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22-09-2023

Daniel Calparsoro


“En las películas me gusta más hacer preguntas que ofrecer respuestas”


Amante del ‘thriller’ en todas sus manifestaciones, ha sabido adaptarse al lenguaje de las miniseries y las plataformas pero no renuncia al largometraje: estrena dos en cuatro meses, ahora que se cumplen 30 años de su iniciática ‘Salto al vacío’

JAVIER OLIVARES LEÓN

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Si uno nace en mayo del 68 y empieza la carrera de Políticas en los convulsos años ochenta de la Universidad Complutense, lo normal es que tenga alma inconformista. Y Daniel Calparsoro, barcelonés de (circunstancial) cuna, vasco de convicción y madrileño de oficio, canalizó esa energía hacia la creación. Cumplidos los 55, ha estrenado Todos los nombres de Dios, con Inma Cuesta, Luis Tosar y Patricia Vico. “Tiene una carga melodramática y emocional que nunca había trabajado. Es un territorio nuevo para mí desde Salto al vacío, también muy cañera y violenta”. Este otoño arranca el rodaje de una miniserie, y en enero estrena El correo, también con Tosar, Luis Zahera y María Pedraza, entre otros.

 



 

– Presumía usted de hacer más cine con mujeres que las propias directoras. Hasta que entró en su vida Tosar, para empatar la balanza.

– [Risas]. En Todos los nombres de Dios es un tipo corriente que atraviesa un momento emocionalmente malo y se ve involucrado en algo que le supera por todas partes. Sin ningún talento ni habilidad especial, ni siquiera emocional. Y manejarse como una persona normal y corriente en una situación extraordinaria no resulta fácil de interpretar. En un thriller, normalmente el protagonista –hombre o mujer– tiene que superarse a sí mismo y convertirse en un héroe o una heroína. Aquí hemos hecho eso, pero sin cambiarle de perfil: sigue siendo el común de los mortales, sencillo incluso cuando llega la situación extrema. Lo borda, sin dejar de ser un hombre corriente en toda la historia. Esa cotidianidad humana dentro ante lo extraordinario es un trabajo muy complejo.

 

– Con Inma Cuesta no trabajaba desde Invasor, en 2012.

– Lo habíamos intentado alguna vez, pero la pandemia nos ha cortado un poco el calendario a todos. No estuvimos tanto tiempo encerrados, pero lo que se vivió nos ha trastocado a los directores y a los actores. Pese a todo, se podían hacer cosas: yo rodé Centauro durante la pandemia, con Barcelona vacía.

 

– Vacía estaba también la Gran Vía en Todos los nombres de Dios. ¿Qué hace a esta calle tan atractiva?

– Yo ya había trabajado ahí hace muchos años, en Asfalto, donde había una persecución con un coche que se estrellaba en Callao, lo cual implicaba a cortar toda la calle. La parte que más me gusta va desde Callao hasta la Red de San Luis y desde esta, a Alcalá, espectacular arquitectónicamente. En Hasta el cielo también hicimos una localización en una bocacalle. Digamos que Madrid es una gran ciudad gracias a la Gran Vía. Tanto llena como vacía, es muy cinematográfica, en sí misma un decorado. Tiene mucha vida.

 

– ¿Cuesta obtener los permisos para rodar?

– No, debes ajustarte a la horquilla de fechas que te ofrecen. Un domingo de rodaje incluso conseguimos desviar la trashumancia de ovejas, que sucede pocas veces al año en el centro de la ciudad.

 


– ¿Qué ha aprendido en esta película?

– El tono. Estoy muy contento de manejar el tono con los actores y la cámara, para que no haya estridencias. Eso es el cine, al fin y a cabo. Y técnicamente, también noto que ha mejorado el lenguaje, he aprendido a sintetizar. El cine es un lenguaje sintético, más basado en sugerir que en contar. Más en hacer preguntas que en ofrecer respuestas. El otro cine, más dogmático, no me interesa tanto. Pero hay también un lado más abstracto: las películas no tienen un fin específico. Sirven de evasión, como la literatura, para sacarte de tus problemas y obsesiones y meterte en otras. Esa parte de seducción o de hipnosis me sale mejor ahora que antes.

