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16-04-2026


Begoña Hernando

“El sentimiento en el doblaje es lo único que nos diferenciará de la IA”



Viajó a Madrid para trabajar en hostelería, pero vio un anuncio de “interpretación y doblaje” y sucedió la magia. No merecía menos aquella chica que de adolescente veía 20 veces las pelis de cine clásico para aprenderse los diálogos. Hoy presta su voz a docenas de grandes artistas… y a la Marge de ‘Los Simpson’



BEATRIZ PORTINARI

Begoña Hernando tiene el prodigio de la voz desde su infancia, cuando interpretaba los cuentos que leía y recreaba los concursos de televisión en casa de sus abuelos, con los que jugaba a “Un, dos, tres... responda otra vez”. Los abuelos eran también protagonistas de las canciones o teatrillos que inventaba para ellos y para el resto de la familia. De las funciones de Navidad y de fin de curso pasó a recitar poesía en los concursos entre colegios de toda España y a resumir, dirigir e interpretar un Otelo en EGB. Su paso por el instituto fue similar, hasta que terminó en el Aula de Teatro de la Universidad de Valladolid, donde estudiaba Historia del Arte. Posteriormente formó parte del Teatro Estable de Valladolid, con el que participó en varias giras.

 

   Podría decirse que desde niña fue intérprete y, con el tiempo, se convirtió en actriz de voz y de imagen, para continuar después su trayectoria como directora de doblaje. Hernando disfruta adaptando y ajustando textos casi tanto como dirigiendo a actores. Ha dirigido películas y series como The Good Wife, The Good Fight, Elsbeth, The It Crowd (Los informáticos), Gravity Falls, Russian Doll, Poker Face, American Crime, Oz, Historia de un matrimonio, Tár, Navidad en casa Mi dulce niña, entre otros títulos. Y ha doblado de forma habitual a las actrices Carrie Preston, Natasha Lionne, Kerry Washington, Jennifer Beals, Julie Walter, Katherine Parkinson, a la ardilla Chip de Disney o a Marge en Los Simpson. Su larga carrera le ha dado la clave contra las amenazas de la inteligencia artificial para el sector del doblaje: “interpretar con alma”. Algo que la IA todavía no puede replicar. 

 

— Su intención era trabajar como actriz de imagen, pero la voz se impuso. ¿Cómo llegó al mundo del doblaje?

— Podría decirse que el doblaje llegó a mí. Yo me fui a Madrid desde Valladolid para ser actriz. Los comienzos fueron duros; trabajé en lo que pude: vendí publicidad, enciclopedias, entré en el mundo de la hostelería, que se me daba fenomenal… Pero un día me planteé: "¿He venido a Madrid para ser camarera?". Me apunté a una escuela de la que había visto un anuncio que ofertaba clases de interpretación ante la cámara. Y en letra pequeña añadía que también enseñaba doblaje. Al final de las clases nos ponían secuencias de películas divinas de Billy Wilder con la intención de que aprendiéramos a doblarnos a nosotros mismos. En aquella época solían doblarse casi todos los diálogos de las películas españolas, ya que el sonido directo en el cine aún estaba un poco en pañales.



— ¿Quién le dio su primera oportunidad?

— Un día nos dijo la profesora de la escuela: “Va a venir un amigo mío a veros”. A la semana siguiente me llamaron al restaurante donde trabajaba: “Hola, te llamo de Tecnison para darte una convocatoria”. “Creo que se equivoca”, respondí. Y al otro lado del teléfono el hombre insistió: “No, no. Te vi en clase”. Resulta que el amigo de la profesora que vino era el jefe de producción del estudio. Me dio mi primera convocatoria en 1989.

 

— ¿Cómo recuerda aquel momento?

