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24-09-2020

 

Álvaro Sáenz de Heredia

 

 

“La industria del cine no ha tenido el mismo respaldo que el turismo”

 

El cine de Martes y 13 y Chiquito de la Calzada, tan controvertido como masivo, lleva su firma. Antes de aliarse con la risa, nuestro protagonista rodó más de 1.500 películas publicitarias. Sobrino de José Luis, un referente del cine durante el franquismo, su trayectoria alimenta un anecdotario inagotable. Y un amor infinito por los actores. "El intérprete, siendo el motor de la industria, es un personaje maltratado", se lamenta

 

JAVIER OLIVARES LEÓN

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha

Su casa está incrustada en el campo de golf de La Moraleja, en Madrid, lo que interrumpe de vez en cuando la conversación. No porque vuelen bolazos –la vivienda está aislada por tupidos setos– sino por el ruido: un operario con soplahojas limpia cada poco el tee de salida del hoyo 15, aquí al ladito. Si el lector no ha jugado nunca al golf, ahí va una pista sobre el virtuosismo de Álvaro Sáenz de Heredia: a sus 78 años, tiene un hándicap 18, inferior al de Ana Patricia Botín (7,8) o Barack Obama (15), pero mejor que el de Fernando Alonso, que presume del 24. Pero Álvaro no vive aquí por sus ganancias como golfista (suponemos), sino por sus tiempos de director de publicidad y de películas de éxito, con Chiquito de la Calzada y Martes y 13 reventando la taquilla. Sobrino del reconocido José Luis Sáenz de Heredia, repasa su trayectoria (Ana y los 7 también está en su book) y sus proyectos, algunos muy ambiciosos.

 

¿Hoy ha jugado al golf?

Procuro hacerlo varios días a la semana. Y luego paso la jornada creativa, escribiendo. Tengo dos proyectos en este momento. Uno sobre coronavirus, para cine, nuevamente comedia. El otro es algo grande, histórico, que prefiero no revelar. Porque lo de Blas de Lezo está aparcado. No ha habido una voluntad política de llevarlo adelante, de momento.

 

¿Por qué? ¿Se ha politizado el tema?

Sí. Y cuando las cosas se politizan… se tuercen. Espero que salga, es un proyecto muy bonito de ocho capítulos. Aún no estaba ni el reparto pensado. 

 

Por cierto, ¿es un fake eso de que Mel Gibson se ofreció a hacer su Blas de Lezo?

Yo le mandé una carta. Pero no me contestó, porque los filtros de managers, lectores de guiones…, son complicados. Blas de Lezo no es un personaje norteamericano, pero ahora mismo sí tengo otro personaje español con calado allí. Ya lo he traducido al inglés. No quiero contar más, porque De Lezo se ha politizado demasiado, a pesar de la enjundia del personaje: un minusválido que pedía en la puerta de las iglesias, murió joven y tuvo muchas desventuras con las mujeres. Y si a eso le añades la parte militar, marinos vascos, la destrucción de la armada inglesa, humillante y humillada, es un pedazo de historia.

 

Piensa usted a lo grande.

No concibo otra forma de hacerlo. El mercado se ha globalizado de forma que, si puedes optar a un proyecto internacional, estás en primera división. Nuestro mercado es muy pequeño. El 80% está absorbido por la industria americana. El 20% restante debemos compartirlo con Europa. Y de lo que queda, la mitad es de un bando y la otra mitad, de otro.

 

 

¿Cuando diría que empezó esa deriva?

A finales del siglo pasado. Hubo cierta apertura, y todo lo que se contaba tenía un sentido reivindicativo. Podía ser justo, en cierta forma, pero no se puede absorber la totalidad y partir el potencial de la audiencia, como lo ha partido. Hay mucha gente que dice, por norma: “No veo cine español”. Si éramos pocos… ahora somos menos. Es tremendo. Competimos con alguien que copa el mercado mundial, pero el precio de la entrada en taquilla es el mismo. En Estados Unidos hacen 600 o 700 superproducciones al año, de las cuales aquí solo vienen las mejores, unas 200 y pico películas, con sus propios méritos y distribuidores. Tenemos un pensamiento industrial suicida. Tampoco tenemos una política favorable…

 

¿A qué lo achaca?

