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17-02-2021


Arturo Querejeta

 

“Dicen que con las series tenemos mucho trabajo, pero observo que eso no es tan cierto”

 


Le avalan 40 series desde su salto a la televisión hace tres décadas. Venía de descubrir el teatro clásico con Marsillach y antes se había curtido en obras de vanguardia. Hoy teme la precarización del oficio y que el ‘streaming’ desplace a las funciones en vivo



ALOÑA FERNÁNDEZ LARRECHI

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Atesora casi medio siglo sobre las tablas y cerca de 40 series de televisión, la última de ellas la alabada Antidisturbios. Pero Arturo Querejeta no tiene reparos en reconocer que no sabe por qué se acercó a la interpretación. Cuenta que en su juventud, cuando les pagaban con lo que sacaban de una rifa, se sintió un “misionero del teatro”. “Aquel era otro país, era otra España”, sentencia tras revivir sus inicios en la escena teatral del Madrid de los años setenta, los primeros pasos de una larga carrera que aún tiene mucho que aportar.

 

– ¿Qué recuerdo conserva de su Pacheco en Brigada central, su primer papel de relevancia en la pequeña pantalla? 

– Pacheco de mis entrañas. Tenía un tremendo éxito entre el camarero del bar o el taxista porque era un pendenciero. Era el típico policía a la vieja usanza, pegaba al detenido al más mínimo descuido. Era la policía de entonces, y sé que hubo gente dentro del cuerpo que alabó mi trabajo, aunque a otros no les gustaba porque daba mala imagen: el personaje era un borrachín, tenía problemas con las mujeres… Era un fiera, y no en el mejor sentido. Tenía un poso de hombre de extracción humilde que se había hecho a sí mismo, y aunque yo intenté darle un trasfondo humano, era tremendo. Lo recuerdo con gran afecto, ya no sé si a Pacheco o a la época, que fue especialmente placentera tanto en lo personal como en lo profesional.

 

Lleva en la televisión desde los ochenta. El medio ha experimentado grandes cambios, como la aparición de las plataformas. ¿Eso ha beneficiado a los actores?

– Ahora se dice que tenemos mucho trabajo con las series, y yo observo que eso no es tan cierto. Por cada producción puede haber seis u ocho personas fijas, los demás son personajes capitulares, salvo en las series diarias, donde el elenco principal es más grande. Puedes intervenir en todas las series que se graban en un año, imagínate que haces seis, aunque lo normal es la mitad. Siendo el invitado de capítulo, son dos sesiones o tres. Y si multiplicas, ¿quién vive solo con 12 sesiones? Pero has hecho seis series y has trabajado un montón… Ese horizonte es un poquito perverso. Es evidente que hay más trabajo, pero se diversifica tanto que a la gente le resulta difícil seguir manteniéndose. Esto me lleva a una teoría: la profesión está un tanto sobredimensionada en cuanto a costes, en cuanto a técnica, en cuanto a personal humano, en cuanto a todo. Y la tarta no alcanza. El espejismo muestra gran diversidad de trabajo, pero poquísima gente vive de ello. Ese es uno de los grandes problemas, y lo reflejan las estadísticas de AISGE. Y no se habla del tema, de que realmente hay un 80 por ciento de paro, pero un paro de más de dos o tres años. Hay gente que trabaja testimonialmente, tan poco que no puede llegar al final de la semana, no ya a fin de mes. Y quienes trabajan, encuentran condiciones difíciles, cosas que habíamos desterrado, como no dar de alta o no pagar los ensayos. Me preocupa.



– ¿Cómo vive la situación que atraviesa la cultura por la pandemia?

– Como todo el mundo, con una mezcla de ansiedad, aburrimiento y cabreo. Ansiedad, porque no sabes si las fechas se van a mantener o se caerán, ya que esto puede cambiar cada día. Aburrimiento, porque ya no sabes qué hacer, cuál va a ser tu rutina. Y mucho cabreo, cercano a la ira, por cómo se está gestionando a veces esta crisis y por las ganas de enredar que tienen los políticos, que hacen que la vida del ciudadano sea ostensiblemente peor. Por lo demás, es muy alentador que en un bolo reciente, en Alicante, con todo el protocolo del mundo, llegáramos a meter a casi 400 personas sin que hubiese ningún contagio. Desde el primer minuto notas que el público está contigo, el aplauso del final es estruendoso, y eso te da muchas ganas de continuar.

 

¿El espectador valora ahora más su trabajo?

– Sí. Todo el mundo es consciente del esfuerzo. Nosotros se lo agradecemos cuando nos abordan al final del espectáculo o cuando escriben emails. Vivimos gracias al público, es el que nos alienta, el que hace que subsistamos. Por otro lado, sé que es producto de la pandemia, pero hicimos una función por streaming, sin público, y me da miedo que determinados circuitos se acojan al hecho digital y se pierda lo que es básico: el vivo y el directo. Si eso es así, me bajo en la próxima, como diría Adolfo Marsillach. 



 Ha trabajado en más de 80 montajes. ¿Es el teatro su lugar favorito? 

– Son técnicas diferentes. Siempre he pensado que en el audiovisual, si no hubiera sido actor, me habría inclinado por la dirección. O incluso por ser cámara. Más que la actuación delante de los focos, me apasiona la composición de los planos, su montaje, que tengan una continuidad, una narrativa. En el teatro ocurre todo lo contrario: sales al escenario y el que decide, el que marca, eres tú.

 

– En su currículum teatral destacan los autores clásicos. ¿Ha sido casualidad o elección?

– En mi generación se había perdido la tradición del clásico, estábamos todos con Tennessee Williams o con Bertolt Brecht, muy lejos del Siglo de Oro. Pero esta profesión hace extraños compañeros de cama y nunca sabes dónde te va a llevar, y en 1986 aparece Marsillach al crear la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Adolfo me contrata en su segunda etapa, en 1992, cuando entramos una nueva hornada tanto de actores como de equipo. Estrenamos La gran sultana y posteriormente Fuenteovejuna. Y desde entonces hasta hoy, puede que haya entrado y salido de la compañía ocho o 10 veces, ya no me acuerdo. He llegado a entusiasmarme con el verso y el Siglo de Oro.

 

– De entre todas las personas que ha conocido durante su dilatada trayectoria, ¿hay alguna a la que le tenga especial cariño?

– Recuerdo con gran placer a José Carlos Plaza, Arnold Taraborrelli y Alonso de Santos, que son los tres pilares de la época del Independiente. Me enseñaron, con ellos me inicié como profesional y pude sopesar la posibilidad de dedicarme a esto. Después hubo muchas otras personas a las que les debo mucho, aunque Marsillach significa un punto y aparte porque me hizo cambiar totalmente de registro y me enfrentó a una realidad que no había transitado: el Siglo de Oro y el teatro clásico. Y en la última etapa, Eduardo Vasco, primero como director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y luego como director de la compañía Noviembre Teatro, donde he estado hasta anteayer. Creo que hemos formado una pareja bastante apreciable que volverá.

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