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20-10-2020

 

 

ANDRÉS GERTRUDIX

 

“He tenido la suerte de participar en películas que me habría gustado ver en el cine”

 

Los vientos del oficio han soplado a su favor. Con vocación titubeante, encadenó sus primeros trabajos sin tomárselos en serio. Pero se quedó. Más interesado en los proyectos que en los personajes, hoy se ha convertido en referente del cine de autor 

 

 

EDUARDO VERDÚ

Igual que existe el cine de autor, debería haber una categoría que identifique a los intérpretes habituados a protagonizar ese tipo de películas intimistas, delicadas y profundas en las que los personajes cuentan más que lo que dicen y transmiten más de lo que expresan. Por trayectoria, vocación y resultados, Andrés Gertrúdix (Madrid, 1977) estaría llamado a figurar en un lugar destacado en esa lista. Su filmografía está marcada por los papeles que encarnó en títulos como La pistola de mi hermano –su salto al largometraje en 1997–, Aunque tú no lo sepas –premio a la mejor interpretación en los festivales de Toulouse, Tudela y Lorca en el año 2000–, 10.000 noches en ninguna parte –nominado como mejor actor protagonista por la Unión de Actores en 2013– o Morir –nominado al Goya en 2017–. Esas cintas, aunque acreedoras de galardones, nunca aspiraron a arrasar la taquilla.

 

   También ha participado Gertrúdix en series como El comisarioHerederos o El Ministerio del Tiempo, y ha conocido los gozos y los riesgos de los escenarios. Pero es en ese cine que permite al actor ser más creador que mero intérprete donde ha conseguido brillar con una luz propia. Él lo sabe. Por eso no le inquieta que el mundo y las producciones se detuvieran meses atrás de forma repentina. Tiene la certidumbre de que nunca pasarán de moda las películas y los personajes que conmueven al espectador hablándole con miradas, silencios y voces bajas.

 



 

- ¿Cómo ha afectado la pandemia a su ritmo de trabajo?

- Por suerte, no he tenido que interrumpir ningún rodaje. El estreno de Bajocero, donde hago de preso yonki, va a ser en otoño. También había rodado antes la película en euskera Campanadas a muerto, en la que interpreto a un guardia civil. Amazon emitió la primera temporada de Madres, en cuyos episodios soy sacerdote, y ahora la da Telecinco. Heroinómanos, picoletos, curas… Parece que lo mío son los personajes de mucho construir… En los tres casos, son producciones pequeñas, de autor, festivaleras. Me siento optimista. Dentro de lo malo, sigo estando ahí. 

 

- Bendito optimismo.

- Quizá lo vea así por mi trayectoria, que ha estado marcada por la suerte. Esta es una profesión donde el azar cuenta mucho. Evidentemente, hay que estudiar, tienes que prepararte al máximo y poner toda tu dedicación cuando te llega una oportunidad porque hay mucha competencia y la oferta es limitada. Pero luego entra en juego el factor suerte, y a mí me ha acompañado desde el principio.

 

- ¿Desde el principio? 

- Desde antes de dedicarme a esto de forma profesional. En mi primer año de estudiante en la escuela de Juan Carlos Corazza me presenté al casting para un corto de fin de curso que hacían en la Escuela de Cine. Fui por probar y me cogieron. A la primera. El año siguiente me presenté a las pruebas de La pistola de mi hermano y me cogieron de nuevo. Un año más tarde, aún en la escuela, hice Shacky carmine. Sé que no es lo habitual, pero en mi caso ocurrió así, fue todo tan rápido que empecé a trabajar antes de plantearme si quería dedicarme a esto.

 

- ¿No lo tenía claro? 

- No. Había empezado Periodismo, pero a mitad de curso vi que no me molaba. En ese momento recordé lo mucho que disfruté la asignatura de Drama que cursé en EEUU mientras estudiaba tercero de BUP. Preparamos una versión de Hello, Dolly!, todo en plan amateur, pero me lo pasé muy bien. Así que decidí probar con Corazza. Primero me dijeron que no. Como el curso estaba avanzado, ya no cogían a nadie, pero al final me admitieron. De nuevo, la suerte. 

 



 

- ¿Qué buscaba cuando llamó a esa puerta?

