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29-11-2023

La guerra política por la cultura aún no ha terminado



En el centenario del nacimiento de Jorge Semprún, recordamos el formidable cine político del ministro de Cultura dos veces nominado al Óscar



JAVIER OCAÑA

Hace un par de semanas, el nuevo ministro de Cultura del Gobierno de España, Ernest Urtasun, evocó en su discurso de toma de posesión la figura de Jorge Semprún a través de sus palabras: “La cultura como antídoto contra la barbarie y garantía de una democracia plena”. Semprún (Madrid, 10 de diciembre de 1923-París, 7 de junio de 2011), político, escritor y guionista, había luchado durante años y desde la clandestinidad contra la dictadura de Franco, y décadas después llegaría a ser ministro en la nueva etapa democrática. En estos días alrededor del centenario de su nacimiento, su perfil político parece seguir vigente.

 

   Y, sin embargo, pocas veces se ha recordado y aún menos glosado por parte de las nuevas generaciones de profesionales su trabajo cinematográfico, pese a la relevancia de sus guiones y al vigor que todavía mantienen las películas que pusieron en imágenes aquellas historias de lucha por la libertad y de denuncia de los totalitarismos. Dos de ellos fueron candidatos al Óscar de la categoría en un tiempo en el que el cine político aspiraba, con más fuerza que nunca a lo largo de su historia, a hacerse las preguntas más pertinentes acerca de los más complejos procesos y acontecimientos del presente y del pasado más o menos inmediato. Semprún escribió doce libretos para cine, más otros dos para televisión, dirigió un documental y trabajó con algunos de los mejores cineastas europeos del momento. Solo tres españoles se han sentado en el patio de butacas de los Óscar pendientes de ganar un premio al mejor guion: Pedro Almodóvar, Luis Buñuel y Semprún.

 

   Su primera nominación al galardón llega con su primer libreto original, el de La guerra ha terminado (1966), magnífica película de Alain Resnais, uno de los emblemáticos directores de la nouvelle vague francesa. En el relato fílmico, por medio de la figura del personaje interpretado por Yves Montand, un exiliado español trasunto de su propia persona y perteneciente al Partido Comunista, Semprún recuerda sus múltiples viajes entre Francia y España bajo tantas identidades que ya ni siquiera se reconoce en su propio nombre, pues nunca es Jorge y a veces ni siquiera es Federico Sánchez, el seudónimo que más utilizó en la clandestinidad y el que le sirvió para titular sus dos libros de memorias: Autobiografía de Federico Sánchez (1977) y Federico Sánchez se despide de ustedes (1993). En la película también es Diego o Domingo, según se relacione con unos o con otros, y recuerda unos pasos de la frontera “bajo la estremecedora luz de la madrugada, con la boca seca por dormir poco y por el humo del tabaco”, que se producen en un estado a medio camino entre la decepción política y la confusión personal y sentimental.

 

   Otro de los personajes, el de la sueca Ingrid Thulin, actriz habitual de Ingmar Bergman, y uno de sus dos amores en la película, le llega a decir: “Parece que vas a la deriva, que estás en la niebla”. Y así es. Su intención, más bien su sueño, es poder volver a España con su verdadera identidad. Pero eso, de momento, en la ficción con Montand y en la propia realidad de Semprún, es imposible. Así, cuando en la parte final de la historia otro colaborador del partido, al que no había visto nunca hasta ese día, lo lleva en coche para una nueva entrada por la frontera, el protagonista propone: “Podemos intercambiar biografías en el viaje”. A lo que su camarada interroga con cierta sorna: “Pero, ¿la verdadera o la falsa?”. La respuesta final de Montand/Semprún, que ya no sabe ni quién es, no tiene desperdicio: “La falsa. La verdadera no tiene importancia”. 

 

   Contrario a la violencia revolucionaria de algunos de sus compañeros, que en una reunión de la película apuestan por sacudir al franquismo con actos terroristas en lugares turísticos para “golpear la economía y despertar la conciencia obrera”, el rol de Montand siente que el abandono de la comunidad internacional ha convertido a los españoles en meros símbolos, aunque a esas alturas no cree en la ferocidad: “Pobre, infeliz España. Heroica, galante España. ¡Me pone enfermo! España está convirtiéndose en la conciencia lírica para toda la izquierda. Un mito para los veteranos de guerras pasadas. Y mientras, 14 millones de turistas van de vacaciones a España cada año”.

