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29-04-2020

Armando del Río


“Los actores dependemos de mucha gente para la que no somos nada”

Aún no entiende su larga carrera en un oficio en el que siempre ha ido por libre y cuya frustrante inestabilidad ha hecho que pruebe como director y productor. Se cansó de repetir tomas en ‘Jamón, jamón’ y llegó por casualidad a ‘Historias del Kronen’

 

 

FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Hubo un tiempo, hará unos cinco años, en el que Armando del Río ensayaba los papeles con su hija en brazos. Frente a él, su mujer, la también actriz Laia Alemany. Pasaban el texto de Danny y Roberta, la obra que estrenaron juntos en la madrileña sala Mirador. Si las palabras del libreto eran de amor, dejaban que la niña escuchara, pero en el momento en que tocaba interpretar discusiones, llamaban a una niñera. Eso ocurría por las noches, cuando él llegaba a casa tras las duras grabaciones de Amar es para siempre.


   Cumplidos los 50, el actor zaragozano se reconoce en buen momento (al menos hasta que empezó "todo esto"). El año pasado rodó una película en Holanda. En televisión le vimos recientemente con El nudo, una de las últimas apuestas de Atresmedia, y además figuraba desde febrero entre los protagonistas de El último show, la primera ficción producida por Aragón TV. La pequeña pantalla le ha reclamado una y otra vez a lo largo de sus tres décadas de carrera. Desde Compañeros y Hospital Central hasta Bajo sospechaGran Reserva o Sin tetas no hay paraíso. Atrás quedan los estudios en la escuela de Cristina Rota y aquel A puerta cerrada de Sartre con el que se estrenó encima de las tablas. 


   Pero Del Río piensa sobre todo en el futuro. De ahí que haya montado una productora, de nuevo junto a Alemany. Y que se haya pasado detrás de la cámara para la dirección de cortometrajes como Karma (2018), con Fernando Ramallo, Alejandra Lorente y Unax Ugalde en el elenco.


– ¿Qué le ha llevado a dirigir y producir?

– Si tuviera que elegir mi profesión otra vez, probablemente no lo haría. Estoy harto de ver a compañeros que, al llegar a los 70 o a los 80 años, viven en la incertidumbre extrema. Desconocen cuándo y en qué condiciones trabajarán. Yo no quiero esperar durante meses a que me llamen de una serie o trabajar a cualquier precio. He rodado al menos tres largometrajes por los que no he cobrado. Quedo con el director en llevarme una parte del capital, pero los beneficios en taquilla no llegan, y cuando las películas se venden a las televisiones al cabo de los años, ya ni me acuerdo de con quién firmé nada.


– ¿Hasta qué punto son los demás quienes escriben su carrera?

– Podemos poner nuestra mejor intención y todo nuestro talento. Pero todo es suerte, la que llega de fuera y la que nos creamos nosotros mismos, que también se acaba. He tenido malas rachas, y hasta me he visto rescatando la colilla de otro de algún cenicero porque no me llegaba ni para tabaco. Los actores dependemos de mucha gente para la que no somos nada. De las reuniones en los despachos siempre se filtran rumores truculentos, y allí se dicen verdaderas barbaridades. Comentarios sobre nuestro físico: que si este es un enano y a la otra le faltan pechos.




– La industria… ¿Es usted de los que distingue entre trabajo vocacional y alimenticio?

– No, porque mi trabajo vocacional es ser actor. Y por otra parte, todo el trabajo es siempre alimenticio. Dentro de ahí, habrá personajes buenos y malos, historias mejores y peores. Hay textos que son una verdadera mierda, claro. Me dirijo a los guionistas si noto que algo está mal escrito o es poco respetuoso para con lo que queremos contar. Les pido que se pongan en mi lugar, que prueben a decir las frases en voz alta. O me quejo al director: si llevo yo la acción, ¿cómo es que me ponen de espaldas? ¿Importa más la reacción que la acción? ¿Para qué me sitúan allí si la acción está en otro lugar? Al final me olvido porque ese no es mi trabajo, pero el que sale mal en la secuencia soy yo. Creo que eso ha cambiado porque los directores de televisión cuidan mucho más las series.


