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21-09-2021


Álvaro Cervantes

"Ver cómo desaparecían los carteles de ‘El juego del ahorcado’ con mi cara me enseñó lo efímero que es este oficio"


Su primera pasión fue el dibujo. Luego vino la fiebre por disfrazarse en carnaval, y el disfraz no tardó en convertirse en herramienta de trabajo. ‘Abuela de verano’ detonó una intensa carrera en la que ‘Carlos, Rey Emperador’ figura como el mayor reto hasta la fecha. Formado como actor sobre la marcha, la intuición de los inicios dejó paso al goce de dominar la técnica


JUAN FERNÁNDEZ

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Que no se asuste el nutrido club de fans de Álvaro Cervantes (Barcelona, 1989) si en los próximos meses le ven cambiar de aspecto como un mutante. Son exigencias de un guion del que prefiere no hablar por ese respeto envuelto en superstición que se profesa en el oficio hacia los proyectos en ciernes, y que a él le hace evocar aquella otra metamorfosis que experimentó hace seis años para el personaje de Carlos I en la serie Carlos, Rey Emperador. 10 kilos tuvo que perder entonces para afrontar el papel que acabó de lanzarle y que recuerda como “el más bestia” de su carrera. 

 

   Antes de encarar ese desafío pasó por series como Abuela de veranoLuna, el misterio de Calenda o Hermanos. En la pantalla grande ya había protagonizado El juego del ahorcado3 metros sobre el cielo o El sexo de los ángeles. Después del punto de inflexión que supuso el glorioso monarca llegarían la también televisiva Brigada Costa del Sol y las películas de Salvador Calvo 1898: Los últimos de Filipinas y Adú. Gracias a esta última su nombre se ha colado por segunda vez en la lista de nominados a los Goya. No es casual que Cervantes reviva estos días las sensaciones que experimentó mientras conocía cada recoveco de Carlos I. Porque hay papeles importantes en cualquier carrera, pero más arriba están los que transforman por fuera y por dentro. Y el que Cervantes tiene ahora por delante es de esos. También hay intérpretes que simplemente encarnan historias y aquellos que viven cada personaje como si fuera una exploración. El, quizá porque empezó en la profesión con la mirada inocente de los críos, pertenece a esta categoría.

 

– La vida del actor pasa por momentos muy diferentes. ¿En cuál se encuentra ahora mismo?

– En uno que disfruto y al que doy mucha importancia: la preparación del personaje. Es una experiencia ver cómo la historia se va depositando en ti y empiezas a notar cambios. Incluidos los físicos. He de prepararme para dar vida a un deportista, y el proceso me va a llevar varios meses porque es un mundo muy alejado de mí. Siempre fui un negado para los deportes. Desde niño. En el patio del colegio, al hacer los equipos para jugar al fútbol, no me querían ni regalado. Era un auténtico paquete.

 

– ¿Ya entonces sabía que lo suyo era la interpretación?

– A menudo pienso en el tema de la vocación. He llegado a la conclusión de que al final acabas dedicándote a lo que llevas practicando toda la vida. De pequeño era un paquete en los deportes porque no me interesaban. A mí me interesaba lo artístico y todo lo que tuviera relación con la expresión, desde el dibujo a la música, y más tarde el baile y el teatro. Lo mío siempre fue imaginar.

 

– ¿Imaginar?

– Sí, así es como entiendo este oficio. Interpretar es imaginar. Otras vidas, otra realidad, otra expresión… Si lo logras, si te conviertes en eso que imaginas, puedes hacer imaginar al espectador. A los niños les sale de forma natural, pero con los años se pierde esa facultad. Nuestra profesión consiste en recuperar esa mirada.



– ¿Cómo era el Alvarito niño?

– A los 10 años dibujaba en el aire. En serio, no me lo invento. Me recuerdo en el ascensor con mis padres, bajando los cuatro pisos hasta llegar a la calle, y yo dibujando en el aire con el dedito. Sin lápiz ni papel. Llegaron a preocuparse por aquella obsesión que me dio con dibujar… A la pregunta de qué quería ser de mayor, solía decir que dibujante de cómic. Llegué a hacer un fanzine con un amigo. Más tarde descubrí el disfraz y me fascinó

 

– ¿Qué vio en él?

