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30-05-2025


Álex García

"Nunca pasa nada: ni cuando llega un gran fracaso ni cuando llega un gran éxito"


El respeto y el cariño son sus dos ingredientes infalibles. Siempre elige proyectos con el corazón, y a corazón abierto actúa. La capacidad de trabajo está por encima del talento. Le enamora la "artesanía" que tiene el oficio, que la creación sea el resultado de convivir durante tiempo con compañeros. Y eso se lo brinda el teatro. Nada le interesan las alfombras rojas o la proyección en Instagram




ANDREA G. BERMEJO

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Álex García solo concede entrevistas en lugares bonitos. Nuestro primer encuentro fue hace 11 años, rodeados de nieve en la sierra madrileña. En aquel momento estrenaba la película Kamikaze, que cambiaría su filmografía. Ahora nos hemos citado en plena Casa de Campo: los remeros atraviesan el lago y el polen de la primavera provoca estornudos entre los paseantes. Quien fuese niño prodigio de la televisión canaria nos ha sorprendido a lo largo de esta década sobre el escenario y en la pantalla (grande y pequeña). Ahí están la obra teatral Jauría, el largometraje La novia y la serie Antidisturbios, por citar solo algunos títulos. Por delante tiene la grabación de la tercera temporada de El inmortal. Repasamos con él su extensa carrera y escuchamos sus reflexiones sobre el oficio en forma de profunda declaración de amor.

 

- Hace un lustro dirigió el corto Incendios. Iba más allá del teatro para convertirse en documental sobre ese montaje de Mario Gas. ¿Cómo recuerda la experiencia?

- Fue preciosa. Hice el corto con mi amigo Bernardo [Rodríguez]. Los dos nos ocupamos de todo. Yo sé lo que es una productora, sé lo que es el tema económico y la burocracia, por eso evité que el corto tuviera relación con todo eso. Quería que en Incendios mandara mi necesidad de contar lo que ocurría en esa función que estábamos representando. No sabía qué saldría de ahí, pero necesitaba documentarlo. Fue un chispazo del corazón, una especie de declaración de amor a la profesión. Tardamos dos años en terminarlo porque llegamos a tener 30 horas de grabación. ¡Menudo viaje emocional! Lo viví junto a Núria Espert, Mario Gas, Ramón Barea, Laia Marull… Artistas con un bagaje importante. Me parecía que eso era lo más bonito de la profesión. La mayor parte de la gente ve la alfombra roja, lo que sale en Instagram, que no sé exactamente lo que es, pero se pierde la esencia del oficio.

 

- Aquella obra, Incendios, era potentísima.

- [Al escuchar esto se le llenan los ojos de lágrimas]. Por eso me dedico a esta profesión. Te lleva a lugares preciosos si te dejas. Y si te toca el proyecto. Siempre hay un compañero, un director o una frase de un guion que te enseña algo si estás poroso.



- ¿Es más fácil que eso suceda en el teatro?

- Sí. Tiene esa parte de artesanía, aunque no siempre, pues ahora la premura llega también al teatro. Hasta el teatro va rápido. Repites durante meses una frase y, con suerte, la entiendes en la función número 36. En una película dices la frase como la sientes el día que toca rodarla, pero en una gira vas creciendo cada día. Puede pasar que a tu compañero de gira se le muera su tío y compartas eso con él, que acabe de ocurrir y debas decir tu texto justo después. Entonces, la frase cambia.

 

- ¿El teatro fue su primer amor?

- Sí, en el colegio mayor, al representar una obra que se titulaba Guernica, un grito. Fue la primera vez que me volví loco. Solo quería ensayar durante todo el día. Salía del ensayo y me venía a la Casa de Campo para seguir preparando el personaje. Me encantaba trabajar con mis compañeros. Esta profesión la disfrutas más cuando pones el foco en el otro y no en ti mismo. Debe ser como eso que cuentan quienes tienen hijos: te olvidas de ti. Ahí es cuando aparece la artesanía. Eso sí que es una especie de enamoramiento.

 

- ¿Mantiene esa sensación de enamoramiento tantos años después?

