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11-07-2022


"Me encantarí­a volver a hacer thriller para pantalla grande"



Dani de la Torre, director de 'La Unidad' y 'El desconocido', ha conseguido en 'Live is life' pivotar alrededor de cinco actores adolescentes no profesionales un cuento creí­ble, como antes lo habí­a hecho con Luis Tosar. Cambian las historias y los formatos, pero no la vocación y el disfrute.



JAVIER OLIVARES

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Se presentó en el Festival de Málaga en 2021, pero Live is life también está en la gruesa lista de pelí­culas damnificadas por el virus. "Tengo la sensación de haberla estrenado dos veces", bromea Dani de la Torre. El director de La Unidad ha vuelto a un largo con las peripecias adolescentes de un grupo de amigos de veraneo en un pueblo gallego: las correrí­as contra los mayores, los amorí­os, el cerco de la droga. Orensano de Monforte de Lemos, Dani de la Torre ha podido disfrutar a los 47 años con el rodaje en su tierra, la magnética Ribeira Sacra. Pero su objetivo no era ese, sino "rescatar para el cine al público familiar. La pelí­cula habla de verano, de vacaciones, de respirar. Todo el mundo quiere respirar, tener un verano normal, y eso ya es algo positivo".


¿Es fácil trabajar en tierra propia?

Dirí­a que sí­, a pesar de que no fue el mejor momento, en plena pandemia. La Ribeira Sacra es un sitio al que no se suele ir a rodar. La gente local se volcó en el rodaje, y para los de fuera la pelí­cula es un aliciente paisají­stico y gastronómico.


El director de fotografí­a, Josu Inchaustegui, estarí­a encantado.

- Sí­, me decí­a: "Yo quiero que estés orgulloso de tu tierra, porque es tu tierra, tí­o". Se esmeró, claro, pero la peli también pide eso, porque es un cuento, y los paisajes deben arropar a los personajes. Naturaleza, libertad. Todo el mundo tiene o ha tenido pueblos a los que acudir en verano, donde te dejaban libertad.


- ¿A usted le dejaban sus padres dormir fuera a los 16 años?

Sí­, porque siempre í­bamos a casa de otro, o en pandilla, con las bicis. Decí­as que dormí­as en algún sitio y luego dormí­as donde fuera [risas]. Yo era el de pueblo, como el Suso que en la pelí­cula recibe a sus amigos. Los padres de los otros llegaban de Madrid y Barcelona hartos de trabajar: querí­an descansar y que no les rompieran la cabeza con problemas. Y como los chavales buscábamos lo mismo, era un pacto perfecto.



- El guion es de Albert Espinosa. ¿Hay mucha cuota suya?

- Lo adapté a mí­, fue una de las condiciones. Cuando acepté la historia cambié la costa catalana por la Ribeira Sacra, y pude añadir mis anécdotas.


- Por ejemplo, ¿cuál entresaca?

- Pues esa tendencia a robar la ropa a la gente, provocando. Además, siempre se lo hací­amos a los que más se encaraban. Y eso de huir e importunar a los mayores, los quinquis, por cuyo territorio no podí­as pasar... A veces esa era la propia tentación. Adolescencia de macarrilla y de tanteo. La anécdota de los helados en el colmado, por ejemplo: al pueblo siempre llegaban las novedades más tarde, estaban todos tachados en el tablón de precios [risas]. Hay muchas anécdotas comunes con la adolescencia de Albert, como las persecuciones de los chavales. Todo era escapar, correr.


- ¿Qué se le ha quedado corto en la trama?

- El tema de la droga... Tanto en Cataluña como en mi pueblo fue devastadora. Muchos hermanos mayores de mi generación murieron, entre el sida y la sobredosis. Era habitual ver a los chavales tirados en el portal o esnifando. O que te pidiera dinero el hermano mayor de tu amigo, que ni te conocí­a, de cómo iba. De hecho, el rescate y supervivencia del bebé de la yonqui en la pelí­cula forma parte del cuento, porque en la vida real falleció.


- ¿Fue fácil ambientar la época de los ochenta? En la Barcelona urbana aparecen muchos coches de época.

- Es que, cuando te pones, te das cuenta de la cantidad de gente que colecciona cosas. Por ejemplo, coches: empiezas a tirar del hilo y empieza a salir gente. Uno que tiene varios Seat 600 o varios 1.500. Y los tienen perita, para hacer concentraciones. Que yo sepa, no cobran mucho, porque les hace ilusión salir en la peli, aunque sea conduciendo. Fue sorprendente. Surgieron hasta Dyane 6 o Tiburón. Los compran en desguaces y los van arreglando y los tienen como coche de paseo, o para alquilar a una boda.



- No serí­a tan sencillo el casting de los chavales, actores no profesionales. 

- Eva [Leira] y Yolanda [Serrano] las directoras de casting, vieron a unos 1.000 chicos de 16 o 17 años, entre Cataluña, Madrid y Galicia. Se buscaba el acento gallego solo en el caso de Suso [David Rodrí­guez], que es el nativo del pueblo. Garriga [Javier Casellas], el gorditosalió de Vigo, y los gemelos [Juan y Raúl del Pozo] y Rodri [Adrián Baena], de Madrid. Lograr la quí­mica entre ellos fue duro, sobre todo porque la trama transcurre en dos dí­as, y en realidad son seis semanas de rodaje.