Hemos sido un poco torpes a la hora de vender nuestra actividad. En cualquier tertulia enseguida se habla de subvenciones. En 2019 tuvimos 33 millones de subvención. En Francia, 1.100. Un desastre. Además, por el sistema de puntos, si no cuentas con una producción fuerte, no hay opción. Tienes que tener detrás un contrato con televisión, una distribuidora. Si no, no te dan los puntos. El que ha decidido ese sistema no ha dirigido en su vida. Es como meterse a torear, y no saber si el bicho tiene dos o tres cuernos.

 

Poco que ver con sus comienzos, en los años 70 del siglo pasado.

Cuando yo empecé era mucho más fácil. Tenías una subvención y un adelanto de distribución. Ahora pides eso y te dan una patada en el culo. Ir a una distribuidora para que te haga un contrato de distribución sin haberla visto, es muy difícil. O tienes un grupo televisivo o una major detrás… Y un productor independiente [Sáenz de Heredia fundó su propia productora, JSH, en 1982], no lo tiene. Todo está muy mediatizado. No debería ser así.

 

¿Qué se le ocurre?

En turismo se ha hecho muy bien, hace muchos años. Ha habido una voluntad política de sacar partido a España. Pero en cine, no. Lo hubo, al principio, con Samuel Bronston. Éramos una potencia internacional, una industria pujante. Y la administración política daba vía libre a ese tipo de ambiciosos proyectos. El dinero era para España, la película para ustedes. El proceso era aparentemente sencillo. Bronston contaba a los productores una historia. Por ejemplo, El Cid. Nadie sabía en EE UU quién era El Cid. Y aquí mandaban a Charlton Heston, con sus dos metros de estatura para dar vida al 1,60 del Campeador. Y a Sophia Loren, la mujer más guapa durante décadas, como Jimena. Eso da la dimensión de lo que fue esta industria en aquel momento.

 

Bronston hizo obras sonadas.

Al menos 10 películas rompedoras de presupuesto. Se hizo Doctor Zhivago en las estepas segovianas y en Canillas (Madrid). Y Lawrence de Arabia. El cine es industria, pero luce menos que la del turismo, que se plasma en hoteles punteros y destinos. Tenemos todo lo necesario para ser el primer país cinematográfico de Europa: mientras los demás se acuestan a las cuatro de la tarde nosotros tenemos luz. Hace falta ser muy miope para no sacar más partido a la industria con las posibilidades que tiene España. Se hizo algo en Almería, pero se ha ido diluyendo todo. Es una cuestión política.

 

¿Quién es hoy la locomotora de esa industria?

Creo que nuestros actores, que podrían y deberían ser más internacionales. Los franceses son muy cerrados, pero tienen treinta en el top. Nosotros, dos: Javier Bardem y Antonio Banderas. Y un poco de Penélope Cruz. Si tuviéramos 10 o 15…. En Estados Unidos, un porcentaje de la taquilla revierte en el cine. Aquí, al ministerio de Hacienda. 

 

Se nota que estudió usted marketing.

Lo hice sobre la marcha, cuando dejé Derecho. Tuve la suerte de hacer mucha publicidad, unos 1.500 spots. Trabajé en una compañía americana durante 10 años. Hice unas adaptaciones de películas italianas para publicidad que gustaron. Chapurreaba inglés y me ofrecieron trabajo en París. Luego viví en Londres, Milán, Estados Unidos… Y me hicieron director de la empresa en España. Creé Alligator Films dentro de la propia compañía, y producíamos dentro.

 

 

¿Qué anuncios llevan su firma?

Había empezado en los años 60 con la compañía Vicks (la del Vaporubs), en pleno servicio militar. Pasé las entrevistas y empecé a trabajar a nivel internacional. Por ejemplo, aquel con el copy "Qué cosas tiene mi novio", de pastillas balsámicas Praims, que se adaptó a varios países. Elegimos como protagonista a Chelo Vivares, la actriz que daba vida a Espinete. Y el del coche "Dyane 6, para gente encantadora" también era nuestro. Obtuvimos premios nacionales e internacionales. Tenía la información de lo que necesitaba el producto, y lo adaptaba a la comedia, que también funciona en publicidad. Se pagaba muy bien. 

 

¿Tenía usted libertad y medios?

Muchos. Fíjate cómo son los americanos. A mi jefe, que era italiano, le pedí abrirme a nivel internacional, traer directores de fotografía de Hollywood: he trabajado con Oscars, incluso. Y le sugerí hacerme consultor con una productora, salirme de la compañía, pero cobrando lo mismo. Me preguntaron: “Half time?” [media jornada]. Y dije: “No, yo trabajo, creo, pienso incluso en la ducha”. Cinco años estuve así.