 

   La guerra ha terminado refleja con tanta altura política como dramática los años de lucha clandestina desarrollados entre 1953 y 1962, antes de su expulsión del Partido Comunista por sus divergencias con la línea oficial. Una lucha que, en cierto modo, tampoco era totalmente desconocida para las autoridades españolas. En un documento de la Dirección General de Seguridad de la dictadura franquista acerca de sus actividades políticas, fechado en el año 1966, se escribe textualmente: “Igualmente procede señalar que este individuo está considerado autor del argumento de la película La guerra ha terminado, sobre nuestra contienda, y que dirigió Alain Resnais. Según referencias al argumento de dicha película, alude a un exiliado que se ve obligado a volver a España, pero no para ver a su madre anciana, sino para combatir al frente de un grupo de guerrilleros del que es jefe y que se ve amenazado de aniquilamiento por la policía fascista [la cursiva es del informe]”.

 

   Lo primero que llama la atención de la perorata biográfica franquista sobre su persona es el intencionadamente denigrante “ese individuo”. Pero, como escribe Semprún con infinita ironía en el primer tomo de sus memorias, Autobiografía de Federico Sánchez, lo más revelador es otro asunto: que los informadores se confunden de película. “Siendo como soy autor del guion, me parece lógico que así se me considere. Pero en la DGS no deben de ser muy cinéfilos. No solo no están muy seguros, sino que además confunden el argumento con el de otra película de Fred Zinnemann”. Y así es: esa sinopsis pertenece a Y llegó el día de la venganza, basada en una novela de Emeric Pressburger, protagonizada por Gregory Peck y ambientada en la inmediata posguerra civil y no en los años sesenta de la película de Resnais. Un disparate.

 

   Su siguiente trabajo para cine es Z (1969), adaptación de una novela de Vasilis Vasilicós que dirige el griego Costa-Gavras, uno de los grandes del cine político mundial, desarrollado a lo largo de nada menos que 55 años como cineasta y autor de títulos tan señeros como Estado de sitio, Desaparecido y La caja de música. Z está ambientada en Grecia, en los años de convulsión previos a la dictadura de los coroneles, las juntas de militares de extrema derecha que gobernaron el país entre 1967 y 1974. Tiempo de débil y corrupta democracia, con imparable injerencia del exterior, sobre todo de EE UU, y violentado tanto por fuerzas paramilitares como por las franjas más extremas del ejército y de la policía. Cuenta el caso real de Grigoris Lambrakis, político, médico y deportista de élite, de nuevo interpretado por Montand, un diputado izquierdista de la oposición que pretende desviarse de la influencia extranjera del país y que, ante la pasividad de la policía durante la celebración de un mitin pacifista, es asesinado en plena calle ante la vista de cientos de ojos.

 

   Pese a que en el texto nunca se dice explícitamente que se trate de Grecia, la frase inicial de los autores, sobreimpresionada en la pantalla, no admite dudas sobre sus intenciones: “Cualquier coincidencia entre la realidad y los hechos, los muertos y los supervivientes de la película, no es casual, sino voluntaria”. Z, que significa “está vivo” en griego antiguo, gana el premio del Jurado y el de mejor actor (para Jean-Louis Trintignant) en el Festival de Cannes, y obtiene cinco nominaciones a los Óscar, entre ellas, la de mejor guion adaptado para Semprún.

 

Noches de Óscar para un luchador político

En la primera ceremonia de los premios de la Academia, la de 1967 con La guerra ha terminado, Semprún comparte candidatura con obras de enorme relevancia: Dos en la carretera y Bonnie & Clyde, además de la ganadora, Adivina quién viene esta noche. En la segunda, la de Z, celebrada en 1970, y en la categoría de guion adaptado, gana Cowboy de medianoche, y comparte nominación con, entre otras, Danzad, danzad, malditos, lo que da buena idea del nivel de los contendientes. En Autobiografía de Federico Sánchez, Semprún recuerda sobre todo los pormenores de la segunda de las celebraciones: en el otoño de 1969, con motivo del estreno de Z en Nueva York, acude al consulado estadounidense en París para recoger el visado y se encuentra rellenando una de esas fichas “de puro trámite” que, sin embargo, contienen preguntas ciertamente peligrosas para según qué personas; él, por ejemplo. “¿Ha sido o es drogadicto, homosexual o miembro del Partido Comunista?”. Y Semprún, con la honra y la sinceridad por bandera, contesta: “Sí”. Un poco más abajo, en un breve recuadro para explicaciones, aclara con cierta guasa: “Comunista, sí, aunque todavía no drogadicto ni homosexual”. 

 

   Evidentemente, el “mero trámite” se convierte en un incordio burocrático, situación que se reproduce unos meses más tarde cuando acude a la ceremonia de los Óscar con un sello que le permite estar en el país “durante ocho días como máximo”. La noche es exitosa para Z (obtiene dos premios: montaje y película de habla no inglesa, en representación de Argelia, uno de los países coproductores), y aunque él no consigue el de guion, el escritor se siente en la gloria. Así reflexiona en sus memorias, en segunda persona: “Viste bailar a Fred Astaire, estuviste hablando con Liz Taylor y con Gregory Peck. Divertidísimo”. 

