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23-03-2020


Antonio Medina


“Un actor debe aprender a escuchar antes que a hablar


Con más de 60 años de teatro, televisión y cine a sus espaldas, Antonio Medina es un ‘último mohicano’ que aún siente el veneno de la interpretación mezclada con la rebeldía en su sangre de “viejo cómico”



PEDRO PÉREZ HINOJOS

El salón Tirso de Molina es el corazón neoclásico del madrileño Teatro Español, una armoniosa estancia con vistas a la plaza de Santa Ana en el que los primeros actores y actrices recibían a sus amigos, familiares e invitados. Cuesta imaginar un sitio mejor para citarse con Antonio Medina (Carrión de los Condes, Palencia, 1936), a quien solo le falta tener las llaves del edificio para convertirlo en su casa. Fue uno de los escenarios de sus inicios hace más de 60 años. Lo es también de su trabajo más reciente, El sueño de la vida, la versión que hizo Alberto Conejero de La comedia sin título de Lorca. Y lo seguirá siendo, al menos por su parte. Porque lo que comenzó como una “golfada”, aunque muy trabajada, se terminó convirtiendo en una adictiva forma de vida. Los clásicos del Siglo de Oro y del teatro contemporáneo a las órdenes de los mejores directores; los títulos de ficción míticos de la incipiente TVE, con los Estudio 1 por delante; los papeles en series de éxito como Turno de oficio, Al salir de clase o Manos a la obra; y sus peripecias de empresario y autor teatral, son los jalones de una carrera imponente. De ahí que no exista espacio más idóneo para honrarla solemnemente que el mencionado salón Tirso, aunque la imagen que devuelvan sus lujosos espejos sea la sonrisa burlona de un octogenario que no lo aparenta ni de lejos. Porque por más que se presente como “un viejo cómico”, se antoja difícil reconocer tal naturaleza en su planta, su talante, su memoria sembrada de mil anécdotas y su voz potente y cristalina, que en tono zumbón saluda al anfitrión de la sala con un “don Tirso, ¿usted también por aquí?”. 


– Ha superado con creces las seis décadas de carrera y no tiene pinta de querer parar. ¿O se ha puesto fecha de caducidad?

– Yo sigo a pies juntillas lo que se decían unos a otros los músicos del Titanic cuando se iba a pique. “¿Qué hacemos ahora?”, preguntaron unos. “Seguir tocando”, respondieron otros. Pues eso, mientras esto no se hunda del todo, yo seguiré trabajando si me dejan. Los actores vivimos como personas normales. Tenemos nuestros problemas, nos va bien, mal o regular, alternamos las alegrías y las tristezas. Pero la profesión es eterna, no te abandona aunque quieras. Al menos, hasta que no ocurra lo que decía Fernán Gómez: el actor existirá mientras tenga memoria; si se va, el actor se va también, porque eso de los pinganillos es un invento odioso. Los papeles hay que estudiarlos, saberlos, comprenderlos…

 

– Pues no parece que usted tenga problemas de adaptación a la modernidad.

– Hay nuevas formas de afrontar el trabajo. Yo no voy a decir que son mejores o peores. Siempre es complejo afrontar un personaje y desarrollar una labor colectiva. Yo he trabajado con los mejores. El más grande que conocí fue José Bódalo, un hombre de una categoría y de una cultura inmensas. Su facilidad para interpretar, para ser otro en un pestañeo, no se la he visto a nadie. Pero también trabajé con Closas, con Vico, con Lemos, con Rodero… Imagínate el aprendizaje que me dio eso. 

 

– ¿Qué le sigue enamorando de este oficio?

– Soy un anciano cómico, pero necesito seguir sintiendo la duda, el entusiasmo, los nervios, el amor… lo que viene a ser el veneno del teatro. Y mientras estemos aquí y el cuerpo nos respete, hay que justificar que vivimos. No hay más, porque gracias a Dios, económicamente tengo la vida ya resuelta.



– ¿Fue así desde que cambió Palencia por Madrid? ¿De dónde le vino el interés de ser actor? 

– Mi padre era un veterinario excelente y mi madre una maestra de escuela cultísima. Escribía maravillosamente. Siempre llevaré sobre mi conciencia no haber conservado sus cartas, que eran absolutamente cervantinas. Yo era un estudiante muy malo. Hice la mitad del Bachiller con los Maristas en Palencia, y cuando mi hermano se vino a Madrid a estudiar Derecho, yo me vine con él, terminé el Bachiller y empecé también Derecho. Pasaba todo el tiempo en la cafetería y allí empecé a rodearme de gente del teatro y de la literatura.