- Probar, curiosear, divertirme. Jamás me planteé hacerme actor profesional. Siempre me he sentido cercano a la cultura, me encanta la lectura y oír música, pero no tengo referencias familiares en este mundillo. Mi padre trabajó en AENA y mi madre en una gestoría, que es lo más alejado que hay de la interpretación. Me apunté solo por probar, y resulta que me fue bien. Tanto, que aún estaba con Corazza cuando me escogieron para Aunque tú no lo sepas

 

- ¿Cuándo pensó que había posibilidades de que este fuera su oficio?

- Tras La pistola de mi hermano me dije: “Esto mola”. Pero aún no lo veía como un trabajo. El dinero que gané con la película lo gasté en irme con un colega a conocer Nueva York. Tenía 20 años y lo último que me planteaba era encontrar un oficio. De hecho, todavía seguía picoteando. Me metí en Sociología y empecé Historia Universal por la UNED. Con el tiempo me he dado cuenta de que esos estudios paralelos me han ayudado a ser mejor actor; saber más te da más armas para afrontar los papeles. Empecé a verlo claro en el rodaje de Aunque tú no lo sepas.

 

- ¿Qué vio?

- Pude aplicar lo que había aprendido en la escuela para construir un personaje con rigor y no tirando de pequeñas cosas mías. En aquella película Gary Piquer y yo teníamos el mismo papel con distintas edades, así que tenía que fijarme bien en cómo él hablaba, andaba, fumaba… Fue la primera vez que me lo tomé en serio, con miras de que este podía ser mi trabajo. De hecho, al acabar aquel rodaje me independicé. 

 

- Usted no fue entonces ese niño que ensayaba ante el espejo.

- No, nunca he sido mitómano, y menos de intérpretes. Mi mayor gesto mitómano fue colgar a los 18 años en mi habitación el cartel de El cielo protector. Y porque me encantaba la novela de Paul Bowles… Pero nada más. Sí he sido siempre muy payaso. A posteriori, tanto mi madre como mis hermanas me han dicho: “Con lo payaso que eras, estaba claro que te dedicarías a esto”. De niño me gustaba inventarme personajes, pero solo por jugar, que al final es en lo que consiste la interpretación. 

 

- Lo cierto es que empezó jovencísimo.

- Sí. Creo que ese es otro factor que me ha ayudado. Descubrí este oficio cuando no tenía nada que perder y vivía sin presión, no como otros compañeros que empezaron más tarde y se jugaban mucho más si se tiraban un año sin trabajar. Yo ese miedo de “Quizá si me he equivocado y no puedo vivir de esto…” lo sentí después, al hacerme profesional. 

 




 

- ¿Sabría definir qué le atrajo de ser actor?

- En realidad, lo descubrí cuando hice teatro en aquel instituto de EEUU: interpretar engancha. Luego viene la preparación, el oficio, la responsabilidad y todo eso. Pero en un primer momento, lo que atrae es lo mucho que disfrutas haciendo un papel. Si vences el miedo al ridículo, es una sensación fantástica. 

 

- ¿Esa sensación se mantiene a lo largo del tiempo?

- Va cambiando. La experiencia te permite afrontar papeles más complejos, ser más directo y divagar menos. Es casi magia: de pronto encuentras la voz de ese personaje, cómo anda, cómo mira… Parece intuitivo, pero para llegar ahí has de hacer antes un trabajo previo. Es como eso que dicen los escritores: la inspiración existe, pero debe pillarte trabajando. En condiciones normales, un actor que ha hecho 50 películas es mejor que otro que solo ha hecho 10 porque tiene más bagaje, dispone de más herramientas para encarar los personajes que le vengan. 

 

- ¿Se puede sacar alguna conclusión por el tipo de papeles que suelen ofrecerle a un actor? 

- Está claro que todos transmitimos algo. Yo tengo mi voz, mi mirada, mi cuerpo… A menudo me piden registros que ya conocen de otros trabajos míos anteriores: ese mundo interior, esa mirada un poco turbia… La gracia está en salirte de ahí y hacer algo diferente a lo que hiciste. De todos modos, más que los personajes interesantes, a mí me ha atraído involucrarme en proyectos que me gustaran.

 

- ¿Y lo ha conseguido?

- Sí. En esto también he tenido mucha suerte. Debuté con La pistola de mi hermano y la gente que hacía películas de autor empezó a llamarme. Si hubiera empezado con películas comerciales, quizá me habrían llamado para ese tipo de cine. Y he hecho productos generalistas, tan dignos como los otros, pero es inevitable que me sienta más cerca de algo que, como espectador, aprecio y disfruto más. En ese sentido, he tenido la suerte de participar en películas que a mí me habría gustado ver en el cine. 