 

¿Bueno, qué directores de fotografía tuvo?

Pues David Watkin, el de Memorias de África. José Luis Alcaine, por ejemplo. O Luis Cuadrado, el director de fotografía del momento. Mis películas publicitarias se veían en Líbano, Nigeria, Suecia o Alemania. Eran ideas fácilmente adaptables incluso al griego. Bastaba con adaptar el jingle y listo. Y ese sistema me permitió la expansión. 

 

¿Cómo se produce el salto al cine?

Mi tío [José Luis Sáenz de Heredia] fue el primer director de la Escuela de Cine, en la calle Montesquinza, de Madrid. Y mi amigo Fernando Arbex [batería y compositor de Los Estudiantes, y luego Los Brincos] me dijo: “Macho, que tu tío es el director, vamos a meternos al lío, que tú tienes mano”. Me presenté y me suspendieron. Menudo era mi tío.

 

Alguna opción le darían.

“Podría presentarse usted a interpretación, que nadie se apunta”, me dijeron. Todo el mundo quería dirigir o escribir. Nadie quería ser monaguillo, sino directamente obispo [risas]. Como cerebros pensantes estaban Manolo Summers, Paco Regueiro… Total, que me metí a hacer un cursito de un año como actor. Allí estaba Juan Luis Galiardo, por ejemplo. Tuve buenas experiencias que me permitieron hacer algo de cine.

 

¿Y de actuar a dirigir?

Mi padre jugaba al mus con Manuel Pérez, propietario de Hijos de Valeriano Pérez, una empresa de publicidad, y con otro que era el propietario de una empresa de alquiler de coches. Comentaron que en TVE empezaban a meter publicidad. En la tertulia, mi padre aseguró que sabíamos hacerlo, “por supuesto”. Me lo contó a mí y yo me tiré el farol. Empezaríamos a hacer películas de publicidad… de coches, claro. Hice un story board que gustó mucho. El texto decía “Para su boda, para su negocio, para viajar por España o el extranjero, con o sin chófer… viajes Aduana, calle Aduana 17”. Eran 15 segundos. 

 

¿Dónde rodaron?

En la Ciudad Universitaria de Madrid. Pasaba un tranvía sobre el puente. Cogí a Luis Cuadrado, que también empezaba. Y, en ausencia de grúa, grabábamos desde arriba, sin walkie talkie ni nada. A voces, Luis iba pidiendo tomas. “Otra, otra”. Así hasta 15, cambiando de diafragma. Fue de las primeras películas que hizo Luis Cuadrado. Y también hizo la última, llamada Chokilates. Luis había tenido un tumor que le dejó ciego. Pese a todo, lo convoqué, y apareció con un perro lazarillo. “¿Ese es el director de fotografía?”, preguntó el cliente, pasmado. “No te preocupes, Beethoven era sordo y era un genio” [risas]. No sé cómo salimos de esa. Su ayudante era muy bueno. Seguramente fue su última película de cine.

 

 

El caso es que su aprendizaje fue a base de anécdotas.

Totalmente. La publicidad es una gran escuela. Rápida, dinámica… y te enseña montaje, trucaje y a saber vender una idea. En el fondo, la vida es eso. Tienes que transmitir al enfermo que le vas a operar a corazón abierto y se va a salvar. No está bien tratada, quizá por los derechos de autor. He intentado que se valorara como otras artes, pero no se considera igual. El caso es que empecé a hacer cine y marketing con los americanos.

 

Tuvo usted buen padrino.

Hice un par de películas meritorio con mi tío, sí. El grano de mostaza, con Manolo Gómez Bur, Amparo Soler Real, Rafael Alonso… Casi nada. Y otra con Marujita Díaz y Espartaco Santoni, un remake de El escándalo que casualmente había hecho mi tío unos años antes. Espartaco hacía de Fabián Conde.

 

¿Cómo era su tío en las distancias cortas?

No era mi instructor, directamente. Enseñaba, pero no me hablaba aparte por el hecho de ser su sobrino. Yo tenía un cometido en el rodaje: medir la altura del trípode, apuntar el objetivo, por si había que repetir la toma. Ese era mi cometido. Técnicamente, muy poco decisivo. Pero pude apreciar quién hacía qué en cada sesión. Un rodaje era como un submarino, con todas sus responsabilidades.

