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25-02-2026


Carmelo Segura

“El teatro es lo que manda”


 

Destacó desde la infancia en el ballet clásico y a los 18 accedió a una prestigiosa escuela de Londres. En esa ciudad trabajó durante años para la Royal Opera House, hasta que, de regreso a España, creó sus propias coreografías y fundó su compañía, con la que conocería el éxito internacional. Ha trabajado con Antonio Banderas o Latoya Jackson y puede presumir de vivencias con Lloyd Newson o Eric Idle. En este momento dirige las últimas semanas de ensayos del musical ‘Matilda’, una auténtica superproducción, que se estrena en Ciudad de México el 13 de marzo



UNA ENTREVISTA DE EVA CRUZ


A solas en su habitación, en la planta 23 de un hotel de Ciudad de México, Carmelo Segura jura que se le caían las lágrimas. Corría el año 2023 y se había comprometido con el productor mexicano Alejandro Gou Boy para una producción de Grease que tenía algo particular. Porque ese fue el primer musical que, allá por 1984, protagonizó el conjunto infantil Timbiriche, cuna de estrellas de la música tan conocidas como Paulina Rubio o Thalía. Él, nacido en Madrid y perteneciente a otra generación, debía entender qué significaba Timbiriche para el público de aquel país y qué significaba para el grupo volver a hacer Grease. “Es que hay tres dramaturgias. Y no tiene nada que ver una con otra”, apunta. Estaba desesperado. Hasta que se le ocurrió algo muy bonito en la avenida repleta de rascacielos donde se alojaba. “Ciudad de México es impresionante, nunca termina. Y desde ahí yo lo veía todo”, relata. Mientras miraba por la ventana, de pronto pensó: “Si ahora pudiera lanzar desde este mismo lugar la canción Rama Lama Ding Dong, detrás de todas esas luces que veo habría personas que iban a reconocerla. Ahí conecté y salió una de las escenas más bonitas, el comienzo del musical. Imaginé capas de bailarines que se van abriendo mientras cantan ese arranque y hacen el baile que todos conocemos. Se abren, capa a capa, hasta encontrarnos con las estrellas”. 

 

   Parar y tomar distancia para poder ver mejor las cosas. Teatralizarlo todo. La teatralización ha sido siempre la clave de su trabajo. A pararse y tomar distancia está aprendiendo ahora.

 

   En esa misma habitación de hotel sigue viviendo Carmelo Segura. Nos atiende a primera hora de la mañana, antes de que le devore la vorágine de las últimas semanas de ensayos del musical Matilda, cuyo estreno le espera el 13 de marzo. Dice que se trata de una superproducción; supera incluso a la que se hizo en Broadway: modernas pantallas LED, cinco elevadores, escenario con 18 metros de boca y 15 metros de fondo… La escenografía consiste en una estantería llena de libros que se transforma cuando Matilda empieza a contar las historias. Hasta cuatro Matildas habrá, ya que Segura gestiona varios elencos. Junto a los artistas adultos hay 14 niños de entre siete y 12 años. Reconoce que ese es uno de los mayores desafíos de la producción. “Son ellos los que te marcan el ritmo. A mi juicio, lo más difícil no es que se aprendan la coreografía, sino cómo se mueven en el espacio, cómo interpretan el movimiento, cómo rectifican cuando les haces alguna apreciación. Y eso que a veces parece que están despistados. Aunque lo más llamativo es cómo se gestionan emocionalmente para afrontar siete horas de ensayos diarias”. Se le ilumina la cara al hablar sobre una producción que le remite a sus orígenes, puesto que él empezó a bailar a los siete añitos. “Ahora miro a un niño del elenco y me digo: ‘Ese soy yo cuando era pequeño’. Me paraliza mucho mirarle y ver cómo se mueve”. Cuesta imaginarle paralizado. Emocionado, entusiasmado, embargado de pasión… eso sí.



