–¿Qué es lo que más le engancha de ser actor?
– El meterme en las vidas de los demás. Son aventuras que vivo y que conservo. En el caso de Los justos, interpretamos a seres humanos que luchan por unos ideales, que persiguen una justicia. Lo que pasa es que ellos mismos, al ejercer la violencia, acaban matando su propio fin. ¿Qué es justo? ¿Es justo matar a un político? ¿A un niño? ¿Dónde ponemos el límite: en los 16 años? ¿Cuánta gente hay que matar para hacer justicia? Esas son las preguntas de Camus, y la de las diferentes generaciones de la banda que conviven sobre el escenario.
– Entonces, ¿hubo una ETA buena y una ETA mala?
– No, no. Creo que hubo un primer intento de revolución, una organización que sí llegó a obtener la empatía de otras personas. Yo hoy estoy en contra de la violencia, pero he oído las historias de mucha gente, también fuera de Euskadi, que celebró la muerte de Carrero Blanco. La revolución, ETA se la cargó muy pronto. Llegaron la Transición y la democracia y ellos seguían matando. La gente lo fue dejando según se conquistaron las libertades y allí quedaron la mafia y el asesinato.
–¿Cómo fue representar 'Los justos' en Euskadi?
– La sensación que tuvimos al hacerla en Barakaldo y en Durante es inenarrable, más que en ningún otro lugar. Sentíamos, sobre todo, responsabilidad: ningún miembro del reparto, salvo Ramón Ybarra, era vasco, y queríamos saber que estábamos contando bien esta historia. En Durango se marcharon dos personas durante la representación pero, por lo demás, desde el principio, el silencio fue absoluto. Había muchísima tensión hasta que, al final, llegó el aplauso. Unánime. Salimos del teatro y nos decía los espectadores que se habían quedado hechos polvo, pero que nos lo agradecían. Se reconoció la valentía de haberlo mostrado.
– No es casual que ficciones como esta, o también 'Ocho apellidos vascos', aparezcan ahora…
– Desde luego que no. Y son géneros diferentes, pero yo me quedo con que de este tema hoy se puede hablar e, incluso, y desde el respeto, se puede reír. Ocho apellidos vascos es una obra maestra; me parece muy inteligente y muy sano contar lo que cuenta desde el humor, aunque en Albert Camus partimos desde el dolor y la rabia. La profundidad de las reflexiones no depende del medio, sino del talento a la hora de plantearlas.