 

– ¿El thriller es el combustible para la atención del espectador?

– Es que es algo muy grande. Los hay cómicos y dramáticos, también, y exclusivamente de acción, en los que el personaje no importa mucho, aunque se cargue a 25. Me gusta más el thriller pegado a la realidad, una forma interesante de tratar la sociedad en la que vivimos.

 

– Para interesante, la sociedad que se encontró usted al llegar a Madrid, en los años ochenta...

– No estaba previsto. Vengo de una familia de papeleros, en Tolosa [Guipúzcoa], en lo que había sido una panadería. Durante el instituto y el COU, los veranos trabajaba en la fábrica, donde llegué a hacer tareas de químico, con la celulosa. Y un verano probé en Dover (Inglaterra), donde mi padre hizo un contacto para que aprendiera inglés. Claro, ganas un dinerito de los 14 a los 17 años y es una gozada, porque te crees el rey. Estuve a punto de ir a trabajar a Holanda, en otra papelera, en lugar de estudiar. Pero una noche salí a tomar algo por San Sebastián con mi padre, que me ofreció hacerlo en Madrid. “Nosotros te ayudamos”, me dijo. Me dejé convencer: ganar dinero está muy bien, pero era un curro bastante esclavo.

 

– ¿Por qué estudió Políticas y Sociología?

– Porque no di la nota mínima en la rama de Imagen, en Ciencias de la Información. Tenía 6,5, y no era suficiente. El caso es que me mandaron a Políticas, la segunda opción que elegí. Estuve yendo dos años a clase, pero el profesorado parecía de otra época, de los años cincuenta o sesenta. Brotaban los movimientos de izquierdas más o menos radicales, y eso lo hacía muy interesante para un joven en los años ochenta: había mucha vida, mucho rollo, manifestaciones todo el rato. Pero no terminé la carrera, porque me fui a Nueva York.

 

 

– ¿Quién le mete el gusanillo del cine?

– Hice un curso en el TAI [Taller de Artes Imaginarias], que estaba en la calle San Mateo, de Madrid. Me dieron clase Antonio Drove, Miguel Picazo o Paco Lucio, que rodó con Elías Querejeta El aliento del diablo, en una localización a las afueras de Madrid, donde hemos rodado precisamente algunas escenas de Todos los nombres de Dios. Me picó el gusanillo.

 

– ¿Y cómo decidió cruzar del charco?

– Contacté con algunas escuelas: una de Varsovia, otras en Inglaterra o Nueva York… Y en el Instituto Pratt, en Brooklyn, me dieron una beca. Contaba con el colchón de mis padres, desde luego, pero el primer año lo cursé con la beca. Luego hice un curso en la Universidad de Nueva York de cine, rodé cinco cortometrajes y me quedé muy enganchado con esa historia. Me transferí. Pero había agotado todos los créditos en el Instituto Pratt haciendo dibujo, pintura, retoque de color, diseño gráfico... Cuando llegué a la Universidad de Nueva York, al margen de dos o tres clases de crítica de cine, tenía muy pocas prácticas. Desarrollé Sonido, eso sí. Pero el resto eran asignaturas normales, como Economía, Matemáticas, Alemán o Criminología.

 

 

   Daniel Calparsoro es un ávido lector, por culpa de un recalcitrante insomnio que le invadió a los ocho años. “No se lo conté a nadie en casa, pero durante un año y medio o dos me despertaba y pasaba mucho rato en vela”, recuerda. Gracias a eso, siempre lee antes de dormir, sea o no thriller. Es fan de Don Winslow, pero también de la novela histórica, desde las antiguas culturas mediterráneas: “ayuda a comprender el mundo”. Recomienda El hijo del César, de John Williams, una especie de novela epistolar. O Adriano, de Marguerite de Yourcenar. En la duermevela (que persiste de adulto) apunta ideas en las libretas de la mesilla, por si algún día puede volver a escribir, como le gustaría. Resume su actividad entre dos tipos de trabajos: encargos de productoras o plataformas que hace suyos y desarrollo de ideas para las que busca realizador.