 

– ¿Ahí nació su vocación?

– Yo era un golfo, pero un golfo interesado por todo. Tenía una curiosidad enorme y probé en muchos campos. Quise hacer Periodismo y me suspendieron. Luego probé con la radio e ingresé en la escuela. Trabajé en Radio Nacional y me metí de lleno con las gentes de los teatros de cámara y del TEU. Llevo a gala formar parte de la generación que introdujo el teatro de vanguardia en las salas comerciales. Fuimos los primeros en representar una obra de Brecht en España, por ejemplo. Y también hicimos mucho Valle-Inclán antes de que se popularizara en los grandes teatros. 

 

– Su debut profesional fue una Orestiada con José Tamayo en 1959. Y prácticamente no ha parado desde ese momento.

– Así es, a raíz de aquel papel encadené obras. Solo con Tamayo estuve ocho años trabajando. Me decía [parodiando el acento granadino del célebre director]: “Muchacho, tú tienes una voz espléndida”. Además, seguía estudiando y trabajando con la Escuela de Radio y estaba matriculado en la Escuela de Arte Dramático. Al final no acabé ninguno de los estudios. El trabajo me fue absorbiendo.



– También en aquellos inicios conoció a su mujer, Sonsoles Benedicto, con quien compartió distintos trabajos. ¿Habría sido igual su carrera sin una compañera así?

– Coincidimos en Divinas palabras, pero no nos hicimos ni caso. Luego volvimos a coincidir y empezamos a salir, peleamos 20 veces y terminamos casados. Mi vida es inimaginable sin ella, una mujer extraordinaria, una actriz como la copa de un pino.

 

– Casi desde el principio compaginó el teatro con la televisión. ¿Cómo se las apañaba?

– He hecho muchísima tele. Mi primer trabajo, allá en el paseo de La Habana, fue en una serie de Álvaro de la Iglesia al lado de un personaje maravilloso como Luis Sánchez Polack ‘Tip’. Aquella época era delirante, hacíamos televisión de una manera peregrina, encadenando trabajos uno tras otro, en estudios minúsculos, incluso sujetando los decorados mientras los compañeros hacían la escena. Yo salía cada semana en una serie. Una cosa de locos.

 

– Tampoco le fue mal en otras épocas posteriores. Ha compatibilizado funciones con personajes principales en títulos televisivos de los años noventa y del nuevo siglo. ¿Lo llevó mejor?

– Pues no sé qué decirte. Estuve tres años con el papel del director en Al salir de clase y no caí en el empeño de milagro. Grabábamos a capítulo diario. Y yo hacía teatro al mismo tiempo. Hasta me metí en giras, cogiendo aviones, yendo de acá para allá. Fue tremendo, aunque como profesional lo agradeces, es un buen recurso. Siempre hay cosas peores.

 

– ¿Por ejemplo?

– Ser actor invitado [risas]. Yo lo he sido en muchas series y lo pasas fatal. Llegas a un sitio donde los compañeros ya llevan sus personajes y las tramas encarrilados, mientras que tú andas perdido y angustiado porque te dan el texto el día antes. Es horroroso.

 

– Menos se ha prodigado en el cine. ¿Por voluntad o a la fuerza?

– He hecho una veintena de películas, pero el cine y yo no hemos formado buen matrimonio. Esa es la verdad. Pese a todo, le tengo mucho respeto. Es complejo hacer cine, tiene sus códigos y su dificultad, no es sencillo sostener un primer plano. Por eso no estoy de acuerdo con los que dicen que cualquier actor puede hacer cine. Recuerdo que en una tertulia con compañeros uno dijo eso precisamente: “Una película la hace el primero que pasa. De Sica cogió a un ciclista; Rossellini, a Ingrid Bergman y a unos paletos… Hasta Rin Tin Tin lo hizo un perro”. Y mi querido Manolo Alexandre, que estaba allí, le respondió, genial: “Es que era el actor que tenía más cara de perro”. 



– La verdad es que le han quedado pocos palos por tocar en la profesión. Ha sido actor de doblaje, ha cantado, ha tenido su compañía, ha dirigido obras de teatro y musicales… Hasta ha escrito sus propios textos, como aquel Inmortal Quevedo que presentó en 1980, con el que le dio la alternativa a un chaval de nombre Juan Echanove. ¿Dónde se ha sentido más cómodo?