   La madre de Segura le ha contado que en su niñez copiaba perfectamente todas las coreografías que veía en el Un, dos, tres. Para canalizar aquella afición decidieron apuntarle a la escuela de flamenco donde bailaban sus hermanas. El relato familiar de su vocación comienza con el pasatiempo al que dedicaba tantas horas: la construcción de escenarios con láminas de contrachapado. Hasta que le regalaron el circo de Pin y Pon, que fue un clásico entre los juguetes de los noventa. “Esa era mi locura. Hacía giras. Organizaba el show de Nochevieja con mis primos, preparaba el programa de mano…”, rememora. 

 

Salir del cascarón

Admite este coreógrafo y bailarín que jamás pensó que podría desarrollar su oficio de la manera en que lo está desarrollando ni que se convertiría en quien es hoy. Tras recibir clases de ballet clásico durante años, a los 18 aterrizó en Londres con su beca para la escuela Millennium Dance 2000. “Hasta entonces había vivido en La La Land. Yo destacaba, era un niño rodeado de niñas. Me sentía muy protegido. Elshock viene cuando llegas a Londres, al encontrarte con más gente igual que tú, al empezar a aprender un idioma desde cero…”.

 

   Esa ciudad es una de las grandes mecas del ballet. Según su experiencia, allí todo está bien organizado. Para empezar, los alumnos encuentran empleo como acomodadores en los teatros después de sus nueve horas de clase al día. Aún sigue recordando que “en Covent Garden, enfrente del teatro Royal Warehouse, hay una estatua de una bailarina donde siempre comía el sándwich”. Otra muestra de esa acertada planificación es que el espectáculo de graduación de los estudiantes sirve de audición para agentes. El brillante Segura se graduó con méritos y logró un puesto en la Royal Opera House. Allí permaneció durante seis años de esfuerzo, de aprendizaje, pero también de muchísimo estrés. Porque salir a ese escenario no es cualquier cosa. Y como tenía claro que no se haría viejo en Londres, decidió marcharse.



Segura, a la izquierda, en unos ensayos con la Link Dance Company


La emancipación creativa

Su siguiente escala fue el teatro musical que bullía en España gracias a la irrupción de Stage Entertainment. También quiso superar su dura autocrítica y comenzar a crear sus propias coreografías. Una compañera le animó a que presentase un proyecto para los Teatros del Canal, en Madrid. Aunque opinara que “arte y concurso no van de la mano”, acabó ganando aquella convocatoria en 2013. Su pieza consistía en un dúo de 15 minutos y abordaba la transexualidad. “En aquella época no se hablaba tanto del tema. Yo tampoco había tenido relación con personas transexuales. Pese a ello, tenía la imagen de un bailarín con una media en la cabeza y pintado de mujer. Sentí que aprendería con esa historia, que saldría de mi zona de confort y haría algo real, que jugaría con emociones y las expresaría en movimiento. Así despegó todo”, detalla.

 

   Formó su compañía. De 10 a 14 bailarines. “En esa época comía brócoli y espinacas porque el dinero que me llegaba en forma de subvenciones lo ponía en la compañía para que los artista cobraran. Para mí aquello fue como un máster”, asegura. Semejante relato coincide con la percepción de la sufrida vida de los bailarines en España, donde la danza es la más relegada de todas las artes. Él no lo duda: “Esta profesión es para gente dura”. 

 

   Se mantuvo fiel a su idea de su compañía y conoció el éxito internacional gracias a Osaka. El calendario había avanzado ya hasta 2016. Con esa pieza viajó por Japón, Corea del Sur, Nueva York, Alemania, Australia. “Trataba sobre una conversación entre dos hombres, sobre la conexión con la gente que pasa por tu vida”. Osaka le representa, fue su primera obra de madurez. Llenaba el escenario de arroz para representar la abundancia y la prosperidad y para que los bailarines hicieran dibujos a medida que se movían. “El equipo técnico me quería matar”, reconoce, “pero fue inolvidable ver las reacciones del público, las puras emociones, el punto común de todos los seres humanos”. 

 

   “Siempre digo que el intérprete es mi extensión”, explica, “mi equipo reproduce todo lo que yo pienso. Los artistas somos como doctores de las emociones. Nuestra responsabilidad es generar ese viaje en el espectador”.

