Álex Mendíbil
“Reivindico lo punk, contar algo porque me apetece”
Guionista y docente. Programador durante años de la Sala:B de la Filmoteca Española. Muy pocos conocen como él el cine ‘queer’ de este país, impulsado por la libertad que explotó tras el fin de la censura franquista
FRANCISCO PASTOR
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Un correo llegó a principios de marzo a las bandejas de entrada de cinéfilos de todo Madrid. Sala:B, la sesión de la Filmoteca dedicada a películas españolas con bajo presupuesto y corte popular, había llegado a su fin. Desde 2017, ahí se proyectaban una vez al mes largometrajes del destape y otras producciones de la época con mirada queer. Se ofrecían en sesión doble, como mandaba la ya extinta tradición en España. Hubo homenajes a Lina Morgan, queridísima entre el colectivo LGTBI. Se vieron también los cortometrajes de Pierrot, mítico transformista de Barcelona allá por los setenta. Todo eso cabía en la Sala:B. Se trataba de un proyecto de Álex Mendíbil, guionista y docente, quien en el citado correo marcaba su posición: él no comparte en absoluto la decisión de acabar con la convocatoria.
Nacido en Gijón en 1973, Mendíbil se doctoró con su tesis sobre el cine de Jesús Franco, protagonista de infinidad de escritos suyos. Firmó parte de los guiones de la serie Camera Café. Y eso que se había licenciado en Publicidad. Aprendió el arte del diseño gráfico, hasta el punto de crear en 1998 el cartel de Torrente, el brazo tonto de la ley. Esa saga de películas ha seguido usando después la tipografía diseñada por Mendíbil, aunque él no haya vuelto a ver un duro por ello.
— ¿Recuerda lo más insólito que se programó en Sala:B?
— Nos encantaban los largometrajes clasificados con la S, de sensibilidad. Esa etiqueta creció después de la dictadura, y con ella se conoció a las películas que estuvieron prohibidas hasta 1977, como fue el caso de La naranja mecánica. Con el final de la censura, aquello fue un gran fenómeno. La etiqueta S no solo se la quedaron las piezas vetadas por el franquismo, sino un sinfín de producciones subidas de tono que llegaron después. Todos los cines querían poner películas S. Hubo una explosión de cine erótico, violento y queer. Como Me siento extraña [1977], por ejemplo. Se incide mucho en el machismo de las historias de aquellos años, y claro que lo había. Aunque también se mostraba lo prohibido, se abordaron por adelantado las libertades sexuales. Lo queer se representaba de forma pintoresca, ¡pero ahí estábamos! Quizá lo más bestia que proyectamos fue la comedia I love Hitler [1984], bruta, rara y antinazi.
— ¿En qué momento desembarcó usted en la Filmoteca Española?
— Siempre he sido espectador del Cine Doré, perteneciente a la Filmoteca. Me preguntaba por qué no hacíamos, como en París y otras ciudades, sesiones dedicadas a la serie B. Carlos Reviriego acababa de llegar como programador y decidí proponérselo. Aquello coincidió con muchos cambios en la institución, que buscaba público nuevo. Hasta ese momento, la programación estaba muy encorsetada en lo estrictamente prestigioso, venían espectadores muy mayores. Nos lanzamos a programar muchos tipos de películas y logramos llegar a más gente. Adiós prejuicios. Fue bonito que ese público del que hablaba, el de siempre, también viniese a Sala:B para ver películas de los setenta y los ochenta.
— Lo cierto es que usted es licenciado en Publicidad. Sea honesto, ¿era el friqui de su clase?
— Allí fui a más. Las películas de terror me gustaban desde pequeño. Me compraba revistas en el Rastro y veía todo el cine posible. En la universidad escribía en fanzines e iba de jurado a festivales. Entre ellos, el de Sitges. Éramos cuatro gatos y nos conocíamos todos. Nos juntábamos cada año. Ahora mantenemos el contacto por las redes sociales, pero en aquel momento no había ni internet. Recuerdo que la vida me cambió cuando por fin pude conectarme a un chat o a un foro. Aquello me ayudó mucho a salir del armario, en torno a los 30 años. Me faltaban referentes porque nadie en mi vida pertenecía al colectivo. A mi marido le conocí en internet.
— Como profesor de la Universidad Camilo José Cela, habrá encontrado un mundo distinto.
— Mis alumnos albergan una idea comercial del cine. Consideran que el éxito solo se mide en la taquilla, así que intento que piensen de otra forma. Y procuro que se abran a un cine técnicamente imperfecto, que no se abrumen si en una película se cuela algún micrófono, un plano desenfocado. Gracias a las redes, los estudiantes llegan a la universidad con conocimiento técnico previo. Saben que no podemos encadenar dos planos muy parecidos, saben que no podemos saltarnos el dichoso eje. Y se les hace un mundo la idea de grabar un audiovisual sin presupuesto. Alguno se gasta 5.000 euros en rodar un corto. ¡Yo con eso podría filmar un largometraje! Eso es lo que he intentado al dirigir algo mío: reivindico lo punk, contar algo simplemente porque me apetece.
— Por algo es guionista. ¿Cómo llegó ahí?
— Gracias a un amigo entré a trabajar en el canal Calle 13, entre películas de terror. Llegué como programador. Elegía qué paquetes de largometrajes comprábamos. Ese fue mi primer empleo serio. Poco después de mi llegada comencé a escribir promos, pequeños reportajes y algún making of. Hasta entonces no se me pasó por la cabeza la idea de ser guionista. Soñaba con dirigir, y llegué a atreverme con dos de aquellas piezas llamadas #LittleSecretFilm, películas grabadas en un día sin guion ni dinero.
— ¿Y el camino hasta Camera Café?
— Yo compartía piso con Paco Plaza. Él tenía una cámara de vídeo y aproveché un fin de semana que Paco pasaba en Valencia para grabar cortometrajes. Se los enseñé a su regreso y se partía de risa con El prisionero [1998]. Le pareció buenísimo. Él consideraba que había que enseñarlo. Aunque yo me moría de vergüenza, Canal+ lo compró para una noche de cortos underground. Aquello llegó hasta el mismísimo Álex de la Iglesia, que lo puso en una fiesta. Allí había algún miembro del equipo de Camera Café. Pasé una prueba y así empecé. Pese a no haber estudiado guion, estuve escribiendo unos cuatro años. Desde entonces, siempre me llaman para hacer comedia. Y eso que es rarísimo que yo vea una en el cine.
Un asturiano en Chernóbil
Habían transcurrido ya dos décadas desde el mayor accidente nuclear de la Historia cuando Álex Mendíbil se vio paseando por Chernóbil. Unos amigos habían grabado material para el documental Radiofobia (2006) y quisieron contar con él de guionista. Nada de escribir cómodo desde Madrid. Debía ir hasta aquel lugar de la antigua Unión Soviética para poder redactar sobre el terreno. “Entré en la propia planta y las precauciones eran abrumadoras. No podía estar mucho tiempo. Me medían la radioactividad una y otra vez. Debía limpiarme los zapatos con unos líquidos. Al final perdí el miedo e incluso me traje recuerdos, como una máscara de gas. Todo estaba abandonado. Y eso que mucha gente se quedó pese a la prohibición de vivir allí. Conocí a una anciana de 80 años que, sin haber dejado el pueblo, todavía se encontraba bien de salud. Aceptamos la invitación a comer productos de su huerta. Que pasara lo que tuviera que pasar. No le íbamos a hacer el feo”.