– Sobre todo, soy un apasionado de la lectura. Mi mundo es un libro y un papel, necesito repasar, tocar, anotar… Ahora parece que eso está pasado de moda. Tanto, que un amigo está empeñado en grabar mi voz leyendo ese Quevedo que escribí. Creo que un texto tiene todo el sentido y despierta la sensibilidad al ser leído; es un crimen escucharlo en una grabación. Pero parece que la civilización va por ahí. Aunque ya puestos, si conseguimos que de esta manera un poco cínica la gente conozca a Quevedo, bendita sea la voz grabada.

 

– Es llamativo que precisamente usted, tan elogiado por su voz, le reste méritos.

– Nada de eso, pero te voy a contar algo. Cuando estaba empezando, coincidí en una función con Ismael Merlo, abuelo de Luisito Merlo y actor colosal, y debí hacerle un comentario seguramente estúpido durante un ensayo, porque él me respondió: “A mí me enseñaron que lo primero que debe hacer un actor es escuchar”. Fíjate qué cosa más simple. Pues es una verdad como un templo. Más importante que hablar, que hacerse entender, un actor debe saber escuchar, no perder puntada del diálogo con los compañeros, porque actuar es un acto de comunicación. Y si no atiendes a los que te rodean, es imposible meterse en la acción y proyectar, que es de lo que se trata.

 

– ¿Y qué más hace falta para dar la talla?

– En este oficio dependemos de mil cosas: el estado de ánimo, el texto, el director, los compañeros… Y en eso nos va también matizar modos, gestos, tonos. Un actor aprende mucho observando a los grandes. Así aprendíamos en mi generación y así también debería ser ahora, aunque quizá no tengan tantos espejos en los que poder mirarse.

 

– ¿Cree que el pasado fue un tiempo mejor para los actores?

– Soy un enamorado de mi época, como no podía ser de otro modo, y sin ánimo de ser grosero y ofensivo con la profesión en la actualidad, creo que lo hacíamos muy bien. Amo y admiro a los actores jóvenes, y creo que algunos son magistrales. Pero deben luchar contra la linealidad tanto en la vida como en el trabajo. Ser lineal es apuntarse a un solo concepto, a un solo matiz, a un solo sentimiento. Y tanto vivir como interpretar es mucho más complejo que eso. Es lo que yo más echo de menos. Y sé que se pueden reír de mí si les doy ese consejo. Pero se lo dice un viejo cómico que de otra cosa no sabrá, pero de matices y detalles y de saber empeñarse con todas las consecuencias, controla un rato.

 

– ¿En qué se empeñaría ahora?

– He hecho tanto en mi vida que no creo que me falte nada por hacer. Yo soy un anciano cómico que ama el teatro y tiene necesidad de hacer teatro, sobreponiéndome a mis miedos, que los tengo. Y sería capaz de volcarme en un empeño que mereciera la pena, con las seguridades mínimas, pero listo para afrontar el éxito y el fracaso. Por lo demás, solo aspiro a seguir viajando mucho y a seguir cruzándome con gente interesante con la que dialogar, charlar y pasar ratos deliciosos.



De la mirada de Irene López Heredia a los piropos de Antonio Banderas

La prolífica y exitosa trayectoria de Antonio Medina podría quedar acotada por dos recuerdos. Uno, en la lejanía del final de la década de los cincuenta, tiene forma de mirada: “Un día me dijeron que buscaban gente para la Orestiada. Yo, amateur aún, fui creyéndome Dios. Me tocó el texto de Egisto y la réplica me la daba una de las grandísimas actrices de nuestra escena, Irene López Heredia. Leí muy bien, y de vez en cuando la miraba a ella, que no apartaba la mirada de mí. Luego tomó la palabra y quedé embrujado. Aquella mujer, una actriz de una categoría insuperable, me miraba y me hablaba a mí, un don nadie de 20 años, como si fuera Gassman, con una fuerza y una intensidad increíbles. Y entonces me dije: “Coño, esto es otra cosa”. El segundo recuerdo es de unos meses atrás y está enhebrado por un cruce de piropos: “Tengo una bonita amistad con Antonio Banderas. Nos caímos bien cuando, siendo él casi un niño, coincidimos en El caso Almería. Vino a ver la obra en el Español y cuando terminó me saludó. Me dijo, cariñosísimo: “Antonio, qué gusto da verte, qué hondura, qué voz… Y cuánto aprenden los actores jóvenes de ti”. Le respondí que de los actores jóvenes también se aprende. Yo aprendí de él cuando, con apenas 20 años, le vi hacer un magistral Eduardo II con Alfredo Alcón en el María Guerrero”.

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