 

   Entre medias de La guerra ha terminado y Z, Semprún escribe Objectif: 500 millions (1966) junto con Pierre Schoendoerffer, el director. Otra estupenda película política, aunque más cercana al cine negro, al llamado Polar francés, acerca de un exmilitar francés preso durante tres años por formar parte de un grupo opositor a la Guerra de Argelia, quien a su salida de la cárcel es contactado por un grupo de delincuentes que prepara el robo de los 500 millones de francos del título. Sin embargo, aún más importantes son sus dos siguientes guiones: La confesión (1970), de nuevo para Costa-Gavras, y El atentado (1972), para Yves Boisset, dos obras formidables

 

   La confesión, basada en el libro autobiográfico del político checoslovaco Artur London, se adentra en las purgas estalinistas sufridas por el país de la órbita soviética que dieron lugar a los Procesos de Praga, en 1952. Un estudio sobre la degradación, la paranoia y la humillación, todo “por el bien del partido”, copado por las terribles torturas padecidas por el viceministro de Relaciones Exteriores del país (de nuevo, interpretado por Montand). Un hombre acusado de espionaje por el estalinismo, que había luchado con las Brigadas Internacionales en “la guerra de España” (siempre presente en los libretos de Semprún: en la película se elogia a La Pasionaria y a Buenaventura Durruti), y que además había sido miembro de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y estado preso en el campo de Mauthausen, como también lo estuvo Semprún.

 

   “Son como los nazis”, dice en una secuencia Simone Signoret, que interpreta a la esposa del protagonista, Lise London, coautora del libro en el que se basa la película, incidiendo en su gran tema: la toma de conciencia por parte de algunos de los partidarios y altos cargos del comunismo de su trasfondo totalitario. Durante el rodaje, Costa-Gavras, Semprún y Montand, todos comunistas desencantados, o al menos, críticos, soportan las presiones para no hacer La confesión por parte de los más radicales ortodoxos del Partido Comunista Francés. Pero la hacen, y deciden culminar su obra con un revelador último plano: una leyenda en una pared con una frase que se haría famosa más tarde en la Primavera de Praga: “¡Lenin, despierta, se han vuelto locos!”.

 

   En El atentado, como en Z con Grecia, tampoco llega a decirse que el país del que se habla es Marruecos, pero el relato de la película no admite duda. Se trata del llamado asunto Ben Barka: el secuestro y asesinato de un político opositor al régimen marroquí por parte de los servicios secretos de su país, en colaboración con los franceses y con el visto bueno de la CIA en el año 1965 y en París. Líder de la oposición en el exilio suizo, Sadiel (nombre ficticio del real Mehdi Ben Barka, al que interpreta Gian Maria Volonté) parece una amenaza para demasiados poderes: por intentar limitar el mando del rey Mohamed V, primero, y de Hassan II, más tarde; por ser una figura de referencia del Tercer Mundo contra el colonialismo y el neocolonialismo; por su oposición a la injerencia en el exterior por parte de EE UU, que fomenta dictaduras militares en perjuicio de las democracias; y por su papel de mediador con el pueblo palestino en el conflicto de Oriente Medio. Y tiene un lema: “Antes que empuñar las armas, hay que empuñar la palabra, aprender el lenguaje de los amos”. Con música de Ennio Morricone y el pulso de Boisset, El atentado es una extraordinaria reflexión sobre el compromiso político alrededor de una figura paradigmática: el hombre gris y en principio marginal que es chantajeado y obligado por los servicios secretos a realizar una acción clave para poder secuestrar al líder, y al que interpreta con su habitual ambigüedad y sempiterna solidez Jean-Louis Trintignant.

 

El debut como director

En los últimos años del tardofranquismo y en Francia, Semprún dirige su única película, el documental Las dos memorias, rodado en 1972, pero que no se estrena hasta dos años después. Un relato polifónico sobre la Guerra Civil Española y el franquismo, con entrevistas a, entre otros, Santiago Carrillo, el dirigente que lo expulsó del Partido Comunista, Federica Montseny, ministra durante la II República, el líder derechista José María Gil Robles, y la actriz María Casares, hija de Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros en el momento del golpe de estado que provocó la contienda civil.