– Una puerta para imaginar realidades distintas a la mía. El día del carnaval era para mí el mejor de todo el año. Mi abuela trabajó en fábricas textiles y cada año nos cosía un disfraz a mí y otro a mi hermana. Lo vivía como un gran acontecimiento. ¡De pronto podía jugar a ser otro! Nadie me había hablado de aquello, en mi familia no había artistas, pero desde muy temprano empecé a sentir atracción por ese juego. De hecho, dejé de disfrazarme en carnaval cuando empecé a hacerlo en el trabajo. He convertido una pasión en un oficio. Siento que llevo toda la vida haciendo lo mismo: transformarme.

 

– ¿De dónde diría que salía esa pulsión?

– De la necesidad de expresar, de comunicar. De niño, en El Poblenou, el barrio de Barcelona donde vivía, tocaba la percusión en la Colla del Drac. Es una tradición de dragones y fuego que hay en Cataluña. Escuchaba el silbato y no podía parar de tocar. Me encantaba animar el cotarro siempre, me salían callos de tanto darle al tambor. También se me daban bien las imitaciones. En la comunión de mi mejor amigo di la nota cantando El tiburón encima de una mesa. Había algo que me conectaba con el show, pero luego era un chico muy discreto y disciplinado, un empollón con los estudios. Y la interpretación me permitía trascender las normas y jugar a ser otro.  

 

– ¿Recuerda su primera experiencia interpretativa?

– Fue en el colegio. Me propusieron hacer un cameo en una función escolar en la que inicialmente solo iba a poner música. Era una comedia del arte. Aquellos minutos sobre el escenario haciendo de capitano me dejaron alucinado. El padre de una chica del cole me felicitó al acabar. ¡Fue mi primera crítica! Al año siguiente me apunté al curso de teatro del cole y ensayamos Cyrano de Bergerac. Ahí me dije: “Si puedo, me dedicaré a esto”.

 

– Tardó poco en cumplir ese deseo.

– Empecé a ir a castings, hice algo de publicidad y me apunté a la escuela de teatro El Timbal. Tenía hambre de actuación. En el tablón de anuncios de esa escuela vi un cartel del director de casting Pep Armengol, que buscaba actores jóvenes. Se apuntó toda la clase. Aunque aquella vez no me cogieron, se quedaron con mis datos, así que al año siguiente me llamaron para la prueba de Abuela de verano. Llegué sin saber qué había que hacer y se me ocurrió ponerme a imitar. A Joaquín Oristrell, el director, le hice gracia. Me pasaron a la siguiente prueba. Ahí empezó todo.

 


– ¿Cómo fue aquel debut delante de las cámaras?

– Tenía 15 años. Fue la mejor forma de empezar en este oficio: por la experiencia de pasar un verano de rodaje en Barcelona y por la gente que formaba el equipo. Desde Yolanda García Serrano, la directora, a Laura Jou, que hacía el papel de mi madre y era la coach de la serie. U Óscar Casas, que era mi hermano menor, y Marc Martínez, del que me hice muy amigo. Y, por supuesto, Rosa Maria Sardà, que fue inspiradora. Nunca olvidaré cómo miraba, cómo creaba, cómo imaginaba contigo la escena y te invitaba a ir a fondo. Me sentí muy arropado. Yolanda [García Serrano] me llamó y me dijo: “Manuel Gómez Pereira está preparando una película sobre adolescentes basada en la novela El juego del ahorcado. Yo te veo en ella”.

 

– ¿Qué hizo?

– Corrí a comprar la novela, conocí a mi representante, Walter García, y conseguí que Gómez Pereira me hiciera la prueba. Tenía experiencia previa gracias a la película de Sílvia Munt Pretextos, donde aprendí mucho, pero El juego del ahorcado lo viví como mi gran bienvenida a la industria y la profesión. Recuerdo el cariño con que me trató la prensa. Y cómo me arroparon Javier Cámara y Maribel Verdú, que estuvieron entrañables conmigo en la fiesta de nominados de los Goya. Me hicieron sentirme integrado en ese mundo, aunque yo era un chaval que acababa de llegar y andaba perdido e impresionado.

 

– ¿No le dio vértigo?

