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08-09-2020

 

CRISTINA MARCOS

 

Pienso que ya no me ven ni como la mamá ni como la abuela

 

 

El Goya la señaló en 1994 como la mejor actriz del país, un oficio en el que se vio inmersa a partir de un anuncio en ‘Fotogramas’. Hoy le duele, como a tantas mujeres de su generación, la escasez de oportunidades laborales. Pero advierte: aquí está y no se rinde

 

JUAN FERNÁNDEZ

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha

Hasta esta cita llega Cristina Marcos (Barcelona, 1963) dando brazadas en un mar de dudas. Quién no las tiene en estos tiempos inciertos que vivimos. Qué intérprete no las lleva consigo en este oficio que depende permanentemente de una llamada de teléfono y en el que se encarnan historias ajenas a riesgo de renunciar a las propias. Pero en su caso el sinvivir tiene honduras hamletianas. El próximo año se cumplirán 40 temporadas del estreno de Maravillas, el filme que dio inicio a una carrera marcada por grandes éxitos en el cine, el teatro y la televisión: Tacones lejanosTodos los hombres sois iguales –premio Goya a la mejor actriz de 1994–, El grupoEl método GrönholmVis a vis o Cuéntame. Sin embargo, a estas alturas de la película no tiene claro que lo hecho y vivido hasta ahora sea lo que desea hacer y vivir de ahora en adelante. Andan el ambiente y la profesión revueltos últimamente, y ella también lo está, pero conserva armas poderosas: la curiosidad por aprender intacta y el valor de mirar a las dudas de frente.

 

– ¿Cómo recuerda en la distancia su primer trabajo de actriz?

– Empecé de manera inconsciente, casi sin querer. Mi madre compraba todas las semanas el Fotogramas, que antes de ser mensual era semanal, y un día salió una noticia que anunciaba que Manuel Gutiérrez Aragón andaba buscando una chica para su próxima película. No recuerdo cómo, pero averigüé la dirección de la productora y me planté allí. Debía tener 16 años. 

 

 

– ¿Ya sabía que quería dedicarse a esto?

– No, no, yo no sabía nada. Ni siquiera me había enterado de que había que llevar fotos a las pruebas de interpretación. Solo sabía que me fascinaba el cine y me fui para allá a ver lo que encontraba. Me movía esa voluntad de hierro que una tiene a esa edad, y que ya no tengo. Al cabo de unos días me llamó un periodista y me dijo que me habían dado el papel. Fue así como me enteré. Hablar de esto me remueve por dentro porque en este momento me estoy replanteando muchas cosas en mi vida. 

 

– ¿Cómo cuáles?

– Me pregunto cuál es mi verdadera vocación y si realmente tengo tantas ganas de ser actriz o no. Y no lo tengo claro. Pienso en cómo ha cambiado todo, en qué me piden ahora y en cómo se adapta mi personalidad a lo que quieren de mí. A veces una es su principal enemiga. En ocasiones me ha resultado difícil comunicarme y he sido brusca e impertinente. Otras veces he sentido que me han tratado de manera poco amable y eso me ha afectado mucho. Veo que los jóvenes se enfocan rápidamente en lo que tienen que hacer y van directos a por ello. A mí todo me confunde, me altera, me desconcentra. No sé, quizá es por haber sido siempre una niña solitaria que ha llevado mal relacionarse con grupos.

 

– ¿En qué se traducen todas esas dudas?

– En Navidad dejé Cuéntame y me dije: me lanzo a la independencia sin nada. Tenía Diálogo del Amargo en el Teatro Español, pero al quinto día del estreno cerramos por la pandemia. En estos días de confinamiento he pensado en mi edad, en que hay muchas actrices de mi generación, y muy buenas, pero los papeles son pocos. Pienso que ya no me ven ni como la mamá ni como la abuela. Y a veces fallan las fuerzas. Yo no tengo el empuje de otras compañeras que son muy emprendedoras y crean ellas mismas lo que hacen o tienen muchos contactos. En ese sentido, yo soy un poco ermitaña. Y me cuesta.

 



 

– ¿Se plantea dejar la interpretación?

– Lo único que tengo claro es que conservo intactas las ganas de aprender. Justo antes del confinamiento empecé un curso de audiolibro, locución y doblaje porque me dije: si no puedo vivir de mi imagen, quizá pueda explorar mi voz y hacer cosas creativas en ese mundo, que me gusta mucho. En el colegio me sacaban a menudo a leer y disfrutaba haciéndolo, aunque no me enterara de lo que leía, por el puro placer de pronunciar. Mi madre trabajó muchos años en la radio, así que el tema de la voz ha estado muy presente en mi vida. 

 

– ¿Se ve viviendo de su voz?

– Tengo 56 años, no dispongo de muchos ahorros y he de ganarme la vida. Esa puede ser una salida profesional. No me he planteado dejar de ser actriz, me apetece mucho poder hacer cosas bonitas y defender buenos personajes, pero no me llegan. Lo último verdaderamente interesante que he hecho ha sido Una vida americana, hace dos años en el teatro. Y mi último largometraje fue La isla interior, en… 2009. Series he hecho muchas, y algunas estuvieron muy bien, pero ese mundo ha cambiado mucho y hay cosas que no acabo de entender.