 

¿Alguna frase? ¿Alguna forma de dar una orden?

Mucho respeto a todo el mundo, sin un grito. Le tenían mucho respeto a él también. Hubo directores, como Luis Lucia, que eran de “mecagüen” todo el rato. Y eso hace perder los papeles y crispa el ambiente. Y, en cambio, se valoraba el trato de mi tío. Hay que tener el mando, pero hay que saber mandar. Ahora que lo pienso… Cuando yo hacía publicidad y le insinué que quería rodar un largo, me recomendó hacer cortometrajes. Yo ya tenía un guion largo… “Todavía no, hazme caso”, insistió. Y le hice caso. Y los cortos fueron dos primeros premios: en La taquilla (Bilbao) y A Sandra con amor (Melilla). Tengo una espina clavada, porque son dos joyitas, con Agustín González, gran actor y buen amigo mío (hizo incluso un anuncio de Oscar Mayer) y las tengo en dos latas que no sé qué hacer con ellas.

 

¿Ha descubierto muchos actores gracias a la publicidad?

Sí, en la publicidad y en el cine. A Neus Asensi (Chechu y familia), por ejemplo, la descubrí en un casting, como a Anabel Alonso (El robobo de la jojoya). Mucha gente. Y claro, cuando empecé tiré de amigos. 

 

¿Javier Elorrieta en Fredy el crupier, por ejemplo?

Por ejemplo. Era un competidor mío en el mundo de la publicidad. Y yo no encontraba protagonista para Fredy el crupier. “Solo tienes que hacer de ti”, le pedí. Y su compañero en el papel tampoco tenía nada que ver con el cine. Por cierto, voy a hacer el remake de Fredy el croupier en República Dominicana. Se torció con el confinamiento, pero la segunda parte se completa allí. 

 



 

Ana Obregón también fue una apuesta.

Ana apenas había hecho una peliculita cuando le propusimos el papel en Policía. Le preguntamos si sabía cantar. “No, pero aprendo”. Hasta ahí llegaba su interés. “¿Y bailar?”. “No, pero aprendo”. 

 

Su pareja en el cartel era Emilio Aragón. ¿No le ha pedido ayuda, ahora que es un magnate?

La verdad… Se lo ha ganado. Es un tío válido, y buena persona. Tenía yo el proyecto de Policía, y su mánager, Alfredo Fraile, llamó a Kirk Douglas. Como Douglas estaba ocupado, me ofreció a Emilio Aragón. Y lo hizo muy bien, el tío es un atleta. Luego hice publicidad con él para El Corte Inglés, por ejemplo. He trabajado con dos tipos de actores: los profesionales, que hacen de todo o quieren hacer su propio papel, y los que hacen de sí mismos. 

 

Como Martes y 13.

Había hecho ya con ellos una publicidad de atún Rianxeira, los conocía bien y me atrevía con la película. El guion de Aquí huele a muerto… lo escribí solo. Pero el de El robobo… lo escribí con Juan Luis Iborra y Yolanda García Serrano, por la urgencia del momento. Hacer una película en unos grandes almacenes, como la de Jerry Lewis, pero sin los grandes almacenes (ninguna empresa quiso participar), requirió rodar por etapas: zapatería aquí, juguetería allí… 

 

¿Participaba el dúo en el guion?

Mucho. Dentro de la estructura de la historia, nos reuníamos. Tenían varios gags que íbamos acoplando a lo surrealista que era todo. Por ejemplo, llama el panadero, que quiere cobrar la factura, y ellos simulan orinar en la pared del salón. Cosas así. En España gusta mucho el surrealismo, y en otras partes, como Latinoamérica, no se entiende nada. 

 

¿Fue difícil domar a Chiquito de la Calzada, otro que hacía de sí mismo?

No tanto. Me fui a Málaga a verle con el guion y lo tradujimos a su idioma. Yo tomaba notas y… luego había que reproducirlo.

 

¿Se acordaba el hombre de sus propias expresiones?

Normalmente, sí [risas]. El éxito de su genio es que iba repentizando. El problema, cuando la película es eminentemente musical, como sucede en Aquí llega Condemor y en Brácula, es que quizá no rimaba, o se pasaba tres sílabas. Menos mal que estaba su mánager bajo la mesa.