– Mientras pasaba todo aquello, yo seguía con mi vida normal, la de un chico que vivía con sus padres y estudiaba Audiovisuales en la universidad. Me acuerdo de ir en el metro a Bellaterra [el campus universitario], ver mi cara en los carteles de la película y cómo desaparecieron con el paso de los días. Aquello me enseñó una lección sobre lo efímero que es este oficio. “Esto funciona así: un día estás y al siguiente, no”, pensé. Era todo muy raro. Me enteré de la nominación al Goya camino de la facultad, y al llegar a clase necesitaba contarlo, pero casi no conocía a los compañeros. Al final no pude más y le dije al que tenía al lado: “Tío, perdona, pero… ¡me han nominado al Goya!”.

 

– Estudió Comunicación Audiovisual en vez de Arte Dramático. ¿Dónde ha aprendido lo que sabe de interpretación?

– La formación la he ido adquiriendo de la gente con la que he trabajado y de los maestros que he ido encontrándome en el camino. Laura Jou montó un grupo de entrenamiento en la escuela Eolia al que me uní. Con Marc Martínez he hecho muchos cursos. O con Juan Codina, que me ayudó a montar el personaje de hombre-lobo para Luna, el misterio de CalendaHe tenido la suerte de que los papeles que me han ido llegando tenían una envergadura que podía afrontar. Al principio, aceptas los retos movido por la inconsciencia y la pasión, sin saber el terreno que pisas. Más tarde, la experiencia y la formación te permiten descubrir las claves de este oficio.

 

– ¿Como cuáles?

– Este trabajo lo disfrutas de verdad cuando consigues hacer en escena lo que debes, no lo que te sale. En mis inicios hacía lo que me salía, con mayor o menor acierto, por intuición. Llegó un momento en que aquello me parecía insuficiente, vi que quizá podía conseguir más, pero eso solo lo logras cuando dominas la técnica. Fernando Piernas, otro de mis maestros, dice una frase que me gusta mucho: “El rigor genera entusiasmo y el entusiasmo genera rigor”. Por eso es tan importante el entrenamiento. Un pianista debe hacer dedos y practicar antes de tocar. Un bailarín, igual. ¿Y los actores? ¿Cómo ensayan cuando no tienen obra? Debes entrenar y ampliar tu rango expresivo, porque más pronto o más tarde te llega ese personaje para el que la vida no te había preparado.



– ¿Lo dice por experiencia?

– Cuando hice de Carlos en Carlos, Rey Emperador viví durante siete meses viviendo por y para ese personaje. Perdí 10 kilos para creer que era él al mirarme en el espejo, con la cara chupada, porque tenía presentes todos sus retratos. Encarnar a un rey de hace cinco siglos entre los 17 y los 58 años sin prótesis ni maquillaje ha sido mi trabajo más bestia. Me tuve que preparar bien. Me ayudó mucho que Juan León, el director de casting, y Oriol Ferré, el director de la serie, confiaran en mí más que yo. Eso es muy importante en esta profesión: si sientes la confianza de la gente con la que trabajas, acabas siendo capaz de hacer cosas que ni tú mismo imaginabas.

 

– ¿Qué otras lecciones ha aprendido a base de trabajo?

– Hay quien entiende este oficio como un ejercicio de autoinvestigación. Yo opino lo contrario: esto va de apartarte tú para que aparezca el personaje. Aunque puedas tirar de experiencias que has vivido, este trabajo consiste en poner lo humano siempre al servicio de la historia. No concibo que un actor o una actriz se imponga a la obra. Tal texto está escrito así, el director lo quiere contar de cierta manera y al intérprete solo se le exige que tenga la destreza necesaria para hacerlo realidad. Está tu mirada, pero lo que importa es la obra. 

 

– ¿Tiene claro por qué se dedica a esto?

– Porque no podría hacer otra cosa, aunque a veces lo pase mal. Cuando el rey Carlos murió en la serie, respiré aliviado. Su última escena era un plano secuencia en el que terminaba diciendo: “¡Ay, Jesús!”. Creo que nunca he dicho nada con más ganas. Recuerdo que pensé: “Nada me va a asustar después de esto”. Sin embargo, ahora mismo estoy con otro personaje que supera aquel reto. ¿Por qué lo hago? Porque no puedo evitarlo.

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