twitter instagram facebook
Versión imprimir
21-07-2020

Archivo AISGE (2018)



Me dan igual las obras o las series que haga, lo que me importan son los compañeros”


Antonio Vico atesora una intensa carrera de más de cuatro en décadas tanto en teatro como en televisión, aunque su mayor vanagloria es formar parte de una familia aún más grande que la de los Vico: la de los actores



PEDRO PÉREZ HINOJOS

Pocos pueden presumir de formar parte de una estirpe artística que se remonta a los primeros años del siglo XIX. Antonio Vico (Madrid, 1956) es uno de esos privilegiados. Y no presume de ello, aunque sí de ellos y de ellas. Nieto de los célebres Antonio Vico Camarero y Carmen Carbonell e hijo del malogrado Jorge Vico, lleva 40 años largos de andadura en el mundo de la interpretación. Supera el medio centenar de montajes teatrales, que abarcan todos los géneros, trabajando al lado y a las órdenes de los mejores. Ahora toca las Tres hermanas de Chéjov con dirección de Raúl Tejón. También es prolífica su trayectoria en televisión, con títulos tan memorables como Anillos de oro o El olivar de Atocha. Pero cuesta que hable de su trabajo, más allá de reconocerse un actor trabajador “que pisa la tierra y sabe hasta dónde llega”. Más a gusto habla, y no para, de sus antepasados, de los que fueron sus contemporáneos, de sus compañeros y de mil y una anécdotas y aprendizajes con todos ellos. De este torrente de memoria se entresaca que el verdadero orgullo de Antonio Vico no es tanto el oficio como pertenecer a la gran familia de los Vico y, aún más, a la tribu invencible de los cómicos.


- Lo de haber nacido en una dinastía de actores con más de dos siglos debe pesar. En su decisión de seguir los mismos pasos, ¿cuánto hubo de vocación y cuánto de inercia?

- No te dedicas a esto por seguir la dinastía. De hecho, mi hijo no va a seguir mis pasos; se dedica al audiovisual, pero tras la cámara. Lo que pasa es que cuando tú, desde los tres o cuatro años, vas a un teatro y ves a tus abuelos o a tu padre junto a otros adultos, disfrazándose en un camerino y luego saliendo al escenario, empiezas a decir: “Yo quiero jugar a eso, a echar mentiras igual que ellos”. Luego vas creciendo, te ilusionas y te lanzas de lleno. Hasta que te enfrentas a una función de teatro o un rodaje de cine o televisión y ves que no es todo tan maravilloso. Pero te gusta.


- ¿Le ha perjudicado alguna vez ese apellido de tanto prestigio?

- A mi familia no solo la conocía mucha gente, sino que era queridísima. Esa es la única herencia que dejaron realmente: el amor que le tenían. Berta Riaza, Ferrándiz, Enrique Diosdado, Amelia de la Torre, Bódalo… Eran amigos de siempre y me acogieron y me cuidaron con cariño. Me enseñaron con mucha paciencia. Me subían al escenario y me corregían lo que hacía mal, porque me atropellaba, no hacía pausas, ponía caras… Necesité mucha ayuda, al contrario que Pedro Mari Sánchez, Juan Ribó o Juan Calot, que son, en mi opinión, los mejores actores de mi generación. Lo suyo es talento puro. Lo mío ha sido trabajar y aprender.


- No todo tiene que ver con la genética, entonces.

- Pues al menos en mi caso, no. Yo veía a Juan Ribó en Equus o a Pedro Mari Sánchez en La Gaviota y me decía: “¿Pero por qué no seré yo así? ¿Cómo lo pueden hacer tan bien?”. Son impresionantes. Y yo no puedo tenerles envidia, solo puedo admirarles.



- Su abuelo Antonio, considerado uno de nuestros grandes actores del siglo XX, ¿no le dio consejos?

