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14-12-2025


Ana Garcés

"Hay que saber hasta dónde implicarte y cuándo darte prioridad"



Ha adquirido popularidad gracias a la estupenda acogida de la serie diaria 'La Promesa' (TVE). En ella recaló casi sin experiencia, recién llegada a Madrid desde su Valladolid natal. Ello no fue obstáculo para que le confiaran el importantísimo rol de Jana Expósito, a la que ha puesto cara durante más de dos años. Hoy se dispone a escribir otra página de su carrera con 'Oasis' (Netflix)



PEDRO DEL CORRAL

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Parecía predestinada a ser actriz. Ana Garcés bailaba y cantaba prácticamente desde la cuna. Lo hacía todo el tiempo. Era tal su ilusión que sus padres la apuntaron a un coro. Aprendió a tocar la guitarra. Fue gimnasta. Entró en el grupo de teatro que abrieron en su colegio. Y tanto le gustó la experiencia que, junto a su madre, su aliada, se apuntó a una compañía: "Fue una época maravillosa. Tuvimos la inmensa fortuna de participar en distintos musicales. Y llegó el momento de decidir sobre el futuro. En mi cabeza no cabía la opción de estudiar Derecho, Medicina o Publicidad. Empecé a agobiarme. Solo quería actuar".

 

   Aquel nudo no se deshizo hasta que habló con una psicóloga. Esta le explicó que era posible estudiar aquello que tanto amaba. Y fue como si hubiera resuelto el mayor enigma del universo. Así que entró en la ESAD de Castilla y León y puso rumbo a Madrid al término de sus estudios. En la capital se toparía con un proyecto que cambió su vida para siempre.

 

   Sin apenas experiencia se presentó al casting de la serie diaria La Promesa, que enseguida se convertiría en un fenómeno en la pantalla de TVE. Aunque jamás pensó que la escogerían, logró hacerse con el papel protagonista. Durante unos 550 episodios encarnó a Jana Expósito, lo cual fue una escuela para ella. De esa manera ha obtenido todas las herramientas posibles para afrontar los retos que le plazcan. Preparada está. ¿El próximo? Oasis, la gran apuesta de Netflix para 2026.

 

- Bendita psicóloga.

- Totalmente. Recuerdo que la primera vez que fui a su consulta ni siquiera sabía que hubiera escuela de Arte Dramático en Valladolid. Fue mi salvadora.


- Si hoy la viera de nuevo, ¿qué le diría?

- Que me hizo el mayor regalo de mi vida: tener una vocación. 



- Entonces, no dudó al tomar la decisión.

- No tuve ningún miedo de adentrarme en la actuación. Siempre la he entendido como un oficio. Los profesores de la ESAD intentaron inculcárnoslo desde el principio. Allí entendí que esto es mucho más que actuar y que hay toda una industria detrás. Yo no empecé a través del juego para más tarde transformarlo en mi profesión; para mí ha sido así desde siempre


- Fue usted estudiante del programa Erasmus en la desconocidísima Bratislava. Buen ojo.

- Confieso que me encantó. No quería irme a una gran capital que pudiera devorarme en cuestión de semanas. Opté por Eslovaquia por estar situada justo en el centro de Europa. Eso me permitó viajar. Allí también me adentré en Chéjov, puesto que lo estudian bastante. Fue precioso montar La gaviota entre alumnos de varias nacionalidades.


- ¿Qué cosas aprendidas en la escuela sigue aplicando hoy?

- Numerosas herramientas que no sabía para qué servían hasta que empecé a trabajar. Solo entonces me di cuenta del valor que tenían. Y solo entonces tomé conciencia de las herramientas que me faltaban para seguir creciendo.


- Dio sus primeros pasos encima del escenario. ¿Qué tienen las tablas que aún no encuentre ante la cámara?

- Es una sensación particular. Me fascina el calor del público, su reacción in situ. Lo que vives sobre el escenario no se repite más. Pienso que lo vivo es lo que funciona. Tras mecanizarlo, algo se pierde. No hay mayor reto que sacar adelante un texto frente a la masa. 



- Al llegar a Madrid trabajó en una tienda de ropa. Así aguardaba los primeros castings. ¿Fue angustiosa la espera?

- Mucha gente de mi generación no podía pagar un piso en la capital. Yo pude hacerlo gracias a aquel empleo. Y me dio unos amigos fantásticos que hoy son parte de mi familia. Fueron mi apoyo en aquellos primeros días de soledad, gracias a ellos seguí adelante. En esta profesión es muy fácil obsesionarse. Por eso es un regalo rodearte de personas alejadas de ella que te hagan tocar tierra. Sin esperarlo, un día me convocaron a mi primera prueba. Era para La Promesa.


- Llegó y besó el santo.

- Por entonces ya tenía representante. Lo busqué cuando estaba en tercero de carrera. Me mudé sin prácticamente conocerle. Hice el casting de la serie sin saber para qué personaje. Recuerdo que fui tranquila porque presuponía que mi papel sería menor. Me entregaron dos separatas que me preparé a conciencia. Lo viví con ilusión. Al salir, no le di demasiadas vueltas. Aquella misma tarde me llamaron para convocarme a otra sesión. Y así hasta en cinco ocasiones. Solo cuando me eligieron averigüé que iba a ser la protagonista.


- ¿Qué pensó?

- Era incapaz de imaginar cómo podría cambiar mi vida a partir de ese momento. Tampoco sabía muy bien cómo explicárselo a la gente. Estaba confundida. Nunca sabes si las series funcionarán o no. Yo hice todo lo posible por disfrutar de La Promesa.


