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06-04-2026

#AluCineEnREDes

Un repaso a la actualidad audiovisual de la semana en los mentideros digitales

 

 

 

¿Y si no todo lo que piensas merece ser dicho?

 

El verdadero coste de opinar en redes; dar la cara sobre el escenario, incluso cuando lees comentarios poco favorecedores; y asumir el estrellato solo con 13 años

ISMAEL FIGUEROA (@IsmaelFigueroa)

¿Qué pesa más: una mala crítica… o tener que volver al día siguiente como si nada?

 

La pregunta no es solo retórica. Es real y un poco incómoda. Y, para muchos profesionales, especialmente en el mundo artístico, inevitable. Porque una crítica negativa puede doler, sí; pero lo verdaderamente difícil es lo que viene después: seguir y volver a subirte al escenario.

 

De todo esto hablaban Javier Gutiérrez y Carmen Machi durante su visita a El Cine en la SER, donde presentaban 53 domingos, la comedia dirigida por Cesc Gay que acaba de estrenarse en Netflix. Recordaban una experiencia pasada especialmente difícil: tres meses subiéndose al escenario con críticas muy malas. “Horribles”, decían sin rodeos. Y aun así, cada noche…, ahí estaban. Por si faltase algún detalle, las reacciones no les llegaban solo de la crítica profesional. “Cuando venían los compañeros nos compadecían”, relataban entre risas.

 

Pero el teatro tiene algo que lo cambia todo: el directo. Y el público. Sucedía que, a pesar de todos los comentarios y maledicencias, el teatro estaba lleno a rebosar cada noche. Y eso, poco a poco, va recolocando las cosas. Las críticas dejan de tener el mismo peso cuando al día siguiente tienes otra función, otra oportunidad de hacerlo mejor. O, al menos, de hacerlo de nuevo.

 

A diferencia del formato audiovisual, donde todo queda grabado y la crítica parece cerrada, el teatro es puro presente y también un lugar en el que no hay posibilidad de esconderse. Quizá haya días de aplausos solo tibios, pero cada uno de los actores y actrices tiene que salir a las tablas en cualquiera de los casos. Y eso, aunque pase más inadvertido, también es éxito.

 

 

Y sin cambiar de escenario (nunca mejor dicho), seguimos hablando de críticas, aunque esta vez provenientes de las de redes sociales. Hace unos días, Javier Cámara visitaba ese mismo programa de la SER que dirigen Pepa Blanes y José Manuel Romero. Y lanzaba esta reflexión: “¿Qué necesidad tienes de decirle a una persona lo que piensas sobre su aspecto físico, su trabajo o su posicionamiento?”.

 

Porque esa es una pregunta de fondo con enjundia. ¿Qué necesidad hay de enviarle a un desconocido un comentario desagradable? ¿Qué ganamos realmente con ello?

 

En redes, todo es inmediato y acontece sin filtro. Y, sobre todo, sin consecuencias aparentes. Detrás de una pantalla es fácil opinar, juzgar, incluso atacar. Pero fuera de ahí, en la vida real, las reglas cambian. La gente sonríe. Mide más lo que dice, incluso cuando piensa lo contrario. Existe un freno, una conciencia, un mínimo de cuidado. Las redes rompen ese equilibrio y, a veces, nos hacen olvidar que al otro lado sigue habiendo alguien.

 

 

Y a todo esto, una cuestión peliaguda. ¿Quién no haría pellas después de ganar un Goya?

 

La pregunta tiene algo de travesura…, pero también de verdad. Porque, seamos honestos: ¿qué haces cuando con 13 años te cambia la vida de golpe?

 

Lo explicaba Juan José Ballesta en La Vida Después, el nuevo programa de Ana Milán en Cuatro. Días después de conquistar el Goya a mejor actor revelación por El Bola, la prensa le esperaba en la puerta de su instituto. Micrófonos, cámaras, expectación. Todo muy apabullante. Pero él tenía otro plan, porque se había escapado a comerse un bocata en el bar de al lado y nadie sabía dónde estaba. “Me pillaron”, acabó desvelando entre risas.

 

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