 

 

- Marian Álvarez es su mujer y comparten rodajes. ¿Cómo es eso de trabajar con la pareja?

- Lo llevamos muy bien. Ninguno somos de llevarnos trabajo a casa. Incluso si hemos compartido papeles protagonistas, como en Morir, nos hemos ceñido al trabajo con el director y nunca hemos ensayado juntos en casa. Jamás hemos tenido problema por esto. Nos conocimos en el rodaje de A golpes, donde hacíamos precisamente de pareja. Nos parece sano, aunque tiene un poco de trampa. Es cierto que con esa persona tienes una confianza y unos códigos establecidos, pero ni ese personaje que interpretas es como tú, ni el que hace ella es como ella. Ahí toca desmontar la confianza que traías y ganarte a la persona desde otro sitio. A nosotros nos ayuda el hecho de que los dos somos unos enamorados de nuestro trabajo. Lo llevamos de una forma muy natural. 

 

- Habla más de cine que de televisión o teatro.

- Yo me he encontrado mejor en películas pequeñas, de autor, donde tienes una relación con el director que te permite ir de su mano para contar la historia y puedes aportar. Series he hecho menos, pero también las he disfrutado. La tele tiene la inmediatez, llegas y resuelves, pero sin sentirte parte de la historia. Y con el teatro tengo una relación más distante. Sobre todo, después de mi último montaje, el trabajo con el que más he sufrido. Me hizo cogerle un miedo que espero quitarme algún día. 

 

- ¿Qué le ha enseñado esta profesión?

- La importancia que tiene, mayor de lo que se dice. Esto es algo que debo a compañeros como Karra Elejalde. Tuve la suerte de coincidir con él en La Pistola de mi hermano y le considero mi padre putativo porque me enseñó la responsabilidad que tenemos quienes nos dedicamos a esto. El intérprete habla del alma de las personas, nuestro trabajo ayuda a la gente. Lo hemos visto durante la pandemia: la cultura es lo que nos ha ayudado a sobrevivir o, al menos, a llevarlo mejor. Se ha consumido música, cine y series como nunca. La cultura es necesaria, nos hace mejores, más libres, más conscientes de quiénes somos y quiénes queremos ser. Nos muestra caminos. 

 

 

- ¿Diría que la gente tiene esa percepción de su trabajo?

- Vivimos en una sociedad muy polarizada: hay una parte que sí nos ve así y otra que está en las antípodas y nos llama subvencionados y titiriteros con desprecio, aunque a mí esta última palabra no me parece un insulto. No sé si es por cuestiones sociales, educativas, políticas… No entiendo cómo algo que fuera se valora tanto, aquí nos dediquemos a denostarlo abiertamente. Me sorprende cuando muchos dicen que, por norma, no ven cine español. Lo dicen por prejuicios, no porque no les guste. Un amigo me contó una anécdota relacionada con esto que le ocurrió en un taxi.

 

- Cuéntemela.

- Hablando con el taxista, este le dijo aquello de: “Yo nunca veo cine español”. Y mi amigo le contestó: “Pues yo cojo taxis aquí porque no tengo más remedio, porque no hay nada como los taxistas de Londres o Nueva York. ¡Qué respeto tienen, qué bien conducen!”. Hemos asumido como normal que alguien desprecie algo sin conocerlo antes, simplemente por cuestiones políticas.

 

 

- ¿Detrás de dicha situación sigue estando la política?

- Es así. Y lo cierto es que esta profesión siempre está en crisis, gobierne la izquierda o gobierne la derecha. Yo me considero un privilegiado porque puedo vivir de esto, pero conozco la dura realidad de muchos compañeros y veo el desprecio que recibimos de una parte de nuestros conciudadanos. Parece que hay un poco de miedo o vergüenza, incluso en la izquierda, a hacer que nuestra profesión sea más justa. No se trata de recibir más ayudas, sino de reconocer que nuestra profesión es diferente a otras, que tiene ciertas debilidades, que es discontinua. En Francia, Italia o EEUU sí cuidan a sus creadores, los consideran un elemento esencial del país. 

 

 

- Este 2020 está siendo especialmente duro. ¿Qué le pide al futuro?

- Seguir trabajando. Todo me vale, de todo aprendo. Si eres padre de dos críos, como es mi caso, sientes una mayor responsabilidad. Mantienes tus sueños, pero pasan a un segundo plano. Solo deseo trabajar, jamás he ambicionado premios o reconocimientos. Están bien, y ojalá vengan, pero no son mi objetivo.

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