- Sí. Y renovado. Si te viene la sonrisa tonta, no te da vergí¼enza. La celebras. Dices: "Reconozco esta alegría". Pero cuidado a la tercera sonrisa tonta. Espérate, que hay que estudiar un texto, que esto requiere una técnica, un respeto al compañero…

 

- ¿Sin ese enamoramiento es posible hacer bien el trabajo?

- No sé contestar. Lo digo de verdad. He trabajado con actores aburridos y hastiados y el personaje les ha salido. Y he trabajado con compañeros apasionados y locos por hacer bien un personaje que luego estaba raro. También hay ocasiones en las que todo concuerda: el actor entregado a un director que sabe sacarle lo que tiene que sacarle, con un director de foto que sabe robarle el plano en el momento adecuado… Así ocurre el milagro. A veces es fácil y a veces es imposible. No sé cuáles son los ingredientes, solo sé los que me funcionan a mí: el respeto y el cariño.

 

- ¿Diría que ha cambiado su forma de actuar a lo largo de su trayectoria?

- Hablaría, más bien, de cambio vital. Cada vez me cuido más. Tu parcela es tuya. Solo la puedes cuidar tú. Y a quien metas en tu parcela… a lo mejor corta tu árbol favorito. Y tú lo has metido ahí. Como actor, cuando eliges hacer un proyecto muy comercial, te pedirán cosas con las que no estés de acuerdo, pero lo has elegido. Estar en lucha con eso no va a hacer más que darte disgustos a ti y a tus compañeros, va a frenar la artesanía.



- Tras ser niño prodigio en Canarias, vivió su llegada a Madrid como una liberación.

- Y esa sensación la estoy viviendo ahora otra vez. Es algo que va en la personalidad de cada uno. Esta profesión te permite reinventarte con cada personaje.

 

- ¿Es eso lo que más le gusta de su trabajo?

- Sí, me gusta la posibilidad de revisarnos todo el tiempo con los personajes. Y me gusta lo que aprendo gracias al oficio. En este momento empezamos la tercera temporada de El inmortal y aparece un equipo nuevo de 70 personas con sus dolores de cabeza. Uno tiene migrañas, otro salió la noche anterior, el otro viene de escribir su primera novela, otros se están enamorando… Todo eso está pasando ahí. Y resulta que además hay que hacer una serie.

 

- ¿Qué tiene en cuenta a la hora de aceptar una propuesta de trabajo?

- El corazón. Ya no juzgo los proyectos porque no sé dónde va a venir el regalo. Me he embarcado en algunos porque sabía que venía un regalo, así que no me importaba que no contasen con el favor de la crítica. Mi corazón no se equivoca. Quizás en esos trabajos haya encontrado a una persona maravillosa o haya aprendido algo como actor que hasta ese momento no había aprendido.

 

- ¿Por ejemplo?

- En Lisboa conocí a gente maravillosa con [la serie] Si es martes, es asesinato. Aún no ha salido. De esa aventura me quedo con la gente y con la ciudad. Cuando pierdes esas ganas de demostrar lo buen actor que eres, de querer ser no sé quién, te das cuenta de que las cosas que te ocurren están puestas ahí para ti: lo bueno, lo malo y lo peor. Y lo peor no es lo peor. Todo es un mapa en el que trazas tu camino. El peor proyecto que puedas pensar que he hecho me ha traído hasta aquí contigo. Es igual de importante que aquel por el que me nominaron al Goya.



- Volvamos a sus comienzos en Madrid.

- Era muy joven y no era consciente. No me fui a Madrid a reinventarme. Puede que ese niño estuviera huyendo de algo que le asustaba de su vida en Tenerife. Y puede que también estuviera celebrando todo lo que había vivido en la isla y aquella decisión de ser actor y apostar por algo tan vertiginoso como es esta profesión. No sabía dónde me metía.

 

- Pero siempre quiso ser actor...

