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04-05-2021

Luis Ciges, tragicomedia de la vida

 

Conmemoramos el centenario del nacimiento del irrepetible actor de reparto, con una personalidad única, de vida y estilo interpretativo inclasificables


JAVIER OCAÑA (@ocanajavier)

Luis Ciges (10 de mayo de 1921-11 de diciembre de 2002) trabajó durante casi 50 años en cerca de 200 películas y series de televisión. Pero nunca iba al cine: ni a ver sus trabajos, ni los de los otros. Se había graduado en Dirección en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, predecesor de la Escuela Oficial de Cinematografía, pero apenas realizó un cortometraje. En la infancia, viviendo en Mallorca durante la República, cuando su padre –político de Izquierda Republicana– era gobernador civil, coincidió con la familia de Francisco Franco, entonces comandante general de Baleares. Y ambas proles se hicieron amigas. Sin embargo, pocos días después del golpe de estado de 1936, el 3 de agosto, Manuel Ciges Aparicio fue tiroteado en la cabeza por individuos afectos al bando fascista. Más tarde, en 1941, forzado por las circunstancias en que había quedado su familia, Luis Ciges se alistó en la División Azul para luchar junto a los nazis contra al comunismo en la Segunda Guerra Mundial. Pero fue “un pésimo soldado”, según sus palabras.

 

   Las contradicciones se acumularon en la vida de película de Ciges, actor inclasificable, ciudadano ácrata, lector empedernido, hombre listo como el hambre, ágil de mente y perezoso de cuerpo, triste por la tragedia que es la vida, que se ganó el pan con los oficios más diversos. Estudió un par de años la carrera de Medicina, trabajó en un sanatorio para tuberculosos y ayu­dó a realizar autopsias. Fue actor de reparto, casi nunca protagonista, en infinidad de pequeños grandes trabajos al lado de los cineastas más subversivos en materia política y de humor, principalmente Luis García Berlanga, José Luis García Sánchez y José Luis Cuerda. Trabajó como realizador de televisión durante 13 años en el centro territorial de Miramar, en Barcelona, tras estudiar Cine junto a Basilio Martín Patino, Manuel Summers y Julio Diamante, entre otros, con Berlanga como profesor de todos ellos. Figura como miembro fundador del movimiento de la Escuela de Barcelona. Y como cortometrajista dirigió una pieza única, Notas sobre la emigración, premiada en el Festival de Moscú.



Un fotograma de 'Plácido'


   Dicen que fue Berlanga, junto al que había luchado en la División Azul, el que le cambió la vida al ofrecerle un papelito en Plácido (1961). Le siguieron otros muchos en películas de todo tipo: las realistas Los farsantes y Young Sánchez, las vanguardistas Dante no es únicamente severo y Aoom, la activista España otra vez,las genéricas La liga no es cosa de hombres y El espanto surge de la tumba. Hasta llegar a las emblemáticas Amanece, que no es poco (1988), de Cuerda, y El milagro de P. Tinto (1998), en la que fue uno de sus contados protagonistas a las órdenes de Javier Fesser, con quien rodaría su último título: La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003). En muchas ocasiones, sobre todo en sus inicios, fue doblado posteriormente; en otras tantas, sonó con su propia voz y esa dicción tan personal y enternecedora, casi arrastrada, como a trompicones. En verdad, aunque se haya escrito con reiteración, el de Plácido no fue su debut. Antes había trabajado en “una catástrofe”, Molokai, de Luis Lucia, “un tío intratable”, donde interpretaba a “un leproso que se llamaba Manolo”, pero Lucia le tomó por gafe y le echó. Y, sobre todo, había tenido otro pequeño papel en Entierro de un funcionario en primavera, película que le iba como un guante, una de las joyas escondidas del humor absurdo español. Aunque puede que su interpretación más extraña fuera en Cabezas cortadas (1970), la producción que filmó en España el cineasta brasileño Glauber Rocha, adalid del Cinema Novo, donde le dejaron improvisar en los diálogos y legó una frase para los restos: “Tengo tanta hambre que veo a Dios”.