Mi abuelo nunca quiso que mi padre y yo nos dedicáramos a la interpretación. De hecho, yo solo di el paso tras morir él. Tenía 16 años. Por otra parte, jamás hablaba de teatro o de sus compañeros, pero era muy estricto con el trabajo. A veces me dejaba acompañarle al teatro, pero no dejaba que jugara. Me mandaba estar callado en un rincón con un tebeo. Y sí me dio un consejo, aunque no era suyo. Las últimas Navidades que pasamos juntos dejamos de jugar a abuelo y nieto y se abrió un poco más. Me dijo: “Mira, en esta profesión hacerlo mal es difícil, pero hacerlo bien es la hostia”. También me pidió que le leyera el monólogo de Polonio cuando se despide de su hijo Laertes en Hamlet. “Pon tu oído a todos y tu voz a pocos”, dice este texto. “Ese es el consejo que te dejo en herencia”, me soltó. Poco a poco lo fui comprendiendo y traté de seguirlo, aunque a veces no he podido.


- ¿Su abuela también le puso reparos?

- Ella no tenía ninguna afición al teatro, pero poseía un don natural. Su padre, que era pianista, abandonó a la familia, así que mi bisabuela, que conocía al dramaturgo Eduardo Marquina, le pidió que les echara un cable. Las colocó en la compañía de María Guerrero, fíjate qué comienzo. Por ahí empezó. Pero luego estuvo 10 años con la Xirgu; era su cover, ¡casi nada! Y eso que para ella esto era un entretenimiento. Después hizo mucho teatro con mi abuelo, y al cine llegaron tarde, como decía ella. Pedro Olea la llamó para hacer Un hombre llamado Flor de Otoño y empezaron a llamarla de todas partes. Pero por entonces murió mi padre y mi abuela se olvidó de todo. Se quedó con su pena. Solo Berlanga la convenció para que apareciera en Nacional III, donde se portaron de maravilla, y ahí se acabó. Yo quise muchísimo a mi abuela.


- La prematura muerte de su padre, Jorge Vico, debió ser un golpe desgarrador para usted. 

- Entiendo que debió ser difícil ir perdiendo terreno para un actor que empezó desde tan alto. No supo cómo afrontarlo. Me decía Juan Diego que no recordaba las veces que le llamaron de televisión para que sustituyera a mi padre, que abandonaba las grabaciones de buenas a primeras. Así se fue perdiendo poco a poco. Supongo que eran miedos, inseguridades, lo que le bloqueaba. Y poco a poco se fue dando a la bebida. Antes me costaba hablar de esto, pero ya no me da reparo. Empezó a beber para coger fuerza, quiero creer, pero no remontó. Y se nos fue.


- Centrándonos en usted: con semejante familia pululando en casa, algún aprendizaje se le quedaría para la preparación de los personajes, el manejo de las emociones...

En mi casa cada uno tenía su método. Mi abuelo se escribía el texto en un papel y lo llevaba a todas partes para ir estudiándolo. No le gustaba llevar ropa nueva cuando actuaba, no concebía que un actor fuera creíble con ropa nueva y planchada, a no ser que lo pidiera el texto. Compraba ropa vieja en el Rastro. La que llevaba en Mi tío Jacinto, por ejemplo, se la compró a un mendigo directamente. Mi padre, al ser más moderno, se grababa el texto en un magnetofón. Y mi abuela llevaba el libreto por toda la casa, lo mismo te lo encontrabas en la cocina que en el baño. En cuanto a preparar los personajes y las emociones, recuerdo una escena de un Estudio 1 con José Bódalo en la que él me cogía por la pechera, me empujaba contra la pared, me echaba una charla y yo tenía que acabar llorando. Él me dijo: “Mira, Antoñito, tú ahora no pienses ni en tu padre, ni en tus abuelos ni en chorradas. Tú solo mírame a mí, no me pierdas de vista”. Fue empezar a grabar, cogerme de la solapa, tirarme contra la pared y hablarme a gritos, y me dio una llorera que continuó incluso cuando gritaron “¡Corten!”. Aprendí que no hay que sugestionarse ni buscar nada en el interior, tienes que estar centrado en lo que estás contando, solo así ha de brotar la emoción.

- Alguna vez ha comentado que no le gusta que le digan que se parece a su padre o a su abuelo actuando. ¿Por qué?

