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19-03-2020

Dácil González

 

“No concibo la creación 
si no es compartida con alguien”

   

Su salto de Canarias a Madrid supuso su transición de la danza clásica a la contemporánea. En la capital conocería a Daniel Abreu, con quien alumbró el espectáculo ‘La desnudez’, destacado por el jurado al otorgarle en 2019 el Premio Nacional de Danza en la categoría de interpretación


BEATRIZ PORTINARI

Cuando Dácil González (Las Palmas de Gran Canaria, 1976) dijo en su casa que quería dedicarse a la danza pura y dura, la de escenario y público, sus padres “cortocircuitaron”, según sus palabras. Tal vez esperaban que abriera una escuela de baile y se dedicara a la docencia en su tierra, pero ese no fue su camino. Tampoco eligió una disciplina fácil de entender, la danza contemporánea, con la que en 2019 ganaría el Premio Nacional de Danza en la modalidad de interpretación. El jurado del galardón que concede el Ministerio de Cultura y Deporte ha señalado en el fallo “el impecable nexo entre técnica, emoción y capacidad comunicativa” de la bailarina, y destaca que “a través de su trayectoria puede leerse gran parte de la historia de la danza contemporánea hecha en España”. Hoy la artista canaria compagina la gira de La desnudez con su trabajo como asistente de dirección de Daniel Abreu en la compañía de danza LAVA, residente en el Auditorio de Tenerife. ¿Su próximo reto? Seguir levantándose cada día con ganas de bailar, “hasta que el cuerpo diga que no quiere seguir”. Porque su mente sí continuará bailando siempre.


– ¿Cómo surgió su pasión por el baile? ¿Alguien en su familia bailaba?

– ¡Qué va! No teníamos antecedentes relacionados con la danza, el teatro o las artes, pero mi madre me apuntó a baile como actividad extraescolar. Así empezó la cosa, en el colegio donde estudiaba. Mi primer profesor, Manuel Jiménez, le dijo a mi madre que yo tenía potencial y que quizá podía llevarme a una academia. En realidad, mi familia me animó a que estudiase la carrera de Danza al mismo tiempo que mi Bachillerato, pero quizá pensando en el lado más estable de la profesión, como dar clases. 

 

– De aquella etapa inicial, ¿a quiénes recuerda como maestros?

– Cuando me fui al estudio de ballet mis referentes fueron Julian Brandon y María Eulate. Julian era bailarín en activo, transmitía pasión por bailar, como si todo estuviera por descubrir. Y María es una pedagoga fantástica, fue ella la que me enseñó toda la técnica en un momento tan difícil como la adolescencia, una etapa extraña, en la que no tienes claro qué quieres hacer con tu vida. Me enseñó algo clave cuando decía: “Llega un momento en que el aspecto técnico ya está aprendido y, a partir de ahí, lo que hagas solo depende de ti”. Eso es lo que marca la vida del bailarín. Hay una cosa fantástica que te enseña la danza: la autodisciplina, hasta dónde quieres llegar, cuánto quieres experimentar, la curiosidad.



Foto: Theo Stamatiadis


– ¿Fue curiosidad lo que propició su salto del ballet a la danza contemporánea?

– No fue algo definido desde el principio. Mi idea siempre fue la interpretación, por eso elegí los estudios superiores de Danza en la modalidad de Coreografía y Técnicas de Interpretación. Cuando empecé no existía un conservatorio de danza contemporánea, se estudiaba danza clásica. En 1996 lo único que sabía era que terminaba la carrera de Ballet, que estaba simultaneando con los estudios de Psicología que cursaba a distancia en la UNED. Pero no tenía claro si quería dedicarme profesionalmente a bailar. En ese momento me trasladé a Madrid y continué con las clases de danza. Así entré en el mundo contemporáneo, donde conocí a Carmen Werner o Mónica Runde, que hacían trabajos muy interesantes. 

– ¿Qué recuerdos tiene de su aterrizaje en la escena de la danza contemporánea madrileña de aquella época?

– Pedro Berdayës y Mónica Runde, de 10&10 Danza, hicieron una audición y me presenté. Ellos me enseñaron lo que significa estar encima de un escenario. ¿Sabes eso de cuando has estudiado mucho algo, pero hasta que no lo practicas no sabes de qué va? Sales de la escuela y te queda todo por descubrir, todo por aprender, y colaborar en aquella compañía era un reto extraordinario. Además, la danza contemporánea es un mundo pequeño en el que nos conocemos todos, y te enteras de las formas de trabajar que tienen unas compañías y otras. Me interesaban mucho las diferentes maneras de narrar historias, las preguntas que se hacían, cómo las construían escénicamente. Aprendí de algunos coreógrafos que eran más narrativos y de otros que eran más abstractos

– En esa etapa conoció a quien más tarde se convertiría en su otra mitad artística, Daniel Abreu. ¿Cómo empezó la colaboración entre ambos?