 

– ¿En algún taller de Nueva York se empapó de alguna técnica a la que recurra hoy en su trabajo?

– No, no. En el Instituto Pratt no se estudiaba cine. En realidad, me matriculé en Imagen por ordenador, lo que hoy sería realidad virtual o efectos especiales. El único profe ilustre que tuve fue John Bruno, que había hecho los efectos de Abyss con James Cameron. Pero lo que enseñaba es la aplicación de efectos especiales a la venta de coches, orientada a agencias de publicidad para venderlos.

 

 

– ¿Dónde aprendió más, en la escuela o en la ciudad?

– En la ciudad, sin duda. Sobre todo, en aquella época. Estaba el dólar muy bajo, era asequible. El país salía de la recesión de Ronald Reagan y resultaba peligroso. Había mucho crimen antes de la época de Rudolph Giuliani como alcalde. Pero era fascinante estar allí. Además de estudiar, hice vídeos musicales. Recuerdo un videoclip al cantautor Ruper Ordorika, con el que compartí piso una temporada. Vine para estar un par de semanas aquí, en España… y no he vuelto.

 

– Si no volvió es porque encontró algo interesante.

– Tenía 24 o 25 años, y mi padre vino a decirme “búscate la vida”. Corría 1993. Una noche conocí a Javier Bardem en el Festival de San Sebastián. Me puso en contacto con Pepo Sol, de una potente productora de publicidad de Barcelona, Ovideo. Él me derivó a Alejo Stivel, y fue llegar y besar el santo. En Madrid empecé a trabajar: vídeos musicales de Los Ronaldos y otros cantantes. En esa época escribo Salto al vacío y me hago socio de un amigo productor de Chamberí, Enrique Fernández.

 

– ¿A Najwa Nimri [su pareja durante un tiempo y protagonista de sus primeras películas] también la conoció por la música?

– No. La conocí haciendo un casting, No tenía ni idea de que cantaba. Y así salió Salto al vacío.

 

– …para la que no encontró muchas facilidades.

– Pues no, tuvo que entrar para terminarla Fernando Colomo, un caballero. Tuvimos mucha suerte, porque la película pegó un pelotazo en Berlín. Me puso en el mapa internacional.

 

– ¿Haría Salto al vacío 2?

– No, no [muchas risas]. Para qué. Fíjate que me propusieron en Estados Unidos hacer un remake de Ausentes [su sexta película], y me negué.

 

– En 1995, cuando la estrenó, rodó Pasajes.

– También nos quedamos sin dinero antes de empezar la producción. Me separé de mi socio y llegué a Madrid a buscar financiación, en pleno mes de agosto con todo el equipo en Pasajes [Nimri, Mariví Bilbao y Charo López, entre otros intérpretes]. Por suerte, entró a financiarla Pedro Almodóvar a través de El Deseo. La película gustó mucho en la quincena de Realizadores en Cannes, al año siguiente de haber estado en Berlín.

 

– En España no fue muy bien de críticas.

– Pienso que se estrenó muy mal. Me sentía extranjero en mi propio país, porque yo no había hecho el caminito de la gente que hacía cine aquí, ni conocía a nadie. No entré por la puerta, sino rompiendo la ventana. Me dije: “Tienes que seguir aquí, porque no tienes padrinos”. Y, en el cine, como en la vida, tener un padrino funciona siempre, ya se sabe.

 

 

– ¿La titulitis de Nueva York no contaba nada en España?