- ¿Cuál fue su mayor miedo al embarcarse?

- Nadie me había visto trabajar en televisión. Como había puesto toda mi energía en poder dedicarme a esto, me daba respeto la reacción que tuviera mi familia. Quería que aquel primer capítulo les sorprendiera, quería que estuvieran orgullosos de mí. Así fue.



- ¿Qué le ha brindado su Jana Expósito?

- Grandes lecciones. Con ella he tocado todos los palos posibles: de la comedia a la tragedia. He podido jugar con el personaje sin sufrirlo. El aprendizaje es constante cuando te enfrentas a tantas secuencias diariamente. Además, pocas cosas hay tan complejas como grabar una serie de época.


- ¿Cómo fue el proceso de construcción?

- Intenté llevármela a mi terreno desde el comienzo, pero debía adaptarse continuamente a los nuevos guiones. Los recibíamos cada dos semanas, así que nunca sabía cómo evolucionaría. Eso hace que tengas que ir improvisando. Con el paso del tiempo, el personaje va creándose solo, a través de los recuerdos que ha generado.


- Dio vida a Jana durante más de 550 episodios. ¿Alguna vez sintió que el personaje le superaba?

- Tengo la capacidad de separar bien lo que es trabajo de lo que no lo es. Y eso no significa que resulte sencillo. En los primeros meses llegaba reventada a casa tras grabar secuencias de risas, llantos, gritos… Salía del set como si todo me ocurriese a mí. Estaba abrumada. Tuve que aprender a disociar. De lo contrario, habría sido imposible continuar. Hay que saber hasta dónde implicarte y cuándo darte prioridad. Es muy fácil quedarte a vivir en una trama.


- ¿Qué rasgos de Jana hay en usted que no existirían si nunca la hubiera encarnado?

- No soy tímida, pero tampoco extrovertida. En cambio, ella era una chica con carácter. Me permitía ponerme en el mismo lugar de actores que para mí han sido clave. Gracias a ella no me he sentido pequeña y he ganado fuerza. Si pudiera escribirle una carta de despedida, iba a agradecerle dos cosas: su forma de querer y de pelear. Puede que yo llevara eso dentro, pero no sabía verlo.



- ¿En qué momento sintió que el proyecto también le pertenecía a usted?

- Tuvieron que pasar muchos capítulos. Comencé a sentirme en casa cuando llevábamos un año grabando. Ahí ya empecé a darme cuenta de lo que habíamos levantado.


- Se estaba fraguando un fenómeno televisivo.

- Yo no tenía ni idea de lo que significaba el éxito. A los meses de empezar la emisión, los más veteranos coincidían en algo: los números eran muy buenos para nuestra franja. Fuimos creciendo, hasta el punto de que la gente comenzó a pararnos por la calle. Y fue fuerte que no me llamaran por el nombre de mi personaje, sino por el mío. Me estaban reconociendo como actriz.


- ¿Por qué abandonó la aventura?

- Fue decisión mía. Al renovarse de año en año, me planteé: "¿Quiero seguir dedicada a la serie durante tanto tiempo?". Necesitaba un descanso y probar otras cosas. Volar. Se lo comenté al productor y lo entendió. A él también le parecía que era el momento adecuado. Me quedé seis meses más para cerrar a Jana con honor.



- Este 2026 estrena en Netflix la esperada Oasis, un thriller ambientado en un resort de lujo en el que una desaparición lo cambia todo. ¿Qué le sedujo del proyecto?

- Que fuera totalmente distinto a todo lo que ya había hecho. Lo cogí con ansia, con ganas de conocer gente. Los ensayos duraron un mes y me lo pasé pipa. Iba a otra velocidad.


- Se atrevió con la comedia bajo la dirección de José Mota en ¡Sálvese quien Putin! Qué locura, ¿no?

- Hacer bien comedia es un arte. Me parece muy difícil. Entenderla es dominar el ritmo de la ficción. Los mejores la tienen pillada desde que nacen. Y todos los demás hacemos lo que podemos. Siempre que hago comedia me lo paso genial.


Gallo rojo ha sido su primera experiencia en el cine. Y la única hasta ahora. ¿Cómo la recuerda?

- La película era muy especial. Contaba la historia de un pueblo a punto de abrir su cine y cómo iban a recibirlo los abuelos. Qué bonito, ¿verdad? En un primer momento estaba previsto que yo la protagonizara. Pero me ficharon para La Promesa e hice otro papel, el de una chica de Madrid que trabaja de actriz y que descubre ese proyecto del cine.


- ¿Qué le gustaría hacer en la pantalla grande?

- Me llama la atención el cine de autor. Me enamoran las historias que hablan con sensibilidad de lo pequeño. Entre mis directoras favoritas están Alauda Ruiz de Azúa e Isabel Coixet.


- Sueñe con el gran papel de su carrera. ¿Cómo sería?

- Me encantan los personajes que escriben Guillermo del Toro y Tim Burton. Cuanto más extraños y alejados, mejor. Eso sería un buen desafío.


- En esta profesión marcada por la intermitencia y la incertidumbre, ¿qué es lo que la mantiene a usted conectada con la vocación?

- Intento ver todo lo que mis compañeros van haciendo: series, películas, cortos, obras… Me gusta ver cómo trabajan para renovarme. Algo me sucede siempre que salgo de un teatro: siento la necesidad de mejorar como actriz.

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