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04-05-2020

Archivo AISGE (2019)


Dolor y gloria de una actriz con alma revolucionaria

 

Con una vida tan pródiga en aventuras como en penalidades, Coral Pellicer dejó su huella en decenas de películas y series de televisión tras formar parte de una de las hornadas más brillantes de la Escuela de Cine de Madrid


PEDRO PÉREZ HINOJOS

De la mano de su abuela caminaba todos los sábados al cine de su barrio, en Valencia. A oscuras esperaba hipnotizada el momento en que se corrían las cortinas, empezaba a sonar la música y las imágenes se ponían a bailar sobre la blanca pantalla. “No había nada más mágico”, evoca más de setenta años después Coral Pellicer, concentrando en ese recuerdo no solo el origen de su enamoramiento con el cine. También reconoce en él la vía de evasión que le transportaba muy lejos; mucho más que las acequias, la playa de la Malvarrosa o las vías del tren, los pocos rincones felices en aquellos años de plomo, tan grises y fríos para ella y su familia.


   Hoy Pellicer (Valencia, 1937) sigue maravillándose con la magia del cine y acarreando con la pesada carga de ausencias y brutalidades de aquel tiempo de guerra y posguerra. En decenas de pequeños papeles en películas y series ha dejado la impronta de su vocación. Sin embargo, esa larga carrera le sabe a poco. “Creo que no me supieron sacar todo el partido. O yo no me supe dar. Pero lo hecho, hecho está”, reflexiona con voz fresca y media sonrisa, mientras acaricia fotos de estudio y recortes de prensa de los sesenta y setenta desde los que también sonríe una muchacha de ojos vivos y melena morena.


   Aquella Coral era una veinteañera aguerrida y entusiasmada con un futuro que forzosamente debía ser más luminoso que un pasado marcado por el fusilamiento de su padre, el célebre líder anarquista José Pellicer, en 1942, víctima de la represión franquista. Su madre, Maruja Veloso, de militancia socialista, también sufrió las represalias del régimen, que truncó su dedicación a la medicina y la obligó a ganarse la vida como sirvienta.


   Recuerda que “en mitad de la guerra, siendo yo bebé, mi madre pidió a los milicianos que trajeran a Valencia toda la leche que pudieran porque se estaba matando de hambre a la población. Gracias a aquello me salvé yo y decenas de niños, tanto de familias republicanas como de derechas. Y al acabar el conflicto, la madre de uno de los niños que se alimentaron con aquella leche denunció a mi madre ante los falangistas. ‘Id a por esa, que es roja’, les dijo”.



Aún encogen su corazón y encienden su rabia ese recuerdo cruel y el momento en que, a los ocho años, supo que su padre estaba muerto “y no preso en Zaragoza, como me hicieron creer”. Solo las mágicas matinales de cine junto a su abuela, y más tarde en Lleida, donde se trasladó con su madre, endulzan su memoria de aquella época.


   En la ciudad catalana aprendió inglés. Y con el francés que le enseñaron en su colegio valenciano, se convirtió en una joven políglota. Con apenas 18 años su progenitora le permitió viajar a Inglaterra para perfeccionar el idioma, a la vez que estudiaba un curso de Pediatría. “Lo hice por compensar a mi madre”, admite, “pero pronto me di cuenta de que aquello no era lo mío”.


   Le fue mucho mejor con un cursillo de interpretación, que no fue a más “porque a los españoles no nos daban cancha”. Pero con la curiosidad despierta regresó a España, y en Madrid se dedicó a trabajar como profesora de idiomas, al mismo tiempo que se matriculaba en la Escuela de Cinematografía. “Allí estaba la intelectualidad. Y el cine era lo que más me gustaba”, recuerda. Coincidió con una de las mejores hornadas de cineastas españoles: Berlanga, Picazo, Olea, Erice… Y conoció al que se convertiría en su marido, Angelino Fons, además de a grandes amigas como la actriz María Elena Flores, con quien debutó en 1962 en el corto Sor Angelina, del también debutante Francisco Regueiro.


   Un viaje sola y en autoestop por Europa en las vacaciones de verano -“ahora es imposible ver a una chica hacer algo así; me marcó la vida”- le dio otro empujón para decantarse por su destino de actriz, con la primera parada importante en La tía Tula (1964), la adaptación de la novela de Unamuno por Miguel Picazo. Su papel “fue acortado, pero resultó una experiencia maravillosa”, asegura. Aunque nada comparable a las vivencias gracias a La busca (1966), la versión de la obra de Baroja que situó a Angelino Fons en la nómina de grandes promesas de la dirección en España. Y es que fue seleccionada por el Festival de Venecia para su sección oficial y el protagonista, el francés Jacques Perrin, se alzó con la codiciada Copa Volpi.


   Los días pasados en La Serenísima siguen grabados en la memoria de Pellicer: “Lo mismo tomábamos café con Catherine Deneuve o Analía Gadé que nos reuníamos con compañeros exiliados. Hasta me enfrenté con un jefe del Partido Comunista Italiano que nos acusó de no querer derrocar a Franco. ‘Pues vaya usted y hágalo’, le solté”.



   Para asegurarse el sustento aceptó también papeles en televisión, a la vez que se le abría una inopinada vía de trabajo en el periodismo, que terminó por convertirse en su otra gran pasión. Se especializó en reportajes para publicaciones turísticas y su “amigo del alma” Moncho Alpuente le abrió las puertas de la sección de Cultura de El País, donde estuvo colaborando durante años.


   Esos trabajos de prensa se han alternado en el último tramo de su vida con sus apariciones en series y sus batallas personales. “No me he callado nada, he peleado. Y eso no siempre gustaba. Me considero anarquista, y lo revolucionario no encaja”, se lamenta. Menciona la lucha por declarar su apostasía, pero también por restaurar la memoria de su padre y de sus tíos fusilados, al reclamar ante los tribunales la anulación de sus condenas a muerte.


   Los apuros económicos le han amargado los últimos años. Y el olvido de muchos compañeros. Aunque lo que más le mortifica es el porvenir de su hijo David, cineasta como su padre. Por eso reclama más oportunidades para los jóvenes realizadores, “que luchan por trabajar y están deseando mostrar lo que valen”.


   A pesar de tanto dolor y tanta pesadumbre, además de una memoria cada día más nebulosa, Coral Pellicer no puede dejar de sonreír cuando parlotea de sus glorias como actriz, cual diva de tragicomedia almodovariana. Y a la luz del sol de primavera entrando en el salón de su casa, iluminando sus viejas fotos y silueteando su menuda figura, en su voz dulce queda aún bastante de aquella niña embelesada ante la blanca pantalla a la espera de que se apagaran las luces y se encendiese la magia.



De editar el NO-DO al penúltimo aplauso en ‘Cuéntame’


La primera experiencia televisiva de Coral Pellicer fue a mediados de los setenta como editora en el célebre NO-DO. Pero su primer personaje se lo brindó La barraca (1979), la adaptación del clásico de Blasco Ibáñez. “Fui feliz volviendo a mi tierra”, evoca. El comisario, Hospital central o Amar en tiempos revueltos han sido algunas de las series relevantes en las que intervenido. Y en Cuéntame ha disfrutado de sus últimas oportunidades con diversos papeles. El más recordado es el de Felisa, la telefonista de Sagrillas, el pueblo manchego de los Alcántara. Recuerda Pellicer que en su última aparición por el set para grabar, al acabar una escena, todo el equipo le aplaudió. “Yo siempre he preguntado al director si lo he hecho bien. Pero aquel día no me dio tiempo. Me emocioné. Creo que en ese momento supe que soy una actriz buena”.

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