Cuando terminamos de grabar la primera temporada le pregunté a Javier Gutiérrez qué opinaba él. Me dijo que estábamos ante un gran producto, pero que no sabía si llegaría al espectador.



– ¿Por qué le han llamado más de la televisión que del cine?

– Es una pregunta que yo también me hago. Aunque ya empieza a desaparecer, existe la falsa idea de que hacer televisión es más sencillo que hacer cine. Recuerdo que cuando daba mis primeros pasos, como las series se hacían a tanta velocidad, parecía que en ellas la exigencia era mucho menor. En Al salir de clase grabábamos 13 secuencias diarias, lo que equivale a un capítulo completo. A ese ritmo no puedes preparar demasiado las tomas ni estar repitiéndolas. Eso ha cambiado gracias a los muchos directores de cine que han dado el salto a la pequeña pantalla.

 

– ¿Ha acabado algún rodaje especialmente tocado?

– Sí. La mayoría de ellos. Me involucro bastante en cada grabación. Por eso intento no mezclar. En mis inicios cometí el error de juntar la televisión y el cine, y tenía la sensación de no estar a la altura en ninguno de los dos, pues no podía dedicarles el tiempo y la energía necesarios. Me dejo la piel en cada toma. Aunque la obra de teatro o el capítulo de la serie tengan equis duración, yo me involucro en ellos las 24 horas. Mi energía es absoluta. Empalmar un trabajo con otro es doloroso porque suelo terminar hecho un trapo

 

– ¿Cuál considera que es el mayor reto de su andadura?

– Edipo ha sido durísimo. Pero ya lo hemos hablado: el reconocimiento es que te llame el director adjunto del Teatro Español y te proponga el papel protagonista de la función que abrirá la temporada y que se va a estrenar en Mérida. Eso debe corresponderse. Por eso, desde el momento en que me dieron la noticia, mi vida ha girado en torno a Edipo.

 

– Se podría decir que es feliz. 

– Por supuesto. Hago lo que me gusta, me ofrecen guiones interesantes y a veces recibo el reconocimiento de mi profesión. La cosa va de maravilla, estoy satisfecho.

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