 

– ¿A qué se refiere?

– Hace años, cuando ibas a empezar una serie, te mandaban a casa un paquete enorme con 13 guiones donde te contaban toda la historia y te explicaban al detalle los personajes. Ahora, en cambio, te ves obligada a decir que sí sin saber de qué va la serie ni qué le va a pasar a tu papel. Empiezas a rodar sin tener idea de qué ocurrirá en el tercer capítulo. Ese secretismo me parece absurdo y un poco tirano, me cuesta comprenderlo. 

 

 

– ¿Dónde ha sido más feliz, rodando películas, haciendo series o en el teatro? 

– He tenido momentos felices en los tres sitios. El teatro tiene esa cosa de hacer la tarea y acabarla en el momento. Ahí hay una realidad, una energía intensa, que es muy interesante, dure una hora o tres. En ese sentido, se parece a los planos secuencia de las series o las películas, con varias cámaras grabando a la vez, aunque no es lo mismo, porque en el teatro no hay repetición posible, has de seguir adelante pase lo que pase. Empecé en el cine y pensaba que no me iban a admitir en el teatro, por aquello de que vienes de los rodajes y hablas bajito. Tuve que trabajármelo, pero al final pude hacer grandes obras.

 

– Si ahora entrara por la puerta un productor, ¿qué le gustaría que trajera bajo el brazo?

– Me gustaría que anunciara el regreso de Diálogo del Amargo al Español. Estrenamos el 5 de marzo y el 12 nos mandaron para casa por la pandemia. Después nos dijeron que ya no volveríamos porque no había hueco. Me pregunto quién hace el hueco. Esa sala depende del Ayuntamiento de Madrid y esta representación fue aprobada por la anterior corporación. La obra va sobre la muerte de Lorca y la memoria histórica. Tenemos la impresión de que tras esa decisión hay intereses políticos. Bueno, si ese productor llegara con una película bonita, también estaría bien. Yo sigo viva, ojalá ocurra. 

 

 

– ¿Cómo recuerda el Goya que ganó? 

– Con alegría, puesto que no me lo esperaba. La película [Todos los hombres sois iguales] era una comedia, y ese género no suele cosechar premios. Estuvo muy bien, pero reconozco que me atoró un poco sentir tanta atención sobre mí, eso siempre lo he llevado mal. Después de tantos años me he dado cuenta de que me gusta el trabajo de actriz, pero no lo que le rodea. Me gusta contar un cuento, sea en el teatro, el cine, la tele, la radio o un audiolibro, pero nunca entendí el número que se monta alrededor.

 

– ¿Y eso le ha condicionado en su carrera?

– Sí, porque poco a poco me voy apartando y al final acaban viéndome como la rara. Que si soy chula, que si voy con la cara seria… Lo siento, pero hay engranajes en el ser humano, en la forma en que se conectan los individuos y se comen los unos a los otros, que nunca he entendido. Hay gente muy jacarandosa que suelta una fresca y nadie se atreve a decirle nada nunca más, pero yo no me sé defender. Parezco muy seria, pero luego me dan por todos lados. Mi dificultad para relacionarme me hace ser desconfiada. De uno en uno lo llevo bien, pero en grupo me cuesta. Esto va más allá del oficio, es una cuestión de mi personalidad.

 

– Si vuelve la mirada atrás, ¿diría que acertó el día que hizo aquella prueba que vio anunciada en Fotogramas?

– No lo sé, siempre tengo esa duda. Me he dedicado toda mi vida a esto y aún hoy es mi profesión, pero no estoy segura de que esto haya sido lo mejor para mí. Le doy muchas vueltas a algo de mi pasado; bueno, de antes de mi pasado. 

 


– Cuénteme.

– A mi madre le gustaba mucho el cine. Te podía contar una película en hora y media. Trabajaba en la cadena Ser y a menudo nos llevaba al cine Imperial, que estaba debajo, y nos dejaba a las tres hijas mayores con una película de Disney mientras ella subía a la emisora. Le decía al acomodador: “Por favor, écheles un ojo, estoy arriba y en un rato las recojo”. Cuando vivía en Barcelona, antes de mudarnos a Madrid, ella estuvo a punto de entrar en el Instituto del Teatro porque había hecho teatro leído en la universidad y le había gustado mucho. Tengo fotos suyas en Doña Rosita la soltera con un vestido que se hizo con unas sábanas. Pero cuando iba a matricularse en el Instituto se enteró de que estaba embarazada de mí… y ya no entró.

 

– ¿Entonces?

– Pues yo me pregunto: “¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué me metí en esto?”. Estoy contenta de ser actriz, pero todo lo que ha pasado con el virus me hace darle muchas vueltas a la cabeza y veo muchas cosas tambaleándose. Solo tengo claro que hay ciertas situaciones del pasado a las que no deseo volver, pero no sé abrirme a otras nuevas. Estoy en ello. Me consuela saber que conservo intacto el deseo de aprender. De eso no me he cansado, sobre eso no tengo dudas. 

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