 

¿Ah, sí?

Arturo del Piñal es un santo. Le hacía de apuntador permanentemente. “¡Turol [por Arturo], que no te oigo!”. Pinganillo va y pinganillo viene. Y Arturo, en un armario o tras una puerta o bajo la mesa, reproduciendo lo que habíamos traducido.

 

¿Sacó de él lo que quería como actor?

En Aquí llega Condemor… y, en Brácula hacía de sí mismo, pero en Papá Piquillo me atreví a dibujar la historia de El Piyayo [célebre cantor callejero de Málaga el siglo pasado] a través de Papá Piquillo. Logró algunos registros, junto a ocho gitanillos extraordinarios que salieron de un casting muy bueno. Descubrí entonces a los gitanos, y chapó para su capacidad artística y humana.

 

¿Se integraron bien en el rodaje?

Muy bien. Estaba buscando un poblado gitano. Intentamos entrar en uno que ahora ocupa un campo de golf, junto a la M-40 de Madrid, pero me lo desaconsejó la policía. Y tuvimos que buscar otro, un pequeño poblado cerca de Puerta de Hierro. Fui a hablar con el patriarca, y llegamos un acuerdo. “No hay secretos: la luz y el agua los cogemos de aquí y de allá, es nuestro sistema. Vengan los que quieran a rodar, pero que sus técnicos no miren a nuestras mujeres”, me dijo. Y lo advertí al equipo: “Al que se le vaya el ojo, está autodespedido” [risas].

 

A Andrés Pajares le descubrió usted cierta vena dramática en La hoz y el Martínez.

Más o menos… desde entonces hizo otros papeles, es verdad. Al productor, José Frade, le había gustado mi primera película, Fredy el crupier. Y me sugirió que, como tenía un contrato con Pajares, hiciera algo con él. Llegó el guion de Mi adorado camarada (así la titulé yo), en el que Pajares hacía dos papeles: el del premier ruso, y otra de sí mismo. Y fue Frade quien cambió el título por La hoz y el Martínez. Todo el mundo decía “vaya titulito”… 

 

Fue usted un poco visionario en el argumento.

En esa película me adelanté siete años a la caída del Telón de acero. Tal cual llegaron luego la glasnost y la perestroika. A Mijail Gorbachov lo quisieron luego matar en atentado, la facción dura del partido comunista. Justo lo que pasaba en la película (minuto 14, cinta 2), pero yo había partido el papel en dos gemelos. Uno se va a Rusia y otro queda aquí. Lo había intuido. Era una ucronía: partí de unas circunstancias reales para desarrollar lo que podría haber ocurrido por otra vía. “Qué hubiera pasado si…”. Y luego ocurrió tal cual. Por cierto, Silvia Tortosa está estupenda en su papel.

 

¿La fórmula de personaje popular + señora estupenda + actor consagrado es intencionada?

Hombre, he tenido que buscarme el favor del público. No tenía detrás ninguna gran empresa ni tenía el favor político que tuvo mi tío, más bien al contrario. Es cierto, claramente intencionado. Me he llevado muy bien con todas las damas. Por su belleza y por su talento. En teatro, en Cambalache, Emma Ozores lo hizo muy bien. Y Valeria Marini lo bordó en Corazón de bombón, sin hablar casi español. Y no solo lucía su cuerpo, espectacular. Quizá su enemigo era su cuerpo, precisamente. Beatriz Rico [Esta noche, no], muy bien, también. Como Ana Álvarez [Aquí huele a muerto…]

 

Con Chiquito era habitual ver a Bigote Arrocet, que tenía más método.

Sí. Yo le estaba muy agradecido, porque en Fredy el crupier me había hecho una colaboración sin cobrarme nada. Con los años le ofrecí otro papel, porque es de bien nacidos ser agradecidos. “Con lo bien que imitas a Cantinflas…”. “Encantado”, me dijo. Y funcionó muy bien.

 

El contrapunto en sus repartos lo ponía el talento de gente como Agustín González o Fernando Fernán Gómez.