– Cero patatero. Lo importante era lo que yo había aprendido y las ganas de seguir adelante. Funcionaron Salto al vacío y Pasajes. El año siguiente, antes del estreno de Pasajes, ya había conseguido montar A ciegas [Nimri, Ramón Varea, Elena Irureta], por la que estuve nominado al León de Oro en la Mostra de Venecia.

 

– Tres películas, tres buenos cimientos.

– Ya no era ese tío que se había asomado a un sector “de aquella manera”. Me había hecho un nombre gracias a que la gente se interesaba por mí. Y eso también me permitió hacer las paces con mucha gente.

 

– ¿Perdón?

– Que pensé en hacer una película que me congratulara un poco más con el público y la crítica, y así nació Asfalto.

 

– Guerreros [2002] le costó más tiempo hacerla.

– Muchísimo. Y muchos disgustos, con mucha gente [elocuente silencio]. Y después de una peli pequeña, Ausentes [Ariadna Gil, Jordi Mollá, Álex Brendemuhl], estuve sin hacer cine unos siete años.

 

– Pero en ese tiempo sí hizo miniseries.

– Tuve la suerte de que me cogieron un proyecto en Antena 3, y ya, hasta que no hice Invasor [2012], no volví al cine. Por suerte, he podido hacer de todo. Es fácil adaptarse a todos los formatos cuando eres feliz rodando. Lo mío es algo vocacional que disfruto mucho. No es un proceso de sufrimiento, sino de placer total.

 

– Estuvo a punto de hacer una segunda temporada de Hasta el cielo, de la que hubo una película matriz. ¿Da para tanto el mundo de los quinquis?

– Bueno, ahí está Eloy de la Iglesia [risas]. Y Carlos Saura con Deprisa, deprisa, una de mis películas favoritas [tararea la canción de Los Chunguitos, Me quedo contigo]. Peliculón y temazo. A lo que íbamos: me encanta el mundo de los quinquis, pero creo que con la película y una temporada de continuidad en serie es suficiente, me doy por muy satisfecho. Eso sí, podríamos hacer otra de quinquis. Pero no para alargar más Hasta el cielo.

 

– ¿Qué le interesa ahora?

– Quiero seguir haciendo lo que hago, seguir disfrutando. Tengo muchas ideas en la cabeza. El mundo del videojuego me interesa mucho, pero no tengo tanto conocimiento como para entrar en ello. Me gustaría producir a otros directores o directoras, y aplicar mis conocimientos para trabajar con otra gente como productor ejecutivo. En la tele se hacen trabajos muy comunales, de equipo. Y la producción ejecutiva es una faceta muy interesante cuando adquieres conocimientos, con los años.

 

 


Calparsoro Jr., el creador

Hugo Calparsoro, de 17 años, es un talento en ciernes. Aficionado a la videoconsola y doctor en GTA, el juego que arrasó durante la pandemia (“estuvo tres años convenciéndome para que se lo comprara”, cuenta su padre), maneja a la perfección el lenguaje del videojuego. Un día declinó, hace unos años, acudir a una comida familiar. “No puedo, he quedado con el alcalde”, dijo. “¿Cómo? No digas tonterías, Hugo”, terció Calparsoro senior. “Se trataba de un universo, una especie de juego de rol que evita que muchos chavales vayan al cine. No les interesa, es otra dimensión, otro lenguaje. Y como Hugo siempre ha sido muy celoso de su privacidad, de su mundo, tardó en contarme” [risas]. En su último cumpleaños le regaló a su padre la sinopsis de una película, basada en ese universo. “No se trata exactamente de ciencia-ficción, pero hay una película ahí, seguro. Lo mismo puede rodarse en Madrid que en Los Ángeles”. Según Daniel Calparsoro, sería un (otro) thriller “bastante bestia”, para mayores de 16. “He hablado con un productor, al que le sonó bien, pero no se lo he mostrado a nadie aún. Quiero que lo trabaje mi hijo, y no le encaja, de momento. ‘¿Cuánto voy a cobrar?’, dice, el cachondo. No sé si habrá algún padre que babee más que yo”, bromea.

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