ACADíˆMIA DEL CINEMA CATALí€
Las distancias, que se alzó con el Gaudí a la mejor película en lengua catalana y estuvo nominada en siete categorías de la última edición de dichos premios, ha protagonizado la segunda sesión de Converses de la Acadèmia, una iniciativa desarrollada en colaboración con la Fundación AISGE. El encuentro han participado Elena Trapé (directora y guionista de la cinta), Miguel Ibáñez Monroy (coguionista), Marta Ramírez (productora ejecutiva), los intérpretes Bruno Sevilla y Maria Ribera, y Anna González (directora de casting). El periodista de cine Pere Vall se encargó de moderar las intervenciones de los participantes.
La charla comenzó abordando la gestación del guion, que tuvo lugar durante la estancia de cuatro meses que Elena Trapé y Josan Hatero (coguionista) disfrutaron en Berlín en 2011 gracias a la beca del Nipkow Programm. Inicialmente el filme tenía forma de road movie y la acción se situaba entre Barcelona y la capital alemana, por lo que Trapé y Hatero decidieron hacer en coche el viaje que querían mostrar en la pantalla. Pero al llegar a Berlín tuvieron claro que la historia debía suceder allí. Trapé explicaba durante la conversación que el hecho de centrar la acción en un grupo de amigos de la universidad que se reencuentra al cabo de unos años funciona muy bien porque evidencia el paso del tiempo y los cambios de rol que se producen. Y con ellos, las decepciones.
Más adelante se incorporó al equipo el guionista Miguel Ibáñez Monroy para aportar un punto de vista externo y seguir trabajando la estructura narrativa. Monroy habla del guion como una herramienta o un medio, no como un producto terminado, lo cual explica la necesidad de una actitud abierta ante los cambios, tanto en las fase de rodaje como de montaje. En este sentido, Monroy y Trapé explicaron a los asistentes que, sobre el papel, las escenas estaban más llenas de diálogos y explicaciones que después se fueron sustituyendo por silencios que marcan de forma visible el tono de la película. Y para ello fue esencial el trabajo de la montadora, Liana Artigal, quien estuvo nominada a los Premis Gaudí.
Como anécdota, Trapé y Monroy desvelaron que llegaron a escribir y rodar dos finales porque tenían miedo de dejar a los espectadores con una sensación demasiado negativa, pero decidieron ser coherentes con el espíritu del filme que concibieron y apostaron por el desenlace menos amable.
A nivel de producción, la financiación del proyecto fue un proceso largo que se extendió durante cinco años, una eternidad en comparación con las cuatro semanas del rodaje de la película completa. A fin de economizar recursos, en principio se planteó la filmación de las escenas interiores en Barcelona, aunque un viaje a Berlín desterró esa idea: tanto Trapé como Marta Ramírez, la productora ejecutiva, no tardaron en percatarse de que en la ciudad mediterránea sería tarea complicada recrear la luz, el estilo y la sonoridad propios de los pisos de berlineses. Así que allí situaron todo el rodaje, una decisión que fue a favor de la cinta en todos los departamentos, desde la fotografía hasta la interpretación. Los actores Bruno Sevilla y Maria Ribera destacaban en el encuentro que la posibilidad de convivir juntos durante la filmación facilitó que se generara el clima de grupo de amigos retratado en la historia. En la convivencia fue Miki Esparbé el que más ausente estuvo, pues se marchaba de la ciudad durante largos periodos en los que no tenía secuencias, lo cual enfatizó esa sensación de desconexión de su personaje respecto al grupo que requería Las distancias.
En cuanto al casting, Anna González contó que partió de cero y con la mente abierta, aunque Trapé pensó en algunos nombres mientras escribía. Pero como la financiación se prolongó tanto, en la fase de preproducción esas personas ya no tenían la edad que encajaba con los personajes. González destacó que en el proceso no buscaban intérpretes que encajaran en papeles individuales, sino que funcionaran como un grupo de amigos que pasa por un momento muy concreto. El equipo de selección lo integraron la directora del filme, la productora y la propia González como responsable de casting, y tanto Bruno Sevilla como Maria Ribera aportaron en el coloquio sus impresiones sobre aquellas pruebas: ambos se encontraron con que eran más largas de lo habitual, por lo que pudieron disfrutar de su trabajo al probar y mostrar propuestas diferentes. Ribera se postuló en un primer momento para el personaje de Olivia (encarnado al final por Alexandra Jiménez) y después para el de Anna, a la que definitivamente dio vida y que le valió la nominación al Gaudí en la categoría de actriz secundaria.
Trapé comentaba que, antes de empezar a concebir la trama del filme, escribieron páginas y páginas con la descripción de los personajes y su background, algo básico para una historia que plasma un momento en las vidas de unos amigos cuya relación se remonta a mucho tiempo atrás. Construir ese pasado compartido que condiciona a cada personaje llevó a los actores a trabajar de forma individual con distintos recursos. Ribera habla de imágenes que iba articulando a partir de lo que Trapé le concretaba o de lo que ella misma iba imaginando. Miki Esparbé, en cambio, le pidió a la directora una lista con la música que escucharía su rol.
Durante la sesión también hubo espacio para hacer autocrítica, con Trapé admitiendo que habría tenido que profundizar más en los ensayos: ello habría ayudado a resolver muchas dudas y a probar cosas que en el rodaje terminaron no funcionando. A pesar de eso, Ribera y Sevilla destacaban que el reparto trabajó de manera muy compenetrada, sintiendo que en todo momento remaban en la misma dirección. Ambos artistas calificaron como positiva la exigencia de estar escuchando permanentemente a los compañeros y ser muy generosos con ellos en cada secuencia, pues se trata de una película de silencios, miradas, gestos y reacciones...
Entre las preguntas del público, algunas aludían al bilingí¼ismo en Las distancias, lo que Trapé y Ramírez atribuyeron a una cuestión de fidelidad hacia los personajes imaginados, que se relacionan entre ellos en catalán y en castellano. Pere Vall también puso sobre la mesa el encasillamiento de Alexandra Jiménez como actriz cómica y si eso supuso un riesgo para Trapé, lo que dio pie a que ella y Anna González profundizaran en un logro: el de haber sacado a los actores de su registro habitual. Alexandra Jiménez defiende un papel dramático; Miki Esparbé levanta un personaje silencioso y contenido, que se aleja de sus habituales caracteres expansivos; Isak Férriz encarna a un hombre conservador y discreto, en lugar de los roles más salvajes a los que está acostumbrado... Se les hizo salir de su zona de confort y el resultado acabó siendo más estimulante.