- Sí, sí. Lo tenía clarísimo desde pequeño. Me gustaba ponerme delante del público. En eso no había cabeza, solo había impulso. Lo necesitaba. En las fiestas me inventaba personajes y en el colegio me subía al escenario al final de curso. Cuando me fui a Madrid, a la escuela de Cristina Rota, salía en La katarsis del tomatazo. Donde había jarana, ahí estaba yo. Y donde había historias. Me gustaba el teatro de calle, hacer café-teatro en Lavapiés. Recuerdo meterme en El Chiscón y que fuese imposible actuar, que hubiese un borracho boicoteándote el monólogo…

  

- Lleva cinco años en la serie El inmortal. ¿Cómo lleva lo de convivir durante tanto tiempo con el personaje?

- Es muy agradecido. Ahora que vamos a volver a grabar, aunque lleve tanto tiempo sin meterme en mi personaje, sé que algo que va a hacer clic. He aprendido mucho de encarnar a alguien que es malo. Aunque lo digo de una manera mundana, ya que no creo en eso de buenos y malos. Pienso que el tirano es víctima y verdugo a la vez. He aprendido a dar vida a alguien que se porta mal por elección sin defenderlo ni identificarme. Ha sido un paso importante para mí.

 

- Alguna vez dijo que el largometraje Kamikaze fue un hito en su carrera. ¿Por qué?

- Porque me hizo confiar en mí, en mi intuición y en el proceso. Aunque me excedí de intensidad: me pasaba las 24 horas del día y los siete días de la semana hablando ruso caucásico y me marché a Georgia a vivir con una familia. Recuerdo que Álex Pina [el director] me decía que nadie iba a valorar tanto esfuerzo porque estábamos haciendo una comedia. Y yo le contestaba que no lo hacía para nadie, únicamente para mí. Hoy lo recuerdo como una experiencia de vida. En Kamikaze conocí a Leticia Dolera, que luego sería una persona muy importante en mi vida. Al igual que Paula Ortiz. Con las dos rodé después La novia

 

- ¿Y qué se llevó de La novia?

- Ver a Paula Ortiz en estado puro. Los mejores directores que conozco son unos currantes impresionantes. No hay más fórmula. Más allá del talento, que se puede tener más o menos, importa que el trabajo se haga. Ocurre lo mismo con los actores. Solo hay que trabajar, trabajar y trabajar. Llegar con 100 opciones y que el director te compre una.



- En el mismo año le vimos en teatro con Jauría y en televisión con Antidisturbios. ¿Cómo vivió aquel 2020?

- Mientras eso pasaba, no lo viví de una forma especial. Más tarde aprendí la importancia de cuidarse. Estés en el proyecto en el que estés, en el proceso en el que estés, lo que importa es la vida. Aquello tuvo su parte dura, pero es normal. Estamos vivos. Nuestra profesión nos ofrece algunas veces comedias entretenidas y en otras ocasiones es un espejo de la sociedad en el que los actores nos reflejamos. Puedes poner una barrera o, como suelo hacer yo, lanzarte a trabajar a corazón abierto. Y eso te deja marca, aunque es una marca bonita, de crecimiento. Estoy agradecido tanto a Miguel del Arco como a Rui [Rodrigo Sorogoyen].

 

- ¿Cómo es actuar para Sorogoyen?

- Fácil. Sabe perfectamente lo que quiere. Tiene todas las respuestas, pero es humilde, dispuesto a escuchar. Tiene algo juvenil que le hace accesible. 

 

- ¿De cuál de sus fracasos ha aprendido más?

Los tropiezos confirman que nunca pasa nada: ni cuando llega un gran fracaso ni cuando llega un gran éxito. Desde pequeño vivo descreído con eso. Esta profesión está llena de humo. La artesanía del oficio es lo que a mí me gusta. Todo lo demás es todo lo demás. Y yo no tengo ningún poder sobre eso.


- ¿Dónde tiene puesta la ilusión ahora?

- En estar tranquilo cada día. Y en que los seres a los que quiero también lo estén. Es lo único que me importa. ¿Para qué llegar al límite para desearlo? ¿Para qué esperar a que venga una enfermedad a contarte lo que ya sabes?

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