En la piel de Jimmy para 'Amanece, que no es poco'


   Si se piensa bien, todo en su existencia tiene una explicación más o menos razonable dentro del aparente disparate que siempre le circundó. Su amplia cultura le venía de familia: su padre, de enorme parecido físico con el actor, fue escritor y periodista, faceta en la que llegó a ser director de La Voz de Aragón, además de político; su madre, Consuelo Martínez Ruiz, era hermana de Azorín, y de niño se acostumbró a ver en casa a gente como Baroja, Valle-Inclán y Bergamín, o al doctor Juan Negrín, posterior presidente del gobierno. Su paso por la División Azul se debió a una cruel posición entre la espada y la pared. “Me fastidié a mí mismo enrolándome como ‘voluntario arrastrado’ en la División Azul. Me enrolé… Me enrolaron”, dijo en 1985 durante una entrevista para el programa de TVE Autorretrato, con Pablo Lizcano, en la que ofreció casi un titular por frase. “O te vas a la División Azul, o tu madre no come”, le dijeron. A lo que él acertó a contestar: “A ver, las cosas se dicen de otra forma…”. Estuvo 15 meses. Eso sí, como afirmó en otra entrevista para El País en 1999: “…No maté a nadie, ¡no jodas!”. Quizá por ello decía tener una “escoliosis bélica”, al tener que llevar durante tanto tiempo el fusil al hombro, concretamente desde los 15 años.



Con Silvia Casanova en 'El milagro de P. Tinto'


   Ciges nunca se subió a los escenarios. Ensayó durante unos días con José Luis Gómez para un montaje, hasta que abandonó. “Yo no sé jugar a estas cosas”, le dijo al director, en una actitud muy acorde con su natural holgazanería, con la que también explicaba su falta de papeles protagonistas: “Si siete días de rodaje son cansados, dos meses filmando como protagonista serían intolerables”. Además de en la mencionada P. Tinto, solo hizo tres papeles largos más: en Tirarse al monte, de Alfonso Ungría; Con mucho cariño, de Gerardo García; y En provincia, de Ramón Gómez Redondo. Esta película la recordaba con cariño “porque después de rodar se tomaban unos gazpachos tremendos en Albacete”. El absurdo, al final, suele acabar en la ciudad manchega.

 

   Pero nunca reclamó más: “El fracaso y yo vamos siempre juntos”. A su juicio, los directores le colocaron en el sitio en el que debía estar. De todos modos, “cualquier intérprete es un protagonista en el momento en que le colocan la cámara delante, aunque sea por un momento”. Goya al mejor actor de reparto por Así en el cielo como en la tierra (1995), dejó aquella noche un histórico discurso de agradecimiento, como no podía ser de otra manera: “No, no, yo no hablo”. “¡Pero di algo!”, le reclamó Miguel Rellán, que le entregaba el premio. “Pues muchas gracias…”. Y tras un par de balbuceos más, salió pitando de allí entre una atronadora ovación.



Su Matacanes de 'Así en el cielo como en la tierra', personaje por el que ganó el Goya


   A Ciges esos fastos le superaban. Prefería estar en casa con sus libros, instalado en su amargura, una especie de depresión perpetua de la que escapaba con humor. O en comidas con los amigos en las que se ganó fama de ser un distraído con consciencia de todo lo que pasaba a su alrededor: “Lo que pasa es que, aunque me dé cuenta de todo, sigo estando distraído”. Abstraído y vago, aunque lúcido e incansable, en el colmo del humor absurdo, de la altura de miras y de la complejidad metafísica, dejó otra perla para quien quiera indagar en ella, tanto en su posible verdad como en su maravillosa mentira. Dijo haber escrito y filmado para sí mismo, como protagonista, una película en la que habría material para 30 horas, pero que al final no montó por pereza. “¿De qué va la película?”, le preguntaron. Y él contestó: “Sobre una cosa sencillísima: un hombre que se pone una silla en la cabeza y se pasa la vida así, con la silla en la cabeza, como si fuera un condicionamiento social que le han impuesto”.

 

   “Vengo… porque el apocalipsis me ha pillado”, decía su personaje en Así en el cielo como en la tierra, ante las puertas del cielo y frente a un San Pedro vestido de guardia civil que era Paco Rabal. Ciges falleció en diciembre de 2002, a los 81 años, en la residencia de ancianos en la que llevaba poco tiempo alojado, sin querer ver a nadie. En aquella esencial entrevista de TVE, 17 años antes de su deceso, Lizcano terminó preguntándole con qué frase le gustaría ser recordado tras su muerte. La respuesta, rápida, delirante y triste, fue puro Ciges inoculado en vena: “Se quedó así, como un pajarito”. La tragicomedia de la vida.

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