– Fue profesora de español, niñera…
– Sí, sí. Y mis niños eran unos gemelos, niño y niña, aún más rebeldes que los de la película. Eran tremendos, con cinco años. Me preguntaba qué veían y escuchaban en su casa. Rodé en la misma escuela del mismo barrio en el que yo recogía a los míos. En el guión incluso puse sus nombres. Justo antes de la distribución, en postproducción, los cambié con un doblaje. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que era una representación demasiado cercana a su verdadera identidad [risas].
– Hay quien ha querido ver en Most beautiful island retazos de Eyes wide shut, la póstuma de Stanley Kubrick.
– Puede recordar en que ambas muestran un lado oscuro funciona la élite neoyorquina. Pero es muy diferente el desarrollo. Por mucho que cambie Nueva York, o sea más o menos peligrosa, tiene ese halo de “cualquier cosa puede pasar en Nueva York”. Hice alguna investigación con detectives de la ciudad, y existen muchas más cosas extrañas de las que imaginamos. Lo mío es totalmente ficción, no existe –espero no dar ideas con esa fiesta [risas]–, pero hay episodios alucinantes. Y alguna brutalidad.
– ¿Qué se siente cuando en una ópera prima hay mayoría de críticas favorables?
– Creo que ha sido una obra muy auténtica, apenas escuché a nadie para orientarme. Y quiero que la segunda tenga el mismo grado de honestidad. Esos profesionales que han alabado a la película lo han hecho porque lo han apreciado, creo yo. No he ido a la fórmula segura: he tenido la valentía de tirarme a la piscina.
– ¿Es fácil conseguir permisos de rodaje en Nueva York?
– Sí, relativamente. Si entregas la documentación requerida, no hay problema. Rodamos en diferentes partes de la ciudad. La escena principal, la del desenlace, tiene lugar en el cruce de la autopista paralela al río Hudson con la calle 26. Pero el sótano está realmente en Brooklyn. Traté de ser fiel a la geografía de la ciudad, con pequeños apaños, para hacerlo creíble.
– ¿No hay que acordonar la zona para prevenir a los peatones?
– Qué va. La gente está tan acostumbrada que ni mira a la cámara por curiosidad. La escena con más tránsito tiene lugar al pie del famoso edificio Flatiron, en la calle 23. Es una zona peatonal, con terrazas, y lo rodamos con un tiro largo, algo que nos daba la perspectiva de un transeúnte más, observando la escena. Ahí, las dos protagonistas entregamos unos flyers sobre una comida para llevar (otro de mis empleos), y no necesitamos extras. Les dábamos la octavilla con una manzana.