 

   Narra encuentros que supusieron una conexión, un giro. En cierta ocasión se acercó a saludar al coreógrafo australiano Lloyd Newson y terminaron conversando durante horas. Newson le aconsejó que empezase desde las cosas sencillas y pusiese toda su emoción en lo que emprendiera. Que no intentara hacer lo que él hacía porque le llevaba 20 años de ventaja. Esa lección resultó decisiva para abandonar el perfeccionismo con el que tanto se había fustigado. Tenía que aprender a ser él mismo.



Muchos nombres de altura

Su primer montaje musical fue José, el soñador (Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat), que se reestrenó en México en 2021 con motivo de su 50 aniversario. Más tarde recibiría la llamada de Antonio Banderas y Emilio Aragón para Godspell, ambientado en los años setenta y con trasfondo religioso. Aquello le quedaba muy lejos. Sin embargo, conectó con dicha temática desde el mensaje del amor. Y con la ayuda de Banderas, “un hiperactivo de la creación al que le mueve la pasión por lo que está bien”, según sus palabras.

 

   El británico Eric Idle, músico de los Monthy Python y creador de Spamalot, le confesó a Segura que era el primer coreógrafo que ejecutaba, tal cual él lo había imaginado, uno de los números más complejos de ese espectáculo. Guarda también vivencias con Latoya Jackson, hermana de Michael, quien se involucró a tope en el musical sobre el rey del pop. O con su “padrino televisivo”, Steve Kelly, que le convenció para grabar lo que parecía simplemente un ensayo de Drag Race España y se convirtió en el episodio más visto de la franquicia en todo el mundo. Ahora, después de Matilda, va a repetir en una nueva temporada del programa.

 

   Su encuentro más reciente ha sido con Asier Etxeandia. El flechazo profesional nació de un intercambio: la voz del actor en un montaje a cambio de una coreografía para Mastodophonika, el recital con el que Etxeandia llenó varios días el Euskalduna bilbaíno, con capacidad superior a 2.000 espectadores. Lo más complicado de esa aventura fue coreografiar en solo una semana al coro, “con personas acostumbradas a interpretar partituras, pero no a que sus cuerpos interpreten”

 

   En opinión de Segura, la clave está en “ser tú mismo como creador y teatralizarlo todo. Porque el teatro es lo que manda, es lo que genera emociones. Ser arrogante como director no tiene sentido. Al final estamos al servicio de las emociones. Lo bonito es saber la suerte que tienes por la posibilidad de trasladar ideas y emociones al público durante dos horas”.



Segura, en el centro de la imagen, en el plató de 'Drag Race España'


Respirar y contemplar

El agotamiento y la presión (y esa pregunta odiosa tan común en la profesión: “¿Qué estás haciendo ahora?”) no le han permitido siempre disfrutar de lo que hace. Por eso este 2026 se ha conjurado para parar y mirar alrededor. “He pasado por muchas etapas de trabajo muy fuertes. Llevo seis años en los que me llegan cosas de planetas muy diferentes y no estoy sabiendo gestionarlo. A veces me pregunto con qué me quedo de todo lo que me está ocurriendo. Necesitamos sentir esa vulnerabilidad, saber mejor hacia dónde caminamos. Empecé 2026 prometiéndome que iba a disfrutar cada proceso. Y Matilda ha llegado precisamente en un momento en el que trabajar con niños te da eso: ver el futuro en ellos, vivir el proceso”, explica.

 

   “Hacemos teatro, nuestra única responsabilidad es emocional: entretener, culturizar, conseguir llevar al público a sitios en los que a lo mejor no ha estado. Solo somos importantes hasta cierto punto. Por eso me pregunto por qué me estreso”, reflexiona. Solo necesita que pase algún tiempo y tener perspectiva para mirar atrás y, entonces sí, poder sentirse plenamente satisfecho. Crecer para verse niño en sus escenarios de fantasía, dejándose gobernar por el teatro.

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