— Fue increíble, un subidón de adrenalina brutal. De repente, me quedé afónica. Llamé histérica a mi hermana, que es médica: “¡Pili, me he quedado sin voz!”. Ella me dijo que solo eran nervios, que aquello se me pasaría si dormía. En efecto, a la mañana siguiente volvió la voz. Y la magia. El estudio era una sala de cine impresionante y Claudio Rodríguez dirigía a los actores Paloma Escola, María Antonia Rodríguez, Félix Acaso, Francisco Arenzana… Empezaron a hablar y caí en que esas eran las voces de mi infancia. Con 14 o 16 años me apasionaba el cine antiguo, veía 20 veces las películas, casi me aprendía los diálogos. Aquello estaba lleno de magia. Me sentí arropada por todos ellos y así comenzó mi profesión, primero haciendo ambientes y después interpretando los primeros papeles.


— Usted trabajaba con estas grandes voces frente a un atril. ¿Cree que las nuevas generaciones han perdido la magia de aquellos años?

— Ahora han cambiado tanto las cosas… Antes grabábamos juntos: los compañeros te daban la réplica, era muy directo. Además, podías entrar en la sala como oyente. Yo pasé tardes enteras observando a los que estaban en el atril. Era un aprendizaje necesario. Ahora entiendo que haya cambiado la forma de acceder a esta profesión porque entre el pirateo, los hackers, los móviles, las redes sociales… Si eres una plataforma que ha gastado equis millones en la producción, no puedes permitir que alguien haga una copia o difunda tu serie o película. Pero se pierde el contacto con otros actores.



— ¿Y cómo definiría un buen doblaje?

Para mí, el doblaje es una imitación perfecta, artística, del original. Lo primero es escuchar y fijarse mucho en el trabajo del actor original, que ha empleado meses para preparar su papel y que respeto muchísimo. Como directora puedo analizar ese proceso para mostrárselo a los actores, que tienen muy poco tiempo para incorporarlo a la frase que tienen que decir. Por eso es tan importante ser actor. Si no lo eres, difícilmente puedes intuir el proceso requerido para preparar ese papel. En pantalla, tú observas al actor y ves que con la mirada está diciendo una cosa, pero con la voz está diciendo otra. Y esto se tiene que reflejar en el doblaje. 

 

— ¿Cómo se traduce una mirada en el doblaje?

— El actor original nos lo da todo. Así que tú, al doblar, tienes que interpretar hasta la mirada. Cómo mira queriendo decir algo o cómo mira queriendo ocultarlo. Ellos ya lo han interpretado en su secuencia. Ahora te toca a ti, como actor de doblaje, entender ese juego interpretativo, observar cada matiz de lo que están transmitiendo e intentar replicarlo con la voz. El papel es del actor que lo ha creado y tú, desde el doblaje, tienes que abordarlo con humildad y emplear tu propia capacidad como actriz. A mí me resulta muy divertido. El doblaje es como estar frente a un espejo de sensaciones, de sentimientos. Por eso, la observación profunda es fundamental.

 

— ¿Cree que es más importante la técnica, la sincronía o la interpretación?

— Está todo muy unido. Debes tener muy bien interiorizada la técnica. Antes podíamos ensayar el take las veces que hiciera falta. No creo que se trate de ser el más rápido. No puedes interpretar bien si no tienes bien asentada la técnica. Por ejemplo, si en el teatro no te sabes bien el texto o en el cine no tienes controladas las marcas, es muy difícil que puedas interpretar bien. Por eso tiene que estar integrado. Tal vez en los primeros takes del ensayo te estás preguntando cómo vas a encajar todo el texto. Pero cuando tienes la técnica viene el disfrute.



— ¿Cómo se dio su paso de la interpretación al ajuste y dirección?

— Fue un poco casual. Ana Arbona, propietaria de Tecnison, el estudio donde yo estaba contratada, me pidió que adaptara la traducción de un documental. Siempre me gustó la escritura, la literatura, por eso no me resulta difícil adaptar. Y le encantó mi adaptación. Así que me pidieron que ayudara a ajustar a otro director, el cual me dio varias pautas en cuanto a labiales, coherencia de diálogos, etcétera. Hay que adaptar el texto de forma que el personaje parezca que está hablando en castellano, que tenga sentido lo que dice con los gestos que hace

 

 Quizá sea intuitivo en inglés o en francés, pero ¿qué sucede con idiomas como el noruego o el japonés?