- Cuando Raúl Tejón me llamó para hacer Tres hermanas y me dijo que me quería para el papel del doctor alcohólico, yo le dije: “No sé lo que es beber, pero por desgracia sé lo que es ser alcohólico”. Y cuando mi mujer, también actriz, vio la obra, me dijo: “Parece que tu abuelo se ha metido dentro de ti”. Ha sido el piropo más bonito que me podían decir, aunque siempre me ha dado mucha vergüenza que me digan que me parezco a él. Mi abuela me contaba que había algunos actores que trataban de imitar a mi abuelo, y supongo que por eso me daba tanto corte.




- En su carrera teatral no son tan abundantes los papeles dramáticos como ese. Hay más comedia. ¿Ha sido algo escogido por usted?

- Precisamente yo se lo preguntaba a Adolfo Marsillach, que supo sacar lo mejor de mí cuando estaba en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y él me contestaba: “Haces más comedia porque tienes una cara con tan poca gracia que, cuando sales a escena, empiezas a hacer unas cosas tan raras que a mí me encantan y la gente se ríe”. Por eso siempre he hecho galanes cómicos. Menos en La vida es sueño, que me tocó el personaje de Astolfo, lo peor del mundo. Me lo reconocía Marsillach: es muy difícil meterle mano a ese personaje. Y admito que lo hice fatal porque no me lo creía: saliendo con la espada, soltando el texto… Afortunadamente, allí estaba Pedro Mari Sánchez haciendo de Segismundo, una maravilla.


- También abunda más la televisión que el cine. 

He hecho pocas películas, y no muy buenas. Por eso hablo de las que hicieron mi abuelo y mi padre [risas]. Y sí, he hecho muchísima televisión, desde Estudios 1 hasta Águila Roja pasando por Curro Jiménez, además de papeles protagonistas en Anillos de OroEl olivar de Atocha o GéminisAhora parecen haberse olvidado de mí y no me llaman ni para un casting. Así es esta profesión, aunque yo tengo la suerte de haber trabajado y aprendido con los mejores.

- Y tan afortunado se siente que no es fácil que hable de usted mismo. Prefiere hacerlo de sus maestros y compañeros.

- Es que en realidad tengo poco que hablar de mí. Solo soy un actor que ha tenido la suerte de trabajar. Es más divertido hablar de lo que yo he vivido con ellos que de mi vida. A mí me da igual la obra o la serie que haga, lo que me importan son los compañeros. Si me preguntas, por ejemplo, por Bajarse al moro, yo digo Bonilla; El olivar de Atocha es Nacho Martínez o Rafael Alonso; Amantes, Julia Navarro o Rafael Delgado; Papá Noel es una mierda, Rafa Núñez, que no puede estar mejor; o ahora en Tres hermanas, Ana Fernández, que es la hostia. Hay actores que te quieren hacer sombra en un plano o llaman la atención en una escena para quitarte protagonismo, pero estar y trabajar con compañeros de verdad es gloria.


‘Anillos de oro’ y la trampa de Pedro Masó

Anillos de oro, una serie que narra las vicisitudes de un despacho de abogados especializado en causas matrimoniales, con el telón de fondo del divorcio recién aprobado en España, fue uno de los títulos más exitosos de los años ochenta. Emitida en el otoño de 1983, por ella pasaron los mejores actores del momento, en un plantel encabezado por Ana Diosdado, Xabier Elorriaga e Imanol Arias bajo la dirección de Pedro Masó. En ella Antonio Vico era Dani, el hijo de la letrada Lola, el personaje de Diosdado. “Es el papel que más fama me dio. Salía de mi casa y en la calle había chicas esperándome para pedirme autógrafos. Aunque luego estuve ocho meses en paro”. Pese a ello, son muchos los buenos recuerdos que guarda Vico de la serie. Como el de la grabación de una de las últimas secuencias, cuando muere su padre en la ficción (Elorriaga) y él recoge las cosas de su habitación junto a Diosdado sin apenas diálogo. “Acabada de morir el padre de Ana, Enrique Diosdado, y Masó se tiró todo el tiempo antes de rodar recordando que le admiraba. A mí también me pilló por banda, contándome sus recuerdos de mi padre. En cuanto empezamos a hacer la escena, nos pusimos a llorar los dos. Sin parar. Gritaron ‘¡Corten!’ y todo el equipo lloraba. Incluso Masó, que en realidad nos tendió una trampa, removiéndonos por dentro para sacar de un tirón esa escena”.

Versión imprimir

Contenidos Relacionados