- Y, claro, son adolescentes.

- Habí­a dí­as que querí­as matarlos. Despistados, sobreexcitados, preparados, apáticos... mosqueados entre ellos. Pero es una experiencia muy buena, hicieron un trabajo guay. Habí­a otros chicos con posibilidades, pero no funcionaban tan bien en grupo. Tení­an tendencia a apocarse, a ser gallitos... la cosa era hacer un grupo equilibrado, con personajes que se ceñí­an a los papeles, no lo que querí­a ese actor que saliese.


- ¿Cómo fue su convivencia?

- Les juntamos en una casa rural durante una semana. Rafting, karts... lo pasaron genial. Ahí­ salió la quí­mica.


- ¿Es duro hacer con un actor no profesional una secuencia tan dramática como la de Suso hablando con su padre en coma en el hospital?

- Me costó mucho, porque no se rompí­a. Sus padres me revelaron cosas emotivas que podrí­an afectarle, y yo se las iba diciendo. Llegó un momento en el que se rompió, y no paraba de llorar. Es un momento entrañable, muy bonito.



- ¿A qué aspira con la peli?

- Sinceramente, no creo que suene para los grandes premios. Hay un [Rodrigo] Sorogoyen, un Isaki [Lacuesta], el Alcarrás de Carla Simón. Pero hay facetas en Live is life como la música, la fotografí­a, el arte, el vestuario... que están muy bien. Igual a algo de eso podamos aspirar. Y quizá a algún actor revelación. Si soy sincero, no pienso en eso. Ni con las pelí­culas anteriores ni con esta. Aparte, hay que tener respeto para todos los compañeros que hacen pelis. Yo lo que quiero, sobre todo, es que la gente vaya al cine. Es una pelí­cula de las que ya no se ven, como Stand by me [Cuenta conmigo], como Los goonies, Los Cinco o Verano azul.


- O sea, que su objetivo es el público familiar.

- Eso es, se trata de buscar la confianza de ese público, sin mayores pretensiones que pasar el rato. Esas pelí­culas que nos hacen mejores: te escarba en lugares que otras no. Echo mucho de menos ese cine.


- ¿Hacia dónde va el cine?

- Los productores no deberí­an dejar de confiar en otras propuestas. Porque, por ejemplo, el thriller se dejó de escribir en el cine español. Solo se hace comedia, drama o algún experimento, como Live is life. Necesitamos nuevos géneros, que la gente confí­e en nosotros. Si no, vamos a volver a la época de antes, la de las comedietas y el drama. Hemos perdido el thriller, precioso en pantalla grande. Cuando yo hice El desconocido [2015], estaba de moda: Celda 211, las pelí­culas de Oriol Paulo, Alberto Rodrí­guez... pero ahora no se hacen porque los productores no lo ven. Para que la industria siga fuerte y haya diversidad de géneros, hay que hacer cosas diferentes. ¿Por qué no una de ciencia ficción o una de aventuras con monstruitos, como los americanos? Estamos creciendo a buen nivel, con series y pelí­culas muy potentes. Pero es necesaria esa conexión con el público, y que no nos abandone. Se ha instaurado una ventana de 45 dí­as, y a partir de entonces las pelis están en las plataformas. La gente espera a verla en Amazon o Netflix o...


- A usted no le ha ido mal en las plataformas.

- No, claro. Pero La Unidad es otro concepto, y hay cierto tipo de pelí­culas que no se ven en ninguna parte como en el cine. Live is life, con esos paisajes y esa música, se disfruta mucho en sala.



- ¿Qué puede contar de La unidad 3?

- Estamos rodando. Vamos a recrear Kabul entre Pakistán, Almerí­a y Madrid. La base del reparto son Marian Alvarez, Michel Noher y Nathalie Poza, el núcleo duro de la policí­a que viaja a Kabul. Y muchos personajes afganos, seleccionados por Eva y Yolanda [directoras de casting]. Estamos viendo gente maravillosa entre los refugiados afganos de aquí­. Alguno hay profesional, pero la mayorí­a no lo son. Hacen unas pruebas espectaculares, con mucha verdad.


- ¿En qué se centra la trama?

- En los cinco dí­as previos al abandono de las embajadas, con el regreso de los talibanes a Kabul. Cómo salieron la policí­a, el embajador... y tramas ficcionadas para los personajes, claro. Con Alberto Marini, Nacho Carretero [Fariña] y Arturo Lezcano estoy escribiendo, también para Movistar+, una serie sobre el crimen organizado en Marbella. El thriller, el suspense, la acción, tienen mucha cabida en plataformas. Desgraciadamente, en el cine solo está al alcance de los americanos y su pasta


- ¿Para cuándo será eso?

- Tengo un rodaje previsto para finales de 2023. Hay que seguir probando... Yo sé hacer lo que sé, no soy de historias intimistas, no es mi código. Lo mí­o es thriller, suspense, acción, puesta en escena. Sacar músculo visual, además de contar historias. Profesionales tenemos buení­simos, pero es cuestión más de presupuestos que de otra cosa. Insisto, me encantarí­a volver a hacer thriller para pantalla grande.

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