— He dirigido las tres temporadas de la serie noruega Navidad en casa y el idioma no es ningún obstáculo para adaptar porque la interpretación es internacional. Los coreanos o los japoneses, que tal vez no sean tan expresivos como nosotros, son actores. Sufren, ríen. La interpretación está ahí. Cualquiera sufre si se le muere un hijo o está feliz si se casa. Voy buscando labiales, que el diálogo se adapte al movimiento del cuerpo y, sobre todo, trato de que sea un lenguaje natural, no traducciones literales. No escucharás un “ups” o un “bien por ti” en mis adaptaciones. Otras lenguas tienen sus frases, sus expresiones, que les funcionan en esa lengua, pero nosotros tenemos otras muchas en la nuestra. El castellano se maltrata con anglicismos constantemente: “Dame tu feedback, que es más cool”. ¿Es necesario dejarse colonizar por otros idiomas, siendo tan rico el nuestro?



— Ha interpretado a actrices como Kerry Washington o Natasha Lyonne durante años. ¿De alguna forma acaba conociendo sus giros y gestos?

— Sí, totalmente. Me pasa también con Carrie Preston, a quien doblo desde hace 18 años en True Blood y después en The Good Wife The Good Fight. Con el tiempo compruebas que tiene una forma muy personal de moverse, actuar y hablar. Ella no cambia, solo el personaje. ¿Podría decirse que las conozco? Quizá sí: al final acabas conociendo muchos de sus gestos, de cómo acaban sus palabras, casi las conoces más que a ti misma. Doblar a Kerry Washington en Scandal era una descarga de empoderamiento y energía… ¡Se te metía una Olivia Pope en el cuerpo y te ponías a dar órdenes sin querer! [ríe].

 

— También fue la voz de Marge, la madre de Bart Simpson, en los comienzos de la serie. ¿Qué supuso ese papel en su carrera?

¡Marge Simpson! Yo también ponía voz a las dos hermanas. Y a veces, incluso a la madre. Tenía la garganta absolutamente desgarrada. En aquella época no había dobles bandas, no actuabas tú sola. Doblábamos todos juntos y a veces tocaba repetir y repetir. Coincidió que yo estaba en más proyectos e intenté sacarlo todo adelante. Pero perdí la voz un mes entero. Cuando me volvió, tuve que ir con cuidado y llegó otra temporada de Los Simpson. El estudio me esperaba, pero la cadena de televisión tenía otros planes: en programación decidieron que otra persona hiciera de Marge. Pero bueno, fui la madre de Los Simpson durante 125 capítulos y nunca lo olvidaré.



— ¿Qué dificultades afronta en este momento el sector del doblaje? 

Durante la pandemia hubo un incremento increíble de doblaje y muchas plataformas al servicio de los confinados. Doblábamos series de países remotos, no dábamos abasto. Y eso trajo un incremento de escuelas, actores, estudios que ampliaban salas… Ahora no hay tanto movimiento porque la gente ha vuelto a salir a la calle y demanda otras cosas. Y además, surgen estudios de otras comunidades autónomas que bajan los precios para competir. ¿Con qué? ¡Si deberíamos estar todos en el mismo barco! Ojalá algún día lo estemos. 

 

— En esta época de cambios en el mundo audiovisual y creativo, ¿le preocupa la IA?

— A todos debería preocuparnos. Ahora mismo ya vemos locuciones que no necesitan corazón en la voz y por tanto usan la IA. Mi consejo a todos los que empiezan, y a los que llevamos toda la vida, es que pongamos corazón y alma al doblaje, más que nunca: eso es lo único que nos puede diferenciar de la IA. Cuando pones alma en las cosas que dices, cuando te emociona lo que estás viendo, eso es algo que la IA nunca va a tener. Puede imitar la voz humana, ser una voz casi perfecta, como los replicantes de Blade Runner, pero le faltará siempre el tono del estremecimiento, lo sutil, el miedo, el error, la imperfección del ser humano. El sentimiento en el doblaje es lo único que nos puede diferenciar.

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