– Ya hay quien advierte de un exceso en la producción, de una burbuja en las nuevas plataformas.

– Sí. Pero ya es mejor que lo que había antes, cuando eran tres y lo hacían todo entre ellos. Por mucha burbuja que haya, vayamos donde vayamos, no puede ser peor que aquella situación.


– Incluso cuando había poca oferta y poca producción se le veía en la pantalla. 

– Y no sé por qué, la verdad. A mí se me dan fatal las relaciones públicas, y nunca he pertenecido a uno de esos grupos de actores que se daban trabajo los unos a los otros. Quizás asistía a algún estreno, pero para emborracharme. Siempre he ido por libre, e intentando que no se me catalogara demasiado en un papel. Sí me tocaba, con más o menos reiteración, de chico bueno. El novio, el simpático. O algún galán algo insulso, como mucho. Mi papel en Historias del Kronen llegó de casualidad: Javier Bardem dijo que no a ese personaje.



– Esa película se consideró todo un himno generacional. ¿Se sintió retratado en ella?

– Pues mira: me pareció muy suave. Las juergas que me pegaba en Zaragoza y con los amigos eran más fuertes. En el Kronen apenas aparecen las pastillas, el MDMA. Yo lo probé todo, porque una vez que has dado el salto con una droga, te atreves con las demás. Y es que a mí me sentaban muy bien. No nos colgábamos de los puentes, pero sí hacíamos el animal con el coche. Yo me vine a Madrid a actuar después de incordiar muchísimo en casa, pero quienes se quedaron allí han acabado mal. Incluso en la cárcel. Como creador, siento que tengo pendiente contar cómo fueron aquellas fiestas. Naturalmente, todo eso queda hoy en el recuerdo.


– Después de décadas, ¿qué cosas sabe ahora que desconocía a su llegada a la capital?

– Cuando empecé en esto no tenía ni idea de dónde me metía. Viajé desde Zaragoza sin saber nada de nada. No hablo solo de conocimientos teóricos, como preparar un personaje o desgranar una escena, sino de lo más técnico: las marcas, la luz, la posición de los compañeros. ¡La de veces que repetí aquella toma de Jamón, jamón! Serían más de 30. Bigas Luna me iba cambiando la frase sobre la marcha. Era mi primera película.


– Y cuando se concentra en decir las palabras, ¿puede cargar con el personaje al mismo tiempo?

– Hay todo un trabajo anterior. El arco del ser, sus objetivos a largo plazo, lo que conserva en cada secuencia. Esa parte la traigo hecha de casa. Cuando estoy ante la cámara, eso lo dejo a un lado: solo tengo que decir el texto. Y más si aparecen dificultades concretas, de dicción o lo que sea. Ya me he acostumbrado a trabajar rápidamente y agradezco la rapidez. Repetir las tomas una y otra vez carece de sentido. No hay ninguna forma de que al actor le vaya a salir mejor a la undécima toma que a la tercera. Si no hemos encontrado lo que buscamos en la cuarta grabación, toca descartar que eso ocurra luego en una posterior. Entonces paramos, le damos la vuelta al texto, al rodaje o a la idea del actor. Pero repetir tomas porque sí no arregla nada.





 

Un aragonés frente a la España vacía

“Por fin, las productoras alojadas en Madrid están buscando rodajes fuera de la ciudad, y eso da trabajo en otras zonas. Pero de ahí a levantar una industria queda mucho. No hablamos de la España vacía, sino del mundo vacío. Tendemos a agruparnos en grandes metrópolis porque así es la estupidez humana, y no hay nada que yo pueda hacer al respecto. Si quiero trabajar, me toca vivir en la capital. En las ciudades pequeñas faltan cines, teatros, bibliotecas. Hasta algunos pueblos no llega Internet, que hoy es el principal canal de divulgación de la cultura. Y las administraciones hacen bastante poco. A ello se suma el problema de que los trabajadores de la agricultura y la ganadería cobran una mierda. Los campesinos se matan a trabajar por un dinero que al final acaban llevándose los transportistas e intermediarios. No es que resulte caro vivir en la ciudad, es que ni siquiera podemos quedarnos en el campo”.

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