Y eso se agradece, pocos quedaban como Fernando Rey o Fernán Gómez. Cuando hicimos Chechu y familia aprendí mucho. Fernán Gómez era un profesional extraordinario. “No sé por qué nos dicen que hablemos siempre para los de la última fila, cuando en la última fila nunca hay nadie”, decía. “Vamos a ensayar”. Y, por ejemplo, bebía el vino en la escena realmente, las veces que hiciera falta. Otros actores ni lo prueban. Teníamos unas tertulias de sobremesa que daba pereza seguir rodando. Su capacidad y su serenidad eran extraordinarias. Y su nivel, difícil de alcanzar. Rodamos Chechu… en un chalé aquí cerca. Cuando acabamos, la propietaria lloraba. Había sido una gran experiencia.


¿Es su película más seria, o con menos comedia?

Tenía muchos gags de Rafael Azcona, un gran pintor de personajes. Podrías añadir algo, pero la base era inamovible. Azcona fue otra persona extraordinaria, risueña. Muy positiva.

 

¿Cuál fue su mayor recaudación?

El Robobo de la jojoya. Tuvimos cerca de dos millones de espectadores. Y sin el apoyo que ahora te dan las productoras de televisión. Como sabe, un gran porcentaje del éxito es la inversión publicitaria. Las producciones que no cuentan con cadenas detrás, se lo comen. Un ejemplo: la última de Garci, la precuela de El Crack, quedó diluída, por lo que fuera. Y como tu estreno coincida con la muerte de Lady Di o con la final de Champions… vas apañado.

 

¿Sufrió usted esos traspiés?

Pues sí, con el estreno de Brácula, la segunda de Chiquito, que para mí es mejor película que la primera, Aquí llega Condemorr. Habíamos apostado por agosto [de 1997], pero se torció con la muerte de Lady Di. No fue mal, pero pudo ir mejor que El robobo, con aquel baile memorable de Chiquito. Tenía una puesta en escena sensacional.

 

¿Le llaman los actores ahora, con las vacas flacas?

No, pobres... El intérprete es un personaje maltratado, siendo el motor de la industria. Rara vez va la gente a ver una película por el director. Pero la industria no da para grandes sueldos, porque estamos en una competencia con los americanos. El otro día vi The Patriot, con Mel Gibson. En 2000 ganó 25 millones de dólares. Y aquí la media de caché no llega al millón. Si el protagonista gana 25, es porque el presupuesto es de 100, claro.

 

 

 





La vida en seis actos

• Amenábar, de meritorio. “Trabajó conmigo como ayudante de efectos especiales, donde un inglés que tenía su estudio en Barajas. Hizo un cocodrilo que sale en El Robobo de la Jojoya. Era su primer trabajo, creo yo. Según me contaron, a partir de ahí se metió en la escuela e hizo Tesis. Es muy bueno”. 

 

• El plagio Woody Allen. Hace una película al año. Muchas de ellas, geniales. Pero salvo que seas Calderón de la Barca, a nadie puede ocurrírsele todo ex novo en la ducha. Tiene negros. Decidió hacer una peli sobre la radio, y alguien cogió tal cual una secuencia entera de Historias de la radio, de mi tío [José Luis]. Lo menos que podría haber hecho alguien es escribirle y contárselo. Pero no se lo reprocho, ojo. Lo hablé con mis primos, y no ha prosperado”.

 

• Comisario José Villarejo. “Cuando rodamos Policía estaba entre los que me asesoraron sobre el léxico: ‘Pipa’ en vez de pistola y esas cosas. Estuvo simpático, agradable. Me dijo “A mí me gustaría salir en alguna película, hacer un papel de malo”. Como iba a hacer con Martes y 13 Aquí huele a muerto, le dije: “Si quieres, puedes hacer de Frankestein”. Y lo hizo fenomenalmente. Solo emitía gruñidos, pero algún texto tenía. Sale en los títulos de crédito, claro: José Villarejo”.

 

• Dalma Maradona. “La hija del célebre futbolista trabajó en La venganza de Ira Vamp [con Florentino Fernández y Josema Yuste, 2010]. Me dijo Enrique Cerezo, coproductor de la película conmigo, que le habían pedido un favor… Y ahí está. Hizo un papelito y no lo hizo mal. Ya no sé más de su carrera”. 

 

• Los Goya. “Fui, junto a Fernando Rey, uno de los que empezaron. Pero en las galas, con el micrófono, la gente se olvidaba de que estaba en un programa de entretenimiento. Y eso divide a la audiencia, claro. Cada cosa tiene su lugar y su momento, no se puede extrapolar. La gente viene al show, a competir con Venecia o Hollywood, no a tirar de proclama. No podemos permitirnos el lujo de partir el mercado, porque el pescado ya es de por sí pequeño”.