 

   Entre el resto de sus guiones, 14 en total, entre 1966 y 1997, destacan otros tres: Sección especial (1975), de nuevo dirigido por Costa-Gavras; La mujer en la ventana (1976), de Pierre Granier-Deferre, y Las rutas del sur (1978), de Joseph Losey. Y lo hacen por su calado político, por algunos de sus pensamientos y, en el caso de la primera, por su enorme calidad. En Sección especial se aborda la infamia del gobierno de Vichy y de sus magistrados colaboracionistas durante la Segunda Guerra Mundial. Tras un asesinato en el Metro de un oficial nazi, se piden represalias: seis condenas a muerte. Pero no tienen ni sospechosos, y aún menos, culpables. Así que las autoridades promulgan una ley retroactiva y se crea una sección especial que lleva a juicio a gente que ya estaba juzgada. Meros chivos expiatorios. El estado de derecho y la división de poderes, saltando por los aires. Y la famosa grandeza francesa, en la picota, pues con la victoria aliada a ninguno de los ejecutores y de los integrantes de aquella pantomima, que dura toda la ocupación, se les aplica una pena importante tras su actuación.

 

   Los devaneos amorosos de una aristócrata en la Grecia inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial ocupan buena parte del relato de Una mujer en la ventana, protagonizada por Romy Schneider. De fondo, el autogolpe de estado fascista, con el beneplácito del rey griego Jorge II, que dio lugar al Régimen del 4 de agosto (1936-1941). Basada en un libro de Drieu de la Rochelle, el autor de la novela que dio lugar a las películas El fuego fatuo y Oslo, 31 de agosto, la producción tiene un aroma un tanto añejo vista hoy, pero en una de sus secuencias despunta una impactante doble definición de lo que es la política, en la que se nota la mano de Semprún, durante un diálogo entre un aristócrata práctico y un revolucionario idealista. 

 

—La política, o lo es a secas, o no es política. Para triunfar se necesita visión, perseverancia y afán de autoridad. Ser capaz de traicionarlo todo menos la idea que uno tiene de su propio destino.

 

—La política burguesa, desde luego, sí.

 

—La burguesía no necesita hacer política, al menos directamente. Con hacer circular dinero y mercancía tiene suficiente. Y luego se busca a gente de clase media que haga política en su lugar.

 

—Para mí, en cambio, la política es la violencia colectiva de los pueblos, la que transforma el curso natural de la historia, que siempre es opresivo. Es la voluntad de oponer la toma de conciencia a la resignación, la palabra a la súplica, los riesgos de la vida a las falsas certezas de la muerte.

 

   Por su parte, en Las rutas del sur, a su modo, una especie de secuela de La guerra ha terminado, Semprún vuelve a convertir a Montand en un trasunto de sí mismo, pues el personaje está escribiendo un guion para cine. Pero también se despega un tanto porque en la ficción sigue desarrollando misiones para el Partido Comunista durante los últimos días de Franco (la muerte del dictador sale en la película a través del famoso responso de Carlos Arias Navarro por televisión), mientras busca en su propia memoria y cuenta historias que las nuevas generaciones parecen hartas de escuchar: “Normalmente el paraíso será mañana. El tuyo fue ayer”, le dice su hijo.

 

   A partir de los años ochenta, el ritmo de su trabajo cinematográfico se ralentiza, al estar más centrado en la literatura y, por supuesto, en su tarea al frente del ministerio de Cultura, entre 1988 y 1991, bajo la presidencia de Felipe González (firmó el 30 de noviembre de 1990 la orden que autorizaba el funcionamiento de AISGE como entidad de gestión). Pese a ello, aún participa en tres películas más, y ve como el francés Jacques Deray adapta en 1991 su novela Netchaiev ha vuelto, con el sempiterno Montand como protagonista y una apasionante temática: el salto que ha dado un grupo de jóvenes desde el terrorismo y las revueltas de mayo del 68 hasta el poder establecido empresarial, 20 años después. Una reflexión sobre los fanatismos ideológicos.

 

   “Así que eres un revolucionario profesional”, le dice con cierta sorna el personaje de la joven Geneviève Bujold a Montand (o a Semprún) en La guerra ha terminado. Un revolucionario profesional que, tras una vida que en realidad fueron muchas vidas, se ve reconvertido en intelectual y artista, y que llega a formar parte del órgano de decisión de un Gobierno de España como responsable de Cultura.

 

¿Quién se lo iba a decir? O quizá no fuera tan raro y ya lo intuyera décadas antes. De hecho, en aquel guion de la película de Resnais había incluido una frase, en boca de un policía francés, que hoy resuena como el paradigma de la clarividencia: “De todos modos, la política siempre resulta complicada. Hay tipos que viven clandestinamente y, de pronto, un buen día, se convierten en ministros”.




Sus películas en plataformas:

 

  • Filmin: La guerra ha terminado, La confesión, Stavisky y Sección especial (esta última, también en Acontra+).
  •  Amazon: Z.
  •  YouTube: La vieja memoria (en francés sin subtítulos y en español).
  • Filmoteca Española: ha organizado el ciclo Jorge Semprún. Miradas del exilio, con la exhibición de todas sus películas durante los meses de diciembre y enero.

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