– Curiosamente, él también es canario, pero coincidimos ya en Madrid. Él estaba en Provisional Danza y yo en 10&10. Mónica Runde empezó un proyecto, Cartas al director, con Teresa Nieto y Carmen Werner, que vino con Dani Abreu… Él estaba buscando bailarines para un proyecto personal y en un descanso nos preguntó si conocíamos a alguien que quizás quisiera colaborar. Le dimos nombres, sugerencias. Y de repente me miró y dijo: “¿Tú querrías trabajar conmigo?”. Le contesté que sí. La ilusión por trabajar juntos vino por las dos partes, y desde aquel momento no puedo más que agradecerle las oportunidades que me ha dado. Cada vez que me pongo en sus manos es una cuestión de confianza ciega, sepa o no adónde vamos. Como intérprete soy un vehículo narrativo a través del cual el coreógrafo cuenta una historia. Me planteo mi papel como bailarina pensando: “Esta es tu historia y voy a acompañarte para contarla”.

– ¿Qué ha significado para usted el reciente Premio Nacional de Danza y la mención especial a La desnudez?

– Cuando me comunicaron que había recibido ese reconocimiento me acordé de todos los que me habían enseñado a lo largo de estos años, de todos los que me habían llevado a ser como soy sobre el escenario. También pensé: “Fui yo, pero podrían ser ellos”. Me refiero a toda una generación de compañeros que han disfrutado y padecido como yo la danza contemporánea. No puedo quejarme porque desde que empecé tuve una mirada amable de la crítica. Es una alegría ver que con tu baile mueves cosas, y eso te estimula a seguir, a querer más. Y me sentí muy honrada cuando el premio mencionó La desnudez, por ser precisamente uno de los trabajos recientes con Daniel Abreu. Él te exprime, te saca cosas, te lleva a mundos que no son cómodos, por los que no quieres transitar o que no sabes que los tienes. Y a mí me descubrió nuevos sitios en La desnudez



Imagen de la artista en 'La desnudez'


– ¿Cómo definiría su estilo como bailarina?

– Como intérprete me gusta hablar de compromiso: si digo que sí a un trabajo, lo digo con todas las consecuencias. Y también me gusta hablar de versatilidad: me adapto bien a lo que me propongan. No tengo problema en hablar lenguajes contemporáneos o clásicos, yo solo quiero bailar.  Me emociona igual, no importa la manera en que quieras contarlo. Aunque he hecho trabajos como coreógrafa, no me llamaría a mí misma coreógrafa. El aspecto creativo lo alimento más como intérprete, con coreógrafos que me dan libertad para crear, porque no concibo la creación si no es compartida con alguien. Me interesa más poner en común historias que contar las mías.

– También ha colaborado en películas como El otro lado de la cama y Pasos de baile. ¿Qué supuso para su carrera esa incursión en el cine?

– Cuando surgió la oportunidad de El otro lado de la cama yo estaba con 10&10 Danza. Que el director Emilio Martínez-Lázaro se atreviera a meter danza en el cine fue algo llamativo y gustó mucho. Para mí fue un regalo porque me sacó de mi zona de confort, era salir de un lenguaje para ir a otro y descubrir que había muchas formas distintas de crear danza, con lenguajes diferentes para cine, televisión, teatro… Y la colaboración en Pasos de baile, de John Malkovich, surgió cuando 10&10 era compañía residente en la sala Mirador, a la que él vino a grabar. En aquella época yo era tímida y no le pregunté nada, pero me pareció una persona muy cercana y abierta con sus actores, se nota cuando un director ha sido o es también actor. Si hubiera sido hoy, le habría sentado y le habría preguntado mil cosas. 

– ¿Qué balance hace como testigo de estas dos últimas décadas de danza contemporánea en España?

– Es curioso, pero hasta que no lo verbalizas, no te das cuenta de que ha pasado tanto tiempo. Es cierto que he sido testigo de muchas novedades artísticas en las que pude participar y estar presente. Al echar la vista atrás, creo que fui una privilegiada, pues llegué a Madrid en un momento de gran efervescencia en el mundo de la danza. Tuve la oportunidad de asistir y conocer a muchos coreógrafos de este país, pude ver cómo su trabajo adquiría gran importancia dentro y fuera de nuestras fronteras. Asistí al nacimiento de grandes compañías, pero también a la pérdida, porque algunas desaparecieron con la crisis. Me siento afortunada por haber podido ver todo eso. Con algunos bailé mucho tiempo, con otros fueron colaboraciones, asistí de forma directa o indirecta a su gestión, a su forma de salvar los tiempos difíciles. De ellos aprendí que la adaptación al cambio tiene un aspecto interesante que me atrae. Habrá que ver qué nos deparan los próximos 20 años.

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