 

• Ana y los 7“Fue mi amigo Juan Alexandre, con el que había hecho publicidad, quien me lo propuso. Sólo hice nueve capítulos, porque con el tiempo me resultó rutinaria. Era una serie que se hacía en un único decorado. Era como ira la oficina. Pero llegamos a tener un 32 o 33% de audiencia, algo impensable hoy”. 

 

 

Subvenciones de segunda

Cuando el rodaje de 'Policía', la tercera película de Sáenz de Heredia, el realizador fue a ver a José Barrionuevo, entonces ministro del interior. “Le advertí que iba a hablar del cuerpo de forma positiva, no como en 'La estanquera de Vallecas' u otras películas de delincuencia, en la que los policías son muy malos”, recuerda. Según Sáenz de Heredia, en Estados Unidos hacen todos los años de 10 a 20 películas a favor de las fuerzas de seguridad, con estrellas en los principales papeles. Aquí, ni una. “Necesito que me echen una mano", le dije al ministro. "No tenemos presupuesto", contestó. Me prestaron tres coches, tres conductores, un helicóptero tres días y agua para todos. La subvención que me dieron fue de 11.300.000 pesetas. Y a Carlos Saura le habían dado cerca de mil millones por 'El Dorado'. Decidí poner un rótulo bien visible con el importe de la subvención, que me parecía ignominiosa”. Pero Fernando Mendez Leite, entonces director general de cinematografía, le prohibió salir con ese rótulo. “Decidí ponerlo al final, con los títulos de crédito. ‘Nuestro agradecimiento a la Marina de los EE UU y al ministerio de cultura por los 11.300.000 pesetas’. Obviamente, lo de la marina era mentira [risas]. En Estados Unidos las películas normalmente están a favor, porque el cine es la tercera industria del país. Aquí, vas con una película simpática, que pretende hablar de la droga y las incautaciones de la policía, para bien… y mira”. 

Actores por un día... y por un anuncio

Por el set de rodaje de Sáenz de Heredia han pasado personajes de lo más variado. Por ejemplo, Mariano Mariano (Papá Piquillo), el discapacitado humorista de 'Crónicas marcianas', entonces en la cresta de la ola. O el polemista escritor Fernando Sánchez Dragó. “No recuerdo cómo contacté con él. Ahora no está en su mejor momento, pero entonces no era tan polémico. Es muy original y tiene muy buena dicción”, recuerda. Coincidió Dragó con Luis García Berlanga en la película 'Corazón de bombón', donde ambos hicieron un cameo. El director de 'Plácido' participó en otros dos spots del director, como Isabel Preysler, Tip y Coll, Alfredo Kraus, Norma Duval, Marujita Díaz, Rocío Jurado, Carmen Sevilla… La lista es interminable. Plácido Domingo, por ejemplo, hizo un anuncio del Banco de Santander, donde daba el do de pecho en un pegadizo jingle. Incluso Camilo José Cela promocionó una revista… “Llegó cabreado y dijo: ‘Solo haré una toma”, recuerda el cineasta. Ni los políticos se salvaron de hacer publicidad. “Una vez, en el hotel Palace pusimos un plató por el que pasaron todos los políticos del momento, más Berlanga. Era una promo para la lotería contra el cáncer. Recuerdo a Jorge Verstrynge, en una especie de fotomatón con personalidades”.


Teatro a lo grande

A Álvaro Sáenz de Heredia le gusta dirigir teatro. Después de Cambalache, que giró por todo el país con Emma Ozores y Santiago Urrialde, puso en pie Mi princesa roja, un musical sobre la figura de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange y familiar lejano suyo. “Nada como el musical, es el espectáculo más importante en directo. Es muy difícil, requiere mucha parafernalia”, asegura. Ideó un sistema de pantallas con 32 decorados diferentes en un teatro pequeño. A base de retroproyecciones (acción que ocurre en las pantallas) concatenadas con lo que ocurre en escena, podía sincronizar varias. “El efecto para el espectador es que hay 60 personas bailando en escena, aunque solo haya dos. Exigía gran coordinación con las personas que controlan entradas y salidas, pero así se da profundidad. Gracias a ese sistema podría incluso popularizarse óperas o zarzuelas, con un elenco mínimo. Solo con los cantantes y playback de sonido: basta con sincronizar y tener visión cinematográfica”, concluye. 

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